SOPA DE RELATOS

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La muda de otoño


Él ya había muerto. No del modo en el que la mayoría de gente fallece; él aún respiraba, su corazón latía sin gana y sus ojos todavía recordaban como llorar. Pero pocos indicios más de lo que podría llamarse vida eran visibles en él.

En este punto ya entenderéis de a qué me refiero. Su muerte había sido interna. En resumidas cuentas, estaba muerto por dentro: Su mente y espíritu habían sido quebrados y vueltos a unir tantas veces, que ninguna pieza encajaba ya en el puzle remendado de su alma. Y habían ido cayendo por su propio peso. Estaba vacío.

Y así siguió mucho tiempo –o no, ya que a fin de cuentas aquel concepto por momentos dejaba de tener sentido para él- ese caparazón ausente de vida, ese extraño chico de mirada vacua. ¿Pero qué más da? A veces hacía como que sonreía, y eso era prueba irrefutable para el mundo entero de que todo iba bien. Como siempre, como cada día.


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Sombras: La pesadilla recurrente. Parte II


Unos párpados se abren de golpe, dejando ver unos ojos tremendamente enrojecidos, cegados por la luz de la lámpara de mesa, que impregna toda la estancia con una brillante luz amarillenta. El hombre gira la cara hacia un lado para evadir la molesta luz, incorporándose sobre la cama. Su mirada se dirige a la mano derecha, la cual sujeta fuertemente un arma. Se trata de una vieja escopeta de caza, una Beretta del calibre 12. La cara del joven se torna en resignación, y la deposita nuevamente en el suelo, su lugar por defecto durante las horas de sueño durante los últimos días. Al parecer el empuñar la escopeta tras despertar bruscamente de un sueño se ha convertido en reflejo después de repetir el movimiento decenas de veces. Claro, siempre y cuando se pueda llamar a “eso” sueño.


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Sombras:Prólogo. Parte I


En la distancia se oye un lamento. Un grito plañidero, que estremece el alma y provoca un incontenible escalofrío de ominoso terror.

Se hace un silencio sepulcral, y la mente es incapaz de encontrar un asidero de razón a la que atenerse. La respiración suena como un estridente bufido, demasiado alta. ¡No hagas tanto ruido!, piensa el joven. Hasta los pequeños chispazos en las sinapsis de las aceleradas neuronas parecen ser un cartel luminoso delatando su presencia. Reza por estar ya muerto. Quizás así sea menos audible cada movimiento de sus desesperados pulmones, que hiperventilan sin remedio alguno.

Entonces, apenas distinguible entre la completa oscuridad, una sombra se mueve en las tinieblas, perfilando su negrura con rápidos movimientos de predador. Su forma absorbiendo la propia oscuridad del entorno, que hasta entonces parecía completa.


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La luna de julio


No podía dormir. Llevaba toda la noche dando vueltas en la cama. La atmósfera sofocante de la habitación tampoco ayudaba a conciliar el sueño. Quizás me levanté una docena de veces, e iba a la cocina a beber agua, mas como pretexto para moverme un poco que por sed. Y en una de esas rondas nocturnas –quizás fuera la última, no lo recuerdo- me acerque al balcón.

Me apetecía sentir aunque fuese unos segundos la brisa fresca que se movía tímida por la calle. Puse un pie descalzo sobre el suelo enladrillado, después el otro. Me pensaba un loco allí, a las 5 de la mañana, observando un paisaje carente de otras personas, que más sabiamente que yo, se encontraban durmiendo profundamente. Pero el aire me refrescaba; no la piel, sino la mente, si es que eso era físicamente posible.


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A la luna


A lo mejor resulta un poco simple, pero espero que sea de vuestro agrado.

La luna se balanceaba en el cielo;

desnuda, cubierta de heridas.

Melancólica, una tonada cantaba.

Su piel de blanco refulgente

iluminando, sin saberlo,

los ojos de esta expectante alma.

Este insignificante humano

que aún recuerda,

que aún siente.

Permíteme que te pregunte,

hermosa luz de marfil,

del cielo y de mis sueños pendida,

si hace frío allí arriba.

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La carta del adiós


He decidido escribirte, no se aún si por miedo, despecho, o como una fútil despedida.

Aún no se si te echo de menos, o es rencor lo que siento. Creo que llegado a este punto, el amor y el odio que siento por ti han quedado a la par. Apoyado sobre los labrados barrotes de mi balcón, pasé un rato mirando al exterior, intentando ver más allá, buscando un sentido al mundo. ¿Pero sabes qué? No encontré nada.

Creo que soy una calamidad. Que sin ti no me queda nada por lo que vivir, y contigo sufro. Que si te tengo delante no puedo ni siquiera levantarte la mirada. No me queda nada.

Pero siendo sincero, estoy más sereno de lo que creía. No siento tristeza, ni por mí, ni por ti. No siento nada absolutamente. Mi interior es un vacío inescrutable. Posiblemente este estado no dure mucho, me parece antinatural, así que debo hacerlo ya.


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Mecánico


Dormía y se alimentaba. Una vez al día se aseaba y salía a vagar por las calles de la ciudad. Hacía todo lo que podría considerarse humano, solo que sin parecerlo. Más bien se asemejaba a alguna clase de androide, de máquina con aspecto de persona. Todo lo que hacía estaba envuelto en un halo de apreciable indiferencia. La expresión de su rostro era una máscara opaca bajo su lento caminar cansado. Nadie lo conocía; o al menos a simple vista no podría decirse otra cosa.

Y un día, sin más, desapareció. Lo peor es que nadie pareció darse cuenta. Simplemente se desvaneció; él, su vida, sus recuerdos, todo.

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Soñado amor


No se diferenciar

sueños que se hacen realidad,

de realidades quizás soñadas.

Siendo tú un sueño vivo,

eres para mi difícil realidad,

mas mil veces soñada.

Y no importa,

si eres fingida o real.

No quiero despertar.

De este sueño efímero,

de esta dulce realidad.

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