SOPA DE RELATOS

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Las aventuras de Jack Ewing.


Primera parte


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XVII


Aun recuerdo aquel árbol de mi jardín, de tronco firme y largas ramas vestidas de hojas de violáceo color, haciéndole excepcionalmente bello cuando, en los días de tiempo revuelto, veías resistirse a cada una de ellas a dejarse llevar por los caprichos del viento.
Recuerdo también aquel otoño, en que, como de costumbre, salí a contemplarlo y a admirar el esplendor y brillante colorido de sus hojas frente al semblante mortecino de todas las demás. No pude creer lo que ví cuando lo alcancé a mirar: El árbol había perdido todas sus hojas, quedando solamente una única de ellas en el extremo de la rama más alta.

El invierno llegó: Fuertes nevadas, lluvias y ventiscas amenazaron con arrancar al árbol de cuajo, pero éste resistió junto a su única hoja hospedada en lo más alto.
No obstante, uno de aquellos días, una leve brisa acarició a la hoja que, en un movimiento casi imperceptible, se soltó.


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XVIII


No es de esperar, ni bajo todas las burdas leyendas que recaen sobre la noche, que tal transformación se llegara a realizar.
Su fisionomía se desencajaba en una mueca feroz, las venas de sus manos se dilataban pues la sangre se agolpaba arrítmicamente con una fuerza superior debajo de su piel. La mirada estaba totalmente atravesada por el oscuro amenazador de sus pupilas. Algo también, como un alarido reprimido, le serraba la garganta de arriba abajo, casi apresándole con crueldad el estómago cuando le terminaba de recorrer. Digamos que llevaba cosido a fuego el infierno en sus entrañas, y también, podría decirse que el alma se le desdoblaba en más de un ser.
Y arriba, ella: Se encontraba inminente, luminosa, enorme, inalcanzable, atemporal, perfecta, ideal, poderosa, dominante desde aquel cielo apocalíptico negro como los fondos de ese ser que la alcanzaba a contemplar.
Definirlo como un amor desarraigado, no correspondido, incluso diría que limitado por dos mundos diferentes se quedaría lejos de la auténtica realidad.
La existencia vertió en solo poder rozarla, un momento de sosiego, un segundo de paz; Si  su alma en algún momento llegó al Nirvana fue cuando las llamas del ocaso consiguieron liberarle de su cuerpo… Y logró besarla.
No hay forma más horrible y bella de morir.


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La distancia.


Unas manos me agarran fuerte. Me aprietan con dureza los párpados y sujetan mi mandíbula con sus dedos rasgándome la boca. Yo no sé donde están mis manos, sé que las tengo, pero las siento fuertemente encadenadas. Dolor punzante en los oídos, como el despertar de los cañones y el tronar de los cielos.

Llora todo mi cuerpo.

Y, al otro lado del mundo, Johnny, sin saber absolutamente nada de ésto, pide un café con hielo.

Ilogikah.

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Edelweiss


Allí, donde cada lugar es acariciado por un tenue manto helado, donde la nieve cubre las cumbres de las altas montañas y el frío recorre los valles y congela los lagos; allí, en un lugar perdido entre el paisaje de la enigmática Suiza, es donde cuentan que aquella historia ocurrió. Una historia que aun a pesar de haberse sucedido hace tantísimo tiempo, su significado ha hecho que no se olvide y que con cada nueva nevada su espíritu vuelva a resurgir.

Cuentan que él, joven y apuesto, se hallaba enamorado de una mujer, decían, de una belleza casi comparable a la pureza de la blanquísima nieve que cubría al pueblo cada invierno, de tez pálida, ojos grisáceos, cabellos blancos y rasgos finos y suaves, convirtiéndola en una albina extremadamente hermosa. Edelweiss, se llamaba.


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El espejo.


Tiró los guantes de boxeo a la silla, con desgana. Venía de entrenar, estaba cansado, sudado y hasta los cojones. Así que decidió darse una ducha. Entró en el baño y comenzó a quitarse la ropa, y cuando estaba desnudo, no pudo evitar echar una ojeada al espejo.
Empezó a mirarse… A hacer posturas, a sacar la moya de sus brazos, metía tripa y resaltaba su espalda, se miraba el culo, las piernas, sus genitales…

-Joder, qué bueno estoy…- Concluyó. Echó una mirada coqueta a su reflejo y comenzó a masturbarse mientras se miraba y ponía morritos. Estuvo así durante un rato, diciéndole cosas al espejo mientras se tocaba.

-Si pudiera, me follaría a mí mismo… Tío bueno, guapo…
-¿¿En serio??¡¡¡ Pues ven aquí que te voy a dar lo tuyo, cabrón!!!


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Final del Principio de Obsesión.


La calurosa noche de verano hizo que Johnny, medio despierto, medio dormido, se revolviera en el colchón, sintiendo el frío sudor recorriéndole la espalda.
Agarró la botella de Absenta y bebió de un trago todo cuanto su garganta aguantó. Se sintió mucho mejor. Se incorporó y se dirigió al ventanal, que ofrecía desde aquel séptimo piso, una vista preciosa.

-Mañana seguro que nevará.- Afirmó entre risas.

Y entonces se precipitó al vacío.
La predicción se quedó entre sus labios y para él, siempre sería cierta.

H. /ilogikah/

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Sueño


Solo cuando nos encontramos metidos entre las sábanas, y nos dejamos acunar por la oscuridad total, es cuando nos sentimos con la privacidad suficiente para confesarnos a nosotros mismos lo que de verdad deseamos. Instantes después, cerramos los ojos y, dormidos, soñamos, saboreando nuestro mayor anhelo, hasta que nos lo arrebate el sonido del despertador.

S. De Heredia.

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