SOPA DE RELATOS

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Indolencia selectiva


               

 

                           A esa hora del mediodía el sol partía la tierra en ese barrio de clase media-alta de calles con adoquines, hoteles cinco estrellas y restaurantes caros y exclusivos con vista al río. Un carro precario a medio llenar con papeles y cartón desentonaba grotescamente con la estética del barrio. En él iban un hombre de algo más de treinta años, las carnes consumidas y en el rostro pintada la mirada de quien ya no espera nada, acompañado por sus dos hijos mayores, que sentaditos uno al lado del otro, recorrían la ciudad  en busca de los desperdicios ajenos que a ellos les permitían comer. Por un kilo de cartón reciclable el hombre recibía 10 centavos de dólar, por un kilo de papel blanco un poco más: 15 centavos. Del carro tiraba una yegua preñada y desnutrida como sus dueños.

 


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La mentira


Llevaban tanto tiempo viviendo juntos, que cuando decidió despedirse creyó que la iba a extrañar. Nada más alejado de la realidad. Primero ensayó frente al espejo, ante la mirada afligida de su compañera, que adivinaba sus intenciones. Repitió una y otra vez su confesión. Y se sintió bien. Después, cuando estuvo listo, se lo dijo a su madre. Y se sintió mejor. Entonces decidió decírselo también a sus amigos. Y fue mejor aún. Eufórico, abrió la ventana de par en par y lo gritó a los cuatro vientos, que lo supiera el mundo. Cuando ya no quedaba nadie por enterarse, ella no tuvo más remedio que juntar sus cosas y partir, a buscar algún otro ser inseguro que la necesitara para vivir. Él la despidió distante pero sonriente, con el pecho henchido de felicidad. La saludó con su mano, mientras ella se alejaba cabizbaja. Adiós mentira, le dijo. Adiós.


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Rehén


¿Me podría decir la hora?- me dice, en un susurro el hombrecito de los ojos redondos. Apenas mueve los labios, sin dejar de mirar hacia la puerta, cuidando no ser visto. Le respondo-también en un susurro, tampoco yo quiero ser visto- que no llevo reloj. El hombrecito me mira un poco desilusionado, e intenta la misma pregunta con la mujer que está sentada junto a mí. Me pregunto de qué servirá saber la hora en estas circunstancias. Qué más da si son las ocho, las nueve o las diez (yo diría que son las nueve y media) si nuestro tiempo ya no nos pertenece (aunque nunca nos haya pertenecido realmente), sino que depende de lo que estos hombres dispongan.

-Nueve y veinticinco- responde la mujer. El hombrecito respira satisfecho.


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A la hechicera no la dejarás con vida


     

       

       El sol del mediodía brilla con fuerza en el cielo diáfano, en el que se recortan, a lo lejos los picos nevados sobre las verdes colinas del valle. Atada de pies y manos al poste donde minutos más tarde será quemada viva, la muchacha vuelve sus ojos al cielo. Una brisa tibia acaricia su rostro. Ella cierra los ojos e inhala suavemente el intenso perfume de la primavera. Al abrirlos el reencuentro con la realidad es cruel. La multitud que poco a poco fue congregándose alrededor de la hoguera, clama a viva voz por ver concretarse el siniestro espectáculo. El párroco de la capilla que es a la vez inquisidor y testigo, y fiscal y defensa se acerca empuñando su crucifijo.

 

    -Arrepiéntete ahora, y al menos no sufrirás la condenación eterna- susurra al oído de la joven.

 


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En el ocaso


 

 

 

     Percibo sus pasos; trota al principio, corre después. Siento su respiración agitada, cada vez más cerca. Al fin la veo. Aparece al doblar la esquina. Corre dejando atrás un corredor maldito en la calle de tierra que pasa frente a las vías del tren. Apura la marcha, se acerca cada vez más. Estira sus brazos hasta casi tocarme mientras balbucea algo ininteligible, una súplica, un ruego desesperado; sus dedos alcanzan mi rostro. Me despierto, bañada en sudor. Un escalofrío recorre mi cuerpo. Necesito tantear la cama para saber que en realidad estoy aquí, no allá, no con ella. Doy un par de vueltas en la cama y al final consigo dormirme. Es la novena vez que la sueño en menos de un mes.


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