SOPA DE RELATOS

Encuentra al escritor que tienes dentro

El frustrado amor mariachi


La miré directamente a los ojos y creí ver un destello, una fugaz luz, una señal que andaba buscando, y me dije  -es el momento-  

Me acerque a ella son el sigilo de un depredador, un león en la sabana. Acaricie su pelo, sus cejas, su cintura negra y amarilla. 

Lancé mi ataque. Quise besarla, fui a besarla.

Y una vez más colisionaron nuestras mascarillas.

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La muerte de Bobby B (2º parte)


Por fin llegó el esperado día. Quedamos un par de horas antes en un bar cercano al local para “ponernos a tono”. Estuvimos charlando animadamente de la carrera, del futuro laboral tan poco alentador, de mi trabajo en la revista, de música…claro que yo no le confesé mi profundo y razonable asco a su grupo predilecto, ¿para qué estropear el momento?

A partir de la quinta cerveza la conversación se mezclaba con risas. Ella hablaba mucho mas que yo, y me encantaba ese pequeño detalle, casi imperceptible,  de voz rota que se podía apreciar al inicio de sus frases.

- hoy no vomitaras en el suelo, no?- Mierda, aun se acordaba de aquel visceral encuentro. Me puse algo rojo -pues espero que no-. Ella se echo a reír. Joder esa risa, esos labios…Es la manzana y yo quiero ser Eva.


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La muerte de Bobby B (1º parte)


Claudia. Ese pelo moreno, los ojos enormes, los labios rojos. Puro fuego. Pura sexualidad emergente. Eso era Claudia.

Desde el primer año de carrera le había seguido la pista, no obstante nuestros encuentros habían sido siempre fortuitos y  dentro de la dinámica -Perdona,¿tienes fuego/uncigarro/unboli/papel/hora?-.Excepto la vez, en la fiesta de fin de curso de 1º, cuando entré en el baño a vomitar todo el alcohol ingerido y de uno de los retretes salía ella con otro tío, ambos con la ropa aun descolocada. Vomite en el suelo, casi en sus pies.

No me engaño, esa ocasión fue vergonzosa pero al menos llame su atención. Es más, juraría que le hizo hasta gracia. A su acompañante no tanto.

Ahora, a mitad de carrera, las cosas habían cambiado. Ella y yo -bendita sea la suerte- habíamos elegido la misma especialidad y coincidíamos en la mayoría de las clases, incluso teníamos trabajos en común. Nos fuimos conociendo más.


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La noche mas blanca


Al despertar me he sentido confuso. Todas las paredes de mi cuarto estaban desnudas, pálidas. Todo había desaparecido, excepto yo, la cama y la ventana, y a través de ella solo veía una intensa luz blanca, que lo inundaba todo ahí fuera.

De pronto estaba de pie, frente a la ventana. No recordaba haberme movido. Observe con atención el exterior, pero por mucho que me esforzaba no conseguía vislumbrar nada. Solo esa inmensa fuerza lumínica. Me esforcé aun más y apreté mi cara contra el cristal. En seguida note como el vidrio absorbía mi nariz. Por un momento creí que perdería el conocimiento por el intenso dolor, pero a los pocos segundos la fricción se detuvo, y ahí quede, con la punta de mi nariz al otro lado del cristal, atrapado.

Hubo un momento de calma.


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Juegos de mesa (2)


 

El otro tipo, el de la bizarra sudoración, reía nerviosamente y se tocaba compulsivamente el pelo mientras el gorila lo sacaba de la sala. Ahora recibiría su dinero.

-¿Qué te ha parecido muchacho?- las palabras del Pintor sonaban lejanas, las oía, pero no podía contestar, no parecía hablarme a mí.

La voz acida de su lacayo me sacó del trance – Este no sabe donde se ha metido. Los únicos cadáveres que ha visto han sido en las películas del autocine cuando iba a meterle mano a su novio- su comentario le pareció muy gracioso y soltó una sonora carcajada, dejando ver los huecos donde antes había dientes.

-no tengo novio- No sé porque dije eso. Quería decirle que era un gilipollas repugnante por el que nadie pagaría ni un mísero céntimo para sacarle de un estanque lleno de acido si se lo pidieran, y que me había acostado con más mujeres de las que jamás a él se le han acercado sin tener que usar el dinero o la fuerza. Pero solo pude decir –no tengo novio-.


