La torre. Capítulo 03.

En la lejanía no se divisaba rastros de más jinetes. <Al menos se trata de un único jinete>. En el patio se encontraba un jinete cubierto de los pies a la cabeza por una túnica color azul oscuro y un turbante del mismo color. En su mano derecha agarraba un látigo enrollado. Delante de la montura avanzaba, de manera cansina, un hombre con el torso desnudo cuyas manos se encontraban atadas con una larga cuerda a la silla de montar del jinete. <Mal asunto. Un esclavista no es frecuente que ande sólo de aquí para allá. Tal vez la tormenta de arena de unos días atrás lo haya separado del resto de la caravana en la que viajaba>. Walder estaba absorto en estos pensamientos cuando dejó caer algunas piedras de la ventana. <Maldición>.

– ¿Quién anda ahí? – gritó el esclavista mientras controlaba su montura que se había asustado por el ruido inesperado producido por las piedras caídas desde la planta superior de la torre al chocar contra el suelo del patio. – Muéstrate.

Ya que había sido descubierto era absurdo permanecer escondido. Debía jugar sus cartas con cautela si no quería verse como el hombre que acompañaba al jinete. Walder sabía que se enfrentaba a un único adversario pero, por el contrario, él desconocía cuantos estaban escondidos en la torre.

Walder salió al patio y se mantuvo a una distancia prudente del jinete. No quería ponerse al alcance del látigo. Ya había probado una vez el beso de uno de esos y todavía tenía grabado en su memoria como ardía la piel donde había impactado.

– ¿Quién eres? ¿Hacia dónde te diriges? – preguntó de manera directa y seca desde la seguridad que le ofrecía su posición elevada en lo alto de su montura.

– Soy Walder y me dirijo a Puerto Blanco – respondió mientras mantenía sus manos sobre la empuñadura de su espada.

– No es tierra para viajar sólo. Es una temeridad.

– No viajo solo – mintió Walder. – El resto de mi grupo está a una jornada de viaje de aquí. Yo me he adelantado para inspeccionar la torre.

En ese momento el prisionero que se había ido colocando detrás del jinete aprovechando la distracción del mismo, se abalanzó sobre éste y lo arrojó al suelo desde su montura. El esclavista se revolvió en el suelo y desplegó el látigo mientras lo descargaba con furia sobre su atacante que recibió la descarga en pleno rostro. Walder tenía una oportunidad que no podía dejar escapar. Sacó la daga de la funda que colgaba en sus riñones y se lanzó rápidamente sobre el hombre armado, rodeándole el cuello con su brazo izquierdo y asestándole, con furia, varias puñaladas por la espalda. El enemigo se desplomó sin vida sobre el suelo del patio. Walder se quedó contemplando el cuerpo sin vida mientras pensaba que no era la forma más honrosa de derrotar a un adversario, pero cuando la supervivencia está en juego la honra debe quedarse a un lado.

Un fuerte golpe en la cabeza, seguido de otro de la misma intensidad contra el suelo del patio hizo que todo cuanto le rodeaba se volviera oscuridad y silencio.

Cuando recobró la consciencia lo primero que observó fue una luna que brillaba en lo más alto del cielo. Sentía un dolor terrible en la nuca. Intentó llevarse las manos a la cabeza pero las tenía atadas. Con un gran esfuerzo consiguió sentarse sobre el suelo.

– Al fin te despiertas amigo – sonó una voz a su espalda. – ¡Vamos! ¡Ya es hora de ponernos en camino!

Walder se quedó mirando cómo la túnica azul marino de su captor se movía con la suave brisa de la noche mientras se montaba en el caballo. Cuando sus miradas se cruzaron se quedó petrificado al ver el latigazo que le surcaba, de lado a lado, el rostro.

– No te lo tomes a mal. Te agradezco que me hayas salvado, pero me darán un buen dinero por ti en Puerto Blanco. Todos tenemos que sobrevivir, ¿no?

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