El mar de los deseos

Abrí el armario de la ilusión, elegí el mejor de mis trajes, ese que me queda perfecto, el del optimismo, lo adorné con mi corbata de la suerte, decidido y acompañado de mis enseres de pescar, me encaminé raudo y veloz hacia el embarcadero donde impaciente aguardaba mi llegada la barca del amor. Al subir me convertí en el más diestro de lo patrones, solté amarras y tomé rumbo al mar de los deseos. Una vez situado allí, justo donde quería estar, preparé mi antigua y perseverante caña, esa con la que tantas historias he compartido, me la acerqué a mis labios y le susurré “tranquila amiga mía, hoy no nos vamos de vacío, hoy seguro que no”, al oír mis palabras su aspecto rejuveneció y su forma curvada se transformó en una perfecta línea recta. No utilicé anzuelo alguno, coloqué con cuidado y firmeza sobre el hilo sedoso el mejor cebo posible, un trocito de mi corazón al que antes de depositar en el fondo de ese mar, le grité con todas mis fuerzas “ a por ella, ve a por ella”, al instante el corcho se hundió, no tenía dudas, rápidamente , con suavidad y ternura a la vez, recogí el sedal, no cabía lugar a sorpresa alguna, el ser más maravilloso del mundo mordía con amor ese trozo de mi corazón, te subí lentamente a la barca y te senté junto a mi, desde entonces, abrazados el uno al otro, surcamos entre las olas de nuestro mar de los deseos y contemplamos, como desde la orilla, nos observan con admiración.

 

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