Poca Altura
No sé cuántos años tenía. Es uno de esos recuerdos tan lejanos que no se saben situar en el tiempo. Tan lejano que sólo tengo unos fotogramas impresos y unas sensaciones grabadas. Estaba en el cuarto de baño…
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No sé cuántos años tenía. Es uno de esos recuerdos tan lejanos que no se saben situar en el tiempo. Tan lejano que sólo tengo unos fotogramas impresos y unas sensaciones grabadas. Estaba en el cuarto de baño…
Llaman a la puerta, y es un chaval que creo que se llama Rafa, no lo tengo claro. Pero sí sé que siempre me dio morbo. Viene a entregar una carta certificada para mi padre, la cual tengo que firmar. Él sí recuerda mi nombre, y lo apunta y pregunta mis apellidos. Escribe, desdobla papeles, se le cae el bolígrafo, lo recoge, sonríe, me mira el escote, vuelve a pedirme que firme…
–Te llamabas Rafa, ¿no?
–Eh… sí.
–¿Tienes novia, Rafa?
–No…
–¿Quieres mi número?
Rafa me ha contemplado con los ojos muy abiertos y una sonrisa indecisa. Parece que, por fin, lo entiende. De nuevo siento cómo su mirada se desvía un segundo a mi cuello, y saco mi media sonrisa, hacia la izquierda, sin enseñar los dientes, mirándolo por encima de las gafas.
–Eh… sí. Sí. Dámelo.
Llegan las esdrújulas.
Mi monólogo.
Llegan las clavículas
a estirárseme.
Llega el miércoles,
el sábado…
¿y cuándo llegarán
los áticos,
los círculos,
los murciélagos,
las preciosas
féminas
con sus éxtasis,
con sus clítoris?
Llegan las cómplices
palabras,
los párrafos…
Llego yo,
tímida,
tórrida,
tácita,
a la cúspide,
y el vértigo
me abruma.
Llega ese recuerdo
que quiero olvidar…
y me olvido
de las esdrújulas…
Ahora sólo pienso unas palabras,
y ni siquiera son castellano…
I wanna do bad things with you.
Sí… realmente quiero hacer cosas malas contigo.
Cosas esdrújulas,
difíciles y cálidas.
Eróticas…
¿Cómo lo hago? ¿Me lo explicas tú? ¿Me dices cómo me olvido de nuestros secretos y de tus ojos? Por favor. Pórtate bien, y dime cuánto tiempo durará esta nostálgica ruina, esta ruinosa nostalgia que siento al recordar tu piel. Vamos, valiente, ¿me dices cuántas noches tengo que soñar contigo, cuántas lágrimas tienen que caérseme sin permiso? Dime qué hago para no pensar en ti. Te estoy desafiando.
¿Puedes? ¿Puedes darme el remedio a tu desamor? ¿Me dices cómo te olvido?… Porque deberías decírmelo tú. Justamente tú, que me metiste en este berenjenal. Deberías sacarme. Tú, que te encargastes de protagonizar tantas escenas inolvidables. Deberías explicarme cómo te olvido.
Amanece. El cielo pierde su misterio detrás de los edificios, allá por el este de la ciudad. La luz borra las sombras y hasta las dudas. Alumbra o abrasa la conciencia.
Isabel corrige su postura y se gira hacia el oeste para seguir contemplando la noche. Pero sabe que no es así. La noche ha terminado. Sabe que ya ha salido el sol y no está en llamas. No es un vampiro que pueda ocultarse hasta la noche siguiente. No puede exculparse aludiendo a su terrible naturaleza. Sabe que ha llegado el sol dominguero con la rutina en una fiambrera. Aún así, está dispuesta a engañarse unos minutos más, mientras el cielo pueda parecer nocturno.
–¿Qué hora es? — pregunta cuando el día termina de hacerse evidente.
–Las siete — dice el hombre que está sentado junto a ella, sobre la arena de la playa.
No tengo detalles. Me esfuerzo. Intento recordar cuánto tiempo estuve en el agua. Intento recordar cómo salimos. Pero no recuerdo nada. Tengo la impresión de librarme de él y poder llegar a las rocas. No recuerdo si mi madre me ayudó a salir. No recuerdo cómo consiguió salir Patricio, si alguien se lanzó a buscarlo o él solito se acercó a las piedras y lo ayudaron a subir. No recuerdo más.
