CARNAVAL DE SERPIENTES

En Carnaval de serpientes se narra un ataque inexplicable de serpientes cuya mordedura tiñe de pavor un poblado del Rif. Aquí la muerte protagoniza sus tramas y acciones más sórdidas. Y las serpientes, como Los Pájaros de Hitchcock, también tienen derecho al carnaval criminal.

XXX

Cuando aplastó con un golpe de palo la enorme cabeza del reptil, pensó que aquello era sólo un incidente aislado. Pero cuando extendió le mano para recoger el saco de patatas y volver a casa, vio horrorizado un grupo de otros reptiles acercarse y comprendió fugazmente que una larga pesadilla había empezado. No tuvo tiempo de retirar el brazo: dos ardientes y largos colmillos le perforaron las venas de la mano y otros dos colmillos se le hundieron en la pantorrilla izquierda, mientras que una tercera serpiente le atacó repetidas veces por la espalda. El dolor no tardó en aterrarle. Su estómago ardió como incandescente carbón y sintió el veneno corrosivo filtrársele en la corriente sanguínea y quemarle las venas del corazón. Su cara se contrajo de dolor y cayó al suelo, donde se quedó inmovilizado.

Otras serpientes enfilaron la senda que atravesaba un largo recorrido rodeando el lago, ahora seco, para desembocar en la aldea más próxima.
Hacía tiempo que no había llovido. La atmósfera era asfixiante y el cielo desapacible. Los pocos árboles que se erguían por el camino parecían unos esqueletos que la sequía de agosto amenazaba por incendiar.

Aquella situación de sequía y hambre había comenzado hacía meses. La gente comenzaba a quedarse sin comida ni agua. Tampoco podían alimentar al ganado, por lo que han echado al campo a sus animales con la esperanza de que sobrevivan. Los termómetros registraron temperaturas muy por encima de los 45 grados centígrados que causaron bajas considerables en la ganadería y la agricultura. En las partes más desérticas empezaron a formarse cementerios al aire libre donde algunos cadáveres de vacas y chivos se fueron acumulando.
El problema era tan grave que hasta las plantas endémicas de la región rifeña, empezaron a consumirse y secarse.
La distancia que separa algunas aldeas del municipio más cercano superaba los 100 kilómetros, lo que complicó la tarea de proveer a los habitantes de agua potable y de los alimentos que la sequía les arrebató. El protectorado español, junto con la mala gestión del gobierno, dejó en esta parte del mundo sólo desolación, desamparo y tristeza.
Algunos habían ya abandonado sus tierras y emigraron a la ciudad. Muchos a Europa. Ahora, lo único que se observaba eran las grandes nubes de polvo que envolvían el campo.
Cerca de un arroyo casi seco un grupo de campesinos comentaba la situación, intentando hallar una explicación lógica a esta catástrofe natural duradera.

—Maldición diabólica —declaró uno, con desabrimiento.
—Castigo divino —explicó otro, con displicencia en la voz.
Un tercero elevó el tono y masculló con adustez:
—Estamos expiando nuestra complicidad por callarnos sobre las atrocidades perpetradas aquí por Si Ayúb.

