SOPA DE RELATOS

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Escribir


Escribir sobre la marcha. Sin destino prefijado, sin rumbo establecido. Solamente dejándose llevar, dejando que sea el bolígrafo el que escupa los pensamientos sobre papel, el lápiz el que sugiera ideas al cuaderno, la pluma la que rasgue cartas con los sentimientos, o el teclado el que fabrique artificiales copias de ambos en el monitor.

 

Acariciar el instrumento con los dedos mientras la mente acaricia las ideas, los conceptos o las personas que viven en ella. Escribir sin guión, sin hoja de ruta, sin requisitos, te brinda esa libertad que tanto deseamos simplemente porque carecemos de ella. Que levante la mano el que no haya soñado nunca el no tener obligaciones. Nadie, ¿verdad? Escribes y escribes sin más razón que el decir “lo hago porque puedo hacerlo”. No necesitas ni buscas superar rígidos estándares de calidad, no quieres fama, no ansías ese reconocimiento ni halagos que te regalen los oídos durante cinco minutos y que luego te creen síndrome de abstinencia. Lo único que deseas es abrir la puerta de la jaula que encierra tu mente, y dejarla volar libre mientras tus manos se encargan de construir el mundo por el que va a viajar, al menos hasta que te toque echarle la red y conducirla de nuevo a la mazmorra para continuar con tus deberes para con la sociedad.


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La Voz (parte III)


[Leer la parte II]

Luz.

Hmmm…

Oscuridad. Sueño. Tranquilidad.

Maullido.

Hmmm…

Silencio. Sueño. Tranquilidad.

Luz. Maullido.

Hmmm…

Luz. Oscuridad. Luz. Luz.

Hmmm… ugh…

Más luz. “¿Qué…?”

Qué pesadilla más jodidamente terrible. Los gatos no tienen los ojos rojos. No son tan altos como una persona. Qué tontería. Además, hay luz. Qué apagón ni qué hostias. ¿O será de día ya?


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La Voz (parte II)


[Leer la parte I]

(¿trece?)

Había apuñalado algo blando. Pero la jodida voz no había desaparecido. Antes de sacarlo, retorció el cuchillo y abrió los ojos. Había apuñalado un cojín. Un maldito cojín. Pero allí debería estar el gato durmiendo, maldita sea. Seguro que habría (trecetreceTRECE) escapado, sigiloso, sin que se diera cuenta. Giró lentamente la cabeza hacia la izquierda, intentando fijar la vista en la ventana. Estaba entreabierta. ¿Habría huído por ahí la bestia? ¿Habría ido al pasillo? ¿Por qué tan oscuro? Su corazón empezó a latir más fuerte, y el dolor de cabeza empeoró. Se estaba cabreando de verdad. Pero empezaba a tener miedo de sufrir alucinaciones. ¿Y si el gato no había entrado esa noche? La verdad es que no lo recordaba, no había prestado mucha atención a lo que decía la desgraciada (treCe puta puta) puta de su mujer. Otra vez la voz. Cada vez estaba más convencido de que tenía alucinaciones. Ahora su cabeza empezaba a dar vueltas y le costaba demasiado pensar con claridad. Decidió que el gato habría ido al pasillo. Alargó la mano hacia la puerta, que ahora quedaba a su izquierda, y antes de poder abrirla le pareció ver dos puntos rojos, ojos demoníacos de película de terror barata, observándole desde la oscuridad. Intentó gritar, pero la exclamación murió en su garganta y cerró de un portazo.


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La Voz (parte I)


(Trece trece trece TRECE ¡trece!) ¿¡Qué!? El grito resonó en su cerebro como si tuviera un altavoz adherido a su tímpano. Miró a su derecha, sobresaltado y constató que su mujer seguía durmiendo tranquilamente sobre la cama. Al parecer no la había despertado con el grito final de su ¿pesadilla?. “He debido de gritar aún en sueños. Qué

(trece)

raro”, estaba pensando cuando aquel dolor volvió a atacar sus sienes. Maldita sea, sentía como si la cabeza le fuera a estallar. Decidió ir a la cocina a por un vaso de agua, echar una meada y volver a la cama. Miró el reloj de la mesilla, a su izquierda. Eran las dos y trece minutos de la noche. “Vaya, qué curioso”. Con cuidado de no mover demasiado la sábana, sacó una pierna y puso el pie en el suelo. La habitación matrimonial que compartía con su recién adquirida (esclava) mujer era pequeña, muy pequeña. La cama, de


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Azar


Torbellino… eso es el azar. Un torbellino aleatorio que arrasa con todo, moldeando la vida. ¿La vida? ¿ Cómo? Moldea los encuentros casuales. La gente que conoces. Cómo la conoces. Moldea los sentimientos. Todo.