Luego me enteré de que Patricio no sabía nadar (no era necesario que me lo jurase). Quizás me lo dijo mi madre, otra persona, o el mismo Patricio. Yo estaba enfadada, asustada y triste. Y no podía evitarlo. Demasiados segundos debajo del agua me habían endurecido. Me había visto morir. Hubo un momento decisivo en que mis pulmones dejaron de respirar, y mi cerebro empezó a decir adiós… es una las sensaciones más fuertes que he tenido en toda mi vida.
Un día de verano supe que iba morirme. Sé que suena raro. Bueno, no, suena corriente. Muy corriente; todos nos morimos. Yo me refiero a la primera vez que fui consecuente con la idea, que asimilé la fugacidad de la vida, que comprendí lo imprevisible y rápido que puede ser morirse. Y, todavía peor, lo fácil que es morir solo. Lo fácil que es que te maten.
No sé qué edad tendría. Puede que seis, puede que ocho. En aquel tiempo mi madre tenía un novio, uno de tantos. Se llamaba Patricio, y a mí aquello me parecía una desgracia. Es un nombre horrible. Eso pensaba y eso sigo pensando. Dado que mi relación con Patricio no fue muy satisfactoria, y dado que no he vuelto a conocer a otro Patricio, sigo pensando que es un nombre horrible. Sin querer, pienso que alguien llamado así tiene que ser atractivo a la vez que un asesino de niños en potencia. Nada me ha hecho cambiar de idea. Si escucho Patricio sólo puedo acordarme del día que creí que iba a morir. Dos veces.
Resulta que esta noche estoy sola en casa.
Mi gata se ha puesto de parto, ha manchado una manta de un líquido, ha tenido algunas contracciones, se la lavado mucho sus partes, ha maullado un poco, ha buscado mi cariño, me ha estado molestando un par de horas y luego se ma metido bajo otra manta a dormir. No quiero despertarla ni cambiarla de sitio. Creo que es mejor que tenga a sus crías donde quiera. No sé de dónde me viene esta creencia; quizás porque el primer parto que presencié fue el de la gata de mi tía en un armario. He intentado que mi gata se quede en su manta de lana preferida, frente a la estufa, pero se negaba. Tenía que estar en la cama, cerca mía. Le he rascado las orejas y me ha mirado dando un maullido que sonaba a pregunta. Le he hablado y le he dicho cosas inconexas, como “el biscote, oi, oi, oi” y “no me mires así que yo no te he dejado embarazada”, y también le he dicho al oído “estáte tranquila, yo estoy contigo”. Ella ronroneaba y cerraba los ojos.
La mañana siguiente no han cambiado tus ideas. Jose ha hecho el desayuno y te lo lleva a la cama. Estás feliz. Ésa es la palabra. Hace mucho tiempo que no te sentías así. Él tiene una permanente y blanca sonrisa en el rostro. Parece que no puede reprimirla. Se le escapa hasta cuando hablais de cosas serias.
Pasas el día con Jose. En la cama, en el sofá, en la ducha, en la cocina, en el ascensor. Lo sigues hasta cuando va a comprar pan. Debes recuperar el tiempo. Tienes que saciar tu hambre. Pasas la mañana, la tarde, y la noche, pegada a su cuerpo.
Piensas en el hilo dental. No sientes el impulso de correr a mirarlo si ante ti está Jose y puedes mirarlo a él. No comentas su existencia.
Inviertes tres días en mirar pisos de alquiler, hasta que encuentras uno muy parecido al tuyo. Tiene la cocina más grande y muchos muebles viejos. Cuesta diez euros más al mes, pero está más cerca de tu trabajo. Decides alquilar el piso. Haces la mudanza de las cosas pesadas a través de una agencia, en dos días, pero no te trasladas a tu nuevo hogar. Aún no lo has limpiado a fondo y, además, quieres pintar el dormitorio de rosa.
Transcurren los días y tú frotas azulejos y enjuagas el rodillo. Metes ropa en los armarios, das tu nueva dirección al banco, conoces la panadería de tu nuevo edificio y miras el hilo dental con una sonrisa, desafiante, creyendo que le has vencido. Duermes en los dos pisos, dependiendo de dónde te pille el sueño. Cuando estás en el nuevo, echas de menos las vistas del antiguo. Cuando estás en el antiguo, te sientas en el bidé y se te van las horas.
