SOPA DE RELATOS

Encuentra al escritor que tienes dentro

El cielo de tu espalda.


Me encanta tu espalda. Tu espalda, ancha, blanca, suave, salpicada de pequitas aquí y allí. Donde se marcan tus vértebras cuando la arqueas, y donde te da un escalofrío cuando paso mis dedos por encima de tu columna, sin apenas tocarla, sólo rozándola, y te ríes con esa risa tuya tan natural que se contagia.
Y entonces es cuando te giras sonriendo y me dices que me quieres.
Y entonces es cuando bajo la mirada y me pongo a contar esas pecas que tienes repartidas aquí y allá por toda la espalda.
Y es cuando, con mis dedos, me dedico a trazar dibujos entre ellas, como un barco que navega por la blancura de tu piel evitando obstáculos redonditos y pequeños.
O cuando me dedico conectar los lunares entre sí, como en los libros de actividades de cuando era pequeña, en donde trazabas líneas entre los puntos para formar dibujos. Sí, eso mismo: tu espalda es como una hoja de un cuaderno de actividades para niños. O mejor aún. Tu espalda es un cielo blanco con miles de estrellas que forman constelaciones desconocidas. Y yo, cual astrónomo estudioso, me las conozco todas.

Tienes 74 estrellas en el cielo de tu espalda. Y sé encontrarlas todas sin necesidad de telescopio.
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¿Sabes qué?


-¿Sabes, sabes?
-Dime.
-Me he despertado esta mañana, y…
-¿y…?
-Nada, me he dado cuenta de que te seguía queriendo.
-Vaya, teniendo en cuenta como eres al despertarte por las mañanas, se puede considerar una buena señal.
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De cómo las ansias de libertad nunca traen nada bueno.


Samantha Disaster nació en un pequeño pueblo del interior de Estados Unidos, resultando ser una niña algo marimacho y alocada y una adolescente infantil y rebelde que finalmente, se transformó en una joven con complejo de Peter Pan.
Una chica de dieciocho años menuda, delgaducha, de carita aniñada y ojos redondos de un color negro violáceo muy llamativo, y piel rosada y pecosa. Llevaba ropa de corte roquero, cortada, rajada, de colores oscuros, y su pelo naturalmente negro teñido de un color morado más llamativo si cabe.
Sus padres, una respetable pareja del pueblo, terminaron desesperados por su conducta y actitud, y no se interpusieron en lo más mínimo cuando la pequeña Sam anunció su marcha a la ciudad más próxima, Sunshine Valley, donde, según sus propias palabras, “realizaría su sueño de convertirse en estrella de rock”, tras un pequeño altercado con la policía, donde se vieron implicados toda la pandilla de amigos de Sam. Alcohol y jóvenes en una plaza de un pueblo pequeño a las cinco de la madrugada, ya se sabe.
Volviendo a la historia de cómo las ansias de libertad (de esta chica en concreto. Las ansias en libertad de los demás no tienen por qué conllevar implícitamente el desastre) nunca traen nada bueno, Sam cogió su ropa, algo de dinero de los cumpleaños, la vieja furgoneta, y su guitarra, y se fue a vivir a su famoso primer piso en Sunshine Valley.


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1. Siempre igual.


