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Hace unos días que su esposa y su hija habían vuelto de sus vacaciones en México, y Roberto pensó en como las había extrañado. Pensó que no volverían, por eso cuando las recibió en el aeropuerto estatal les dio un ruidoso beso a ambas y cuando ellas sorprendidas le preguntaron porque tanto cariño, él respondió: por nada, simplemente que las extrañe mucho, muchísimo.
Mientras estuvieron fuera había tenido la visión de ellas tiradas en una zanja al lado de la carretera que salía del pueblo. Siempre que se dormía y la imagen aparecía en su cabeza despertaba sudoroso y jadeando, pero no podía hacer nada para mantenerla alejada. La van familiar entrelazada en un abrazo de metal retorcido con una camioneta negra con ventanas oscurecidas –de esas que conducen empresarios o jóvenes con padres adinerados–. El parabrisas estaba destrozado. De repente en el cuadro, y de la nada, parpadeaba azul y rojo intermitentemente. Alguien había llamado a la policía, que ahora se acercaba seguida de una ambulancia. Basta, no pienses eso, se dijo, pero el recuerdo era muy fuerte y no se iba, incluso tenía una voz. Era una voz que sonaba racional, un poco demasiado, pero lo que le repetía una y otra vez era algo que no podía ser posible. Ellas se han ido ¡Déjalo ir! ...