La Verborrea
y a ver qué tal:
LA VERBORREA
Encuentra al escritor que tienes dentro
Sábado 5 de Junio del 2010, 10:45 horas de la mañana, al despertar Don Persona con 0 años, suelta un berrido.
100 años en adelante: Don Persona muere con una ventaja de 36.524 días sobre todos vosotros sin exhalar.
Lo que en 15 segundos más o menos habéis conseguido entender de estas líneas ha valido para que en 3.155.673.600 segundos exactos, a una velocidad inconcebible, el cuerpo de Don Persona se haya deteriorado hasta la extinción.
De nuevo, 5 de Junio del 2110, a las 10:45 horas de la mañana, pero caído en Jueves.
Discurren 100 años de golpe. A la edad de un siglo muere el protagonista.
Sin embargo, el antagonista, no es el escrito, es vuestra lectura.
Maderamen
Rarefacción
Nunca me han dejado ver lo que hay dentro del pequeño maderamen . Dice mi madre, como hablándose a sí misma, que no debo curiosear, porque no es cosa para niños. Yo no soy un niño. Lo sé. Tengo ideas raras que mi madre a veces sospecha de poco infantiles. Yo le digo que no se preocupe, que no curiosee demasiado, que su hijo le quiere como una verdadera “mamá”; le digo que no mire muy adentro de mi cabeza porque no es cosa para adultos.
Mi padre no existe; él no me lo quiere decir. Tiene vergüenza, se nota en la mirada: la aparta cuando pregunto. Me responde con poca fuerza mientras hace otras cosas, y a veces no se da cuenta de que no contesta a mi cuestión. No me enfado; es normal, es adulto. Pero aún así, no lo quiere reconocer. Intento decirle que no me importa, pero no puedo. Le quiero. Y mi padre no existe: no se quiere enterar de que yo no tengo ningún parecido con él; de que “mama” me tuvo sin su necesidad. Lo sé.
Ya el pájaro no estaba.
“Un cigarro tarda en consumirse lo que dura un relato corto leído con el aprecio de modular la voz.”
Pero sí, aquel volador parecía haberse esfumado.
Incurrí en buscarlo repetidas veces; alcé la mirada y solo escuché el estruendo del viento al arañar los edificios; mientras obligaba al cigarro a consumirse, examiné cada porción de terreno con calma, sin prisas, hasta que repentinamente un ave, o un aleteo o una ligera pluma, cortó en diagonal, de izquierda a derecha y de abajo a arriba, la imagen rectangular de mi campo visual( imaginar una secuencia cinematográfica, si queréis.)
Para poder referir este fenómeno, se me ocurre poetizar el corte llamándolo “estela”.
Y, relevando a la anterior, de nuevo el pájaro no estaba.
Otra calada automática.
Tengo que dejar de fumar, lo sé.