P3RV3RSIÓN S3CR3TA

I

Mi infancia fue secuestrada. Tenía 13 años cuando viví una de las tragedias más pavorosas: el psicópata pedófilo que me raptó aquella noche de verano no vaciló ni un momento en violarme, antes de pensar asesinarme.

Por aquel entonces habían ya desaparecido misteriosamente muchos niños y niñas al salir de clase y emprender el largo camino de vuelta a casa. Teníamos que recorrer a pie diariamente muchos kilómetros de distancia para llegar al único cole destartalado y vetusto de la aldea, contiguo a la placeta y opuesto a las tres deterioradas tiendas de comestibles donde nos complacía comprar caramelos y chicles durante el recreo. La gendarmería, tras muchas pesquisas infructuosas, concluyó que el lunático operaba durante el día del zoco semanal, donde aprovechaba el ajetreo y la inatención general para cometer sus crímenes. La maestra nos exhortó no entretenernos con ningún extraño y estar siempre acompañados y volver a casa con vecinos. Tomé pues todas las precauciones posibles para evitar lo irreparable: decidí ir al cole con Munir, el hijo de nuestro vecino, el rico granjero, a quien mi padre ayudaba en sus tareas agrícolas. El chico era travieso e indómito pero muy afectuoso conmigo.
Antes de narrar el desenlace funesto y tétrico de aquel mancillado secuestro, conviene detallar ahora las circunstancias en que todo ocurrió.

El pueblo estaba aislado, sin ninguna comodidad elemental, con irrisorias casas de adobe y una población mayormente de ancianos debido a la masiva emigración y al éxodo rural de los jóvenes. Vivíamos mi padre y yo en una pobreza y precariedad inhumanas, como la mayoría de las pocas familias que un malvado destino confinó en aquella lúgubre, inhóspita y oscura región del Rif. Comíamos a menudo en el pesebre del granjero. Pero solíamos aguardar con desesperación y ahínco el jueves, día del zoco, porque el viejo Yalal, labrador, un primo materno, nos suministraba de balde huevos y hortalizas. Me encantaba su compañía porque nunca dejaba de traerme chocolate importado cuando venía a casa. Llegaba al mercado con su anticuado y destartalado furgón para exponer su mercancía, junto a los demás agricultores que, excepcionalmente ese día, animaban y alegraban la única calle de la placeta. Tío Yalal había heredado una pequeña finca al otro lado del río donde plantaba diferentes hortalizas y criaba gallinas y algunas cabras. El pobre vivía solo y algo trastornado tras perder a su mujer y a sus dos hijos a causa de una epidemia que asoló la región durante meses. La misma plaga que se llevó también a mi madre y a mis tres hermanos, por falta de cuidados paliativos pues el único centro de salud más cercano estaba situado a 50 kilómetros de la aldea y los pocos enfermos que lograban llegar allí lo hacían a lomo de burros, mientras que los demás agonizaban en el camino. La aldea pasó a ser, tras esas muertes y esos macabros asesinatos de niños, un pueblo oscuro y siniestro, atestado de incertidumbres y terrores, donde el destino tenía sólo una cara, la de la tragedia.

Aquel fatídico jueves por la tarde fui con Munir al cole, como de costumbre. Teníamos planeado nunca separarnos y volver también juntos a casa por la tarde. Pero durante el recreo, sin embargo, abandoné el patio del cole y me dirigí sola a la tienda para comprar chicle. Me esforcé en abrir camino entre la aglomerada muchedumbre cuando de repente vi a tío Yalal, presidiendo su puesto de comestibles.
— ¡Sidi Yalal! —exclamé, alegre, pensando en la cosecha que nos traía— no te vimos el pasado jueves, te hemos echado mucho de menos en casa, sabes.
—Hola, hija mía, pues sí, estuve muy enfermo. Ahora estoy mejor, hamdulah. Esta vez os traigo mercancía duplicada —explicitó con una sonrisa de oreja a oreja—. Y una caja de golosinas que jamás has probado. Me la trajeron de España. Está en el furgón. Cuando salgas del cole te la doy y de paso te llevo a casa donde dejaré vuestra mercancía, como de costumbre. Además con ese loco que anda por allí, suelto, mejor que vayas acompañada o que te lleve yo a casa —dijo con un rictus de disgusto en la cara. Hizo una pausa luego añadió, sonriendo: —La caja es para ti y tu padre, así que no lo comentes a tus compañeras, si no quieres que te la vacíen. Sal antes de la hora, para despistarlas, y métete en mi furgón que dejé abierto junto al cedro detrás de la mezquita. Comete algunos chocolates. Me reuniré contigo cuando termine de rezar. ¿Trato hecho? –remató, ceñudo y enigmático.
—Te lo prometo, tío Yalal —contesté, respingona—. Compartiré la caja solo con mi padre.

