Extranjero

Está lloviendo. Aquí no llueve tanto como dicen. Quizá en invierno hay momentos en los que te parece que llueve todo el tiempo y el cielo es una tapa color grisácea que te han puesto encima, pero lo cierto es que también hay muchos días soleados, aunque el sol aquí no calienta como en el sur de España. Llevo apenas dos años y ya se me ha pegado esto de hablar sobre el clima como si fuese algo trascendental.

Salgo de la estación de Westminster y el enorme reloj empapado marca las once y veinte de la mañana. Quedamos en encontrarnos a las doce en Trafalgar Square, debajo del león que está a la izquierda de Napoleón, donde nos tomamos aquella foto en la que él se atrevió a montarse sobre la resbaladiza estatua y yo preferí quedarme al pie de ella. Igual la foto quedó muy bonita. En lo que alcanzo el puente, algo está sucediendo en la calle porque no hay ningún vehículo ni pequeño ni grande y rojo circulando por la avenida, las aceras están llenas de gente.

Camino en dirección al edificio del parlamento atravesando una ordenada multitud de personas que tratan desesperadamente no tocarse la una a la otra mientras observan hacia la abadía, la catedral donde se casan las princesas, desde donde vendrá algo que ansían presenciar.

Logro llegar a la esquina donde debo virar a la derecha, pero no puedo evitar detenerme para mirar a los jinetes que llevan unos cascos adornados con un mechón blanco que les cae por detrás. Están todos muy atentos a lo que vendrá. Son las once y treinta y cinco. ¿Cómo no voy a quedarme a ver de qué se trata?

Una doble fila de jinetes con el mismo casco se aproxima. Me parece haber escuchado trompetas. Sea lo que sea, lo veré en primera fila. Los caballos giran hacia la izquierda, la calle por donde yo tengo que caminar para encontrarme con Alberto. Seguro no tenía idea. No hay nada que deteste más que un desfile. Cuatro caballos blancos tiran del carruaje dorado que me recuerda el arte Barroco que estudiaba en el cole. Pasa frente a mí detrás de un vidrio pulido, pero seguramente blindado, con su corona de cruces diamantadas y una sonrisa que se le plasma sola luego de tantos años disimulando ante el público. Un segundo es lo que permanece su mirada en la mía, pero para ella no soy una persona sino una audiencia. Me ve sin mirarme, sin saber que soy una cara diferente a las que me rodean, que no soy de aquí, que resido legalmente gracias a un tambaleante acuerdo entre naciones, que el amor de mi vida me está esperando en la plaza y por su culpa voy a llegar tarde. Hago una pequeña inclinación con el rostro, pero su mirada está en otra parte.

Sigo en la misma esquina a las once y cuarenta y siete. Tantos años de espera y voy a llegar tarde. Dos carruajes más. El último solo lleva una impresionante corona púrpura. Camino detrás de los guardias, detrás de la gente, detrás de los caballos que solo en este país aprenden a no cagarse en la calle.

La plaza es un mar de gente. Apenas y alcanzo a ver a los leones que parecen reposar sobre las cabezas de los que se agolpan a mirar la procesión. A las doce y cinco empiezo a convencerme de que no va a estar allí. Lo busco sin afán entre las caras que miran en dirección opuesta a la mía. ¿Y si me subo al león? Quizá me atreva a hacerlo esta vez. Me aferro al muro que lo sostiene y escalo sin éxito. Intento por la parte de adelante, usando mis dedos como garras y mis pies como pezuñas de cabra montesa, pero resbalo de nuevo. Un policía se acerca y me dice algo. “No hablo inglés”, pero él continúa diciendo palabras que me suenan a reprimenda aunque esté sonriendo. Supongo que no me puedo subir al león. Le hago la señal universal del O.K. con el pulgar y me sumerjo entre las cabezas que han virado hacia la derecha por donde se aleja la procesión. Doce y veinte. Seguro que ya se fue. Tal vez ni siquiera vino.

Me quedo mirando el paso de los últimos caballos y sus jinetes. Todos uniformados, todos con cascos de donde el pelaje blanco surge como la crin trasera de un caballo. Uno de ellos se detiene. Me mira, esta vez me miran de verdad, como si mi cara significara algo más que las del resto de la gente. “Laurita” dice a viva voz. Mi nombre, otra vez, y otra. La gente abre un espacio para que pueda acercarme al jinete, como en esas películas donde todos se quedan callados ante el encuentro de dos amantes que hace mucho esperan verse. Solo que aquí no hay silencio. Las miradas y voces se mezclan con el golpe de las pezuñas contra el pavimento. Me acerco, sonrío. Me tiende la mano, “¿es que pretendes que me suba a ese animal?” Sujeta mi brazo y me alza como si estuviese rellena de plumas. Le quito las hebras blancas que se deslizaron delante de su rostro cuando se inclinó a cogerme. “Nunca creí que te vería en un desfile”, le digo. “Y yo creí que jamás volvería a verte”.

Karol Topac

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