No sabes qué hacer pero sabes que debes hacer algo. Sabes que debes coger el hilo dental y tirarlo. Ponerlo en cualquier otro sitio no tiene sentido. Ponerlo en un cajón oscuro o una repisa iluminada no cambiaría las cosas. Sólo cambiarías el frío y duro asiento del baño por otro más cómodo. Seguirías mirando embobada aquel envase blanco. Así que sabes que lo mejor que puedes hacer es tirarlo a la basura. Es lo que siempre piensas, sin ninguna duda es lo más lógico, como hicistes con las flores…
Pero hace tiempo que tus pensamientos dejaron de ser racionales, hace días que sólo te manejan los sentimientos, impredecibles, inexplicables… y no haces nada. Los sentimientos no te dejan hacer otra cosa más que mirar la cajita blanca de la seda dental.
Sueles saber dónde van las cosas. Cuando encuentras algo sabes qué lugar le corresponde, qué quieres hacer. Todo tiene su sitio y tú lo colocas en él. Sin embargo, no sabes dónde va el hilo dental de Jose. Está ahí y no tienes ni idea de dónde meterlo. Así que sólo lo miras. Sigues creyendo que estás volviéndote loca, porque él también te mira.
Paseas por la casa. Miras el hilo dental, caído detrás del mueble del baño, y te echas agua fría en la cara. Mientras secas tus manos sigues mirando el hilo dental.
Vuelves al salón y te sientas en el sillón. Enciendes la tele. Durante unos minutos contemplas a los tigres siberianos, tan bellos, tan amenazantes, tan amenazados, jugando en la nieve. Te parecen gatos gigantes. Cazan y matan, y en los inviernos más crudos mueren de hambre. Rugen, y bostezan, y tienen los colmillos blancos. Ellos no se lavan los dientes, piensas, no hay seda dental para sus potentes dentaduras.
Te atrapan los pensamientos y vuelves a levantarte, inquieta. Paseas por la cocina, por el salón, por el pasillo. Vas al baño y te sientas en el bidé. Desde ahí ves una mancha clara, un blanco ensombrecido en la oscuridad de la rendija que queda entre el mueble y la pared.
Me he perdido. Estoy perdido y condenado. Maldita sea. No hay luz. Eso es irónico. Hace horas que lo pienso. Hay humedad. Llevo días aquí. Perdí la cuenta. Lo peor es que no me he perdido yo. Lo peor es que yo no tengo patas para perderme, ni para encontrarme. Me han perdido. Me buscaron unos días. Los escuché preguntar por mí. Luego desistieron.
El hombre entró en la habitación y encendió la luz. La mujer se incorporó de la cama y lo miró expectante. Él llevaba la camisa fuera del pantalón, tenía los ojos enrojecidos y en su cara se dibujaba una gran sonrisa.
–Hoy estoy contento. Esta noche puedes pedirme lo que quieras.
La mujer se quedó callada.
–Vamos… te doy a elegir, como el viernes pasado.
–Pero no es necesario, yo me conformo con…
–Claro que es necesario. Hoy estoy muy excitado. No me hagas perder el tiempo porque no voy a poder aguantarme. Dime.
La mujer volvió a callar, preguntándose sus posibilidades y sopesando las ventajas y desventajas de cada una. Quizás sólo sopesaba las desventajas.
–Venga… que te estoy dando a elegir… Deberías agradecérmelo, no todos los hombres son tan generosos con sus mujeres. ¿No crees que deberías darme las gracias?
Jorge, sentado en la mesa de la cocina, acercó la nariz a la ardiente y negra taza de su padre y aspiró el humo que brotaba de ella. Casi pudo saborearlo, sintiendo el calor en los pulmones y el gusto en la lengua.
Café. Volvía a pensar en aquello. Desde que el viejo le había dado aquel extraño consejo, que incluso a un niño de once años y medio como Jorge le sonaba más a provocación que a ninguna otra cosa, no había dejado de pensar en lo mismo. Miró a su padre, absorto en su agenda, y se le ocurrió que la forma rectangular de ésta no era tan diferente a un triángulo. Sólo sobraba una esquina. Maldito viejo.