Un vagabundo llegó en ese preciso momento, muerto de sed y de hambre. Pidió pan y agua y, al no entender lo de las “atrocidades”, preguntó con recelo:
— ¿No sé cómo puede un solo hombre contra todos causar tanta sequía y tanta miseria en el pueblo?
—Se trata de un malvado terrateniente, tirano y sádico. —Explicó con insipidez un viejo enfermizo casi agonizando. Tosió desgarrada y estrepitosamente, luego añadió dolorido— Aprovecha esta situación para dar rienda suelta a sus instintos más viles. Explotaba sexualmente a los jóvenes de ambos sexos, a cambio de comida y dinero. Las familias no tenemos más remedio que ceder y callarnos. Le traen hasta menores. Algunos cuentan que hasta se dedica a la trata de blancas con las mafias de Tánger.
— ¡Están los que nos gobiernan! ¡Que no levantan ni un dedo respecto a esto! —Observó uno, asqueado e irritado— Y no hacen nada para esta pobre región abandona de todos. Estamos aislados desde tiempos remotos, sin carreteras, sin electricidad ni agua, sin colegios. Sin seguridad. Sin sanidad. Sin sanitarios. ¡Sólo mezquitas! ¡Ni podemos emigrar! ¡Qué vida es ésta! Nos queda el suicidio como solución suprema. Y es lo que nos está ocurriendo…
—Abdesamad tiene razón. —Masculló con destemplanza, el más viejo del corro. En su voz había rencor y odio—: ¿Por qué no nos mandan pan, aceite y azúcar en vez de ametrallarnos a diario con discursos políticos sobre el optimismo y el civismo? El imam ya no nos convence con eso de que los parlamentarios están defendiendo nuestras reivindicaciones. Miente. Porque todos sabemos que, tras terminar sus prédicas, se dirige ansiosa y discretamente a casa de Si Ayúb donde comparte con él las delicias terrenales…Y nosotros aquí condenados doblemente al infierno.
Se quedaron todos atónitos ante esta noticia, mirando al viejo. ¡Era verdad!
— ¡Esta especie de verdugos pecadores son los que ensucian nuestra religión! —Intervino un adolescente, barbudo y calvo—. ¡Ojalá desaparezcan estos microbios de la faz de la tierra! Hermanos, no tenemos más remedio que ponernos en manos de Dios y esperar que las condiciones climatológicas mejoren. Recemos todos, elevemos nuestras manos al cielo e imploremos a Dios Todopoderoso que tenga piedad de nosotros y nos dé agua y pan. —Concluyó, lloriqueando y canturreando algunos versículos.
En ese momento, como respuesta celeste, llegó un aldeano conocido de ellos, excitado y gesticulando como un loco:
— ¡Salamu Alaikum! ¡Felicitémonos, hermanos! —declaró eufórico y con los ojos chispeantes—. Traigo buenas noticias: el malvado y sádico Si Ayúb acaba de ser estrangulado y despedazado por una enorme serpiente, según me ha dicho esta mañana mi tío. Su cadáver, junto al del imam de nuestra aldea, es ahora presa de los buitres y coyotes. Hemos vengado el honor salpicado de nuestras niñas. Dios castiga a los malvados aquí y en el más allá. ¡Dios es el más Grande!

Las narraciones de dolencia de los aldeanos seguían su curso.
Estaban tan enfrascados en lo que se contaba que no advertían lo que se avecinaba en silencio.
Tampoco podían verlo alzando la mirada porque estaban sentados en el despeñadero del río: una caterva de enormes reptiles les olían la sangre de muy cerca, prestos a lanzarse al barranco y reducirlos en trizas.

Lejos de allí, en la aldea del campesino cuyo cadáver yacía ahora frío y cargado de veneno, las tres únicas viviendas estaban distanciadas por algunos centenares de metros y bastaba media hora para ir de una a otra. Eran de una planta, de barro blanqueado y construidas alrededor de un inmenso patio que servía a la vez para perforar un pozo, permitir a los niños jugar y a las mujeres cocinar. De las seis o siete habitaciones rudimentariamente amuebladas que circundaban el patio, una estaba destinada para los animales domésticos.

—Mamá, ¿no crees que papá ha tardado bastante para el almuerzo? —preguntó la menor de las seis hijas del campesino fulminado por las serpientes.
—Aisha, cosechar patatas requiere mucho tiempo. Así que tardará un poco más. Mientras tanto, os voy a preparar una tortilla de huevos. Ve a llamar a Selwa y a Fuad.

Selwa, la hermana mayor, estaba en la pequeña habitación que servía de ocio y se disponía a vestirse tras hacer sus abluciones para rezar, cuando vio al reptil en un rincón de la sala. Era una víbora enorme, con la cabeza en forma de un triángulo aplastado. Empezó a erguirse con soltura, mostrando sus colmillos en forma de unos ganchos, dispuesta a triturar a su presa. La joven se quedó estu¬pefacta un momento y luego visualizó la situación: el monstruo había penetrado por la pequeña ventana pero se hallaba afortunadamente al otro lado de la puerta. Gritar sólo empeoraría la situación. Extendió cautelosamente la mano hacia su ropa colgada a un clavo para echarla sobre la bestia, saltar hacia la puerta y salvarse. Al mismo tiempo que extendía el brazo con coraje, la víbora se abalanzó sobre ella, alcanzándola en la nuca, donde le clavó los colmillos. Sus manos se crispa¬ron sobre el cuerpo pedregoso del animal e intentó liberarse de la mordedura. Pero sintió su yugular encenderse en un fuego tan abrasador que le provocó literalmente un vuelco en el corazón y su cuerpo desnudo cayó de bruces como si hubiese recibido una descarga eléctrica.

De la habitación que servía de establo salieron unos mugidos inhumanos.

