SOPA DE RELATOS

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Michelangelo Merisi da Caravaggio


Finales de Mayo de 1606. Caravaggio se encuentra delante de su espejo, con el entrecejo fruncido y la mirada desafiante de un loco perturbado. Porta una espada en una mano y una daga en la otra. Golpea repetidas veces a un rival imaginario. Por cada golpe lanza un grito amenazador, lleno de furia. Por cada grito, su cara se perfila más grotesca aun, con más odio. Cuanto más odio acumula en su cuerpo, más furiosos son sus golpes. Este círculo repetitivo se produce una y otra vez hasta dejarle exhausto.

Ranuccio Tomassoni le ha desafiado. No abiertamente, pero él se lo ha buscado. Le ha puesto la zarpa encima a Antonieta della Rossa, amante de Caravaggio. Caravaggio, de personalidad problemática y con el orgullo gravemente herido, ha desafiado a un duelo no legal a Tomassoni cerca de las pistas de tenis de la Via della Sdrofa.


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Donde crecen los jardines


Hace dos días que no probamos ni gota de agua. Llevamos vagando mi tribu y yo sin rumbo fijo, en busca de un oasis o de un milagro. Aunque tal vez el milagro sea que aún nadie ha muerto de sed, o que nadie ha perdido la esperanza.

Ya casi no puedo más. Cada vez me pesan más los pies, hinchados de ser arrastrados por la arena. Miro a mi alrededor. Muhsin me sonríe, dándome un poco de su aliento.

Cae la noche, haciéndose patente su frío. Una anciana y un señor muy alto empiezan a dar vueltas alrededor de una piedra mientras entonan un antiguo cántico, tratando de  llamar a la lluvia. Pero la lluvia no vendrá.

Amanece un nuevo día junto con una desgracia. Uno de los ancianos, Abdel Razzâg ha fallecido. Con tristeza nos despedimos de él. No pude evitar respirar aliviado al darme cuenta de que sólo había muerto una persona en tres días.


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El castillo de Dolbadern


Estamos en Snowdonia, situado entre las montañas de North Wales, Inglaterra. Día desconocido, mes desconocido. Año, también desconozco.

Soy Owen, el príncipe Owen Gough. Mi propia patria me ha encerrado aquí, en el castillo de Dolbadern. ¡Como si a éste zulo situado en lo alto de una almena se le pudiera llamar castillo!

También desconozco el motivo por el cual me encerraron. Dos sirvientes me traen la comida y ropa limpia. Nunca me hablan. Les han debido dar órdenes para no hablarme, para aislarme completamente del mundo.

Mi único entretenimiento es asomar la cabeza por los fríos barrotes. Es invierno, otra vez. Algunos días veo algún animal deambular por la nieve. Un conejo corretea por aquí y allá, escarbando con sus patas delanteras en busca de alimentos, o veo un ave sobrevolar la zona cautelosamente. Pero no me suele gusta mirar a través de los barrotes. A menudo diviso buitres dando círculos en el aire. ¿Tan mal se me ve desde ahí arriba?


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Furkul, el Clérigo Leproso


Furkul nació en una familia numerosísima y muy pobre. El padre tenía varias mujeres a las que pegaba con demasiada frecuencia, por no decir a diario. Que él recuerde, habrá tenido unas setenta madres en total, y un máximo de quince madres a la vez. Muchas de ellas morían tras una brutal paliza, o de sobrepartos. La cantidad de hermanos era incontable. Tal era el número de hermanos hambrientos y enfermos, que cada mes morían más de tres.

Su familia no tenía ni dinero ni prestigios. Los niños cultivaban escasos productos en un pequeño jardín, cazaban alimañas o robaban lo que podían. Se trataba de una supervivencia muy tercermundista. Furkul estaba bastante enfermo. De no comer, estaba en los huesos. Al ser un rival débil, sus hermanos le pegaban y le robaban su comida. Pronto aprendió a matarlos por la noche para comerse su comida y quedarse con sus pertenencias.


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¡Piratas!


Mi imaginación vuela por el tiempo mientras mi mirada perdida se posa en el azulado vaivén que mece al barco. La mar… un sinfín de olas que vienen y van. Van y vienen perseguidas por una cálida brisa que te acaricia la cara y se lleva tu juventud. De pequeño siempre me pregunté cómo sería ir en un velero, atrapar al horizonte, sobrevivir a una tempestad o cómo olería la mezcla entre la pólvora y la brisa marina. Ahora, perseguido por la ley lo sé mejor que nadie, y no me arrepiento. Yo elegí esta vida, o tal vez ella me quisiera a mí.