Sam llegó a su casa dando una patada a la puerta de su roñoso apartamento, tras subir cinco pisos de unas mugrientas escaleras de linóleo de un color verdoso que nunca le gustó, y sin más, se derrumbó en el sofá, tapizado con una tela áspera de un diseño parecido al tartán. Frotó sus pies el uno contra el otro para sacarse las Converse negras reventadas con dificultad, dejándolas caer al suelo con un ruido sordo, y con algo más de delicadeza, dejó su guitarra eléctrica, con estampado de piel de cebra, también en el suelo.
Había sido un día de mierda.
Soltó todo el aire, desesperada. Por la mañana, al sonar su móvil como despertador, lo había apagado medio en sueños, dispuesta a despertarse al cabo de un rato. Por desgracia, la noche anterior había estado rondando hasta las tantas, por lo que se quedó dormida, y, tras salir pitando de casa sin desayunar (sin sus cereales azucarados de la mañana, Sam Disaster no era persona), llegó con un petardeo de su vieja camioneta al trabajo, donde su jefe, como siempre, le echó bronca, y, aprovechando que llegaba tarde, la despidió.
Por si no fuera poco, al salir de su ex-trabajo, su camioneta se caló, negándose rotundamente a arrancar. Sam tuvo que andar 5 km hasta llegar a su casa, bajo una fina y oportuna lluvia.
Y por último, el colmo.
Al llegar a su bloque, donde vivía sola, su casera, una vieja gruñona de la que cuyo nombre nunca se acordaba, le dijo que mañana mismo debía estar fuera. Ya no le atrasaban más el pago del mes de alquiler.
Se dio la vuelta en el sofá hasta quedar con la cabeza hundida en el sucio y viejo olor del duro colchón, donde tuvo una de sus míticas pataletas.
Hasta que, milagrosamente, una carta salvó su vida de un ahogamiento por chillar demasiado seguido a causa de la frustración.
Un sobre blanco, pulcro y limpio, que cayó con suavidad a través de la rendija del correo. Sam levantó la mirada de pronto al oír el suave sonido del papel contra el suelo de linóleo. Observó escépticamente el sobre un instante, hasta que finalmente se levantó del sofá perezosamente, refunfuñando, y despeinándose la mata de pelo morado.
Una vez cogido el sobre, se echó en el sofá de nuevo, con cuidado de no dar con la cabeza en el reposabrazos de madera.
-Vaya… ¿Quién demonios puede llamarse Lara Lovely y no haberse cambiado el nombre a estas alturas? -rió cuando leyó el remite. -Oh, y encima vive en la Avenida del Olmo, será pija la tía…
Rasgó el sobre blanco con una de sus largas uñas pintadas de negro o azul oscuro, no lo recordaba, y se dispuso a leer el contenido, cuando una melodía de rock la distrajo. Su móvil.
Se estiró por encima del sofá para coger su móvil, una antigualla con pantalla en blanco y negro que se resistía a morir y darle una excusa para cambiárselo, y lo descolgó.
-No, Vince, no quiero saber nada sobre lo que pasó ayer. -empezó ella cortando lo que fuera que su amigo iba a decir.
-Joder Sam, siempre estás igual. ¿Me harás el favor de dejarme hablar? -suspiró él exasperado. -Son buenas noticias. Y ayer no pasó nada que yo sepa; bebiste tanto que ya ni te acuerdas y quieres asegurarte, ¿no es eso?
Sam bufó, asqueada.
-Vale, sí, lo que tú digas. Buenas noticias, ¡ya, ya!
-¡No me cortes al principio y luego me des prisas, Disaster! -le advirtió Vince aparentemente antipático.
-Jooo, vaaale. Estaré calladita. -inconscientemente, Sam puso morritos. Vince suspiró al otro lado del aparato.
-Está bien, escucha, enana. Encontré una compañera de piso para ti. -Sam se incorporó de golpe en el sofá.
-¡¿Qué?! ¡¿Compañera de piso?! -se enfadó. -¡Demasiado tarde, tonto el culo, me echan ya! ¡Te lo dije hace un mes, ¿como puedes haber tardado tanto…?!
-Eh eh eh, quieta, fierecilla. ¿Me vas a dejar terminar? -Sam se calló, y Vince bufó. -Uf, si es que siempre igual. Nunca va a cambiar. En fin, el caso es que la chica en cuestión, Lara, es la hermana de un colega de un colega mío… Bueno, les di detalles de donde vives y tal, y como la señorita tiene casa ya, me ofreció para ti quedarte a vivir en su casa, pagando la mitad del alquiler que pagas ahora. Supuse que te gustaría la idea, la casa es bonita y tal…
-Espera, ¿una casa? -Sam aplaudió satisfecha. -¡Eres genial, Vinnie! Voy a hacer las maletas y… Espera, ¿cómo se llama la tía? ¿Y dónde vive? ¿Y…?
-¡Por Dios Sam!
-Lo siento.
-Se llama Lara Lovely, y vive en una casita de la Avenida del Olmo creo… Sea como sea, heredó la casa de su abuela hace poco, así que está buscando alguien con quién compartir esa casa tan grande como para uno. Pero Sam, hay una pega y…
-¡Dios! ¡Lara Noséqué! ¡La tipa de la carta, estupendo! De hecho estaba leyéndola justo cuando tú me interrumpiste y tal, pero da igual, Vinnie, ¡te per-do-no! -canturreó.
-Sam, me alegro de verte tan contenta, pero te repito que hay algo que debes saber antes de aceptar tan felizmente y es que…
-Uy, se me acaba la batería. Bueno, da igual Vince, no será tan importante, iré a hacer las maletas y luego hablamos, ¿vale? ¡Chao-chao!
-¡Sam! -la chica colgó alegre, sin preocuparse lo más mínimo por lo que fuera que Vince tuviera que decirle. Miró la carta perezosamente. Bueno, ya la leería más tarde. El caso era que ya tenía sitio donde dormir esa noche. Y la dirección ahí anotada.
Una vez recogidas sus escasas pertenencias en una pequeña maleta y una mochila aun más pequeña, Sam salió de su viejo piso sonriente.
La portera malhumorada miró despectivamente a su ex-inquilina, menuda, pecosa y con look roquero, que se despidió alegre con un gesto considerado ampliamente obsceno.


