SOPA DE RELATOS

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La Tristeza de la mujer que espera


Por una palabra traviesa o una sonrisa coqueta la mujer espera. La alfombra ha perdido su acolchado en la zona alrededor de la mesa del teléfono. Revisa si tiene tono y cuelga con la oreja prendida de él. Observa por la ventana los girasoles muertos en el balcón, su brazo se cae y un aroma etílico inunda la habitación, mira la copa aún asida a la mano inerte, cerca a los hielos condenados a morir en la alfombra, suspira entre un ronquido que le sale por la tráquea a medio desprender. Igual, había perdido las ganas de beber.

Vuelve la vista a los girasoles y añora las mañanas en las que su olor se colaba bajo las cobijas, mezclándose con el aroma de la bestia óctuple con la que jugaba a enlazarse; ella solo se dejaba envolver. Piensa en los besos con sabor a café, arepa, a veces a Korn Flakes, en la atmosfera de crema de afeitar, jabón de avena, periódico dominguero. Una vida tan remota que podría ser eco de una existencia anterior. La mujer de sus recuerdos no se parece en nada a la mujer gris que espera detrás del cristal.


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Rabioso, Pedro y el mazamorrero


-¡Emilia, cuantas veces te he dicho que amarrés a este hijueputa chandoso en el patio!

-Tranquilo mijo, él no es sino bulla…¡¡ Rabioso pal’ patio!!

Ya Emilia no es tan divertida, antes de que Pedro se fuera yo dormía a sus pies. Ahora, con el intruso, mi lugar está en el patio. Cuando él se aleja con sus gritos de sirena ella me deja entrar y comemos juntos la mazamorra que él ha preparado el día anterior. Emilia se la toma sin ganas, yo clavo la cara en el plato hasta que mi nariz toca el fondo. Cuando la desentierro tengo maíz hasta en los ojos y recuerdo cómo eran las mañanas cuando Pedro estaba en casa. Pasaba su pesada mano sobre mi cabeza, a veces también la descargaba en Emilia, que caía en medio de un espectáculo de platos rotos. Él salía dando gritos y ella salía de abajo del mesón. Después llegaba el mazamorrero y la acariciaba con sus manos lácteas ahí donde Pedro la lastimó.


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Ruta 66


Escrito por: Mariela Ibarra

Si quiere saber mi opinión, señor director, la culpa es de la otra niña. Reconozco que al principio transportar a  Isabella fue un problema, a cada salto dejaba caer una uña, un dedo, una oreja, para burla de los demás y desgracia de ella… aunque no era nada que un poco de cinta adhesiva y Super Bonder no solucionaran. También dejaba los asientos babeados, pero lo peor eran sus alaridos guturales, no me dejaban dormir en semanas, ¡y qué decir de sus hábitos de higiene!, todos sufríamos arcadas cada vez que dejaba escapar su aliento pestilente, incluso el conductor escapaba de desmayarse; pero aún así es la estudiante con el mejor comportamiento que he transportado jamás. Mientras los demás niños hacen del bus un infierno ruidoso y hediondo; Isabella permanece quieta en su silla, quietecita, ausente de todo ese caos que hay a su alrededor, bueno, en realidad siempre está ausente de todo, con ese gesto de estupidés lúcida que es tan propio de los zombis.


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Cotidiano


Se arrancó la cobija de golpe y dejó que el frío brusco le sacudiera la modorra. Aún estaba oscuro, el reloj le advirtió que era hora de despertarse. Encendió la radio en la misma estación de todas las mañanas, hablaba un locutor con voz áspera. Su esposa le dio la espalda y se cubrió la cara con la sábana para esconder el rechazo. Él se puso de pié y arrastrando sus pasos entre las chanclas de caucho produjo un eco de hojas secas. Abrió la cortina, bostezó y atravesó la pared.

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La circularidad del tiempo


 

Ahora después de tanto tiempo es que entiendo que el error fue mío, ya soy lo suficientemente viejo como para dejar volar la fantasía, pero en ese momento yo era muy joven, era casi un niño, no tenía forma de saberlo, principalmente por esa impertinente necesidad de tener que comportarme como un adulto.

