EL QUESO EN LA LUNA

Está haciendo más frío, y no sé si en cualquier momento no se larga a llover. Me apuré al pedo. Le tendría que haber dicho Zeballos. Siempre me hace lo mismo, mitad de camino las pelotas, después me quedo esperando quince minutos como mínimo, congelado. Preferiría seguir caminando, hasta Zeballos por lo menos, y no estar clavado acá como un macetero. Este jean es la cosa más incómoda que me puse alguna vez en las piernas, incluida la gorda Heter (la gorda Heter ¿Qué ironía ah?). La pilcha que me manda mi vieja es siempre inusable, tengo en la sisa una réplica del Muro de Berlín y un huevo de cada lado, tratando de trepar el paredón. ¿Cuánto hará que me prendí el último? Algo le voy a decir, si se enoja que se vaya a cagar, ya van diez minutos. Pasa que cuando se calienta no la controlo, ella no se controla, creo que es capaz de casi cualquier cosa, como la semana pasada que revoleaba la pava con agua hirviendo mientras me puteaba porque decía que hacía dos meses que no la sorprendía con algún programa “creativo”. Primer punto, si la mina está siempre esperando ser sorprendida, la única manera de sorprenderla es no hacer nada, y entonces que la sorprenda la falta de sorpresas. Es imposible. Qué programa le voy a proponer si todos los ratos juntos ya están diagramados por ella con días de anticipación. La semana pasada hicimos cine, parque, la feria de mierdas viejas que hay en el parque (o sea, parque de nuevo), cena con sus viejos, cena con mis viejos (mi vieja hizo milanesas), el viernes tuvimos el cumpleaños del narigón y el sábado nos fuimos todo el día al campo del marido de la hermana en la concha de Entre Ríos. ¿En qué momento entonces se supone que meta la sorpresa? Al pedo le respondí que si lo que quería era sorprenderse entonces yo iba a empezar a cagar con la puerta del baño abierta. Eso no estuvo bien, y ahí fue cuando pensé que me bañaba con el agua hirviendo de la pava. Si te aburrís jodete, yo no soy tu marioneta, comprate un caniche, rosa, que te rompa bien las pelotas como vos me las rompes a mí. Bah yo me prendo un cigarro, estos caramelos no sirven para un carajo. ¿Era San Juan, o San Luís? Creo que dijimos San Luis, me tengo que comprar un auto, un R12, un fito, algo. Como el de Lucio, Lucio la hizo bien, claro que vive con los viejos y no se paga la comida, ni los impuestos, ni la nafta se paga el hijo de puta, si la vieja cada vez que se lo pide para ir al super se lo devuelve con el tanque lleno. Por eso se levanta minas, anda en una nave, buena pilcha, siempre dulce, paga los tragos, suma por donde lo mires, y para cuando les dijo que vive con los viejos la mina ya está enganchada, ya se subió al bondi. En cambio yo no, para cuando les digo que vivo solo la piba ya se hizo la idea de que soy un seco, y no hay mono-ambiente que alcance. ¿Que busca este? –No amigo, no tengo- (no me rompás las pelotas). De todas maneras no me fue tan mal, Lola está linda, a mis amigos les gusta, me doy cuenta que le buscan el pecho cuando se pone esas blusitas sueltas y la agarran de los dos brazos cuando se les acerca a saludarlos con un beso. Lástima que sea tan lerda la hija de puta. Igual la adoro, pero no hay amor que no venga sin su cuota de demonios. Está canción no me gusta para nada. Es buena la banda pero se mandan a hacer estos temas experimentales que son un bodrio, puro tecladito cirquero y redoble. Siempre me preguntan por qué no estoy en una banda, “si tocas re bien”, a mí que carajo me importa, también hablo muy bien inglés y no por eso me voy a vivir a Londres. No tengo interés en hacer una música que no me gusta, y la música que me gusta no la sé ni la voy a saber hacer. Hoy las banditas de garaje venden todo menos música, es una estafa en realidad, los pibes los siguen porque tocan a la vuelta del barrio, entre minas que conocen, y les encanta chupar escenarios y tener un dibujo que pintarse en las remeras. Por eso las bandas “de barrio” son todas de Rock, ¿Dónde se vio una bandita de garaje que haga tango electrónico? ¿O Jazz Fusión? ¿O Bossa Nova? Es Rock o Reggae, y esos porque viven fumados, y los que los escuchan viven fumados, y lo peor que te puede pasar es escuchar un disco entero de una banda Reggae sin estar fumado. Son como esos chupetines que venían antes que los metías en unas bolsitas con un polvo raro y te hacía efervescencia en la boca, algo así. El Reggae y el faso son como el Fernet y la Coca, solo uno vale algo sin el otro. –Chá ¿Cómo andas?- (¿De dónde lo conozco a este flaco?). Como me gustaría rajar de acá. Tomarme los vientos, como dicen los uruguayos. Por ahí al sur de Uruguay, o al sur de Chile, o simplemente al sur. Alguna cabaña en el medio de la nada, montañas, mucho bosque (mucho), que no me conozca nadie, no saludar ni a la mañana. Plantar malvones, naranjos y marihuana, leer a Fidor y a Soren, cortar leña (mucho bosque), con los viejos lejos, sin cumpleaños, sin campos en Entre Ríos. Me despierto despacio y me estiro en la cama de madera sobre el piso de madera bajo el techo de madera (mucho bosque), me preparo un café bien fuerte mientras pienso en todo aquello que estará pasando por arriba de mis hombros, y de lo que soy tan ajeno. Elijo los tocones de cedro o pino para quemar en la chimenea (mucho, mucho bosque). Arrastro los pies porque puedo, porque elijo hacerlo, bah, porque tomé las decisiones necesarias, y un tanto radicales, como para poder permitírmelo. En algún lugar, arriba de la pampa, la gente comienza a recibir los mails del día, con briefings, y PDFs, y meetings, y un montón de saludos cordiales. Yo me afeito en la cocina. Antes sacudo la nieve del marco de la ventana, como muchos se sacuden la caspa de las hombreras de sus sacos, y veo el sol desenrollarse en mi persiana, sabiendo que no voy a despedirme de él hasta el crepúsculo. Sé que el perro me espera en el living, que no me va a pedir nada cuando llegue, que le alcanza con el fuego prendido (igual que a mí). El café es el mismo que en otros lugares, tal vez un poco más dulce, pero en otros lugares lo toman de parado al lado de un bidón de agua invertido, y yo lo apoyo sobre una vieja mesa de sastre llena de papeles garabateados que rascan una Olivetti. No me molesta que se corte la luz, ni que se caiga la red o se apague el Wi Fi, nada importante tiene que salir o entrar de mi cabaña. Tal vez silbe un tango mientras reacomodo los libros consultados la noche anterior, y vacíe los ceniceros y lave las copas de vino que han quedado al pie del sillón. Ahí está Lola, ya viene con cara de orto. Mejor me voy acercando para que después no diga que la espero como un busto de plaza. Me estoy dando cuenta que, no es que quiera ser escritor, es solo que me gustaría demasiado poder robarle la vida a uno.

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