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Instrucciones para llorar.


En primer lugar, hay que asegurarse de tener a mano todo aquello indispensable para realizar el llanto correctamente. Para llorar como Dios manda, necesitaremos: un paquete de pañuelos de papel, a poder ser de marca “Kleenex”, y un amigo que nos ofrezca su hombro.
Cuando ya tengamos reunidos todos los elementos necesarios podremos empezar. Para iniciar el proceso, necesitaremos también algún elemento que lo desencadene. Éste puede ser de cualquier tipo, desde una película romántica dramática, hasta un regalo muy bonito que nos emociona, pasando por el hecho de haber cortado con la pareja.
Si ya se ha producido el hecho que nos causa tristeza o emoción, y tenemos a mano todos los instrumentos que hacen falta, podemos disponernos a llorar.
Primero, hay que concentrarse en aquello que nos provoca las ganas de llorar. A esto (ejemplos enumerados anteriormente), lo llamaremos nuestro motivo.
En segundo lugar, cuando llevemos suficiente tiempo pensando en nuestro motivo, nos vendrán unas ganas de expresar aquello que sentimos que nos resultarán irrefrenables en cierta mesura (el tiempo que hay que esperar y la intensidad de las ganas son variables en cada persona). Seguidamente, notaremos como una presión se acumula en nuestros ojos. Son las lágrimas, que quieren salir. Para que el llanto se produzca, nosotros debemos dejar que salga este agua al exterior, aunque sea en pequeña cantidad. Una vez haya salido fuera aunque sea una sola gota, resultará mucho más fácil seguir.
Cuando hayan salido las lágrimas será el momento indicado para utilizar los objetos que hemos enumerado al principio de todo: lo más recomendable de todo es que el amigo nombrado nos ofrezca los pañuelos de papel y nos consuele dejando que le expliquemos el llamado motivo.
Cuando el amigo haya realizado su función, notaremos que ya no tenemos más ganas de llorar y las lágrimas ya no saldrán más: el llanto habrá acabado, y así finaliza también nuestro manual.
Esperemos que haya sido de ayuda.


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Mala memoria.