Porque todo forma parte del mismo sistema caótico. ¿Qué sentido tiene preguntarse el por qué de las cosas cuando como causa última siempre están los dados de la fortuna?

¿Demasiado pesimista? Quizá, o también puede que demasiado realista. Es la misma historia de siempre: verlo todo con buenos ojos y luego llevarte los palos, o prepararte siempre para lo peor y (muy) de vez en cuando, llevarte una alegría.

Pero al fin y al cabo es siempre el mismo perro, sólo que con diferente collar. Sólamente nos queda elegir, en nuestra imaginación, a quién preferimos: es Dios el que juega a los dados… ¿o es el Diablo?

Yo aún no lo tengo claro.


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Frentes de batalla


Varios frentes de batalla,
no todos abiertos, pero acabarán estándolo.
Y la batalla será ganada, aplastantemente.
¿Qué batalla?
La batalla única, la de todos… la batalla de la vida.

DonGato, 20 de octubre de 2005

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Feliz Navidad (Acto V)


[Para saber de qué va esto, lee la anterior entrega]

ACTO V: DESENLACE FINAL

Con el Sol trepando entre los techos entejados del barrio, el tronar de los petardos que los chiquillos del barrio lanzaban terminó por despertar a todos. Pensando en lo que el espíritu del Futuro les había mostrado, se dirigieron cada uno a su lugar de trabajo. El puesto de Escrivá estaba a la puerta de una sucursal de un banco de la competencia del Oviedo Lateral Eslavo, en el que antiguamente había trabajado. Arropado con una gruesa manta y armado con su vaso del McKing, intentó poner su mejor sonrisa y esperó a que la caridad navideña hiciera crecer el número de monedas que la gente dejaba a lo largo del día. Las horas pasaron y la sonrisa quizá tuvo efecto, pues llegó a reunir dinero suficiente para procurarse desayuno y comida caliente, e incluso pudo cenar gracias al bocadillo de chopped que una amable anciana le cedió. Escrivá intentó agradecérselo con un beso, ofrecimiento que amablemente declinó la mujer. Contento y con el estómago lleno tapando la certeza de que nunca iba a salir de allí, volvió al callejón. Fue el primero en llegar, quizá sus compañeros no habían tenido demasiada suerte y querían apurar algo más. O quizá habían tenido más suerte que él, y estaban haciendo acopio de comida y monedillas.


