TRES ATARDECERES_capítulo segundo
Capítulo segundo
Fue necesario formar una comisión judicial. La empleada que tres días a la semana, en exacta rutina, cubría las necesidades de orden y limpieza en el hogar de don Roberto Ledesma descubrió, llena de sorpresa, a su Señor en descuidado escorzo en uno de los sofás del salón. Se acercó a él abrumada por la más sombría de las intuiciones femeninas. Le llamó al principio suave y luego más enérgica. El ni respondió ni hizo el más mínimo ademán de pretender hacerlo. Su sueño era tan pausado y profundo que se presentía eterno. Ella-mujer decidida y constatadora de presentimientos-no se conformó y, más osada por considerarlo necesario, comprobó la frialdad de aquel cuerpo y que en él o de él ya no salía ningún hálito. Certificó, a su manera, que su Señor estaba muerto. En ese instante fue más consciente y, su natural femenino dictando, creyó conveniente salir despavorida y aullando. Salió corriendo, gritando, rota en lágrimas y presa de angustia y miedo. Después se creó gran alboroto, mucha alarma vecinal… Hubo muchos ¡Ay Dios mío! y, como ya se dijo, fue necesario conformar esa comisión judicial que acudió presto-es un decir-al domicilio del finado don Roberto Ledesma, ínclito profesor en ejercicio, todo un señor, un caballero muy cabal.