Paula era una chica despreocupada, alegre, y algo torpe, pero, por encima de todo, olvidadiza. Siempre se quejaban de ello sus familiares, cuando se olvidaba de sacar a pasear el perro o de ir a tirar la basura, sus amigos, cuando no recordaba qué día habían quedado o a qué hora empezaba la película, y sus profesores, cuando se dejaba los deberes en casa o no se acordaba de traer el justificante para ir de excursión. A pesar de ello, había alguien que nunca se quejaba de la mala memoria de Paula. Daniel. Un día en que estaba deprimido, le preguntó a Paula si le quería, y ella se indignó. “¡Pero por qué preguntas, si ya sabes que sí!”. “No, por nada, porque me gusta oírtelo”.
Nunca más Paula se olvidó de decirle “te quiero” cada día sin falta. Y es que para las cosas importantes de verdad, tenía toda la cabeza del mundo.


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Todo suele ir a parar al sofá.


-Maestro, busco y busco sin parar, pero no encuentro.
-¿Has mirado por toda la casa?
-Sí.
-¿Debajo de todos los muebles?
-Sí.
-¿Incluso debajo del sofá?
-Sí.
-Qué curioso, todo suele ir a parar al sofá…
-Sí.
-Déjame ver… Un momento, ¿qué estás buscando exactamente?
-No lo sé, de eso se trata.
-¡¿Te has vuelto loco?!
-No, en absoluto. Eres tú el que me pide cosas más extravagantes aún, como que por delante de todo busque la felicidad. ¿Cómo pretendes que la encuentre si no sé ni dónde me la dejé?

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Verdades como templos.


¡Te odio! ¡Desde el primer momento, desde el preciso instante en que nos presentaron, con esa odiosa sonrisa blanca que ciega, con ese pelo rojo tan brillante y raro, supe que no te soportaría! Odio todo lo que haces, todo lo que ello representa. La manera en que echas leche en el café, riéndote como si fueras adorable cuando te salpicas un poco, con esos hoyuelos tan absurdos que se te dibujan en las mejillas, tu manera de andar, con esa gracilidad de bailarina… ¡Anda normal, mujer, que estamos en la calle, no en un escenario!, la ropa que llevas, siempre sobria y elegante, como si fueras de una revista, ¡pretendes hacerme sentir mal a mí, que apenas me cambio de camisa de un día para otro, ¿a que sí?! Sin olvidar por supuesto esa manera en que enarcas las cejas pelirrojas cuando algo que yo digo te hace gracia, que tan irritante resulta, y entonces me das un beso en la mejilla sonriendo con sarcasmo, ¡si es que no te soporto! Pero lo que menos me gusta, lo que más nervioso me pone de toda tu persona, es la manera en que me haces sentir cuando te miro hacer cualquier cosa. Es como un pequeño vacío aquí, en el pecho, que me quita el ánimo para hacer cosas de todo el día, excepto pensar en ti y en lo apetecible que es tocarte esas mejillas paliduchas que tanta grima deberían darme y mirarte a esos ojos verdes que parece que vean a través de mí como el radar de un aeropuerto, haciéndome pensar sólo en decir cosas bonitas, empalagosas y absurdas. O “verdades como templos”, como te gusta llamarlas a ti, pedazo de ñoña.


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Nada mejor que hacer.


Me di cuenta desde el primer momento de que eras mi hombre perfecto: Eres tonto, insufrible, antipático por las mañanas, me avergüenzas cuando salimos por ahí con esa camiseta tan hortera de Super Mario, dejas la tapa del water levantada, te quejas a cada momento, me pones de los nervios, te gusta hacerme cosquillas aunque sabes que lo odio, siempre pierdes el mando de la tele, me mandas a buscarlo por toda la casa, y cuando estoy buscando en los sitios más inverosímiles, me avisas con tu típico “¡Cariño! ¡Deja de buscar, me había sentado encima!”, me aburres con tus largas explicaciones, no te gusta nada de lo que a mí, me pones morritos si salgo con mis amigas, te da palo salir a pasear, y si te saco a base de gimotear y poner caritas, te vuelves a quejar, cuando vamos al cine, te pones a charlar con el del lado, tus amigos están locos, eres un guarro de cuidado, pero yo no puedo tener la ropa del día anterior por el suelo, y por encima de todo eso, te quería y te quiero como si no tuviera nada mejor que hacer, que lo tengo.