Después de esa tarde esperé durante la cena algún reclamo, pero los ojos de mi madre evadían los míos, luego esperé la confrontación durante meses, acostumbrado a esa tradición de que para criar hijos verracos hay que educarlos con chancleta. Una espesa nube se cernía sobre mi cabeza, pero el reclamo no llegó nunca, ni siquiera después de que me fui lejos, mucho después de que tu lo hicieras, incluso después de que mis hijos correteaban por los rincones de la casa el fantasma de esa tarde se inclinaba sobre ellos, inocentes de la tensión fulminante que se generaba, y aún así ese reproche nunca dado colgaba sobre cada reunión, ese “algo” que quedaba tácito entre las miradas que se cruzaban en medio de la taza de café, demasiado vergonzoso para ser nombrado.


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La Balada del Hombre y el Espectro


Ahí estaba otra vez, ya se había acostumbrado a aquella sensación. Llevaba mucho tiempo sintiendo lo mismo, podía sentirlo todos los días durante semanas o una vez al mes, siempre y cuando estuviese a punto de quedarse dormido o a punto de despertarse. Tampoco importaba si era de noche, porque en varias ocasiones le había ocurrido mientras tomaba una siesta durante el día.

Empezaba como una pequeña molestia en medio de la frente, como cuando alguien acerca un dedo a esta zona mientras se permanece con los ojos cerrados; las mejillas se le templaban y la boca se le sellaba súbitamente; Después el hormigueo le bajaba por los brazos para llegar, finalmente, hasta la punta de los dedos de la mano; después el frío se le clavaba en la espalda y la parálisis se le trasladaba, por último, a la planta de los pies.


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ESTÚPIDOS IDEALES PARTE II


Continuación…

Recordaba especialmente su primer encargo, se había hecho pasar como maestra en una universidad para buscar posibles detractores del régimen, a los espacios universitarios se les prestaba especial atención, -Las universidades no son más que una cuna de revoltosos-, le explicó el Mayor, -Una manada de desocupados, ateos y homosexuales bajo la bandera del pensamiento libre-, si fuera por él mandaría a cerrar todas esas instituciones, pero entonces se quedaría el país sin mano de obra, a la larga la educación no sirve sino para instruir empleados, además de ser gran instrumento para adoctrinar a los más jóvenes dentro de los cánones del régimen, afortunadamente a la mayoría de los que conforman grupos subversivos se les quitaba esa falsa rebeldía en cuanto recibían el primer sueldo.


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Soplando Burbujas


Antonio camina arrastrando sus pasos pesados a lo largo de la fuente. Una leve lluvia  le pellizca las manos y las mejillas, el parque permanece gris y sólo el aullido de un perro decrépito y triste se atreve a romper el silencio de piedra en el que se ha sumergido la ciudad.

Antonio se sienta en una banca para intentar recuperar el poco de cordura que aún le queda antes de empezar a golpearse la cabeza con los puños. ¿La felicidad?-Gritó histérico- La felicidad es sólo posible para los imbéciles, ¿Por qué?  porque cuando empezamos a razonar es que empezamos también a darnos cuenta de las cosas. Se puso de pie y empezó a caminar de un lado a otro con la impaciencia de una bestia enjaulada.


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Estúpidos Ideales Parte I


Madeleine deja que el agua espumosa le toque los pies, la impresión del agua fría en contraste con su piel tibia le produce un ligero estremecimiento, recoge un poco de arena entre sus manos y deja que el viento se la arrebate lentamente, da una mirada al cuerpo extendido detrás de ella, la impresión del cuerpo respirando pesadamente la obliga a hilar los acontecimientos que la llevaron a amanecer en la playa.

Llevaba investigando a Jerónimo cerca de un mes con la esperanza de encontrar las personas que le habían ayudado a crear una campaña comunista. Jerónimo había diseñado una propuesta para rescatar el último humedal que quedaba en la región, además de ser el único sitio donde aún anidaban patos silvestres, pero más allá de una campaña ambientalista se podía entrever una crítica directa al régimen.


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-¿Por qué odias a Dios?-

-¡NI QUE ESTUVIERA LOCO!, ¿Cómo voy a odiar algo que no existe?

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Abstinencia


El reflejo amarillo de las llamas iluminaba su rostro y hacía que sus demacradas formas tomaran un acento aún más lastimero. El grito de la metralleta, que extinguía los últimos brotes de la revolución, lo hizo tirarse al suelo cubriendo su cabeza con sus lánguidas manos. Sólo ahora, cuando tenía la ropa rota, el futuro desecho y la boca llena de tierra, se cuestinó si fue acertada, cuatro años atrás, su decisión de quedarse en casa viendo fútbol la tarde de las elecciones.