A Aisha le pareció reconocer la voz de Fuad, su hermano mayor. Se acercó, abrió la puerta vio la serpiente enrollada al cuello de su hermano. Le estaba succionando la sangre. Aisha retrocedió, aterrorizada, tropezó con una piedra y cayó al suelo. Fue entonces cuando vio a Selwa con la cara desgarrada. La visión le golpeó la retina con toda crudeza. Se echó abruptamente atrás, se levantó con dificultad y corrió como una loca a avisar a su madre. Ésta le ordenó ir a buscar a su padre y franqueó el umbral, armada con un hacha. La escena le produjo náusea y hormigueos en todo su cuerpo: el cadáver de su hijo yacía encogido, los ojos desenfocados y la mirada fija. Las únicas dos vacas que poseían yacían también sin vida. Intentó localizar a los malditos reptiles. Mas, ni rastro había de ellos. Al menos en su campo de visión. Se arrastró como una autómata hacia el cadáver de su hijo. Se arrodilló para cerrarle los ojos. Oró. Iba a enderezarse cuando oyó en su espalda un ruido peculiar. Reconoció horrorizada el ruido ensordecedor de cascabel que producían las serpientes con la punta de su cola, antes de atacar a su presa. Empuñó el hacha, giró sobre sus talones para asestar el golpe salvador, pero no encontró al animal en su punto de mira. Éste, como si leyera el pensamiento de su víctima, había cambiado de sitio, girando hacia la derecha. La mujer sintió súbitamente los mortales colmillos hundirse en su pantorrilla izquierda. Lanzó un alarido desgarrador de dolor, se sacudió convulsivamente y cayó sin vida, junto al cadáver de su hijo.

En su camino hacia la casa de su prima Yasmín, donde estaban los demás hermanos, Aisha topó con varios cadáveres (le horrorizó reconocer a los padres de Abdelali) que la impulsaron a correr como una loca pero al descubrir el de su padre se le heló la sangre en el corazón y se desmayó al ver a dos gigantescas serpientes dirigirse hacia ella.

Mientras tanto, en la tercera vivienda, la de Abdelali, el emigrante que había vuelto al país para pasar sus vacaciones, los acontecimientos traspasaron la barrera de la ¬pesadilla. Estaba almorzando él, su mujer, sus cuatro hijos y su hermana, Hanan, la futura novia de Fuad.
Sus padres habían ido al zoco más próximo y no volverían hasta la puesta del sol. El pobre ignoraba lo que les había ocurrido.
Era la hora de la siesta. Hanan se dirigió a su habitación y la pareja entró en la suya y se desnudaron para hacer el amor. Era una habitación acogedora y fresca en comparación con el infierno que hacía fuera, donde el sol achicharraba el campo y sembraba la desolación. Oyeron al perro ladrar y a las gallinas cacarear pero no podían saber que era a causa de las mordeduras mortales de las serpientes. Apenas se habían desnudado cuando tuvieron la impresión de que un intruso horripilante los estaba observando. La serpiente tenía unas proporciones que bastaban para estrangular simultáneamente a tres personas, triturarlas y luego engullirlas.
La mujer se llevó la mano a la boca para reprimir un grito y le costó ver cómo una serpiente podía ser tan gruesa, larga y erguirse con tanta facilidad. El hombre se sirvió de una silla para defenderse. Pero el monstruo se arrastró jadeando hacia el matrimonio, asestó abruptamente un tremendo golpe con su cola a la silla, que redujo en trizas y se enrolló alrededor del cuello del emigrante, estrangulándole al acto. Su mujer retrocedió y se vio acorralada en un rincón de la habitación. Vio cómo la bestia arrojaba el cadáver de su marido, cuya mirada se quedó vacía y extraviada, y se disponía a atacarla a ella.
Ocurrió todo rápidamente. El reptil se irguió y se abalanzó sobre ella. Ambos cayeron al suelo en una lucha encarnizada. La mujer intentó con pies y manos desprenderse del reptil, pero éste se había enlazado a su cuerpo como la madreselva al árbol y parecía complacerse en estrangularla simultáneamente por la cintura y el cuello. La joven comprobó que no podía gritar ni moverse. El sudor perló su cuerpo. Espeluznantes estragos de dolor la asaltaron. Sintió terribles aguijonazos de sufrimiento en todo su cuerpo y empezó a temblar espas¬módicamente, a ahogarse y súbitamente se quedó sin respiración. Entonces el monstruo procedió a triturarle el pecho, antes de pasar a la siguiente habitación donde dormían profunda y plácidamente los niños.

