SOPA DE RELATOS

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Rain


Llovía.
Llovía con una furia inusitada.
La lluvia restallaba contra el habitual tranquilo cauce del río, sin permitir que la debil luz lunar arrancara reflejos plateados de su superficie. En sus orillas, el viento soplaba con fiereza agitando las copas de los árboles, la hojarasca bailaba, decorando el cielo con manchas moteadas color verde oscuro. Hacía frío.
Bajo aquel tambaleante puente, inundado por la lluvia, carcomido por las termitas, encogida en un extremo una chiquilla sollozaba sin consuelo. Lucía lo que parecía haber sido un elegante corpiño azul oscuro, estrellado, brillante, roto y sucio por la lluvia, la tierra y el barro. Girones del bello tejido colgaban de sus brazos, cubiertos de magulladuras.
Dirigía al cielo su tragicamente bella faz, en una muda súplica, o en un mudo reproche. Enmarcándola, su melena negra como la misma noche caía en largos bucles por sus hombros, creando hilillos de frío hielo que recorrían su nivea piel.
Y, a pesar de todo aquello, ella seguía aferrando aquel bonito violín bermellón como si del tesoro del rey Midas se tratase.
En su mente, como si fuese un relámpago, sólo se iluminaba un nombre.
Jaques, Jaques, Jaques…


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Sin rencor


Y en ese momento, aquel cuerpo que hasta entonces había tenido una identidad, un caracter, un sueño imposible escrito en el brillo de sus ojos azules, se desliza hasta el suelo, cayendo como un pesado fardo, condenado a desaparecer en la brisa, en el olvido, como si jamás hubiese existido. La sangre mana incesante de la herida abierta de su pecho, extendiéndose lentamente a su alrededor, su jubón queda teñido de rojo, su mirada, prendada del techo.
La asesina, con un mudo grito de horror, clava la mirada en sus manos, teñidas de un sobervio color escarlata, observa el mango plateado de la daga, profundamente alojado en el pecho del asesinado. Y simplemente sonríe, sin el menor rastro de remordimiento, como si fuese una chiquilla sorprendida en medio de una falta por quien sabe cque no la va a castigar. Atrapa su violín, atesorándolo en sus níveos brazos, y abandona la escena del crimen, desapareciendo bajo la atenta mirada de la Luna.
Fuera, muy lejos, resuenan los acordes de una triste melodía.


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