SOPA DE RELATOS

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Los gritos del dolor


Desgarrador, agudo, pavoroso… Eran las siete de la mañana, casi todos dormían acunados por el silencio y de pronto, se oyó un grito, desgarrador, agudo, pavoroso… que me abrió de par en par las puertas al abismo.

No sabía de qué se trataba, ni siquiera desde qué lugar exacto procedía aquél terrorífico sonido, pero entró por mis oídos haciendo añicos mi parte más sensible.
¿Qué se escondería tras ese grito? Dolor desesperado ante la enfermedad, vacío tras alguna pérdida importante, frustración, desesperación, anhelos, amor no correspondido… ¡Sufrimiento en definitiva!

Pasaba ya la madrugada y volví a escuchar ese sonido. Esta vez conocía su procedencia, había sólo una pared de por medio, una pared que separaba mi llanto amargo, silencioso,  sofocado en un pañuelo, de aquel quejido inconsolable. Era un hospital desolador, viejo, pequeños insectos recorrían las paredes… La había perdido para siempre, ya nunca más vería aquel rostro blanquecino y escuálido ruborizarse al caer la tarde, o sonreír tímidamente, como ella lo hacía… Pero ¿y ese grito? ¿Qué escondería ese grito? Quise no saber más, después de todo, mi pecho apenas contenía mi dolor, ¿cómo hacerme cargo de lo ajeno?


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Gotas de lluvia


El cielo estaba negro, las nubes tan apelmazadas que apenas dejaban pasar un rayo de sol a través, y yo estaba sentado en mi viejo sillón, en mi apacible casa de campo, navegando por el mar de mis recuerdos. Empezó a llover y parecía que todo el agua del planeta se hubiera concentrado frente a mi ventana, cayendo sin cesar, durante horas, de forma torrencial.

Siempre me gustaron los días lluviosos por la capacidad que tenían de liberar toda mi sensibilidad y ayudarme a percibir los más bellos detalles de la existencia. Y así, dejé sobre la mesa el viejo libro que siempre releía y me concentré en disfrutar la caída de la lluvia en mi cristal.

Pasaron horas pero creo que no fui consciente del tiempo, no al menos hasta que la lluvia paró  y el cielo empezó a transformarse en mil colores. Apareció el arcoiris con su fórmula mágica que siempre sorprende y la claridad de algunas nubes que venían formaba un paisaje bellísimo de diferentes tonalidades.


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Lazos firmes


 

 

 

Unas manos. La piel, bastante oscura. Las uñas, a pesar de los cortes deformes, mostraban una higiene bien cuidada. Los dedos, no muy largos, eran gruesos y un anillo sencillo de plata parecía asfixiar el angular. Los nudillos se plegaban en protuberancias frondosas de carne, y se divisaban vellos oscuros por todos los pliegues. El color de las yemas de los dedos delataba una más que probable afición al tabaco, quizás ya abandonada, quizás aún presente.

 

Así vistas, no eran más que unas simples manos.

 

Pero esas manos sostenían otras. Unas manos aún más pequeñas, con dedos finos y uñas rosas. Una mano en la que un anillo igual al que asfixiaba el dedo oscuro, danzaba con libertad. Estas manos hablaban de trabajo, trabajo duro en el hogar o quizás en el campo, ¡quien sabría! Se podían ver las marcas de sequedad que dejan la lejía y los detergentes, se observaba un esmalte algo desgastado, algunos cortes cicatrizados…


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Una frágil línea


Hacía mucho frío. Demasiado frío. No había nada que permitiera aislarme de tanto frío.

 

No sabía dónde ir. No tenía con quien ir. Comencé a andar. La calle terminó y creo que no sabía dar la vuelta. Recorrí el mismo tramo, la misma distancia, por lo menos quince veces. Mis movimientos eran compulsivos, guiados por la histeria. Me giré y salí a la avenida principal. Debían ser más de las tres de la madrugada. Llovía, llovía mucho y hacía mucho frío. Un frío desolador.