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Encuesta voluntaria


– Le recordamos que todas las respuestas son voluntarias y serán almacenadas de forma anónima y sin ninguna relación con su persona física. Bien, empecemos la pequeña encuesta. ¿Edad, caballero?
– 35 años.
– Sexo… masculino. Perfecto. ¿Empleo?
– Dependiente de una tienda de animales.
– ¿De qué cadena?
– Huellas.
– ¿Desde hace cuánto tiempo?
– Diez años.
– ¿Anteriores trabajos?
– Pescadero, cartero. También trabajé como dependiente en un Telepizza.
– Muy bien. ¿Estudios?
– COU.
– ¿Algún otro título?
– No.
– ¿Estado civil?
– Casado.
– ¿Hijos?
– Sí.
– ¿Cuántos?
– Uno.
– ¿Edad?
– Nueve años.
– ¿Sexo?
– Masculino.
– ¿Va bien en los estudios?
– Sí.
– Bien, volvamos a su matrimonio. ¿El hijo es de su actual esposa?
– Sí.
– ¿Cuánto llevan casados?
– Siete años.
– ¿Edad de su pareja?
– 34 años.
– ¿Había tenido algún matrimonio anterior?
– No.
– ¿Es feliz con su mujer?
– Sí, mucho… oiga…
– No se preocupe. Le recordamos que puede elegir a qué preguntas no responde. Pasemos a otro tema.
– De acuerdo.
– ¿Es vegetariano?
– No.
– ¿Le gusta practicar deporte?
– Sí.
– ¿Qué deporte?
– Tenis de mesa.
– ¿Ha estado alguna vez federado?
– No.
– ¿Qué otros deportes practica?
– Sólo tenis de mesa.
– ¿Sigue las competiciones de ese deporte por los medios?
– No.
– ¿Y de algún otro deporte?
– Fútbol.
– En una escala del uno al cinco, ¿dónde situaría su afición por dicho deporte?
– En el tres. Sí, el tres, probablemente.
– ¿Le gusta el cine?
– Sí.
– ¿En casa o en una sala cinematográfica?
– En una sala.
– ¿Con qué frecuencia va?
– Digamos que una vez al mes, aproximadamente.
– Bien. Cambiemos de tema. ¿Es usted seguidor de alguna religión?
– No.
– ¿Alguna vez lo ha sido?
– No.
– ¿Cree en Dios?
– No.
– ¿Qué opinión le merece el aborto?
– Oiga, no le veo el sentido a la pregunta…
– Disculpe. Pasemos a la siguiente. ¿Celebra la Navidad?
– ¿A qué se refiere?
– Por favor, limítese a contestar a la pregunta. Si no sabe qué responder, podemos pasar a la siguiente.
– Sí, celebro la Navidad.
– ¿Tiene permiso de conducción?
– Sí.
– ¿Tiene coche?
– Sí.
– ¿Marca y modelo?
– Renault Clio Campus.
– ¿Alguna vez le han multado?
– Sí, una vez.
– ¿Causa?
– Exceso de velocidad.
– ¿Qué opinión le merece el carné por puntos?
– Creo que podría… un momento… oiga, no sé a cuento de qué viene esta pregunta.
– Pasemos a otro tema. ¿Milita usted en algún partido político?
– No.
– ¿Algún sindicato?
– No.
– ¿Alguna vez lo hizo?
– No.
– ¿A quién votó en las últimas elecciones?
– No contestaré a esa pregunta.
– No importa, podemos obviarla. Tratemos otros asuntos. ¿Su actual esposa fue su primera pareja?
– No.
– ¿Tuvo muchas parejas anteriormente a ella?
– Depende de qué considere por “muchas”.
– Consideraré la pregunta como no contestada. ¿Alguna vez le ha puesto los cuernos su mujer?
– ¡Oiga!
– Bien, bien, no se preocupe, nos saltamos esa y ya está.
– No me parece ético que hagan este tipo de preguntas, además, no veo el sentido que puede tener para…
– No se preocupe, caballero, ya hemos terminado. Ahora sólo necesitamos que nos facilite un número de contacto y la dirección de su casa para que podamos enviarle los libros que ha adquirido. Tal y como establece la promoción, le aplicaremos inmediatamente el descuento de 1€. Gracias por su atención.
– Gracias a usted. Adiós.
– Adiós.


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Feliz Navidad (Acto IV)


[Para saber de qué va esto, lee la anterior entrega]

ACTO IV: EL ÚLTIMO DE LOS TRES ESPÍRITUS

A la vuelta de coger combustible, Escrivá descubrió que el espíritu del Futuro había llegado al callejón y estaba charlando con los demás vagabundos.

– Vamos, Esteban, ¡ven! ¡Que no tengo toda la noche! – aulló el espectro.
– Vaya, usted disculpe señor sombra del futuro, estaba cogiendo leña.
– Disculpas aceptadas. He traído mi reproductor de hologramas que…
– Lo que sea. Empieza ya que me caigo de sueño.


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Feliz Navidad (Acto III)


[Para saber de qué va esto, lee la anterior entrega]

ACTO III: EL SEGUNDO DE LOS TRES ESPÍRITUS

Esteban y otro vagabundo más estaban reconstruyendo la hoguera apagada por la corriente que se llevó al Espíritu del Pasado.

– Buenas – dijo una voz salida de la nada.
– Supongo que tú eres el fantasma del presente… – Adivinó Esteban.
– Sí, soy el fantasma de un antiguo presentador de televisión. Está pasando, se lo estamos contando. Ya sabes cómo va el asunto, ¿no? – contestó el espíritu, ahora visible.
– Sí, adelante.
– Muy bien. Me he traído un ultraportátil de esos baratos con la versión de pago del  Scroogle Earth para que podamos usar los satélites espía del gobierno para ver todo en tiempo real. Vamos allá.


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Feliz Navidad (Actos I y II)


ACTO I: EL FANTASMA DE MANOLO

Manolo estaba muerto; eso para empezar. No cabe la menor duda al respecto. El vecino del cartón de al lado, el mimo que solía actuar por esa zona, un crío que vivía en un barrio chabolista cercano y las omnipresentes ratas que habitaban el callejón habían estado presentes en el sencillo homenaje en su honor. También Escrivá había estado presente.