A varios metros más lejos, en el ala oeste de la vivienda, descabezaba la novia de Fuad un sueño para recuperar fuerzas y ánimo antes de proceder a lavar el montón de ropa que la esperaba en el patio y que había previamente mojado en agua y con detergente. Cerró los ojos y pensó en Fuad. En la boda. En la noche del placer y sintió hormigueos placenteros en su entrepierna. Frotó entonces sus pechos con las manos. ¡Dios, el paraíso que la esperaba! Sabía que Fuad era también virgen y por eso estaba loco por ella. Por su cuerpo. “Una vez casados —le había prometido—, te poseeré todas las noches”.
La habitación estaba sumida en una semioscuridad que aprovechó la serpiente para deslizarse fugazmente debajo de la única tela que cubría el cuerpo desnudo y ardiente de deseo de la joven. Ésta sintió roces y cosquilleos en la parte inferior del vientre. Estiró el brazo y cogió de repente en la mano algo grueso que se puso a dilatar desmesuradamente. Lo soltó disgustada al acto, se puso de cuclillas en la cama y comprendió que aquello que tuvo un instante entre manos era la cabeza de una víbora. Lo comprobó al vislumbrar el curioso y espeluznante dibujo que adornaba la cabeza del reptil que ahora la observaba groseramente. Sintiéndose traicionado, el animal se irguió hasta alcanzar un metro de altura y se lanzó con rapidez fulgurante sobre su presa. La joven sintió calambres en el vientre y abandonó la vieja alfombra, como expulsada por un resorte. Notó que sudaba profusamente y tuvo que frotarse los ojos para aclararse la visión. Cuando los abrió, se encontró cara a cara con dos reptiles. El que acababa de llegar tenía proporciones humanas. Volvió a cerrar los ojos creyendo que era víctima de una alucinación. Pero sintió al mismo tiempo unos colmillos que se hundían en la sien derecha y un cinturón de hierro cerrarse sobre su vientre. Un fuego mortecino estalló en su cerebro e inmovilizó la sangre en sus venas. Su rostro tornó en una máscara cenicienta y se contrajo en un rictus de sufrimiento.
El escalofrío le produjo tiritera, su respiración empezó a entrecortarse, entró en una fase de mareos oníricos, su corazón sufrió nuevos vuelcos, el veneno hizo efecto de forma centelleante, su muñeca izquierda se dobló hacia dentro y quedó rígida, sus pies empezaron a torcérsele y un agudo dolor le recorrió la médula espinal y le paralizó toda la parte inferior.
Un débil gemido logró escapársele de la garganta. Se le desorbitaron los ojos. Cayó exangüe, las piernas separadas, el sexo visible, a la merced de los dos monstruos.

Cuando Aisha llegó a la casa de su prima, le sorprendió encontrar aquel absoluto silencio inhabitual. Pero lo entendió todo cuando descubrió al perro, a las vacas y al burro muertos, hinchados y con patas arriba. No obstante, llamó varias veces. Nadie contestó. Aturdida, se acercó al establo y descubrió que todos los animales domésticos yacían inertes en el suelo. Sintió que caía en un abismo de desesperación y echó a correr hacia la habitación de sus tíos. Empujó le puerta, entró sigilosamente y vio los cuerpos, boca abajo. Pensó que dormían.

Se arrodilló para sacudirles y despertarles. Cuando les dio la vuelta, descubrió con espeluznante terror que sus ojos la escrutaban con absoluta vacuidad y fijeza, como si pidieran socorro. Sintió un vuelco en el pecho y se echó atrás, horrorizada, sin poder contener la orina.

Luego su mirada se paralizó.
Al otro lado del patio yacían otros cadáveres. Observó cómo primos y hermanas estaban en la misma macabra posición.
Vio entonces como las serpientes abandonaban a sus víctimas, franqueaban el umbral y se dirigían ahora hacia ella, agresivas y hambrientas.
Se acurrucó en la esquina de la habitación.
Cerró los ojos y mentalizó las muertes de sus padres y hermanos y comprendió que, después de todo, ella no tenía ninguna razón para seguir viviendo.

No merecía la pena luchar.
Abrió un momento los ojos para presenciar su propio fin y…
Vio cómo los reptiles se retiraban, sin más…
Ahmed Oubali

Ahmed Oubali

Catedrático de Semiótica de Textos en la Escuela Normal Superior de Tetuán desde 1991, donde impartió análisis del discurso para futuros agregados de francés y clases de didáctica del español para futuros profesores marroquíes de español. Profesor conferenciante en varios países. Escritor, investigador y crítico literario. Ha publicado numerosos artículos de crítica literaria en diversos medios y revistas especializadas. Traductor-intérprete. Miembro de la Asociación de Escritores Marroquíes en Lengua Española (AEMLE). Es actualmente miembro del consejo de redacción de las Revistas Dos orillas y Hércules cultural.

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