SOPA DE RELATOS

Encuentra al escritor que tienes dentro

Una ventana abierta


Escudriño dentro y sólo veo una ventana abierta
por donde se cuelan una sonata de tubos de escape,
la soledad y el calor de una noche inacabable,
la ausencia de sus risas que, en exilio voluntario,
tiñen el verano de torcidas sombras y silencios,
mientras ahogan en olvidos el timbre del teléfono.

Tengo a mano la nicotina y una botella de ese licor
que anestesia mis recelos con su sabor ácido y fresco.
Ya sé que no es muy didáctico ni sano, ¡pero bueno!,
mañana será un nuevo día, renunciaré a la adicción
de fumar, de beber, de pensar…. A pensar no,
no creo que pueda.

Un hombre fuma un cigarro prohibido en un balcón,
mientras un autobús perturba esta falsa claridad
envuelta en farolas de luz mortecina y cielo de hormigón.
Yo sigo jugando al despiste con el sueño para evitar
una cama vacía en la que aun dormita tu olor.


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El abismo de Liberto


sueno

Le vi por primera vez dónde sólo se ve a los muertos, en un sueño. Tenía las manos suaves, me agarraba con fuerza para subir una pendiente abrupta, en medio de una niebla espesa, que no hacía presagiar nada bueno. A pesar de sus esfuerzos, de sus palabras de aliento, mi respiración era cada vez más agitada, mi corazón latía en la cabeza con un ritmo frenético y mis músculos se iban tensando tanto que dolían como miles de agujas ensartadas en las sienes. Cuando mi mano se soltó de las suyas y empecé a caer, desperté con la sensación de seguir cayendo al vacío.

Olvidé pronto el incidente, aunque el vértigo que me produjo la caída imaginaria no terminaba de desaparecer de mis pasos, durante unos días cortos y lentos, como mis respuestas. La rutina y los numerosos pequeños contratiempos diarios consiguieron que, al cabo de unas semanas, mi cerebro eliminara este extraño sueño.


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Soledad, más que su nombre


Soledad es menuda, de ojos abiertos, oscuros y redondos; de pasos pequeños, rápidos y silenciosos; de boca apretada y labios que no han sido nunca besados. Viste como monja sin hábitos y vive en la misma casa que la vio nacer, allá por los años más duros de la posguerra, y en la que, probablemente morirá si antes no se viene abajo como un castillo de naipes.

Desde que dejó de trabajar por una prejubilación bancaria hace más de una década, ocupa su tiempo en la iglesia del barrio, tal vez porque no tiene perro o gato que hagan más cálidas las paredes que la cobijan. Hija única, de familia corta, no cuenta con más compañía que los rezos y la monotonía de las misas de la tarde.


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Retrato en sepia


El parque de Agustín lara está situado en lo más hondo de Madrid. Limita con las calles Embajadores, Mesón de Paredes y Sombrerete. Sus fronteras invisibles, fundidas en este sol de marzo, dejan entrever una esquina de la plaza de La Corrala; casas con historia, un pasado que flota entre mantones de manila, organillos con notas gastadas y una vida tipificada de un Madrid que, quizás, nunca existió. Recuerdo las tardes soleadas de este parque, hoy tomado por pandillas de quinceañeros de piel morena, chavales de ojos rasgados, críos de ojos oscuros y profundos, con piel de azabache; un parque que ya no tiene hierba, ni tierra, sólo un frío suelo de cemento que acoge inmigrantes de diversas nacionalidades, que esconde a perdedores de andar vacilante y a nuevos españoles cuyo origen está muy lejos de los chotis que resuenan aun en su memoria.


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El abismo de Liberto


Le vi por primera vez dónde sólo se ve a los muertos, en un sueño. Tenía las manos suaves, me agarraba con fuerza para subir una pendiente abrupta, en medio de una niebla espesa, que no hacía presagiar nada bueno. A pesar de sus esfuerzos, de sus palabras de aliento, mi respiración era cada vez más agitada, mi corazón latía en la cabeza con un ritmo frenético y mis músculos se iban tensando tanto que dolían como miles de agujas ensartadas en las sienes. Cuando mi mano se soltó de las suyas y empecé a caer, desperté con la sensación de seguir cayendo al vacío.


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La huída


Tenía las manos llenas de ilusión. Sus ojos estaban vivos,chispeantes; todos los minutos eran diferentes. Corría así, casi desbocándose, creía y confiaba en sus suerte.

Mostraba su sonrisa impúdicamente, sus labios abiertos y carnosos. Su mano sólo soñaba con tocar una estrella, cada día intentaba volar un poco más alto, siempre hacia arriba, hacia el cielo. Pretendía ser la reina del Arco Iris, de las hadas, la guardiana del mejor de los universos.

Su existencia era un paseo de dulces aromas, de besos claros, de amores y desamores, de llantos, pero nunca, nunca de vacíos. Más un día, en un instante maldito cayó, como todos, de esa emoción de sentirse viva. Se hundió -como tantos- en el fango de la rutina. Y se sintió sucia, cruel, vencida.


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Deseo sin forma


La calle respiraba fuego
y húmedos cuerpos
la noche en que mis pasos
temblaron ante tu puerta.

La luna y Manhattan
nos envolvían en la blancura
del anonimato
permitiendo confidencias.

Tú no te rendías
pero mis artes malignas
y la manzana del pecado
surtían finalmente
su efecto. Y caíste,
como Adán
ante su dulce veneno.

Cuando el día despuntaba
volvió la culpa
y te encerraste
en tu atalaya de cristal,
arrepentido por quebrantar
los eternos mandamientos.

Más yo,
Eva sin principios,
serpiente urdidora
de mágicos ungüentos,
luché
contra esos soldados tuyos
del miedo. Y vencí
-sólo a medias-
al maldito Lancelot
que llevas dentro.

Hoy, siglos después
de tan extraño encuentro
te reconozco diablo,
dios absoluto,
caballero andante
y deseo sin forma.

Hoy, cuando tu pecado
ya ha sido perdonado,
vuelvo a sentir
que la calle respira fuego.


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