SOPA DE RELATOS

Encuentra al escritor que tienes dentro

PARA TI:


2008 ya ha quedado atrás, como cada segundo de mi vida  al llegar el que le sucede. Y no me da pena, al contrario, hace que una ansiedad extraña por abarcarlo todo se apodere de mí. Sé que no viviré para hacer todo lo que quiero, pero me da igual, eso sólo debe atormentarme llegado el momento, y estaré muerto, asique ¿a quién le importa?

A mí no, afortunadamente.

Tengo una vida maravillosa por delante, y no me había querido dar cuenta. No te deseo mal ¡ni siquiera me importas!

Este año pasado algunos desengaños y acontecimientos me han recordado a alguien al que por poco olvido completamente. Yo mismo. Lo he pasado mal, pero ha sido el precio de ser libre por primera vez desde que mis ojos vislumbraron el cielo.

Me he descubierto crecido, fuerte y seguro.

Me he descubierto persona.


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Ilegalización!!


Droga.

En realidad ese es tu nombre. Eres una adicción inmediata y enfermiza, que lleva a una necesidad de consumir más y más intensamente cada vez, que martiriza con un mono repulsivo.

 

Me caes mal. Y lo cierto es que odio no poder odiarte. Odio esa manera tan malinterpretable que tienes de insinuarte, esa espada de doble filo. Si te sale bien has jugado con astucia, si te sale mal eres inocente, yo soy el loco, has jugado con prudencia. Nunca pierdes.

Alguien tendría que prohibir eso. Alguien tendría que prohibirte, a ti y a ese contonear cadencioso de tus caderas, al olor que se te escapa de los pechos y las trenzas.

 

Prohibida.

 

 Tendrías que llevar un cartel de:

 “¡cuidado, atracción inminente!” , para que pudiese echar cuerpo a tierra antes que descubrirme imaginando el sabor de tu boca durante horas y con la mirada perdida;


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NO ERES NADA


No eres nada.

Día tras día se hace tan pesado arrastrar tu propia vida que llorar ya no contribuye a recordarte siquiera tu patética existencia.

Ya no sabes por qué lloras…

¿Lloras aun?

¿Respiras acaso?

Tu sangre ha ido volviéndose gris. Si tuvieses el valor de abandonar este mundo por tu cuenta el cuerpo se te desharía en una columna de suspiros y humo al cerrar los ojos.

Pero no tienes ese valor, esa cobardía, llámalo como quieras. Te limitas a ver amanecer y anochecer tras tu ventana esperando desvanecerte sin más.

Ni siquiera te mereces estar muerta.

Tu corazón hace tiempo que ya sólo siente lo mismo, tus labios se han apagado hasta fundirse con el rostro en una estática mueca de indiferencia. Ya ni te brilla la mirada, ahora es un pozo de la más profunda e indescriptible nostalgia.


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1641-El abanico de hierro (I)


El atardecer derramaba fuego sobre Madrid.

Los últimos transeúntes erraban en silencio esquivando en vano los aires inmundos y el polvo que levantaban los carros. Trágicamente, la lenta e imparable decadencia consumía un imperio en que, en el fondo, siempre se había puesto el sol. En pocos minutos la grandiosidad de la destronada capital del mundo sería poco más que una ciénaga de sombras y desgracia.

 

Mientras el cielo y la tierra se fundían en un fulgor escarlata, un hombre atormentado por el amor y los recuerdos caminaba sin rumbo, luchando por mantener la sobriedad y la cordura. Don Álvaro de la Torre. Joven, adinerado, diestro en la estrategia y la espada, capitán de la guardia personal del Duque de Medina-Sidonia… pero ¿qué importaba aquello ya?. Nada. Desde el día en que la conoció nada ni nadie más ocupo sus pensamientos. Su deber mismo, su vida, su honra, todo había perdido el significado. Había estado tan cegado…


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Réquiem


 

 

            El llanto nublado de Octubre cae entre titanes de hormigón y cristal, mientras el silencio de los caminantes se funde con el asfalto y el agua.

La ciudad ha muerto.

Las sombras vagan por sus aceras envueltas en los cascarones vacíos de lo que un día fueron personas; los niños buscan en las calles el rastro de la luz del sol, incapaces de recordar su caricia.

La ciudad ha muerto.

Su cadáver yace postrado donde siempre estuvo, y donde por siempre estará, condenada al abandono en una eternidad que la olvidó incluso antes de concebirla.

La ciudad ha muerto.

La brisa ya no arrastra el aliento gris de sus corceles de acero. Los hombres han dejado de pensar en el presente y de creer en el futuro. Ya no hay vigor en las miradas, solo oscuridad. No hay día. No hay noche. No hay vida. No hay esperanza…


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