El caserón de la calle Nueve

Aquella lejana noche de Halloween siempre sería diferente. Siempre quedaría grabada en lo más profundo de nuestras almas. Nano fue el único que reunió el valor suficiente para atravesar el descuidado jardín y llamar al timbre del viejo caserón abandonado de la Calle Nueve. Ninguno de nosotros podrá olvidar la cara pálida de Nano, casi desencajada, ni sus ojos abiertos de par en par reflejando el miedo más absoluto que nunca habíamos contemplado, ni su grito de terror ahogado por aquellas dos manos huesudas y retorcidas, casi inhumanas, que lo arrastraron adentro para siempre, mientras permanecíamos petrificados detrás de la herrumbrosa y oxidada verja del jardín.

Casi diez años después,  aún no se ha encontrado rastro alguno de Nano en aquella casa. Ni tan siquiera en los alrededores, a pesar de los minuciosos registros llevados a cabo por la policía. Casi diez años después, aún seguimos evitando pasar por delante del viejo caserón de la Calle Nueve. Y, casi diez años después, aún nos recorre un escalofrío por todo el cuerpo cuando recordamos los gritos de pavor provenientes de aquel caserón de la Calle Nueve.

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