————- ————- —————
El viejo se había acercado a Jorge hacía dos semanas, mientras él estaba en el parque buscando piedras blancas para las plantas de su madre.
Jorge escuchó sus pasos y levantó la cabeza. El viejo le preguntó qué hacía, dirigiendo su mirada a la bolsa llena de piedras que había en el suelo. Tenía la expresión amable, y una mancha ennegrecida en el bolsillo de la camisa. Apenas tenía pelo en la cabeza, ni dientes en la parte superior de la boca. El bigote que llevaba disimulaba aquella carencia con cierta eficacia. Jorge explicó que su madre las quería para adornar la tierra de las macetas.
–¿Y las quiere blancas?
–Quedan más bonitas, como la tierra parece negra, es como el café…
–¿Café? Ya. El blanco es un buen color, muchacho, tu madre te manda bien. ¿Cómo te llamas?
–Jorge.
–Bien, Jorge. Debería decirte algo. En principio porque has sido tú el que ha sacado el tema… Más que nada por eso, recuérdalo. — El viejo que sólo tenía arrugas en los ojos miró a su alrededor, como si no hubiera analizado antes el terreno, y señaló un banco que tenía a su izquierda, a apenas cinco metros. — Voy a sentarme… — dijo mientras se dirigía al asiento. Cuando estuvo al lado, se giró para ver a Jorge en el mismo sitio donde lo había dejado. — ¿Quieres que te lo diga o no?
Jorge lo dudó un instante. Ya se había tropezado con hombres demasiado simpáticos en el parque. Hombres, o viejos, que le ofrecían un billete, o un videojuego. Hombres que le habían acariciado el cuello. Hombres que se escondían detrás de los arbustos. Hombres que querían que él se escondiera con ellos en los arbustos. Sin embargo, éste era distinto. Le pareció bastante diferente para tomarlo por inofensivo.
–Sí.
–Bien. Ya te digo que si tú no hubieras hablado de ello yo no te contaría esto… pero ahora creo que debería decírtelo. — Jorge se acercó y se sentó en el banco, todo lo lejos que pudo del hombre, apoyando sólo medio culo en la madera, con la pierna izquierda soportando parte de su peso, en equilibrio y en tensión, como un resorte perfecto, lista para dar el salto y echar a correr en cualquier momento ante cualquier sospecha sobre las intenciones del viejo. Él notó la desconfianza del niño y sonrió, pues sabía el poco dolor que podían producir sus manos. Su voz, en cambio, era otra cosa. Podía ser un arma tan eficaz… — Tranquilo. No me importa que no te acerques. Como te decía, ya que has sacado el tema, me…
–¿Qué tema?
–El café.
–¿Qué pasa con el café?
–Muchacho, voy a decirte algo que nunca debes hacer con el café. Ya, ya sé que lo tomamos todos los días y lo venden en todas partes… pero ésto que voy a decirte lo saben muy pocas personas en el mundo. — Jorge, mientras abría los ojos y afinaba las orejas, siquiera se dio cuenta de que se había sentado por completo en el banco, tan intrigado como estaba por conocer aquel secreto. — Nunca hagas lo que voy a decirte. Nunca hagas un triángulo en el suelo con granos de café, Jorge. Si lo haces, no vayas a meterte dentro del triángulo. Si se te ocurre meterte en el triángulo, jamás lo hagas descalzo, y si te metes descalzo no digas ninguna palabra. Desde luego, no digas estas palabras: croquis, ladera y revolución. Que no se te ocurra decirlas en ese orden. Croquis. Ladera. Revolución. — Jorge pudo escuchar la abismal distancia que separaba cada palabra, y un escalofrío ascendió hasta su nuca. — No hagas un triángulo con café, ni te descalces y entres en él para decir esas tres palabras, muchacho. No debes hacer eso nunca.
–¿Por qué? — inquirió Jorge, usando la repetitiva e insaciable pregunta de la niñez.
–Es peligroso.
–¿Por qué? ¿Qué pasa si haces eso?
–No sabría decírtelo con certeza. Podría pasar cualquier cosa. Pero no lo hagas. No lo hagas nunca. — El viejo sacó un móvil de su bolsillo y lo miró. — Tengo que irme, Jorge. Tú también te estás entreteniendo, seguro que tu madre se preocupa cuando tardas, ¿eh? — ya se había levantado y se alejaba del banco. — Bueno, muchacho, ya charlaremos otro día — dijo apenas sin volver la vista.
