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Las joyas de una vida: penúltimo capítulo (III)


William no tenía escapatoria, pues la habitación se había llenado con los vasallos del Conde, que perseguían al jefe furtivo de los encapuchados. Las esperanzas de Beatrice se marchitaron por completo. Sus sospechas eran absolutamente ciertas. William bajó la cabeza por el peso de su vergüenza. Había ocultado a su amada para poder evitar la mirada de culpa que, de no ser por las sábanas, estarían escudriñando en ese momento cada rincón de su alma.

–No entendéis nada. Ranstings merece la paz, la necesita. Mi padre no lo comprende. ¿Qué importa que estas tierras sean de un señor o de otro? Lo necesario es la paz, el bienestar de todos. Podríamos habernos colmado con tesoros y riquezas y marchar a cualquier otro lugar, pero mi padre es demasiado estúpido. Mantiene ideas que no son prácticas para estos tiempos. De nada sirve pertenecer al linaje ni defender el honor. Lo que cuenta es la paz, a cualquier precio.


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Las joyas de una vida: penúltimo capítulo (II)


Beatrice no podía dormir. Había olido las llamas y los gritos. También se había percatado de los gemidos de dolor y del sonido de las espadas. Algo ocurría fuera. Estaba preocupada, pero no tenía miedo, porque sabía que en Ranstings estaba William, y de una manera u otra él cuidaría de ella.

Las vacas mugían de manera extraña. Algo había fuera. Beatrice empezó a inquietarse. ¿Y si alguno de los que siempre se hallan haciendo maldades por esas tierras trataba de entrar en su cabaña? No podía ser. A ella no podía ocurrirle semejante injusticia, no después de perder a sus padres, de no tener familia y de estar viviendo la mejor etapa de su vida. Además estaba William, por supuesto. Nada le iba a ocurrir en Ranstings. Pero llamaron con fuerza a la puerta, y Beatrice empezó a dudar de todo.


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Las joyas de una vida: último capítulo


Muchos años hacía ya desde toda aquella historia. A pesar del estado de salud de Elliot de Sutter, consiguió vivir muchos años más de tormento y, por supuesto, no aceptó la sugerencia de la abdicación. Como William, era un hombre de ideas bien meditadas. Su hijo vivió mientras bajo el amparo del Duque de Sussox quien, como había hecho tiempo atrás, le ayudó a instar a Elliot de Sutter para que le entregara Ranstings, otorgándole mesnadas, privilegios, y todo lo que requirió para ello, tratando de forzar a su Conde a una entrega voluntaria que nunca realizó.

Cuando llegó la deseada muerte del Conde de Ranstings, William de Sutter asumió el gobierno del condado, a falta de más miembros del linaje y, sorprendentemente, porque así constaba en el testamento de Elliot de Sutter. No obstante, William tampoco entregó Ranstings, como se suponía debía hacer. Quién sabe si fue por la codicia o por el remordimiento, pero el nuevo Conde mantuvo una nueva lucha por la defensa de aquellas tierras. La lucha por la paz es intrínsecamente imposible. La guerra, tarde o temprano, sólo engendra más guerra.


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Las joyas de una vida: penúltimo capítulo (I)


–¡Alto! En nombre de Sir Elliot de Sutter, Conde de Ranstings. ¡Deteneos y deponed las armas!

Mucho tiempo después, los encapuchados habían seguido realizando más acciones de pillaje y violencia. En esta ocasión, habían sido descubiertos por varios vasallos del Conde que aguardaban impacientes a someterlos a su emboscada. Y así había sido. Los encapuchados eran cinco, y los vasallos del Conde allí reunidos más de diez. Sin duda, el Conde Elliot se había preparado para la ocasión. Se hallaban frente a una huerta que ardía, incendiada por los asaltantes. La escena estaba bien iluminada por el fuego. No había escapatoria.

–¿Qué hacemos? –preguntó desesperado uno de los maleantes–. Si nos entregamos tendremos la clemencia del conde, ¿no?

Todos miraron al jefe, que permanecía serio.

–No hay clemencia para los traidores en Ranstings… –zanjó–.

–Esto no ha sido nunca una buena idea, ya lo sabía yo… –se desmoronó otro encapuchado entre sollozos–.


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Las joyas de una vida: capítulo 5


Desde el suceso del mercado, William se acercaba con frecuencia por Villabaldía. Beatrice y él habían entablado una bonita amistad. Él la requería con frecuencia para pasear por los alrededores de la villa, entre las vastas campiñas que lindaban con los ancianos bosques de sauces, colmados de recuerdos que ya nadie posee.

Hablaban de todo. Al principio únicamente de trivialidades: el verdor de las campiñas, lo nublado que en ocasiones estaba el cielo, la cosecha; pero pronto comenzaron a abrir el corazón el uno al otro.

William no permitió que siguiera viviendo de aquella manera. La muchacha le hacía sentirse bien, hacía que se evaporara de los problemas, del día a día y de presiones a las que, por su condición de noble, estaba irremediablemente condenado a padecer. Beatrice conseguía que William de Sutter se sintiera vivo. Por ende, sacó a Beatrice de esa vida sin futuro, mandó construir en varias semanas una cabaña y se la asignó, junto con una partida de ganado del que vivir. De esta forma, podría acercarse a ella siempre que quisiera.


