Dulces Contratas
El Detective Privado Ted Truman releyó de nuevo el itinerario que marcaba el mapa, y las anotaciones que iban apareciendo a su alrededor.
Levantó la vista. La señora Regis le miraba atentamente ladeando la cabeza sobre su hombro izquierdo. – “¿Podrá hacerlo?”- preguntó. Ted se limitó a bajar de nuevo la mirada, dando a entender que meditaba en armoniosa concentración. Tras unos minutos confesó:
- “Mire señora Regis, sé prefectamente realizar mi trabajo, pero entienda que…” – la señora Regis le interrumpió.
- “Decidí recurrir a usted porqué llegó a mis oidos que era el mejor en su trabajo. No me importa cómo o qué sea usted, sólo pido el mismo respeto. Quiero que encuentre a mis pequeños,… y sé que están ahi dentro.”
Ted miró de nuevo a la señora Regis. Y sintió que debía apartar la vista de nuevo. Era muy baja, le llegaba a la altura del pecho,… estando sentado. Sin embargo, había algo en sus ojos que le inspiraba confianza.







