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Me deshago en besos.


Me deshago en besos para ti. Si quieres mis labios, te los doy, te los presto. Haz con ellos parte de tu piel, que recorran lo más íntimo de tu ser, para darme en vida el mejor de los encantos que no causan daños: tú.

Me deshago en besos para ti. Cuando imagino nuestros cuerpos ardiendo, cálidos, sedientos de placer, húmedos, formando parte de un todo. Cuando mi alma yace en tu seno, y tu delirio embriaga mis sentidos.
Me deshago en besos para ti. Cuando llegas y me dices que me quieres, y tu sonrisa habla de las maravillas que te prometo. Cuando me agarras la mano y paseamos juntos, rozándonos y sintiendo mundos entre nuestras yemas. Cuando en la desnudez de tu alma recorro con fuego cada uno de tus encantos.
Me deshago en besos para ti cuando con un beso me callas, me elevas, me llevas y de mí en la Tierra nada dejas.
Me deshago en besos para ti, porque te quiero.
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Rima XXXVII. Tú y yo.


Si me amas, te prometo
que no habrá palabras o distancias,
ni tragos amargos, ni besos reacios.
Ni llantos, ni malos ratos.
Ni pactos, ni tratos.
No habrá en primavera flores,
ni en otoño se vestirán de rojo los colores.
No habrá copos de nieve en invierno,
ni en verano, teces de color moreno.
Ni sonrisas, ni lágrimas.
No habrá desilusiones ni desesperanzas.
No habrá caídos, ni vencidos,
ni dañados, ni apartados.
No habrá victorias ni glorias,
ni batallas por causas, ni causas de batalla.
No habrá pájaros que canten
ni ondas en el mar que,
acariciando la arena, dancen.
No habrá valles ni ríos,
ni equinoccios, ni solsticios.
Ni el tiempo pasará gritando,
ni las vidas se consumirán en vano.
Y tampoco habrá desgracia,
ni alegría, ni abundancia.
Ni malos deseos, ni avaricia entre los buenos.
No habrá agua, ni fuego.
Ni viento, ni tierra,
solo lo Eterno.
No habrá nadie que nos mire,
ni persona que nos dañe.
Ni arma que te ataque,
ni escudo que me tape.
No habrá nada.
Nada.
Nada más que
tú y yo.
Tú corazón,
en mi pecho.
Y el mío, en tu pecho,
latiendo.
Solo estaremos dos.
Tú y yo.
Nada más.
Nada que nos cambie,
nada.
Nada que impida
que te ame por y para siempre.
Nada que me haga pensar
que el amor no es tan diferente.
Nada entre tú y yo.
Solos, tú y yo.
En la cima del mundo.
Viajando despacio,
rumbo a “nuestro amor”.
Solos, sintiendo,
que mi vida es tuya,
y mía es tu alma;
que de nuestro abrazo
nada ni nadie nos separa.
Que por fin el mundo es mundo,
la vida es vida,
y la alegría, alegría.
Que por fin estamos tu y yo solos,
y juntos viviremos
por el resto de los días.
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Rima XXVIII. Otra vez


Dije que no volvería,
y volví.

Juré ante santos,
que nunca jamás.
Y el jamás,
se perdió,
para jamás
volver a ser,
una palabra
que significase algo.
Aprendí,
y decidí,
dejarlo a un lado.
Apartarlo de mí.
Y volví.
¡Volví!
Tonto de mí.
Se volvió a apoderar
de mi cuerpo,
de mi ser,
para llenarme de nuevo.
Ya está aquí,
ya llegó.
Y nombrarlo,
me da terror.
Y si
fuera otra
la otra,
la cosa no sería tan mala.
Pero es ella,
la misma, la de siempre,
la que siempre me llama.
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Rima XXIX. Hoxe.


Hoxe mírote,
e non sei aínda ben,
se es presente do presente,
negra sombra do pasado,
ou luz fugaz do futuro.

Hoxe mírote,
e cando me miras,
aínda tremo.
Aínda me asaltan dúbidas
se debín ou non
dicirche “Te quiero”.
__________________________________
Hoy te miro,
y aún no se bien,
si eres presente del presente,
negra sombra del pasado,
o luz fugaz del futuro.
Hoy te miro,
y cuándo me miras,
aún tiemblo.
Aún me asaltan dudas,
si debí o no
decirte “Te quiero”.
Texto original escrito en galego.
Traducción: Realizada por el autor.
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Born this way.