II

Y así fue. Como mi horario de salida y el de Munir no coincidían, decidí volver a casa con tío Yalal. Me metí subrepticiamente en la parte trasera cubierta del vehículo estacionado discretamente a la salida del zoco. Momentos después el furgón arrancó y salió en tromba. Abrí entonces la caja de bombones y al ver tantas delicias se me hizo agua la boca y me olvidé del trayecto.
Cuando paró el coche y bajamos, cuán fue mi sorpresa al ver que llagamos a casa de tío Yalal, en vez de la mía. “Es para enseñarte algo que te gustará mucho más”, me explicó con una sonrisa consoladora. Metió el coche en el garaje, cerró y nos pusimos a andar en dirección contraria.
Me llevó a una cabaña que distaba mucho de su casa. Su interior mostraba un tétrico mobiliario, cortinas negras con deterioradas colgaduras que ondeaban ligeramente a la cabeza de una cama desordenada. Todo allí era vetusto, mohoso y grasiento. Después de rezar en alta voz, el hombre cerró las ventanas, antes de cerciorarse con miradas inquisidoras que nadie nos había seguido, entonces incendió una lámpara.
—¡Ven! —exclamó imprevista y sorprendentemente, arrastrándome de mal humor y con fuerza a la cama—.Ya eres una mujercita y hoy te toca a ti descubrir por primera vez las maravillas del sexo.
Su sonrisa sardónica, viciosa y prolongada me pareció tan horrible como la muerte. Desapareció de su rostro, como por arte de magia, toda amabilidad y dulzura que eran tan habituales en él. De hombre devoto tornó a ser un verdugo asqueroso. Un pensamiento paralizante y una sensación intensa de angustia se apoderaron de mí y dije con voz trémula y desconcertante:
— ¿Has dicho que hoy me toca a mí? —balbuceé—. Eso quiere decir que las niñas desaparecidas estuvieron todas aquí contigo y tú las… asesinaste, después de desvirgarlas, para que no te denuncien.
No pude reconocer mi propia voz. Era cavernosa. Y lo entendí todo de repente. Presa de un terror indescriptible, no pude disipar un irreprimible temor a ser violada y en mi inflamada imaginación me vi mancillada, estrangulada y enterrada, como ya lo fueron mis compañeras del cole. Comprendí cuán estúpida fui al confiar ciegamente en aquel horrendo criminal. Sí, lo entendí todo aunque demasiado tarde: El secreto que me impuso guardar no concernía la caja de chocolate sino su propia discreción y seguridad de pedófilo criminal. Su perversión secreta.
Noté en fracciones de segundos, mientras él me arrancaba brutalmente mi blusa blanca, que en la cabaña no había cripta alguna pero mi atención se centró insistentemente en un objeto sobre el entarimado, en un ángulo, acariciado por la tenue luz de la lámpara. Mi mirada cayó nítidamente sobre una chancla blanca que reconocí de inmediato: era de mi vecina y camarada de clase, Saida, desaparecida tres semanas antes. Vislumbré que el entarimado había sido removido, debido a minúsculas protuberancias de barro aún visibles y algunas manchas que parecían ser sangre coagulada. Sentí entonces que mi piel se me erizaba excesivamente, no porque el hombre me estaba arrancando las bragas y estrujando mi intimidad sino por la escena de esas manchas de sangre. Mi corazón empezó a latir más aprisa. Parecía explotar en mi pecho. Empecé a sofocar. ¡Saída enterrada debajo de ese barro! La idea me apesadumbró tanto que me asaltó la más infernal de las pesadillas. Pensé con desolación y escalofríos en los desgraciados cuerpos amortajados de mis otras camaradas y no reparé en las caricias obscenas y sicalípticas con que me mancillaba el psicópata. Intuí de repente que las malogradas estaban sin duda alguna enterradas junto a Saída, es decir: muy cerquita de donde me hallaba yo. Me convencí de que mi turno llegaría también justo después de que el malvado monstruo abusara de mí.

Su exaltado jadeo interrumpió mi ensimismamiento. Volví a mirarle y vi cómo su ardiente mirada recorría ahora súbitamente con fruición mi cuerpo desnudo en sus garras y cómo sus ojos saltones de chiflado se fijaban en mi temblorosa entrepierna.
Me acababa de arrancar literalmente y con saña y cólera las tres prendas de verano que llevaba encima: la falda, la camisa y las bragas.
Me aterró adivinar el impetuoso y vil deseo que lo excitaba.
Cubrí la cara con mis manos y mantuve mis piernas firmemente inmovilizadas juntas.

