Retazos.
Envidia. Andaba saboreándola yo en aquella indiferente mañana de abril. Envidia. Bailaba entre mi paladar y mi lengua, entre suave y afrutada. Advenediza. Una pizca desvergonzada, la envidia. Compañera de cama. Y después, de fatigas. Casi tiene gracia.
Todo me sabía a ella y no quería tentar a la suerte, con lo que pasé de largo el comedor con rapidez y me hallé en la terraza. Me apoyé en la baranda, pensativo. Amanecía, y más allá la estepa castellana amanecía conmigo. Estaba desnudo, pero era incapaz de experimentar sensaciones aisladas. Frío o calor, tanto daba. Lleno o vacío. Supongo que tenía la cabeza en otra parte, si entiendes lo que quiero decir.
Y creo que fue entonces cuando decidí matarla. Claro que no fue algo consciente. Actos así no se piensan, en realidad. No se deciden. Pero algo cambia dentro de ti, algo hace que suene la queda en tu interior y todo lo que haces y piensas y sueñas, toda ficha que hueles y mueves a partir de ese instante te conduce inevitablemente hacia un final que ni siquiera habrías imaginado.







