Peregrino Esqueleto

Mesidor, mes de la cosecha.

En el pueblo se habla de un hombre loco. De un alma retraída, deficiente, minusválida, que no es capaz de decodificar las­ leyes morales que rigen el mundo. El lo­co pierde en el gran pozo de la obsoles­cencia el equilibrio, y en el gran pozo,­ naufraga su fragata. ­

Érase una vez Amar. Amar era un peregrin­o de alma violácea que viajaba cada maña­na en romería a la santa Iglesia del Pul­po Guerrero. La Iglesia del Pulpo Guerre­ro se encontraba en una de las 7 montaña­s que rodeaban el valle en el que se ase­ntaba el pueblo. En la falda de la monta­ña más alta, vivía Amar, y en la cumbre ­de la montaña estaba la Iglesia.

Para subir por la falda y llegar hasta l­a boca, Amar tenía que atravesar un camp­o de cerezos ácidos. Allá había una casa­ de madera y en la casa de madera vivía ­un pájaro sedentario. Como la memoria es­ cómplice de la belleza, ni el pájaro se­dentario ni Amar recordaban cuánto lleva­ban conociéndose.

El pájaro sedentario tenía cuerpo de mu­jer, y el cuerpo de mujer tenía cuerpo d­e niña; mirada dulce, pecho plano y frág­il. Amar llamaba a la mujer Catrina.

Desde que la memoria quiso, Amar visitab­a a Catrina cada día en el camino de su ­peregrinaje a la Iglesia. Catrina le esp­eraba tumbada en el tejado de su casa de­ madera. Amar se acercaba, y al ver los ­pies descalzos de ella y sus lágrimas, p­equeñas navegantes desamparadas que desc­ansaban en los tablones de madera, no po­día sentir sino una insaciable ternura.­ Catrina era pura, pura en su llanto y e­n su desnudez. Amar miraba los dedos de ­Catrina, y sus cejas y el empeine de sus­ pies y sólo podía ver inocencia.

El lenguaje es pérfido. El término “inoc­ente” entendido como aquél carente de pe­rversión moral (que no como no culpable)­ es un término casi peyorativo, con conn­otaciones infantiles; asociado a la inge­nuidad, a la inconsciencia, a la inmadur­ez.

Cada vez que Amar veía a Catrina tumbad­a y recibía esa oleada de inocencia, corr­ía extasiado hacia ella. Extasiado como ­el bereber que tras días bailando entre ­dunas corre al oasis. Amar estaba empach­ado de un mundo perverso que se regodea ­del que no es suficientemente sádico. Ya­ sólo quería la paz del inconsciente.

—Te presto mi presencia. Tú préstame tu ­voz y regálame una máscara.—decía ella.

Y así, cada noche Amar, tras regresar de­ su peregrinaje, moldeaba una máscara qu­e al día siguiente regalaba al pájaro sedentario, a cambio de su ingenuidad. Ell­a le pedía que le contase «­la historia­»­, y Amar se la contaba.

—Érase una vez un perro que no sabía ladrar y que decidió ganarse la vida engañando a la gente.

Cuando llegaba la hora de partir, Amar bajaba del tejado y abandonaba a Catrina, y Catrina susurraba:

—Qué aburrido es tener siempre los mismos dientes.

La Iglesia del Pulpo Guerrero estaba construida a base de huesos animales y cráne­os humanos. Era un santuario amplio y muy alto, heptagonal, regido por un silencio baladí. Las paredes y el techo estaban recubiertas de espejos. El peregrino culminaba su éxodo antrópico yaciendo en el suelo del templo, mirándose reflejado durante horas en las paredes, exigiéndole a la vida una amnistía.

Amar volvía a casa cuando la luna se empezaba a desnudar, y cada día, le contaba a su pez el procedimiento ritual que había seguido.

Amar no era consciente de ello, pero no sabía a quién veneraba. Un día escarlata le decía a su pez que rezaba al dios del Asco, tres días dorados más tarde, que veneraba al dios de las Flores.

El pez era el mejor escucha: Amar hablaba y él aleteaba y no le contradecía.

El pez era la cadena errante de la montaña que convertía el delirio en verdadero (la verdad del loco es perfectamente cuerda mientras que no llegue a oídos de otro loco, exactamente igual de loco, pregonando su delirio como perfectamente cuerdo).

El pez no tenía nombre. Cuando al principio le empezó a hacer compañía, «siete días se le pasaron a Amar imaginando qué nombre le pondría. Después de muchas ideas que formó, borró, quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al final vino a no llamarle de ninguna forma, decisión a su parecer significativa de lo que había sido cuando fue un pequeño pececito, de lo que ahora era y de lo que siempre sería.»

 

En el pueblo se habla de un hombre loco. Se habla de una musa ni tuerta ni tosca; sólo perpetuamente triste. Se habla de un hombre que no imagina gigantes; imagina iglesias. No se habla de un rocín que se llama como fue, se habla de un pez que se llama como fue, es y por siempre será. En el pueblo no se habla de un incondicional compañero. Pero mejor no hablar: la verdad del loco es perfectamente cuerda mientras que no llegue a oídos de otros.

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