De todas las posibles interpretaciones que puede dar de sí este título, para los que sepan inglés, para los que conozcan la canción de Lady Gaga, y para los morbosos, os diré que tiene el más simple de todos ellos. Y es que simplemente, nací así.


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A,G,C,T.


Una vida es única, imposible de ser copiada o plagiada en su totalidad. Nadie puede hacer las mismas cosas en el mismo momento que cualquier otra persona del mundo, y eso que somos muchos.
Una vida no es solo el periodo cronológico que va desde el nacimiento de un ser hasta su irremediable muerte. No es solo un conjunto de pasos que nos enseñan a caminar por el mundo, si no una predisposición a conocer maravillas que nos aguardan a la vuelta de la esquina. De las miles de esquinas que nos encontraremos.
Una vida es mucho más. Experiencias, miles de experiencias. Gritos, emociones, personas que pasan por ella y nos hacen vibrar, otras tantas que nos provocan de todo menos buenas vibraciones. Una vida son palabras, sueños, y emociones. Saltos al vacío y caras sonrojadas. Una vida se vive cuando pasas frío un día de invierno, o cuando te mueres de calor un día de verano. Una vida se vive cuando disfrutas especialmente de una comida, de una compañía. Una vida se disfruta cuando te enamoras, y se aprende de ella ante los errores y los tropiezos.
Una vida son palpitaciones, contracciones cardíacas que se disparan cuando haces el amor, o cuando corres asustado, aterrorizado.
Una vida son carreras contra el tiempo, y descansos en sueños, en sofás de siesta de miles de tardes.
Una vida se llena de olas rotas, de canciones, de poesía. Una vida se marca cuando nacemos, pero, sin embargo (y siendo lo más importante) va con nosotros y se condiciona con lo que nosotros decidimos, poco a poco.
Una vida es una batalla contra los elementos, y una victoria contra la muerte.
Una vida es más que una vida, estrictamente hablando.
Una vida, a fin de cuentas, es la huella que deja el ser humano que la vive en la Tierra.
Los lazos que forma, las amistades, las enemistades.
Los logros, y las desilusiones. Los chascos.
Una vida, tu vida, es mucho más que tú.
Por eso, es demasiado poco humanista decir que la esencia de la vida se encuentra en las cuatro letras A,G,C,T.
La vida es mucho más que una molécula de DNA con bases enfrentadas.
Por eso, los científicos (todos aquellos que practicamos de un modo u otro la ciencia) deberíamos ser los más laxos, los más humanos, los más humanistas y cuidados, cuando hablamos de las fuentes de la vida. De la vida.
Porque una vida se llena de muchas cosas, y no sólo es un inicio.
Una vida es una serie de inicios que nos permiten aprender, crecer, y ser, al final, nosotros mismos.
Por eso, nosotros, científicos del mundo, tenemos que saber transmitir mejor que nadie que la vida no es ciencia.
La vida, es magia.


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Rima XXVII: El dolor como alegría.


Ayer lloró,
y yo reí.
No sabría explicar
cuán feliz me sentí.

Lloraba de rabia,
ambición frustrada.
Reía yo por verla,
pequeña, asustada.

Y esque ella no sabe,
ni siquiera imagina
lo que lloré yo por ella,
por quererla como mía.

A imaginar no alcanza
cuánto tiempo lloré poesía,
cuántos versos le dediqué.
¡Muchos más de los que parecía!

Ni siquiera sabe
cuánto daño me hacía
Verla y no hablarle,
un día y otro día.

Y yo, sí, lo sé.
Mi corazón, también.
Y explotó de júbilo cuando supe,
que ya no siendo mía,
él tampoco la querría.

Y así endulcé mi noche,
con macabra ironía.
Y esque por primera vez en mi vida,
el dolor me produce alegría.