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Necesito una Píldora


La respiración ha dejado de ser un simple jadeo para convertirse en un bramido casi animal, ríos corren por sus rostros descompuestos, una orgía de manos se encuentra y se esquiva. Las carnes tiemblan y los cuerpos se aceleran enardecidos, el movimiento se hace más rápido mientras que se cruzan fieras las miradas. El sol ha empezado a ocultarse y se notan los primeros síntomas de fatiga, Samuel muerde el polvo tras una fuerte embestida, sólo puede emitir un leve gemido; con sus labios roza un muslo palpitante, se levanta ágilmente e intenta manejar la situación, acaricia el objeto redondo mientras sus manos se deleitan con la textura, la respiración se le entrecorta y da dos saltos con sus piernas de gigantes, el tablero resuena como el rugido de mil volcanes, la maya convulsiona, el balón cae pesadamente, la tribuna estalla en un grito delirante; Samuel levanta los brazos como un César; ¡Victoria!, que bien se siente. Y es que la importancia de los deportes para mi ciudad, querido extranjero, sólo se puede comparar con la necesidad que desarrollan las estrellas de Hollywood por un buen pase de cocaína. Es en los deportes que las personas de mi ciudad pueden eliminar todas sus frustraciones, expulsar la mala vibra que crece como la polución, el resentimiento, la impotencia, reprimir ese deseo de inmolarse en la plaza de mercado sólo para salir de la asfixiante rutina. Imagina querido extranjero, lo que ha de ser estar rodeado todo el tiempo de borregos, personas que vinieron al mundo a reproducirse y morir, y por otra parte, intentar sobre llevar el ritmo desorbitarte, sicodélico de la ciudad, una ciudad que nunca duerme, nunca se detiene, nunca descansa, bueno casi; porque lo hace sagradamente una vez por semana, siguiendo la tradición que nos impusieron hace tanto. Fue tal vez por eso que una chica salió una noche de miércoles con la cabeza destrozada por la rutina, cansada de escuchar ese maldito aparato que aullaba cada mañana para decirle que eran las 5, de tomar una ducha caliente, de coger el mismo puto bus, de ver la cara de perro de su jefe que siempre le tocaba las nalgas; aburrida del café a las 11, de tener que fumarse un “porro” en el baño para poder llegar a las 6, hastiada de tomar el mismo bus de vuelta, de ver la telenovela, de irse a dormir con el ánimo desecho y repetir lo mismo al otro día, claro, menos los domingos, cuando la ciudad dormía y ella soñaba con despedazarse las venas para no volver a escuchar al maldito despertador chillar en la mañana. Necesitaba algo diferente, un cambio, por eso salió esa noche, tal vez a buscar un amor casual, a ceñirse a la noche, a ser la noche, a buscar una píldora, una caricia o un tiro en la cabeza. Se refugió en un bar que desconocía esa rutina de que la gente sólo bebe de jueves a sábado, se inyectó algo de música, se arrancó la ropa en la pista, olvidó sus zapatos en la mesa, se destruyó el cerebro con vodka y se acercó a un hombre que estaba en otra mesa y le dijo una frase que mecanizaría con el tiempo –Papi, un poco de compañía-.


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Pasos Criminales


Todo estaba listo, llevaba semanas planeando el asalto y ahora se encontraba en aquel punto sin retorno. Había escogido un lugar preciso, la víctima sería incapaz de verle.  Escogió un arma que funcionaba perfectamente a larga distancia, para que le resultara más fácil huir luego de conseguir su objetivo y donde no se viera afectado de alguna forma por su propio  invento.

Había estudiado los hábitos de su presa con una dedicación casi hormigística; disfrutó cumpliendo con esta labor, había sido la parte más divertida del juego, le gusta interpretar el papel de detective, lo hacía sentir inteligente, superior;  Había logrado descifrar tanto de su presa que sabía que le gustaba visitar de vez en cuando el parque de diversiones, que amaba el cine y las películas de acción, y tenía la certeza de que en unos pocos minutos aparecería la víctima en ese lugar maldito.


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