Conviene recalcar que Manolo estaba muerto, porque sin saber esto, los hechos que acontecieron a Escrivá siete años, once meses, quince días, dieciocho horas, cinco minutos y un segundo después de su estiramiento de pata no habrían sido nada impresionantes. Justo al contrario que El Sexto Sentido, que no sería interesante si de antemano supiéramos que… Bueno, el caso es que Manolo llevaba muerto casi ocho años. Y a Escrivá se le apareció, no físicamente, pero tampoco en sueños, una nochebuena de 2008. Quizá era porque en el infierno había toneladas de alcohol, o quizá porque simplemente era una imagen de Manolo en vida, pero el fantasma del susodicho iba más borracho que una cuba.


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Escena del quirófano


INTERIOR. HOSPITAL DESCONOCIDO – QUIRÓFANO

Toda la escena se ve a través de los ojos del DOCTOR. La iluminación procede de los potentes focos situados encima de la mesa de operaciones. Sobre ella se ve el cuerpo de un hombre. Los brazos descansan perpendicularmente al tronco, sobre sendos soportes laterales. Está intubado, con los ojos cerrados y una expresión relajada en la cara. Una sábana blanca tapa las piernas. El vientre está depilado. No hay nadie más a la vista.

DOCTOR
Muy bien. Por lo que veo ya lo habéis dormido… Vamos a ir abriendo al pollo este. Bisturí, por favor.

El doctor toma en su mano derecha el instrumento y comienza a practicar la incisión. Se oye un sonido similar al de cortar un tomate. No mana sangre. La imagen tiembla ligeramente.

DOCTOR
(en voz baja)
¿Pero qué demonios…?


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Un adiós con vuelta atrás


Todas las despedidas son amargas, pero algunas lo son más que otras. La de aquella tarde había sido especialmente dolorosa. Sus últimas palabras, cuidadosamente elegidas para la ocasión, conformaban un adiós sencillo, sincero y directo. Sin dar lugar a segundas interpretaciones ni dejar lugar a la duda. “Lo que se acabó, acabado está”, era la conclusión. Pero, aunque fue tan tajante respecto a la posibilidad de un “después”, sigo convencido de que cometí un error al no seguir insistiendo, aceptar el fin y dejarla. La profunda depresión que me consumió los siguientes días es prueba de ello.


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La desgraciada rutina de Doña I.


Un sonido metálico. Molesto. Sueño. De nuevo ese sonido. Luz… una luz cegadora. Esa sensación en el estómago… ¡Horror! ¡Caída! Abrió los ojos. Estaba cayendo hacia un pozo de luz blanca, aunque no sabría decir si se precipitaba rápidamente o con parsimoniosa lentitud. Maldita sea, ya lo habían vuelto a hacer.

No se puso nerviosa, conocía la rutina. Tensó su cuerpo y bateó las alas, dejando de perder altura y estabilizando su cuerpo en el aire a la vez que se despejaba un poco. Observó su entorno. La imagen de un perro con la correa colgando de una pata flotaba en el aire, como un holograma. No le gustó, así que decidió atravesarla y avanzar algo más. Naves espaciales de aspecto futurista iban y venían de un planeta que aparentaba tener toda su superficie urbanizada. Tampoco merecía la pena. Giró a la izquierda y pudo ver un castillo medieval a lo lejos, rodeado por la clásica zanja. Según se iba aproximando, empezó a distinguir unas figuras sobre el puente que cruzaba la zanja y que iba a parar al portón. Un grupo de diez de ellas, cinco a cada lado, portaba un ariete. Una escena de guerra… aburrido. Giró a la derecha.


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Destructividad


Se dio cuenta tarde de la locura en que había convertido su vida. No se puede decir que fuera enteramente culpa suya, pues fue él quien alimentó la bestia, pero no quien la parió. Siempre le había gustado escribir. En el colegio, la clase de Lengua era su preferida, no por los análisis sintácticos ni el estudio de la ortografía que, sin embargo, dominaba bien; sino por las redacciones que sus compañeros tomaban como desagradables y pesados deberes para casa, pero que para él significaban entretenimiento y oportunidad dejar volar su imaginación. En el instituto participó en concursos de literatura, con pasión, aunque sin demasiado éxito. Pero no se desanimaba, porque mientras le gustara lo que hacía, lo que opinaran los demás era secundario. Pasó la época de las redacciones y llegó la universidad, y siguió escribiendo. Publicaba con frecuencia relatos cortos en diversos sitios de internet, con similar éxito al obtenido en el instituto. Cuando, recién estrenados los veinte años, murieron sus padres en uno de tantos accidentes de tráfico, poco podía imaginar hasta dónde llegarían las consecuencias. Lo peor no fue la profunda depresión creada por la terrible pérdida, sino el método que eligió para superarla, que, por otra parte, fue una elección de lo más lógico.


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