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Juegos de mesa


Hasta este momento no había sopesado bien la situación. Días antes, en la taberna, la idea me parecía cuanto menos correcta: dinero fácil – Dinero-  Era lo único en lo que pensaba. Pero durante todo el día había crecido en mi estomago un grueso nudo. Y ahora, a escasos minutos del desenlace, me sentía mareado y las piernas me temblaban.

 

Podía oír voces al otro lado de la puerta, pero no conseguía entender ni una sola palabra.

De pronto, el pomo, de un gris anaranjado, giro con torpeza y la puerta se abrió. Ante mi, apareció un hombre de unos dos metros, todo trajeado. Tenía los hombros anchos, la cabeza rapada y unas manos enormes –joder, ¡qué manos tan grandes!- pensé. Era uno de los hombres de El Pintor. Su cara me sonaba. Lo había visto alguna vez en el Muriel´s jugando a las cartas -¡menudo bulldog!-.


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El deshielo y los cadáveres


Las puntuales agujas marcaban las diez de un miércoles de Enero cuando comenzó a nevar. Durante la tarde la ciudad aun se acomodaba a esta atmosférica sorpresa, que rompía, para alegría de algunos y desencanto de otros, con la rutina madrileña.

Cerca de medianoche la nieve volvió con más fuerza; lo que antes era una nevada peculiar, incluso simpática, se convirtió en una tormenta gélida que sepultaba todo a su paso: coches, parques, tejados, aceras. Todo era una prolongación de una lengua áspera y fría que amenazaba con engullir asfalto y metal, yeso y madera.

En la mañana del cuarto día, ya sábado, el sol se levanto con fuerza y empezó a derretir la nieve. Los charcos del deshielo reflejaban la luz con una claridad casi mística, y fue entonces cuando de los temblorosos escombros de agua congelada empezaron a surgir los cadáveres. Decenas de cuerpos sin vida se extendían por aquí y por allá. La mayoría se encontraban acurrucados, cerrados en sí mismos, otros con el gesto retorcido, o los brazos estirados, buscando una salida. Al principio eran figuras irreconocibles, estatuas de hielo sin rostro ni nombre.


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Celda de humo (2)


Las ligeras notas del piano flotan por encima de mi cabeza, mientras sigo intentando plasmar algo en una servilleta de papel que, amablemente, me da las gracias   por mi visita. Las servilletas, a pesar de todo, siempre han sido buenas anfitrionas.

Rápidamente los trazos de mi bolígrafo se extienden por todo el papel como volátiles hilos de agua, que buscan rozar cada rincón de la superficie antes de ser absorbidas por la fuerza del sol.

La melodía del piano suena ahora distinta y levanto la cabeza hacia el escenario, donde un señor con el rostro sumergido entre las teclas, va liberando una por una todas las notas de la nueva partitura, que me resulta algo triste.

Vuelvo mi atención al papel y descubro un rostro que no conozco, pero me resulta familiar, un rostro de un hombre con cierto aspecto desgarbado y un atractivo un tanto informal. De pronto escucho mi nombre. Una voz conocida y aburrida;  rutinaria, casi mecánica.


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Celda de humo


 

Distraída, dibuja algo en una servilleta de papel entre trago y trago de una copa de color granate o quizás morado, o lila…nunca supe dar el nombre adecuado a los colores, podía ser un bloody mary quizás, pero…no, debe ser algo dulce. Ella es dulce, no necesito conocerla para saberlo.

Con un gesto preciso aparta el flequillo de su cara, dejando asomar sus ojos, que no son perfectos, no son los ojos mas bonitos que yo haya visto jamás,   pero quizás esos ojos me hicieran dudar de todos los cánones de belleza establecidos por años de evolución cultural.

Sospecho que espera a alguien y, extrañamente, muero de celos por no ser yo, eso me desconcierta.


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Fiestas populares


Llegué a un viejo edificio, parecía lo único en pie en aquel lugar.

