SOPA DE RELATOS

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Cuando suenan las campanas…


Muere la tarde, tranquila. Muere y todos lamentan su pérdida. El ocaso, rojo de sangre, se alza en el cielo purpúreo. Sopla la brisa entre las afiladas ramas de los árboles.

A lo lejos, en la colina, la iglesia reza y suspira; busco en la distancia el sonido de sus campanas. ¿Será mi fin? Será mi fin.

Y entonces, tronadores suenan sus lamentos, gemidos que me inundan de miedo. Frío, el viento llora conmigo. Cada tañido es para mí un martirio. ¿Podré soportarlo? ¿Podré? No- me responde una voz.  Esto basta para hacerme caer.

Ahora oigo el sonido maldito desde el suelo donde yago. ¿Podré levantarme? ¿Podré? La voz se ríe, burlona. Y comprendo que no hay esperanza.

Cuando suenan las campanas, mi alma triste y vacía, muere lentamente con la tarde.

 

Jacinta

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Tarde Gris (El Entierro)


Tarde gris. Otoño.

La lluvia fina como agujas

Moja la hierba muerta.

Lamentos. Quejidos.

Súplicas.

 

La monótona melodía

De un violín lejano…

Clava sus notas melancólicas

En los corazones desdichados.

 

Las flores mustias envidian

Al enhiesto ciprés que,

De nefasta piedra rodeado,

Observa la escena sin interés.

 

De negro las mujeres,

De negro los caballeros,

Corren las lágrimas con las notas puntiagudas

A lo largo del sendero.

 

Una fuente murmura.

Sopla, frío, el viento.

Todos callan. Nadie habla.

Parece pararse el tiempo.

Tarde gris.

Las nubes, tristes, se agolpan

Para darse mutuo consuelo.

 

Alza la voz al cielo

Mirando el yerto, níveo y muerto


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Claro de Luna


La brisa del verano

Acaricia tímidamente la cortina.

Abierta la ventana,

Un rayo de la luna se filtra.

 

Sus dedos sobre el teclado

Crean una mágica melodía;

Suave, tranquila. Lloro.

Pero ella no me mira. 

 

Mis ojos recorren sus dedos

Blancos como el mármol,

Que pisan el marfil del piano

Sin apenas deslizarse.

Lloro.

 

Cada nota es para mí

Una silenciosa agonía.

Fuera, el viento,

Exhala un gris lamento.

Ya la brisa no es brisa,

Es una débil ventolera

Que acompaña sus compases

Como si él cantar supiera.

Se mecen las ramas de los árboles

Al ritmo del son delicado.

 

Tiemblan, nerviosas,

 sus manos sobre el piano.


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Ella ha muerto


Ella ha muerto.

Recuerdo el funesto momento

en que, como un soplo del viento,

exhaló su último suspiro.

Yo me aferro a su ternura,

abrazo su cuerpo ya inerte,

luchando contra la locura.

 

Ella ha muerto.

 

Límpidas lágrimas abandonan mis ojos

la miro; hermosa como el primer día…

Contengo un lamento…

 

Ella ha muerto.

 

Sus finos labios se curvan

en una tímida sonrisa.

Al menos, fue feliz…

Y mi alma, ardiente y sumisa

Se hunde en la melancolía,

En las notas de una triste melodía…

¡si ella la pudiera oír!

 

Los dedos arrancan sonidos al piano

Yo tomo su blanca mano…

Cierro los ojos, lleno de amargura,

Los acordes se clavan en mis oídos…


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Caementerium Tenebrosum (El Cementerio Oscuro)


El manto negro de la noche se extendía por doquier, cubriendo incluso los rincones más inverosímiles y arrojando estrechas sombras sobre las calles adoquinadas de la ciudad. Un frío extraño recorría los caminos e iba acompañado de una neblina fina y delicada como un paño de algún tejido vaporoso. Sólo la mortecina luz de unos faroles ardía e iluminaba la penetrante oscuridad. Habitualmente, mendigos y vagabundos mutilados habitaban la noche en busca de cobijo bajo un portal abandonado donde lamentar sus penas, pero aquella noche en especial nadie rondaba las calles, quizás a causa del frío. O quizás no. Las ventanas de las casas de piedra, cerradas a cal y canto; los caballos, en sus establos; las estrellas parecían haber abandonado su morada en el cielo. Y la Luna también.