Adrián Abeal Adham

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El reencuentro con Alicia


Ya quedaba poco para que terminase uno de los periodos de lo que antes denominaba “confinamiento salmantino”. Ciertamente, quedaba muy, muy poco. Y si ya tenía ganas de llegar a casa, para encontrarme otra vez con mi vida, ésa que se queda en tu habitación y no quiere salir de allí, la conversación que tuve por Tuenti con Alicia, me dio un subidón que me hizo imaginar que podía adelantar los relojes con la mirada.
Me decía algo asi como que tenía una pequeña actuación para un acto social de carácter histórico, en el cuál cantaría tres pequeñas operetas, que por si fuera poco, y como Dios manda en la ópera, serían en italiano, esa lengua que me hace estremecer desde la punta de los pies a la coronilla, desde el más suave “Ciao!” hasta el más dulce “Amore mio”. Estaba claro, el jueves de esa semana, sería enterito para ella.
Así que allí me fui, al Cantón de Molíns, el más que mítico paseo ferrolano, colindante con el edificio de la Fundación Caixa Galicia, el edificio de Correos, los baretos cutres en los que malgastamos perras y sábados buscando algo más de lo que teníamos en el instituto, y “El cenicero”, aquella plazoleta circular que tantas veces había sido partícipe de secretos, líos, vómitos, calimochos derramados, y cubalitros mal tragados.
De repente me sentí algo extraño, rodeado de personalidades que iban allí a recordar cuán valientes habían sido algunos miembros de su familia en los levantamientos del proletariado de los tiempos finales de la dictadura, y otras que iban a colgar galones en su vida más que digna como conocidos historiadores, sociólogos,y políticos, tanto alcaldes, como concejales. Sentía que hasta el guardia de seguridad que miraba con fastidio el panorama de charla y parloteo que se vivía en el vestíbulo, pintaba allí más que yo.
Sin embargo, me compuse, a fin de cuentas, en eso siempre fui experto, y me adentré en el salón en el que tendría lugar la actuación.
Esperaba con entusiasmo el ansiado momento en el que mi amiga saliese a deleitarnos a todos con su voz de soprano. Y entonces ese momento, llegó. Apareció vestida de negro, con un escote de infarto, seguida de María, que la acompañaría al piano. Y ahí, justo ahí, decidí que el mundo volvía a girar de nuevo, cuando hiló con su fina voz el viaje en barca por el cielo del Mundo que deseé que no terminara jamás.


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Desamor


Y entonces el aire se corta, las palabras caen por efectos de la gravedad. El mundo vuelve a estar en su sitio, arriba es arriba, y abajo es abajo. Tus pies, vuelven a pisar, de golpe, el frío suelo, mojado en el mes de marzo, encharcado en el mes de abril. El corazón deja de latir desenfrenadamente y adopta el reposo para volver a ser uno. Las canciones no te sacan sonrisas, sino lágrimas. Las voces se pierden en los oídos para dejar el significado que queramos darle, casi siempre pesimista. Las parejas que pasean por la calle no son más que indefinidas burlas del Destino. Los besos que antes te parecían de ensueño, no son más que fríos roces, cuchillas preparadas para cortarte en pedacitos. Las mañanas no son llevaderas, sino que se hacen más inacabables que nunca. Las 12 ya no quieren ser las 11, sino que anhelan ser más y más, para no tener que enfrentarte al NO que sigue diciendo algo así como “No quiero verte sufrir”. No sabes si son más macabras esas palabras, o las malditas parejas que se miran con cara de embobados. Con la misma cara de embobado que mirabas tú al mundo. La gente prefiere que todo vuelva a ser como antes, pero entonces, todo tu amor, todo tu cariño, se rebela en tu interior y dice que eso no es lo que quieres tú. Que no quieres olvidarte de todo, o hacer como que “no ha pasado nada”. Porque si ha pasado. Otra vez se abre el alma a quien no sabe cerrarla sin hacer daño. Otra vez el maldito amor juega su arma letal, la segunda cara del doble filo, para hundirte y hacerte ver desvalido. Solo en el mundo. Otra vez te toca ser fuerte y aguantar los ánimos vacíos de cuerpo y forma que te regalan los que te aprecian. Y lo peor, es saber que va a tener que pasar, y que tú, por ser tú, romántico, idiota, volverás a verla como siempre. La volverás a idealizar en poco tiempo, y verás en sus ojos negros, sombras de luz que atraen al viajero perdido. Y volverás a oir de sus labios palabras emponzoñadas con el más lento de los venenos. Y volverás a sentir que quieres que el mundo se pare, no para bajarte, sino para estar con ella toda la eternidad. Y volverás a sentir que vives por y para ella.
Y volverás a enamorarte, y a sufrir. Pues un verbo siempre lleva de la mano el otro.
Y aunque ya lo sabes, de sobra, te repites esa frase que a ti te resulta tan estúpida, pero que parece estar a la orden del día: “A las chicas ya no les gustan los chicos que hablan de amor”
Ahora, deduces tú, lo que se lleva, es el desamor.
Es curioso, pues en esos momentos, es cuando más sientes lo lejos que se quedó tu Historia, perdida en algunas páginas de versos delicados y sonetos precisos.
Es en esos momentos en los que sientes que a tu vida le falta algo. Alguien.
Alguien que aprecie de verdad el amor.


