¿Bailas conmigo?

Créditos de la imagen al usuario Upthehill con cuenta en DevianArt

Era la primera vez que Remus Lupin iba a una discoteca. No se había esforzado mucho en su vestuario, a pesar de la insistencia de Lily Evans. Pero Remus era un terco y no se dejaba convencer fácilmente. Llevaba una campera vaquera que parecía de su abuelo, una camiseta que lo más seguro fuera sacada de un pijama y unos pantalones raídos por el tiempo. Ni siquiera sus zapatillas se salvaban de la criba.
No le era atractiva la idea de un montón de gente en un espacio de dimensiones reducidas, con la música a todo lo que daban los altavoces y haciendo por las esquinas sabe Dios qué. Pero su amiga le había hecho chantaje emocional y incluyendo argumentos de la talla de “la juventud no dura para siempre”, “hay que divertirse ahora que podemos” o “encuentras a alguien con quien magrearte y quitarte lo amargado”
Nada más pisar el antro lo notó. Se podía colocar solo con el olor del alcohol, el sexo y otros estupefacientes. Luces de colores lo deslumbraban, ruido que se hacía llamar música lo ensordecía.
Remus se sentía viejo. Como si su cuerpo de dieciocho años escondiera un abuelo de más de cien. No era para nada sociable, pero tampoco era un amargado como lo había llamado Lily en uno de sus intentos de hacer que cediera. Simplemente era muy serio y estricto, tal vez demasiado en ocasiones, pero se gustaba, le gustaba su personalidad y no tenía en mente cambiarla. Prefería un libro a una persona desde siempre. Tal vez por eso Lily fuera su única amiga. Para gente que no lo conociera (todo el mundo, incluyendo a Lily) podía resultar desdeñoso e indiferente a la sociedad. Pero realmente, Remus era extremadamente tímido.
Dio un trago a la cerveza y le estuvo tan amarga, que no volvió a probarlo. La música estaba tan alta que tenía que gritar al oído de su amiga si quería que ella entendiera algo de lo que le dijera.
-¡Relájate, eres joven, disfruta!
Pronto, Lily había desaparecido entre la vorágine juvenil. No entendía porque lo había instigado a ir con ella para dejarlo solo al final.
Se quedó en la barra, mirando la etiqueta del botellín de cerveza como si tuviera la respuesta a todas las preguntas del mundo. Decidió que ya había esperado lo suficiente, además la canción de turno le estaba provocando dolor de cabeza. Era hora de irse. Intentaría buscar a Lily para avisarle de su vuelta a casa y, si no lo conseguía, le mandaría un mensaje.
Se abrió paso entre la gente como pudo, dando empujones y serpenteando entre los cuerpos, levantando la cabeza de vez en cuando sobre el nivel medio para intentar ubicar el cabello fuego de su amiga. Hasta que lo vio. Parecía que la multitud se había abierto a su paso, como el agua a Moisés. No pudo, no supo ver nada más.
Sus ojos eran azul topacio y su piel tostada, el cabello negro y largo hasta los hombros, algo rizado. Lo estaba mirando. A él. Un hombre tan espectacular. A él. Directamente. A los ojos. Sin duda. Su conexión se vio interrumpida por un cuerpo robusto que, a contraluz, no pudo distinguir sus facciones
-Hola, guapo. ¿Estudias o trabajas?- dice el desconocido pretendiendo un tono sensual.
-Deja al chico en paz, McLaggen. Yo lo vi primero. -pero esa voz no lo pretendía. Simplemente lo era. Remus no pudo evitar un escalofrío que bajó desde su columna hasta su vientre bajo. Y deseó haber hecho caso a Lily. Era tan insignificante a su lado, tan poca cosa. ¿Cómo pudo fijarse en él? A su lado vestía harapos y sus cicatrices, las que surcaban todo su cuerpo, nunca antes habían sido tan evidentes cuando se acercó. Las cicatrices del otro eran negras, hechas con tinta, exhibiéndolas con orgullo y seguridad.
El tipo se largó sin chistar media palabra, dejándolo solo con…
-Sirius Black.- sus ojos eran dignos representantes de la profundidad del océano. Supo que nunca se cansaría de mirarlos como los poemas de Yeats. Hasta ese momento, Remus nunca se había planteado su orientación sexual, pero poco importaba en aquel momento. Le gustaba Sirius. Ningún chico más.
-Remus, Remus Lupin.- se dio cuenta de que estaban muy cerca.
-Lupin, de lobo. Yo los llamo los lunáticos porque cantan a la luna, a pesar de que su significado sea distinto.
-Tú te llamas como una estrella. Sirio, -titubeó al ver la indescifrable expresión de su rostro.- ¿no?-una enigmática sonrisa ladina rompió su rostro sin estropear su armonía.
-Encantado Remus Lupin, ¿bailas conmigo?- las mejillas se le colorearon. Cada vez hay menos espacio entre sus rostros.
-No sé bailar.- susurró. Creía que el otro no lo había oído, pero el ensanche de su sonrisa le hizo darse cuenta que estaba equivocado.
-En ese caso, ¿te gustaría un cigarro, Remus Lupin?- ¿era posible estar más sonrojado? Si, y lo notó en su garganta, donde se formó un nudo y lo único que pudo hacer fue asentir.

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