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La Muerte


 

 

Corría. Corría en dirección opuesta al viento, pues éste luchaba por arrastrarla a su lado. Con una mano sujetaba las faldas de su vestido deseando no caer, no tropezar… el cielo se tornaba oscuro por momentos, pero ya no le importaba el tiempo. Sólo le preocupaba huir de Ella, aunque en el fondo sabía que eso era completa y humanamente imposible. Los árboles de ramas retorcidas se mecían cuando el viento los acariciaba violentamente y obstaculizaban su paso; más de una vez las ramas punzantes arañaron su piel haciendo que por ella corrieran finos hilillos de sangre. Pero no le importaba.

Corría sin aliento a través de la niebla espesa y blanca que el viento movía a su antojo y con la que creaba fantasmas traslúcidos que parecían reír a su paso; procuraba no volver la vista atrás, pues sabía que se aproximaba cada vez más, podía sentir su gélido aliento en la nuca…


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Viento y Libertad


<<El hombre está condenado a ser libre>> Jean Paul Sartre

 

 

La noche pacífica desplegaba sus alas hasta lo más infinito del horizonte. Un inmenso grupo de nubes violáceas empujaba al todavía candente sol tras las montañas mientras los pájaros buscaban refugio entre las retorcidas y semidesnudas ramas de los árboles.

 

Miró al cielo de un color azul oscuro, gris en la línea de la sierra, púrpura tras las casas más distantes; contempló el declive del sol, que paulatinamente era vencido por las nubes y emitía sus últimos rayos en la caída, como el guerrero herido que lucha hasta el final por el honor de su patria. Suspiró. También con el día, con la luz y el dinamismo, se marchaba la esperanza y llegaba la noche, fría, oscura, pero irrefutablemente bella. Todo se sumiría pronto en la quietud de las sombras. Todo.


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¿Consuelo?


La noche está fría,

No brilla la luna, no;

Sólo alumbra mi esperanza

La tenue luz de un farol.

 

Tus manos entre las mías,

Yo cierro los ojos por fin…

La calma voz de un leve suspiro

Me obliga a sentirte junto a mí.

 

Apaga tu llanto

Y cierra la puerta

A esa tristeza

Que te embarga.

 

Extingue tu pena,

¡que arda en el eterno

Fuego del averno!

Pero tú, debes vivir.

 

Olvida el dolor,

Entiérralo en lo más profundo

De tu ancho corazón,

Y vuelve a sonreír…

 

Si supieras cuánto daría

Por ver tus ojos rebosantes de luz…

Ahora son tan oscuros

Y los bañan lágrimas de desesperación.

 


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Tú, que le pusiste nombre a la tristeza.

Tú, que abandonaste en mitad de este camino,

Tú que te rendiste y te caías sin consuelo,

¿dejarás que ahora te levante?

 

Ven, toma mi mano, alza la vista,

Que iremos juntos ante la Gloria

Y con ella celebraremos la victoria

De haber quebrado las fronteras de la injusticia.

 

Porque siempre hay una senda que seguir

Que conduce a un lugar hecho de libertad,

Deja que te acaricien los rayos del sol,

Ven conmigo, yo te guío, hasta el calor.

 

Tú, que construiste un altar para el miedo

Y te dejaste vencer por la locura;

Tú que sonreíste sin querer ante la muerte,

Y le cerraste la puerta a la esperanza,

Yo tengo tu cura.

 


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El Viajero


La luna resplandeciente

tiene su sede en el cielo;

yo voy cantando

los sones de algún viajero.

 

A la ribera de un río,

los álamos juegan con el viento.

La dulce melodía del agua

Suena a un mismo tiempo.

 

Voy quebrando el camino,

voy recortando distancia,

voy aplastando las sombras

que la luna en las piedras derrama.

 

Un triste pueblo en la umbría

sumido se me aparece,

las calles de gris empedrado,

vacías, extrañas, inertes.

 

La torre de un campanario

bañada por luz plateada

esconde una vieja campana

roñosa, fría, abandonada.

 

El leve soplo del viento

la vuelve a hacer tañer;

yo me giro un punto, aterrado,

y ya no la vuelvo a ver.


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