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Rima XXIV


Eran dos los suaves cisnes,
dos las rosas del amor.
Dos los espíritus que cantan,
dos los besos, solo dos.

Éramos dos también nosotros,
dos almas y un corazón.
Vino el odio a romper todo,
un alma, media vida,
cuatro llorosas pupilas
y un adiós.

Eran dos nuestras dos manos,
paseando juntos el amor.
Dos inciertos futuros,
dos nuestros cuerpos maduros,
que por jurar,
juraron solo pasión.

 

Adrián Abeal Adham

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Rima XXIII


Sonó al final,
un fino eco,
que al aire resquebrajó.
Tú vanidosa,
yo insincero,
el amor se nos rompió.

Dejé tras de ti
mi verso escrito,
mi alma, mi inspiración.
Tu olvidaste en mi
tu orgullo,
tu cariño y tu corazón.

No amarás a otro nunca,
Jamás a otra amaré yo.
Moriremos solos,
quedos.
Desamor.
Moriremos solos,
quedos.
Moriremos como muere
el “sin amor”.

 

Adrián Abeal Adham

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Rima XXII


Daré del agua,
sus más puros senos.
Su luz,
transparente,
cálida,
acuosa y mimosa.
Daré del agua
su envoltura,
fría,
y cristalina.
Cubierta fina,
donde reina
la armonía.
Daré del agua,
y del elemento que se me pida,
lo que fuera,
aún arriesgando a perder vida,
por ver sonreír
esa cara bonita.

Daré del viento,
su susurro
y su empuje.
Su fuerza y frescura,
para que desmenuze
las barreras
que nos separan.
¡Cuán lejos pintas
de negro las montañas,
cuán cerca queda
la muerte de mis entrañas!
Te daré del viento,
perfumes, melodías
sin que abras los labios,
sin que,
siquiera,
me lo pidas.
————————-

A cambio,
sólo quiero pensar,
que nada fue en vano.

Y que tras la puerta
de mi alma,
tu me esperas,
en calma,
para ofrecerme,
sin miedo a perderme,

un beso.

 

Adrián Abeal Adham

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Rima XXI


-¿Ves tú lo que yo no veo?
¿Son imaginaciones,
fantasmas,
ensueños?

-No.
Tú lo ves.
Tus ojos negros,
son mis ojos también.

-¿Sientes tú lo que yo no siento?
¿Son pálpitos,
roces supérfluos?

-No.
Tus dedos finos,
sensitivos,
sienten tal como yo siento.

-¿Hablas tú tal que yo no entiendo?
¿Son tus palabras,
ecos oscuros,
inteligible mensaje,
dichos imcompletos?

-No, descuida.
Son mis versos dichos
en la lengua del Imperio.

“Eres tú, continente eterno,
de la magia y los deseos,
de la poesía y su verso,
el que se fuerza por creer
ser el único del Universo.

“Eres tú, poeta vivo,
el que quiere ser
poeta muerto.

 

Adrián Abeal Adham

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Rima XX (El diálogo del viajero)


¿Dónde van,
viajero,
tus sueños?
Puede que caminando
a ras de suelo.
O puede que volando,
con el viento.

¿Dónde van,
viajero,
tus esperanzas?
Puede que crucen los mares,
rumbo a Felicidad.
O que esperen todavía,
dormidas,
en un remanso de paz.