 


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Los amantes


– Juro que hoy no lo llevaré conmigo, tengo que arrebatarlo de mi cabeza, tirarlo, dejarlo abandonado en algún lugar que no interfiera en mi camino…..decía él mientras caminaba por esas calles que, en otoño, se disfrazan de copas de árboles.

– Prometo que hoy no estarás conmigo…te arrancaré, te cortaré hasta dividirte en partículas tan pequeñas que jamás puedan recomponerse… musitaba ella con una energía que se debilitaba en cada intento.

Son las diez de la mañana. Él y ella acaban de encontrarse en la habitación en la que se aman cada miércoles, durante esos encuentros frugales….
Se devoran sofocando el deseo retenido durante días, pero en el instante culminante, en el punto álgido del placer, advierten una vez más que el espejo que refleja sus almas vuelve a estar cubierto por ese suave, pero opaco tejido gris que él había jurado, prometido ella, abandonar para siempre.


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Géiser de dolor



Estaba sola contra un universo complicado para el cual no me prepararon debidamente. En ocasiones rozaba la locura; los gritos me sacaban de quicio, esos golpes… No lo aguantaba. La desesperación empezaba a emanar de los poros de mi piel con la fuerza y el misterio del vapor en un géiser. Quería llorar y no sabía. No encontraba escape para la intensidad de mi dolor. Caminaba incontrolada, dando patadas al vacío, retaba al mismo aire que me daba la vida.
¡¡Desesperada!! ¡¡Sola!! Sin un atisbo de calor humano o apoyo. Te llamé y no querías hacerme caso. ¿Cuál es tu criterio? ¿Cómo eliges a quién llevar contigo?

 


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Edelweis


 

Pedro Caravaca era un maestro de escuela, humilde y ejemplo de virtuosismo en “Flores de Edelweis”, una pequeña aldea al norte de los Pirineos. El 3 de marzo de 1928, fue sacudido por el resurgir de la vida y el abatir de la muerte, pues Dolores Santiago, su amada esposa, murió en el parto de su primer hijo.

Pedro no era un hombre que se rindiera fácilmente y no permitió que la tristeza le hundiera más de lo absolutamente natural, y así, con fortaleza y habilidad, se hizo cargo desde el principio de la pequeña criatura que le había devuelto los ojazos negros que nunca más volvería a ver en la cara de su madre.


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Teresa


 

Teresa, esa mujer silenciosa de cabello oscuro…

 

Nadie sabía qué escondía tras esos ojos secos, tras su imagen quebrada, tras su expresión marmórea.

 

Como cocinera era, sin duda, la mejor de las profesionales. Independiente, diligente, creativa, cuidadosa… Teresa se crecía conforme aumentaba su carga de trabajo. Pero fuera de su territorio, Teresa era huidiza, melancólica, débil… algo la transformaba por completo más allá de su cocina.

 

Eran tantas las buenas recomendaciones que avalaban su profesionalidad, que los señores aceptaron su particular rareza: “Los críos nunca deben entrar en la cocina. En la medida de lo posible, preferiría no tener que relacionarme con ellos. Nadie puede entrar en mi habitación”. No les importó, después de todo ellos tenían su propia niñera y profesora, y por supuesto, no les interesaba para nada entrar en los dormitorios de las criadas.

 


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La muñeca rusa


Las vibraciones del sonido que emitió aquella frase llegaron como un viento frío que hiela y eriza la piel. Permaneció inmóvil, con la serenidad falsa que produce la incomprensión, hasta asustarse porque no podía mover ni un solo dedo de su mano, mucho menos, pronunciar alguna palabra.

Entonces, sintió que se caía y se golpeaba bruscamente contra el suelo, dividiéndose, como una de esas muñecas rusas, en al menos diez trozos diferentes.

Vio cómo se derrumbaba su parte sensible, cómo rodaba aquélla donde residía su sentido del humor, incluso la zona donde albergaba los sentimientos más nobles de amistad se dio de bruces contra el suelo, perdiendo su capacidad de almacenamiento. Delia veía añicos de ella misma repartidos por todo el suelo, jirones de una piel que no emanaba ni una gota de sangre.


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