Palabras vanas

Hoy por la noche llamó mamá, y me dijo que el próximo mes de agosto estallará la crisis. Que la gente saldrá a las calles, corriendo como vacas despavoridas. Que muchos romperán rejas y vidrieras para saquear los comercios y supermercados. Algunos de ellos lo harán por miedo, por creer que al hacerse de alimentos y baterías estarán preparados para sortear aquello que se avecina, y que no conocen. Otros lo harán por oportunistas, porque se puede, porque de golpe entienden que se les ha dado una licencia implícita para cortar sus hilos de marionetas y entonces romper una vidriera no es más que un reflejo, un acto previo, como el de pelar una banana antes de comerla. Los menos lo harán por necesidad, porque realmente les hacen falta desde hace mucho tiempo las preseas que hay en aquellos escaparates.

Según mamá, los políticos harán un enérgico llamado a la calma, enfatizando que la situación está siendo controlada y que todos los elementos y recursos están siendo dispuestos para corregir el desasosiego económico. Dirán que las naciones del mundo entero se han solidarizado y han ofrecido su apoyo incondicional ante la emergencia. Que las instituciones sociales han de ser respetadas, y que no existe razón alguna para abandonarse a la desesperación y el exabrupto.

Pasadas algunas semanas del estallido inicial las calles se llenaran de perros. Los dueños, a falta de alimento, los echarán de sus casas para que sobrevivan a su suerte. La cadena de producción se interrumpirá y el comercio quedará reducido al intercambio elemental de bienes de primera necesidad. La moneda perderá todo valor y sólo los verdaderos optimistas la aceptaran como pago, especulando con el acopio y bajo el convencimiento de un inescrutable reflote de los días pasados.

Los célebres y los opulentos sufrirán en carne propia los coletazos de la desesperación. Todo su dinero y alabado talento se volverán obsoletos en cuestión de minutos, pero no por ello dejaran de ser una referencia para la gente común, que se agolpará en las puertas de sus casas y mansiones a pedir magnificencia y sustento, ya que el artista se debe a su público, y su público va a necesitar cobrar aquella deuda cuanto antes. Dijo mamá.

La gente se encerrará en sus casas, esperando que todo termine pronto. Acudiendo a sus rosarios y antiguas estampitas santificadas guardadas en los cajones. Y por las noches las cosas se pondrán realmente feas. Gritos en la oscuridad ante las puertas derribadas a patadas. Familias maniatadas mientras sus escasas provisiones son arrebatadas y repartidas. Gente armada. Padres montando guardia en las habitaciones de los niños. Más perros. Más políticos llamando a la calma. El Papa desde la Plaza San Pedro. Mensajes de paz y esperanza. Tiros. Gendarmería que no da a basto. Deserción masiva de gendarmes que se retiran a cuidar a sus propias familias. Brotes de cólera. El invierno que parece nunca terminar. La luz que se corta en toda la ciudad. Quien tiene velas lo tiene todo, incluido el miedo de que lo maten por tener velas. La gente que prende fogatas en tachos y carretillas dentro de las casas. Algunas casas que se incendian. Quedan bomberos pero casi no hay agua, ya no queda agua. Hay hambre. Algunos están comiendo perros. Los cocinan como pueden en las carretillas y se los comen. El olor a carne atrae gente y más perros, eso es peligroso. Pareciera que fuera a nevar. Los chicos con las ñatas pegadas al vidrio. De vez en cuando alguno que se escapa. Son niños. Y salen todos a buscarlo, con palos. Y esto se veía venir, tanto se veía venir que nadie hizo nada más que esperarlo. Y ahora está pasando, va a pasar, el próximo agosto.

 

Le pregunté a mamá por qué me estaba diciendo todo eso, y de donde había sacado semejante fábula. Y me dijo que eran las tres de la tarde en Argentina, y que habían cancelado su novela. La habían levantado por un programa para adolescentes sobre un grupo de compañeros de colegio que decían la mitad de las palabras en inglés y se besaban todo el tiempo, y que no había sexo pero se lo insinuaba constantemente, y las chicas, todas operadas, y los varones maleducados y rebeldes, y esto a las tres de la tarde, y es lo que miran los jóvenes desde hace años, y así donde íbamos a ir a parar. Porque la gente le preguntaba todo el tiempo adonde íbamos a ir a parar. Y ella ya lo sabía. Y bueno, por eso me había llamado.

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