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“Sonríe”.


Llegué a casa después de pasar todo el día en el trabajo, y la encontré ahí, en ese rincón, cogiéndose las rodillas, y sollozando silenciosamente. Me acerqué.
-¿Qué te pasa? -estaba preocupado. Ella negó con la cabeza, sin decirme nada. Insistí:
-¿Te han hecho daño? ¿Te han dicho algo? ¿Te han cogido alguna cosa?… -paré al verla sacudir la cabeza de nuevo. No se me ocurría que podía ser. Al fin habló:
-Esta mañana me he despertado… Y me ha llamado mi hermano por teléfono. Él también estaba llorando. -explicó, como si eso lo solucionara todo. La miré extrañado.
-¿Cómo? Osea… ¿No te ha pasado nada a ti? No comprendo.
Ella alzó la cabeza y me miró con esos grandes ojos negros, en ese momento tristísimos.
-¿No entiendes? ¡Intenté alegrarle, intenté consolarle, y fallé! No paró de llorar, hiciera lo que hiciera… Por eso estoy tan triste, ya sólo me queda acompañarle. -concluyó ella.
Sonreí con ternura. Qué buena e inocente era ella. Siempre preocupándose por los demás, siempre con sus seres amados, en los buenos y en los malos momentos. Le levanté la cabeza con la mano en su barbilla para obligarla a que me mirara.
-Sí, es cierto que la mejor manera de alegrarte es intentar alegrar a alguien, pero, aunque acompañar a alguien en su tristeza es un acto muy noble, no la ayudas. La mejor manera de alegrar a un ser querido si no puedes ayudarlo es ser optimista, para que te vea feliz, y entonces se alegre por ti.
Ella se enjugó unas lágrimas y soltó un suspiro.
-¿Va en serio? ¿De verdad tú crees eso?
Asentí con la cabeza y me levanté de mi incómoda posición arrodillada. Le tendí la mano, sonriente.
-Por supuesto. Vamos, iremos a merendar algo, a tomar un helado, y después de eso, cuando ya hayas recuperado tu sonrisa, iremos a ver a tu hermano para que, al igual que él te contagió su llanto, tú le puedas contagiar tu sonrisa.
Ella cogió mi mano y se impulsó para levantarse. Sonrió, aunque un poco melancólicamente.
Le tendí su abrigo y me puse el mío.
-Mejor, aunque en comparación con las sonrisas que sueles llevar tú, esa no es nada.
Ahora sonrió con malicia, y rió un poco.
-Cierto, pero es que tú nunca has sido tan bueno como yo, y la sonrisa de antes me la has pegado tú. -puse mala cara, y ella rió un poco, y me dio un beso en la mejilla.
-Gracias. -susurró, esta vez, feliz de verdad.


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Alas de mariposa.


