SOPA DE RELATOS

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Las tardes grises I


Davo Valdés

Estaba Natalia mirando unas sombras en el pasto: siluetas de golondrinas avisando la lluvia tardía. La humedad se sentía en todo su cuerpo; el calor se impregnaba en los troncos de las palmeras que sudaban en silencio, elevando sus rosotros al cielo. A lo lejos un camino de hormigas huía del mal tiempo: viento, nubes grises y dentro de Natalia, una sensación de excitación se transformó en instinto animal. Su mano se deslizó por sus piernas pálidas, su falda corta se entreabrió y con la mano tocó su sexo. Adentro también iniciaba una tormenta, y el orgasmo llegó con la primera lluvia de la temporada. Sus ojos ahora fijos en las nubes fugaces y caricias del cielo caían en forma de besos mojados.

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Sirena


“Sirena”
Davo Valdés de la Campa

Ésa voz tuya: mágica, hechizante, aquel canto que me atrajo como las sirenas a los marinos para devorar sus cabezas. Estoy encadenado a tu merced, enamorado de tu figura alada. Embrujado y loco, así estoy desde tu primera visita a mi desértica alcoba. Perdido entre las sábanas blancas, que como nubes flotan entre el silencio y la tensión de tus labios y mi oído. Tu piel acariciando la mía, forma un eclipse de colores y esencias que reflejan la luz de la luna imaginaria en el espejo. Comienzas a tararear una melodía, mi espina dorsal se eriza y siento en la nuca como se desprende la soledad de mí para ir a jugar al patio y así mientras cantas puedo probar tus sabores y sentir tus manos entre mi cabello. Me voy quedando dormido a tu lado con la certeza de que no estarás la siguiente mañana. El miedo se apodera de mis brazos y comienzo a temblar. Si tan sólo pudiera tocarte siempre y escucharte podría ser feliz eternamente.


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Femme Fatale


Femme Fatale
Davo Valdés de la Campa

La veo salir rumbo al balcón. Esta harta de todo. De la multitud y el tedio de fingir. Lo puedo notar en sus ojos verdes, en sus labios carmesí. Se escabulle por la puerta y se interna en el frío de la noche. Yo también estoy cansado y aburrido de la fiesta. La sigo con la mirada y la veo temblar con el roce del viento. Me termino mi Martini de un trago. Camino rumbo a la terraza sin perderla de vista. Me tiene hipnotizado. La parranda avanza sobre mis pasos: escucho lejanas las copas que se unen en brindis repetitivos y las risas de hipócritas y monos vestidos de smoking. Ella esta recargada en el barandal. Su espalda descubierta, bronceada. Su cabello rubio ondulado. Esta mirando el horizonte. Parece inquieta, atenta y hastiada del mundo. Parece la última hoja de un árbol famélico. El sonido de mis pasos la estremece. Intenta disimular que no me escucha venir. Su vestido rojo danza con la brisa nocturna. Me acerco y me detengo detrás de ella. Puedo oler su perfume.


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Espejo.


Espejo.
Davo Valdés de la Campa.

Hoy descubrí mi reflejo en el escusado antes de mear. Estaba dentro, reflejado en el agua como una sombra distorsionada. Mis facciones eran irreconocibles. Cuando empecé a orinar el liquido se volvió turbio y perdí mi cara en el movimiento. Creo, honestamente que aquel es el espejo en donde todo hombre se debe mirar y aceptar su naturaleza. Recomiendo, para no herir la sensibilidad de la gente que no lo intenten mientras cagan.

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El Regreso


El Regreso

Davo Valdés de la Campa.

La noche se apoderó del camino entero; con sus dedos largos y uñas afiladas rasgó el cielo y la esencia de las sombras se dispersó por el horizonte. El camión navegaba por la carretera. Desde mi asiento observaba como se apagaba el día entre parpadeos fortuitos. De pronto las barrancas y el valle se iluminaban completamente. Todo parecía arder en un fuego uniforme y sereno. Girábamos por una curva pronunciada y por la ventana pude ver las miles o ¿millones? de luces que se aglomeraban en Cuernavaca. Atrás, la Ciudad de México desaparecía en una línea cada vez menos reconocible. Podía ver los focos que alumbraban lo más alto del cerro, entre las barrancas malditas y los volcanes dormidos. Miraba los candiles que crecían y se minimizaban conforme me acercaba a la ciudad. La primavera se había esfumado para siempre.


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