Acercó su rostro al mío, lo estregó libidinosamente contra mi cuello y mi pecho y su pestilente aliento me revolvió las tripas, mientras que sus aborrecibles y execrables caricias me estrujaban los pezones y se deslizaban por ms muslos. Quise liberarme, en vano. Me deshice en sollozos, prorrumpí en llantos quedos e intermitentes, luego en gritos, sofocados por sus garras de ave salvaje. Mi alma de niña indefensa estaba repleta de terror y espanto.
Mas la lucha era inútil. Empezó por acariciar insistentemente el hoyuelo de mi mentón, antes de introducir en mi boca su asqueroso pulgar y obligarme a chuparlo. Le hinqué los dientes con fuerza, profirió un alarido de animal herido y, viendo que yo intentaba escaparme, sacó entonces una navaja automática y cortó de sopetón mis trenzas doradas que arrojó en dirección de la chancla de Saída. Farfulló entonces sin ambages ni rodeos lo que pretendía hacerme. Palabras que la decencia no puede traducir. Exhaló un suspiro de alivio mientras me constreñía el pubis y su rictus me dio a entender la tragedia que me acechaba. Balbuceé palabras de socorro, susurré algunas aleyas… De nada sirvió. Siguió amenazándome con la navaja en una mano y con la otra procedió a violarme. Aborrecí con intenso desprecio y odio aquella ultrajante y cobarde agresión. Volví a debatirme como una fiera loca, presa de rabia, desesperación e impotencia… Mas la punta del cuchillo me desgarró la ingle al intentar él separarme las piernas. La sangre que brotó me recordó dos experiencias traumáticas, la de mi dolorida reciente primera menstruación y el estupro que mi verdugo se prestaba a iniciar. Al ver cómo lamía mi herida, con excitación, me desplomé en un semi sopor mientras que su cuerpo satánico se abatía sobre mí, para embestirme.
Perdí el conocimiento.
III

Oí más tarde en mi subconsciente unas suaves pisadas, sospeché que pude haberlo soñado, producto de la alucinación que me embargaba. Presté el oído de nuevo e intuí que no era un imaginario sonido sino un ruido real de un gozne que chirriaba mientras que un haz de luz pasaba culebreando por la hoja de la ventana y una sombra débil, fugaz e indefinida se dibujaba en el alféizar.
Luego de repente alguien forzó la puerta, la echó abajo e irrumpieron en la estancia Munir y dos gendarmes armados. Inmovilizaron de inmediato al psicópata.

—El profe nos liberó antes de la hora —explicó el joven, emocionado—. Empecé a preguntar por ti y por pura casualidad un vendedor ambulante me informó que te vio montar en el furgón de Yalal. No sospechó nada porque sois familiares. Por mi parte creí que te acercó a casa pero como no te encontré allí al llegar, decidí alertar a la policía y aquí me tienes.
—Oh, Munir, te debo la vida —dije sin retener mis sollozos e indicando al mismo tiempo a los gendarmes el entarimado debajo del cual yacían los cadáveres de las infortunadas niñas.

IV

De vuelta a casa y sentados a gusto en el asiento trasero del coche policial:
—¿Estás bien, Yasmín?, ya sabes a qué me refiero —tartamudeó angustiado el chico, pasándome el brazo por el hombro, en tono de consuelo.
—No te preocupes, sigo virgen… Pero dime, querido angelito salvador: ¿sigue vigente tu loca oferta matrimonial para cuando seamos adultos?

En vez de contestar, me besó suave y tiernamente. Me ruboricé como un tomate porque aquel era mi primer beso, mi primer amor. En cuanto al gendarme que nos llevaba a casa —su colega se había quedado en la cabaña, en espera de refuerzos para desterrar los cadáveres y escoltar al pedófilo—, noté que nos espiaba por el retrovisor y vi claramente que no podía reprimir una sonrisa cómplice de solidaridad y comprensión.

FIN
Por Ahmed Oubali.

Ahmed Oubali

Catedrático de Semiótica de Textos en la Escuela Normal Superior de Tetuán desde 1991, donde impartió análisis del discurso para futuros agregados de francés y clases de didáctica del español para futuros profesores marroquíes de español. Profesor conferenciante en varios países. Escritor, investigador y crítico literario. Ha publicado numerosos artículos de crítica literaria en diversos medios y revistas especializadas. Traductor-intérprete. Miembro de la Asociación de Escritores Marroquíes en Lengua Española (AEMLE). Es actualmente miembro del consejo de redacción de las Revistas Dos orillas y Hércules cultural.

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