Una vez más

Era la quinta vez que viajaba a aquel mismo instante esta semana. Sabía que si la universidad se enteraba de aquello sería el fin de toda su carrera. Había ajustado al milímetro todos los detalles, mucho más que las cuatro primeras veces. Había procurado ir limando cada pequeño detalle en cada una de sus incursiones de manera que los márgenes de error se fueran acotando. En su mano el pequeño mando que ayudaba a controlar la máquina temporal le indicaba en aquellos dígitos rojos que no disponía de demasiado tiempo, aunque esta vez había añadido un diez por ciento más de segundos para completar su misión.

El pequeño superordenador que regía la máquina temporal, J.A.R.L. (Jumperizadora Aritmética de Redifusión Logarítmica), había estudiado un sinfín de posibilidades probables durante la noche anterior. Cualquier pequeño inconveniente debía ser estudiado y ajustado para que no se produjera ningún tipo de paradoja. Un error, por pequeño que fuera, podría acabar no solo con su carrera sino con el universo. Aunque lo cierto era que un error de aquel tipo le libraría de tener que exponer sus razones ante un tribunal universitario. Aún se recordaba en el departamento aquella ocasión en que en uno de los primeros viajes alguien planeó acabar con Hitler y debido a un fallo de cálculo ahora los libros de historia declaraban, no sin tener toda la razón, que la segunda guerra mundial acabó en 1949 gracias a la labor de la espía nipona Kía Tse Kyoto. Quizás no fuera tan mala idea que puestos a fallar una catástrofe de límites incalculables limpiara a su vez cualquier tipo de consecuencia que pudiera ocasionar que su úlcera, a la que había apodado Soggoth, volviera a dar señales de vida.

En esta quinta ocasión el lugar para hacer la incursión espacio-temporal había sido elegido más cerca del objetivo que en las ocasiones anteriores. Un cartel con el lema “Nosotros tenemos todas las respuestas ¡Llámenos!” ocultaba su fofo y esquelético cuerpo de la vista de todos los transeúntes. Se dio cuenta de que seguía llevando la bata blanca pero ya era tarde para remendar ese pequeño desliz y en principio no debería suponer un obstáculo para la tarea que lo había llevado hasta allí. En un rápido oteo por encima del cartel pudo ver como sus yos pasados ejecutaban una especie de danza sincronizada de sucesos en la que ninguno de ellos sopesaba el efectivo fracaso al que tendrían que enfrentarse más tarde. Pero esta vez él estaba allí para lograr la gran hazaña. Llegado su momento de gloria se quitó la bata y se apresuró a dar sus pequeños pasos en aquella obra magistral que debiera acabar de una vez por todas con su gran frustración. Había estudiado cada detalle del plan propuesto por J.A.R.L. Un ligero traspiés pudo haber dado con su proeza nuevamente en el cajón de fracasos pero supo reponerse y ejecutar el plan trazado con una precisión cercana al mínimo margen de error posible. Volvió a su escondite y reparó en las caras de sus yos que le vigilaban desde los que habían sido sus anteriores refugios en los cuatro viajes anteriores. Una primera mueca de decepción le hizo entender que todos ellos sabían de la razón de un quinto de ellos unido a aquel teatro (no debió de ser muy diferente en las ocasiones de multiplicidad temporal anteriores). Pero esa mueca se vio sucedida por una sonrisa de esperanza y un ligero cabeceo de aprobación que le hizo sentirse a salvo de cualquier reacción propia e indeseada. Poco a poco unos pequeños destellos luminosos fueron precediendo a la desaparición de sus versiones de viajes anteriores. Solo tocaba esperar deseando que esta vez obtuviera el éxito definitivo.

Allí estaba él. Su yo pasado. Decidido. Sin saber a que tipo de placaje del destino se iba a enfrentar en apenas unos segundos y con una sonrisa de oreja a oreja que no hacía sino evidenciar a posteriori el gran fracaso que acabaría por desencadenar una serie de tristes circunstancias. Por fortuna esta vez esperaba que todo acabara como debió de ser aquella primera vez. Sin fiascos, sin sustos…sin sorpresas. Agarró la barra metálica del carro de Tannen Supermercados y se dispuso a avanzar hacia su destino como quien espera que su futuro no fuera otra cosa que una agradable y apacible línea recta. Cuando un segundo más tarde se fijó en su cara se dio cuenta de que había vuelto a cometer un error. Un vistazo general y con perspectiva desde donde estaba sirvió para comprobar que se habían vuelto a repetir los mismos hechos, o al menos parecidos. Esta vez era la rueda izquierda de la parte delantera de su carrito la que parecía tener el problema de movilidad. En cualquier caso su cara lo decía todo, la frustración volvería a llevarlo una hora después a repetir, si es que podemos usar ese término, el incidente de la clase de meditación. Llevado por una necesidad animal de manifestar su acumulada ira su puño derecho y la cara del señor Miyagui vivirían un breve romance que acabaría con este último en la sala de urgencias del hospital universitario. Necesitaría una nueva incursión espacio-temporal para resolver aquello. Quizás la sexta fuera la definitiva.

Niuqech

No se bien qué poner. Aún me pregunto si soy real o un simple personaje inventado.

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