Las joyas de una vida: penúltimo capítulo (III)
William no tenía escapatoria, pues la habitación se había llenado con los vasallos del Conde, que perseguían al jefe furtivo de los encapuchados. Las esperanzas de Beatrice se marchitaron por completo. Sus sospechas eran absolutamente ciertas. William bajó la cabeza por el peso de su vergüenza. Había ocultado a su amada para poder evitar la mirada de culpa que, de no ser por las sábanas, estarían escudriñando en ese momento cada rincón de su alma.
–No entendéis nada. Ranstings merece la paz, la necesita. Mi padre no lo comprende. ¿Qué importa que estas tierras sean de un señor o de otro? Lo necesario es la paz, el bienestar de todos. Podríamos habernos colmado con tesoros y riquezas y marchar a cualquier otro lugar, pero mi padre es demasiado estúpido. Mantiene ideas que no son prácticas para estos tiempos. De nada sirve pertenecer al linaje ni defender el honor. Lo que cuenta es la paz, a cualquier precio.







