Claro de Luna

La cara llena de pecas y una sonrisa sempiterna. Llevaba el pelo castaño cardado por debajo de los hombros, tal vez media espalda, las muñecas llenas de pulseras y, sobre la nariz, unas gafas redondas, el doble de grandes que las de John Lennon. Llevaba una camiseta blanca, con mangas algo acampanadas, hasta debajo del ombligo. La falda marrón claro caía larga hasta los pies, de los cuales solo sobresalía la punta, lo suficiente para saber que iba descalza.
Nadie podía evitar evocar a Janis Joplin al verla. Con la paz que destilaba, la inocencia hipnótica en su mirada, en su sonrisa, en su esencia. Era pura. Como un ángel caído del mismísimo cielo. Incorruptible, intocable, inalcanzable. Pero ahí estaba. Brillando como nunca, como la estrella que era y no sabía. Como una verdadera diosa del Olimpo. Pero estaba ahí. Por mí. Esperándome. Aguardando a que llegara y yo aquí, mirándola embelesado como si nunca hubiera visto una mujer. Y era cierto, nunca había visto ni conocido una como ella. Me vio. Clavó sus enormes y expresivas orbes verdes en mí. Su sonrisa me dejó sin aliento. Me sonreía a mí. Pareciera que no existía nadie más en aquella inmensa marea de alumnos, de adolescentes hormonando. No parecía encajar entre ese montón de ropa cara y sonrisas hipócritas. De ese veneno ponzoñoso que era la sangre de los presentes. Por un segundo sentí la imperiosa necesidad de llevarla lejos, donde nada pudiera turbarle, ni pervirtiera su maravilloso ser. ¿A qué esperaba?

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