- Disculpe, ¿la oficina del alcalde?
- si, es aquí.
- ¿Podría hablar con el?
- No, murió.
.
.
.
- lo lamento.
- Fue una pena, era un gran hombre. Culpa de un concurso de tortillas, el se ofreció de jurado; los huevos pasaron mucho tiempo al sol…nada se pudo hacer. De verdad, una pena. Sobró mucho pan, eso si.
- Ya veo… ¿nadie le sustituye?
- Solo vivíamos el alcalde y yo en el pueblo. La tortilla era mía. ¿Quiere usted almorzar?

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Lovely Rita


Rita solía caminar sola de madrugada, sin importarle nada más que el frágil silencio de la cuidad. En ocasiones, si no hacía mucho frio, andaba descalza  sintiendo las imperfecciones de la acera y el color blanco de los pasos de cebra en las plantas de sus pies, que siempre acababan negros, pero a ella le daba lo mismo, disfrutaba en la ducha viendo como una parte de la cuidad se diluía en un grisáceo lamento hacia el desagüe.

En los días de lluvia Rita, lejos de quedarse en casa, se sentaba en las paradas de autobús a escuchar el ruido de las gotas golpeando el suelo y los coches aparcados. Disfrutaba del olor de la hierba mojada de un parque, y contaba las ondas de los charcos que avanzaban concéntricas hasta la orilla del asfalto;  imaginaba pulgas surfistas cogiendo olas de color del aceite hecho arcoíris. Y no pensaba en nada, y no decía nada.


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Vidas de oscar


Ya estaba la función en marcha, como tantas otras veces. El actor principal de esta película de estreno directo en su videoclub, yo, ya está preparado para la siguiente escena. Otra intrascendente cita, camuflada bajo forzadas sonrisas, frases de manual, clichés, partes meteorológicos y caricias furtivas, frías, de piel de zapato. No sé cuantas veces había estado ya en este mismo decorado;  solo sabía que iba a volver a ocurrir, inevitablemente, noche tras noche, hasta que ellas se den cuenta del patético actor que soy, de la mediocre vida que llevo.

Ella era otra chica de piscifactoría. Lista, pero no lo suficiente para distinguir el lobo del cordero; guapa, pero no lo suficiente para ir rechazando posibles oportunidades de una vida de anuncio.

La cena fue bien, después de dos copas de vino la conversación se volvió entretenida, hasta cierto punto interesante, si me apuras. ¿La comida? Excelente. Un postre sugerente, con algo de chocolate y  fresas, copas, bailes, mentiras, una cama y fin.


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Rutina


Hoy me ha pasado algo realmente  curioso: Estaba yo por el pasillo de mi casa, camino a la cocina, cuando de pronto me he quedado paralizado, y mi cabeza se ha empezado a inclinar hacia abajo hasta quedarse mirando mis zapatillas, sin poder hacer nada.

 De pronto he empezado a ver más allá. He visto los cinco pisos que levantan mi casa, luego he visto bloques de cemento y metal, tuberías, ratas, tierra, más ratas. Más adelante, he visto como pasaba el metro y cucarachas, aun mas lejos he visto tubos y luego mucha tierra oscura, húmeda.Al cabo de poco tiempo todo era de colores más vivos, rojos, amarillos y naranjas cegadores.

He visto a un hombre -¡buen día julio!- , he seguido y de nuevo tierra y raíces enormes. De pronto los pies de algo que saltaba, ¿un canguro? , mi mirada seguía avanzando y he visto arboles y sus copas, y se ha abierto ante mí un cielo azul moteado de nubes blancas.


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Dominios terrenales


INSTITUTO PARA EL ESTUDIO DEl PASO DE TIEMPO

Ensayo diferencial sobre el envejecimiento humano


El aire flotaba viciado, envuelto en un fuerte olor a desinfectante, como un hospital.

 

- ¡Profesor!- dijo un hombre joven con bata, dirigiéndose a otro que vestía igual, pero con gafas y bigote  -¡Observe el diferencial de esta mujer!-

El  Profesor se acercó. Al lado del joven se encontraba una señora mayor vestida con un camisón verdoso.

El Doctor cogió la mano de la mujer, y la comparó con fotografías de esa misma mano, pero realizadas muchos años antes. Su rostro se encendió.

-Por fin-  dijo alzando la voz  -hemos dado con la irrefutable prueba de que el paso del tiempo influye en el envejecimiento humano- se oyeron aplausos y continuó, alzando la mano para detener el júbilo de los allí presentes.


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