Indolencia selectiva
A esa hora del mediodía el sol partía la tierra en ese barrio de clase media-alta de calles con adoquines, hoteles cinco estrellas y restaurantes caros y exclusivos con vista al río. Un carro precario a medio llenar con papeles y cartón desentonaba grotescamente con la estética del barrio. En él iban un hombre de algo más de treinta años, las carnes consumidas y en el rostro pintada la mirada de quien ya no espera nada, acompañado por sus dos hijos mayores, que sentaditos uno al lado del otro, recorrían la ciudad en busca de los desperdicios ajenos que a ellos les permitían comer. Por un kilo de cartón reciclable el hombre recibía 10 centavos de dólar, por un kilo de papel blanco un poco más: 15 centavos. Del carro tiraba una yegua preñada y desnutrida como sus dueños.