El viejo siguió andando y Jorge no contestó nada. Se quedó mirando al hombre que se hacía cada vez más pequeño, hasta que su silueta se perdió detrás de un árbol. Luego se levantó, recogió la bolsa y se marchó a su casa.
A su madre le encantaron las piedras, y le dio un beso tan largo y sonoro que Jorge se deshizo de sus brazos llamándola garrapata, porque no lo soltaba, y ella se rio y le dijo que se hiciera un bocadillo para merendar, que había comprado chorizo. Jorge merendó, y luego ayudó a su madre a poner las piedras, y cuando encontró entre la tierra una piedrecita marrón y negra, brillante y opaca a la vez, con forma ovalada, observó el parecido que tenía con un grano de café, con cualquier grano de café, de ésos que estaban dentro del paquete de plástico verde que su madre guardaba en el armario que estaba a la derecha de la lavadora, y volvió a recordar qué era lo que el viejo le había dicho exactamente que no hiciera.
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–Croquis — murmuró Jorge mirando hacia el techo de su habitación.
Estaba tumbado en la cama y hacía horas que escuchaba los ronquidos de su padre. No podía dormir. Habían pasado más de tres meses desde la tarde que el maldito viejo le había contado lo que nunca puedes hacer con unos granos de café. Ah… pero él tenía tantas ganas de hacerlo… Apenas podía pensar en otra cosa. Sus notas habían bajado, y su madre hacía semanas que cada dos días le preguntaba si se sentía bien y si quería decirle algo.
No se lo había contado a nadie. Si lo que decía el viejo era verdad, aquel era un secreto que pocas personas sabían, un misterio demasiado grande para dárselo a cualquiera. En un principio no quiso contarlo a nadie por puro egoísmo. O por vergüenza, tal vez. Sin embargo, ya no lo contaba por solidaridad. No podía decírselo a nadie, y menos aún a su madre, porque aquello era una trampa. Una trampa para volverte loco, como mínimo. Eso desde luego. Eso podía jurarlo Jorge ante cualquier tribunal o dios. Le habían tendido una trampa, y no conseguiría escapar de ella cuerdo.
Era peligroso, ya se lo había dicho el viejo. Podía pasar cualquier cosa.
–Ladera — escapó de sus labios como un insulto, y lo impulsó a sentarse.
Sabía con exactitud cómo no tenía que hacerlo. El maldito viejo se había guardado muy bien de explicárselo. Podía habérselo ahorrado, eso también lo sabía Jorge. Pero no lo había hecho. Oh, no, no se había ahorrado nada. Porque aquello era una trampa, Jorge era suficiente listo para saberlo. Le había dicho lo que nunca debía hacer con todo detalle, y desde entonces Jorge no podía quitarse los triángulos ni el café de la cabeza. Jorge no podía pasar ni un día sin decir esas tres palabras: croquis, ladera, revolución. Y esas palabras, que el primer día lo sorprendieron almacenándose en su memoria, cada día sonaban más misteriosas y más importantes. Jorge no quería acordarse de que si hacía ese triángulo tendría que descalzarse para entrar en él. Jorge quiso no haber sabido nunca el secreto. Jorge, cada noche que se acostaba y sus labios, casi independientes de él, susurraban las tres palabras escogidas, deseaba con todas sus fuerzas no haber escuchado jamás a aquel viejo. Incluso deseaba que aquella tarde aquel hombre hubiera sido como los demás, genoroso y pederasta, y haber tenido que salir corriendo para librarse de su abuso. Deseaba no haberle dicho que sí, que se lo contara. Deseaba ser un ignorante, y no saber que los granos de café guardaban magia en su interior.
–Revolución — pronunció su lengua con total claridad, y sus oídos percibieron la palabra demasido alta, demasiado grave y fuerte.
Puso los pies en el suelo, y el frío le recordó sus cómodas zapatillas. Las miró, pero no se las puso. Procurando no hacer ni un solo ruido, fue a la cocina y cogió el verde paquete de café. Volvió a su habitación y se sentó en la cama, con el café en la mano derecha. Hizo todo de forma autómatica, apenas sin darse cuenta, como se hacen las cosas que ya se han hecho muchas veces, o las que se han pensado hacer durante horas y horas.