¿Dónde van,
viajero,
tus experiencias?
En el camino quedaron,
amigo.
Quedaron formando huellas.

¿Dónde van,
viajero,
tus pertenencias?
No poseo nada más,
que lo que porto con mi andar.
Un cayado firme,
mirada alta al viajar.
Una poesía,
un camino,
y un destino.

Los destinos que murieron al viajar.

Adrián Abeal Adham

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Rima XIX (Colores)


Rojos son, niña,
tus labios rojos.
Rojos.
Rojos como la rosa,
como la rosa roja;
como la roja amapola.
Rojos son, niña,
tus labios rojos.
Rojos.
Rojos como los ojos rojos del Sol,
como los rojos ojos del Astro Rey;
rojos como tus caprichos,
y tus antojos rojos.
Rojos son, niña,
tus labios rojos.
Rojos.

Blanca es, niña,
tu piel blanca.
Blanca.
Blanca como la mañana,
como la mañana blanca;
como las blancas gaviotas.
Blanca es, niña,
tu piel blanca.
Blanca.
Blanca como la nieve,
como la nieve blanca;
como las blancas perlas
que la Mar guarda.
Blanca es, niña,
tu piel blanca.
Blanca.

Azules son, niña,
tus ojos azules.
Azules.
Azules como el agua,
como el agua azul;
como las azules ondas.
Azules son, niña,
tus ojos azules.
Azules.
Azules como los zafiros,
como los zafiros azules;
como los azules bandazos
del pintor poeta sobre su paleta.
Azules son, niña,
tus ojos azules.
Azules.


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Rima XVIII


El alma desdibujada,
apagada.
La voz apabullada,
callada.
El cielo lejano,
lontano.

Mi alma,
borrada.
Mi voz,
robada.
Mi cielo,
un consuelo.

Tu alma,
mi calma.
Tu voz,
color.
Tu cielo,
mi consuelo.

Nuestra alma,
mi cama.
Nuestra voz,
el amor.
Nuestro consuelo,
el deshielo.

Adrián Abeal Adham

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Café amargo


Dejó que la música investigara por él, que fuese su guía, como lo es el can labrador del ciego de los caminos de la vida.
Pobre perro y pobre ciego.
Pobre ciego por no poder ver, y pobre perro porque nunca verá otra cosa que lo que puedan ver sus ojos, nunca más allá, siempre con un destino fijo.
En ese sentido, el ciego es más libre, porque no puede mirar el mundo que nos rodea, pero sí puede ver alegrías rotas por carcajadas o llantos acompañados de suspiros.
Y eso lo hace sin mirar.
Y la música investigó. Profundizó.
Años mas tarde, cuando se levanto una mañana fría y soleada, típica de los caramelos dulces y breves que nos regala Enero en el hemisferio norte, apagó el despertador de un manotazo.
En esos momentos prefería que la música no profundizara, ni le acompañara.
Se tomó un café sólo, aunque lo odiaba. Amargura. Y más amargura que llegaba desde el altavoz incorporado de su teléfono, aunque para funcionar necesitase llevar conectados los auriculares.
Ya no escuchaba música. Aquello le producía dolor de cabeza.
Prefería privarse de unos momentos de relax antes que vivir refugiado en ellos por el resto del día.
¡Y encima le tocaba guardia!
Parecía que todo estaba en su contra. Miró el reloj de la cocina y el resto del día vivió atrapado en los cinco minutos de retraso que marcaba.
Llegó a casa. Y pudo descansar.
Otro día más en el que el mundo parecía gritarle que despertara, pero a él, pobre, le parecía un canto fantasmagórico que prefería no escuchar.
¿Amargura? No, el café amargo de siempre no era sinónimo de amargura.