Fue tan oscura y trágica, esa noche. La noche en que me separé de este mundo, la noche en que di un disgusto a mi querida hermana. La noche que morí.
Lo recuerdo nítidamente, era una noche ventosa de verano, en que el rítmico golpeteo de los pórticos de las persianas contra las paredes de afuera me despertó de mi dulce sueño infantil.
Traté de dormirme; de veras que sí, pero simplemente no podía. Me había desvelado ya, y tras unos minutos manteniéndome quieta y tensa para no despertar también a Sue, cuya casi inaudible respiración sonaba acompasada en la cama debajo de mí, me levanté con cuidado de no hacer ruidos innecesarios. Abrí la ventana, salté a la escalera de incendios que había justo al lado, y subí rápida a la azotea, dónde tantas veces había ido en las noches de insomnio, sola o con Sue.
Aspiré profundamente, saboreando la fresca brisa de aquella noche, y contemplando las luces de la ciudad por debajo de mí. Me embelesé, pensando en cosas de niñas, dejando el tiempo pasar, entreteniéndome adivinando de qué color sería el próximo coche en pasar, cuando un destello rojo que cruzó mi campo de visión me desencantó; seguí esa mancha con la mirada. Se trataba de una pequeña mariposa de un intenso color escarlata, que revoloteaba apaciblemente, aparentemente ajena a la brisa que me apartaba el pelo de la cara.
Aplaudí, contenta. ¡Era tan bonita…! Brinqué detrás de ella, quería atraparla, que con sus alas de algodón me acariciara las mejillas. La perseguí, pero no se dejaba atrapar. Hubiera jurado que jugaba conmigo, hasta que después vi que jugaba conmigo, no como con una compañera, sino como con un juguete.
Se posó grácil en la barandilla que delimitaba la azotea, y sonreí, confiada. Ya la tenía, ¿no? Corrí veloz y con las manos abiertas, la tenía, la tenía… pero no. Salió volando, aguardándome apenas un metro más allá de la barandilla. Fruncí el ceño, y me encaramé, moviendo el brazo, tratando de alcanzarla. Se alejó un poco más, me apoyé para tratar de llegar más lejos, y entonces…, pasó.
 Mis pies, de puntillas, resbalaron con el frío hormigón del suelo, y no pude agarrarme al frío metal pintado de la barandilla. Me caí, mi camisa de dormir ondeando al viento, mis brazos extendidos, aún no sé si tratando de agarrar la barandilla o bien la mariposa, que seguía revoloteando a la misma altura que antes, riéndose de mí.
 Parpadeé muchas veces, la caída me tomó tan de sorpresa que no me imaginaba el sordo ruido de mis huesos crujiendo contra la claraboya iluminada que había bajo mi cuerpo, y que cada vez se acercaba más.
 La última imagen que mis ojos grabaron antes de morir, fue un intenso color rojo oscuro que salía disparado, no sabía de dónde, rodeándome. Y me sentí feliz entre tanta confusión, pues creía que se trataba de las alas de la roja mariposa que me acogían con ternura.
Una fracción de segundo después de tocar el frío cristal, ya no estaba ahí. Y el suave viento seguía moviendo mis ropas y cabellos, en esa cálida y ventosa noche de verano en que morí.


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Bello ángel con alas de sangre.


Volví a soñar con eso, con aquel día en que mi infancia se rompió en mil pedazos, en que mi mundo se desmoronó ante mis propios ojos, rasgando esa agradable máscara que cubre la realidad, y mostrándome esta última con toda su crudeza. Nunca olvidaré esos minutos, tal vez los más angustiosos de mi vida. Nunca olvidaré cómo me desperté, en mitad de la noche, a causa del fuerte viento que soplaba aquella noche. Ni tampoco lo silencioso que me parecía todo, mientras trataba de dormirme, ni los eternos minutos que tardé en darme cuenta de que lo que faltaba era la respiración de Abigail encima de mí. Me levanté de un salto.
Sabía perfectamente dónde estaba, por algo éramos hermanas. Fui como una exhalación, salí por la ventana y con cuidado diposité mi pie descalzo en la escalera de incendios. Subí a toda velocidad a la azotea; no la vi.
Una vez ahí, la vista nocturna de la ciudad me cautivó una vez más, y me olvidé del paradero de mi hermana por un segundo. Contemplé entretenida la ciudad de noche, encaramada a la barandilla, pensando en que cuando fuera mayor pasaría las noches divirtiéndome entre luces de neón, dominando las callejuelas nocturnas de esa ciudad que nunca duerme. Entonces fue cuando la vi, y teniéndome a mí tan embelesada, me tomó aún más por sorpresa, como un puñetazo que viene por detrás.
En la claraboya de cristal que daba a ese lado de la azotea, en el edificio de enfrente, muchas plantas más abajo, la vi.
Una mancha oscura, como disparada, cubría la iluminada claraboya ante mis impresionados ojos. En medio de ese charco de sangre negra, ella, Abigail, Abby, mi hermana, una delicada figura blanca, como una pequeña paloma de seis años, sus plumas un ondeante camisón de algodón blanco, mancilladas aquí y allí por alguna que otra salpicadura de negro fluido vital. Su pelo claro ondeante, sus ojos abiertos de par en par, sorprendidos, fijos al infinito. Fuera de mi alcance. Con ese gesto de sorpresa, de horror, en su dulce rostro infantil. Con esas dos alas de sangre negra brotando de sus espaldas. Un bello ángel caído con sus alas teñidas de sangre.