–Croquis. Ladera. Revolución — susurró Jorge. — Croquis, ladera y revolución — repitió, con un tono de voz más elevado, mientras ponía los pies en el suelo y abría con mucho cuidado el paquete que llevaba. — Croquis — dijo mientras se agachaba y comenzaba a hacer una línea con los granos de café. Se levantó para admirarla y decidió que estaba bien, sonriendo. — Ladera — dijo formando la segunda línea. No en ángulo recto, por supuesto, porque aquello sería un triángulo. — Revolución — formuló mientras dibujaba la tercera línea y unía los puntos, guardándose de permanecer fuera del polígono.
Había sido tan fácil como sabía que sería. Dejó el plástico vacío sobre la cama. Se situó al borde de una de las fronteras, con los dedos de los pies casi rozando la diminuta cordillera de granos de café.
Dio el paso al frente con una idea cruzando su mente: podía suceder cualquier cosa. Por supuesto, no sucedería nada hasta que dijera las palabras mágicas.
–Croquis. Ladera. Revolución — proclamó Jorge, y antes de terminar la última sílaba sintió que se mareaba, que hacía demasiado calor y que sus pies dejaban de tocar el suelo.
¿Cómo lo hago? ¿Me lo explicas tú? ¿Me dices cómo me olvido de nuestros secretos y de tus ojos? ¿Eh? Vamos… Vamos, valiente. Venga, niña fría y mayor… dime cómo me olvido de ti. ¿Sabes cómo hacer para que te olvide? Venga, tú que te crees tan lista… dime qué tengo que hacer para no acordarme de ti. Vamos, campeona, dame la fórmula que borre tus recuerdos.
¿Puedes? ¿Puedes darme el remedio a tu desamor? ¿Me dices cómo te olvido? Deberías decírmelo tú, justamente deberías decirme tú cómo olvidarme de todas las cosas inolvidables que me hiciste vivir.
Los edificios parecen doblados, como si fueran a caerse hacia dentro, sobre las cabezas de los transeúntes. Al mirar hacia arriba veo que los pisos casi se rozan por los tejados, dejando tan sólo una rendija por la que contemplar el cielo, que es de color verde. Supongo que por eso hay tan poca luz, a pesar de los farolillos chinos que alumbran el ambiente, los cuales antes me habían pasado desapercibidos. El suelo es de gravilla y mientras camino veo pequeños brillos en él, azules y verdes y blancos, como si fueran piedras preciosas, pero no lo son. Son canicas. Huele a carne. El aire parece impregnado de ese olor, como si en todas las casas estuviesen asando chuletas, y en lugar de abrirme el apetito, me sobrecoge una arcada.
Resulta difícil de explicar, pero durante un año, nueve meses y cuatro días, viví de amor.
Eva y yo nos conocimos en una fiesta de un amigo común. Esa noche la pasamos hablando encerrados en la cocina. A los dos días quedamos para ir al cine, y después de la película, en su casa, nos acostamos por primera vez. A la semana siguiente nos declaramos como pareja oficial. A las dos semanas desaparecimos para el resto del mundo.
Estuvimos sin salir de mi dormitorio un año, nueve meses y cuatro días.
Para ella la tentación era cualquier cosa que perturbara su moral de beata, y eso era sencillo.
La tentación estaba cuando pasaba ante una pastelería, cuando admiraba vestidos elegantes y cuando olía el humo del tabaco y quería volver a fumar como una adolescente. La tentación estaba en todas partes.
Darle una patada al odioso perro del vecino cada vez que se cruzaba con sus gruñidos. Chuparse los dedos con deleite. Dormir todo un domingo de lluvia. Acariciar el cuello de su cuñado cuando iba a pasar el fin de semana. Mandar a la mierda a sus hijos. Masturbarse en la ducha. Colgar el teléfono a su madre. Leer el final de los libros. Quedarse aquella fuente tan bonita que le dejó su hermana. Hacer topless en la playa. Llenar de lejía el nuevo edredón de la vecina de abajo. Pedir a su marido que la llame “puta” cuando lo hacen. Comerse la piel del pollo asado. Decirle al cura que deje de mirar las tetas de su hija. Estrellar contra el suelo el mando de la tele cuando no funciona. Gritar a su marido cuando no la escucha. Reírse a carcajadas cuando ve el pelo de su suegra…