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New York y otras cosas


Cuando crees que nadie te escucha, encerrado en la intimidad del mundo, sin escuchar los suaves tintineos que sobrepasan los espejos no pulidos, subes al ático con techo de cristal, de la mítica ciudad, del sitio donde los sueños son efímeros empaquetamientos hechos de cristales de azúcar.
Y ante ti, se rinde, poderosa, con millones de luces a tus pies. Y sobre ti, de una manera sobrenatural,otras tantas luces.La ciudad se comporta casi como una jungla cuando rompe el día, y frente a ti, en algún lugar de tu visión retrospectiva, encuentras a la Gran Libertad amenazándote con descargar una tormenta de fuego que sólo dejaría de ti las cenizas.
Se ríe de ti por ser un simple humano.
Y tu te ríes porque ella es una simple estatua.
Y tu risa queda atrapada en algun alíseo impertinente que pretende eliminar del mundo la alegría.
Lo consigue poco a poco.
Años después, cuando ni tú ni nadie subirá las escaleras en caracol que llevaban al ático de tu casa, cuando la Naturaleza acabe por demostar que es la mayor fuerza que existe, y que todo el poder del mundo recae sobre su espalda y sobre su cetro imperial; cuando cansada de repetirnos que con ella no se jugaba, que acabaríamos pagando las consecuencias tarde o temprano, la Estatua termina por ceder al viento alíseo que te robó la sonrisa, para arrebatársela ahora a ella.
Un mero servidor de la Naturaleza.
Y la estatua, la Gran Libertad, es absorbida por la Natura y gana la batalla el contendiente predestinado.
Nadie.
Nadie quedará para llorar la derrota de una Libertad que muchas veces quedó olvidada por sus creadores.


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La estantería


Libros apilados cuyas hojas apenas vieron la luz. Un marco improvisado que protegía a una foto que marcaba el tiempo pasado dos veces. Magia. Unos cuantos botes, algún que otro pincel sin utilizar, posiblemente, esperando a rozar pronto alguna paleta llena de óleos.
Más libros. Más magia: esta vez una cajita que atesoraba pequeños recuerdos, ornamentada de una forma tosca. Una felicitación que hizo llorar. Botes de colonia. Más libros: las 7 llaves del misterio junto a los 3 libros que hicieron pensar en la otra magia. A la vista. Dando el cante. Un revoltijo de papeles, CD’s, una grapadora sin grapas, cascos, música y un cajón entreabierto que precede a otros tres cerrados.
La estantería.
La vista de lejos es enigmática. Y esta llena de pequeños detalles. Detalles que podrían pervivir. O quizá no. Una estantería unica.
Sin embargo, pese a estar llena de cosas, la estantería estaba cubierta por una finísima capa de polvo, que dejaba entrever el desuso. Se trataba de algo extraño. Una movilidad estática. Una guerra de opuestos.
Pensé para mis adentros que nadie querría tener una estantería cómo aquélla, y me pregunte seriamente quién sería el que había creado todo aquello sin pensarlo.


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¿Qué más te puede pasar?


Óvulo y espermatozoide.
Cigoto.
Mórula.
Blástula.
Células.
Tejidos.
Órganos.
Tú.
Naces.
Sobrevives.
Hablas y caminas.
Te caes, te lastimas.
Mamá está ahí detrás.
Lloras y ella te rescata.
Te sientes protegido.
Llegas a un sitio donde ella no está para protegerte.
Y papá tampoco.
Es raro, pero te adaptas. Siempre te adaptas.
Conoces seres que, como tú, están allí sin papá y sin mamá.
Si al principio lloras para que, como siempre, mamá venga, luego no lo haces.
Si ellos aguantan, tu también.
Pasan los años y pronto el Sr. Pérez te hace constantes visitas.
Sigues cayendo, pero mamá ya no te hace tanto caso.
Te dicen: ¡Levántate!
Y asi, poco a poco, vas aprendiendo.
Eliges sin pensar.
Eliges amigos.
Eliges gente que te acompañará en tu vida un año o dos.
Eliges gente que estará ahí siempre.
Eliges qué hacer con el tiempo libre que te sobra, sin saber que nunca más te sobrará tiempo libre. Nunca.
Cambias los juguetes por libros, y las diez por las doce, o una.
Cambias de estilo, de música, de vida.
Te defines. Esto sí, aquello no, lo otro no me gusta, esto sí se me da bien.
Sigues eligiendo sin darte cuenta. La eterna alternativa.
Eliges un futuro.
E intentas lograrlo. Eso sí, sin saber si has acertado o no, sin saber si es la decisión correcta. Como siempre.
Y… ¿qué más te puede pasar?


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