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Una preciosa muñeca de porcelana.


Una preciosa muñeca de porcelana. Eso era ella. Y no es ninguna metáfora.
Era una preciosa muñeca de madera pulida recubierta por una fina capa de blanca porcelana china con un mecanismo interno metálico de lo más sofisticado. Tenía unos mofletes artificialmente sonrosados y los labios pintados de color rojo. Oh, sí, lo recuerdo perfectamente. Los pinté con mucho cariño y esmero.
Cuando la terminé, contemplé el resultado de mi duro trabajo largamente. Al final, me emocioné tanto por su perfección, que una humedad diferente al sudor al que estaba acostumbrado brotó de mis ojos. Lloré, sí, pero esa primera vez que lloré por ella fue felizmente. Rocé su perfecto perfil, sus pómulos mármoleos, sus labios, cuya pintura se acababa de secar, su naricita respingona, la redondez del óvalo de su cara, con mis dedos después de limpiarlos de grasa, polvo, serrín y otros residuos.
Y, finalmente, le di cuerda. Fue simplemente maravilloso. Mágico. Se puso en marcha, algo rígida, como todas, pero con una belleza y gracilidad de movimientos inusitada, inigualable a cualquier otra máquina.
Desde el primer momento, me dije que no podría venderla. No podía. Habría sido un crimen terrible, cualquier precio habría sido un insulto para tal perfección, armonía de formas y movimientos.
En resumen: hermosa. Así la definiría yo. Y todos sabemos que la hermosura es el peor enemigo de los hombres. Los atrae, los embelesa hasta que olvidan lo peligroso que es dejarse llevar así, los captura.
Yo lo olvidé. La amé. Me dejé llevar por su aparente perfección, su belleza efectivamente inhumana. Me hizo daño. Pero no volveré a olvidarlo. Ni a ella tampoco.
A ella, menos.
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Reality Show.


Había una vez un hombre que hablaba poco. Era frío, racional en exceso, insensible e impersonal. No se merecía nada, no merecía que nadie le quisiera, pero aún así… Adela lo amaba.
Se conocieron en el trabajo, un empleo sencillo en una oficina. Pura burocrácia. Aún no sé por qué, pero desde el primer momento, ella no le quitó los ojos de encima. Y yo, como siempre, atento a las historias que se desarrollan a mi alrededor, seguía sus movimientos, expectante, esperando el próximo día laborable como quien espera con ánsias el siguiente capítulo de la telenovela.
Adela, una secretaria, suspiraba por el jefe de servicios informáticos, un hombre arrogante y seco, que nadie soportaba. Nadie menos ella, por supuesto. Día tras día, contemplaba las tentativas de Adela para acercarse a su amado, todas en vano. Era desolador ver como la chica se iba marchitando ante los maravillados ojos de la otra gente de la oficina, que, a diferencia de mí, no aprecia los detalles. Poco observadores, por que, francamente, salta a la vista.
Finalmente, tomó una dura decisión: dejaría el trabajo, por que, como ella misma decía con sonrisa triste, “la estaba matando lentamente”. El supervisor aceptó con lástima su dimisión, y ella volvió al cabo de unos días para recoger sus cosas. Una vez metidas todas dentro de una caja de cartón, se acercó pesarosa al objeto de su amor y desgracia, y se despidió con timidez. Nunca olvidaré la despedida de aquel hombre:
-Ya era hora de que lo hicieras. Estabas demasiado distraída, y ya eres suficiente mayorcita como para saber que en el trabajo se viene a trabajar, no a hacer manitas. -ni la miró. Ella suspiró, y se marchó para no volver más.
Realmente, pocos guionistas habrían podido siquiera pensar una mejor frase para el final de una serie.


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