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Las joyas de una vida: capítulo 4


Oscuridad. Latente en las pupilas de los hombres la preocupación y la intriga. El que se hacía el jefe del grupo portaba una antorcha que iluminaba la noche. Debían de ser por lo menos seis, contando al mencionado cabecilla, el cual caminaba de un lado a otro, apoyándose de vez en cuando sobre un tronco viejo, haciendo bailar a su antojo las sombras de sus compañeros.

Estaba muy nervioso, aunque no era la primera vez que asaltaba las tierras de Ranstings junto con otros soldados. Incendiarían casas, violarían a mujeres y niñas y arrasarían todo lo que pudieran. Así cedería el Conde, que no dejaba un pedazo de tierra condenado a caer a manos de sus enemigos.

Las montañas son un buen refugio, y mucho mejor lo es cuando la noche es tan densa. Esperaban a que se acercara alguien, y así fue. Aparecieron de entre el fulgor nocturno tres jinetes. Primero bajaron los dos que flanqueaban al central y, tras ello, el de en medio descendió del caballo con algo envuelto bajo el brazo.


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Las joyas de una vida: capítulo 3


Beatrice era joven y castaña. Eran dos cualidades que a nadie le pasaban desapercibidas. Era joven por su forma de hablar, de desenvolverse, por su dulzura y su encanto natural. Sus cabellos caían como térreas cascadas por sus hombros, mostrando al mundo dos perfectos cuencos repletos de miel. Pero sus labios eran lo más llamativo, pues suponían una poderosa contradicción: permanecían siempre serios.

Habían muchas personas en Villabaldía, pero nadie había visto nunca a Beatrice sonreír. Quizá por eso se burlaba de ella mucha gente, le desviaban la mirada o ignoraban todo aquello que decía. Era una criatura más en el mundo, sola y sin nadie que la cuidara. Vivía de lo que podía y de lo que se le dejaba. Era la más pobre en un mundo de pobreza. Para ella, la vida pasaba sin ánimo ni sentido. Estaba abandonada, sin sus padres y sin nadie que le ayudara. Habiendo alcanzado los diez y nueve años de edad no tenía nada en esta vida. Lo único que poseía era un mal recuerdo.


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Las joyas de una vida: capítulo 2


No eran tiempos buenos para nadie. No lo eran desde hacía mucho tiempo. Ni tan siquiera el clima era bueno. Siempre llovía y tronaba sin cesar. Días enteros ensombrecidos por el capricho del Señor y las incomprensibles elecciones de la Divina Providencia. Los monjes se dedicaban en silencio a la oración y a la contemplación de las sacras leyes que legó el Todopoderoso a los mortales. Las gentes del campo sufrían sus clásicas desdichas: hambrunas, epidemias, actos de bandidaje… Nada que no pasara a menudo. Las intrigas del Condado llegaban hasta la misma casa de su Señor, Elliot de Sutter.


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Las joyas de una vida: capítulo I


Todo temblaba sin cesar. El suelo parecía evaporarse bajo sus dedos por las duras sacudidas que los caballos producían al galopar. Los gritos eran pérfidos e insultantes, pero ella sólo tenía miedo de la oscuridad.

Era una de esas noches que el tiempo y la memoria de los hombres no conservan, y no han sido reflejadas en ningún lugar, como si nunca hubieran existido. Una pequeña lloraba en una noche oscura. No había luna ni estrellas, sólo llantos y violencia.

Yacía sobre un montón de barro, mezclado con los ríos que no cesaban de brotar de sus ojos. Aquellos desconocidos encapuchados habían irrumpido en su casa en mitad de la noche, mientras cenaba con sus padres y sus hermanos. Tras un forcejeo descontrolado y una serie de injurias lanzadas al aire, habían lanzado literalmente a la pequeña fuera de la casa, pues no conseguían que parara de llorar. Después se erigió la voz de uno de aquellos encapuchados:


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Un beso y un melocotón


Aquel río arrastraba grandes derrubios por su gran fuerza erosiva, pero el amor que se escondía camuflado por su pacífico arrullo hubiera conseguido arrollar cualquier obstáculo, excepto un rechazo de la Providencia.

Como todas las mañanas muy temprano, la ninfa Gloria paseaba por la orilla de un río, maravillándose con la vegetación y los helechos que la naturaleza ofrecía para su deleite, fruto de la gran humedad de aquellos parajes durante todo el año. Por su condición de ninfa, Gloria estaba en todo momento ojo avizor para evitar el acoso de los sátiros que rondaban a sus alrededores como golondrinas en primavera. Ella era una hamadríade, una de las nueve hijas ninfas de Óxilo y con la capacidad de transformarse en árbol, hecho por el que los dioses del Olimpo castigaban a todo aquel que profiriera algún tipo de injuria contra estos seres de la naturaleza.


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El beso


*Dedicado a mi primer beso. Esto no entra estrictamente dentro de la categoría de “relato”, espero que a nadie le moleste*

La miré. Me miró.

            El corazón comenzaba rauda su sacudida y todo se volvió muy frío. Las paredes se tornaron pálidas, el suelo presentó un semblante azul polar, el viento paró en seco, los océanos, montes, valles, páramos; todo murió al instante de frío. Sólo permaneció algo de calor y de vida en la tierra. Algo importante iba a suceder.

            En algún recóndito lugar de entre la inmensidad de la naturaleza, en vida una llama se encendió. Avanzamos el uno al otro sigilosamente a la par que con delicadez, para no convertir un momento mágico y duradero en algo fugaz, aunque esa suerte no dependía, ciertamente, de nosotros.


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