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Señor Dollh. Interrogatorio


Para comprender mejor este relato, es recomendable que lea antes estos otros:

¿Está rico el arroz tres delicias?
El Restaurante Ming
Muerte laqueada
Señor Dollh. Parte 1
Señor Dollh. Parte 2

 

 

Interrogatorio.

 

Metimos al conductor con las gafas rojas en un cuarto oscuro. Le sentamos en una silla y le atamos las manos. Con un foco le apuntamos a la cara, de tal forma que no nos pudiera ver. El señor Dollh se puso delante del foco. Al lado del señor Dollh había un hombre muy musculoso, y detrás de la silla otro más musculoso aún sujetando una soga.

 

- ¿Qué hacías en el puticlub de Mawis? – Le preguntó el señor Dollh.

 

El sospechoso levantó la cabeza. Estaba sudando a mares.

 

- ¡Fuera! ¡Déjame, cabrón!

 


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Señor Dollh. Parte 2


Para comprender mejor este relato es recomendable leer previamente estos relatos:
¿Está rico el arroz tres delicias?
El Restaurante Ming
Muerte laqueada
Señor Dollh. Parte 1

 
Señor Dollh. Parte 2

Eran más de las tres de la madrugada. Llevábamos todo el día deambulando por el pueblo en busca de un Seat Ibiza amarillo y por fin nuestra espera había dado sus frutos. El Seat Ibiza salió de un parking. Concretamente de un parking perteneciente a un puticlub llamado “Mawis”.

El señor Dollh aceleró el sidecar de color crema y salió haciendo ruedas. El conductor del Seat Amarillo aceleró también. Eso significa que era sospechoso, o incluso autor del crimen.

El Seat intentó darnos esquinazo, pero nuestro sidecar iba conducido por el señor Dollh. Teníamos las de ganar.


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Mente Demente


Si alguna vez te has preguntado qué se siente al ser diferente no busques una respuesta. Te sientes muy desgraciado, tanto o más que yo.

Todo comenzó cuando las autoridades sanitarias descubrieron que yo lo era, y por ello fui injustamente castigado. Sólo por ser diferente.

Una enfermera que no paraba de tirar guisantes verdes y amarillos a los pacientes me delató. Al parecer la reacción normal era la de tirarse a por ellos, y pegarse contra todo aquel que intente quedárselos. Obviamente mi reacción no fue esa, sino la de llevarme la mano a la cabeza y frotármela, pues el guisante estaba congelado y dolía mucho.

Tras un test exhaustivo, los médicos dictaminaron que debían encerrarme junto con las demás personas de mi índole. En el manicomio yacía mi nuevo hogar, y digo yacía pues era una cuadra rodeada de verjas, con el suelo lleno de paja.


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Viajero fortuito


¿Dónde estoy? ¿Quién soy? ¿Qué hago yo aquí? Estas son las primeras preguntas que me hice a mi mismo cuando de repente, sin venir a cuento, me “desperté” de pie en lo que parecía ser el suelo de una calle muy bulliciosa. La carretera estaba congestionada de tráfico, sobre todo de taxis, los típicos taxis amarillos que salen en las películas de Hollywood.

Algunos transeúntes se golpeaban contra mí, pues no me había movido de mi sitio y estorbaba en la acera. Alguien me dio un golpetazo más fuerte que los demás. Se dio la vuelta y me llamó “Stupid”.

Vislumbré un quiosco de prensa al lado. Me acerqué a él y cogí un periódico. En él ponía “The Daily of Manhattan”. Me di cuenta de que todos los periódicos estaban en inglés, y en muchos de ellos se leía la palabra “Manhattan”. La fecha de todos los periódicos no me decía nada.


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Aurelio el avaro


Todo el mundo en la oficina recuerda perfectamente a Aurelio. ¿Quién no se ha fijado nunca en el antiguo jefe, el anciano más avaro y agarrado que jamás ha existido en la Tierra?

Recuerdo la primera vez que le vi: vestía un traje gastado, con unas coderas más gastadas aun que el propio traje. Sus zapatos tenían agujeros. No llevaba ni reloj ni anillos.

En fin, al principio pensé que se trataba de un bedel, pero pronto me di cuenta de que era el jefe. Por supuesto que me dije que no podía ser, que un jefe de este tipo de empresas tiene que ser tremendamente rico; pero sus ropas gritaban todo lo contrario.

Según iban pasando los días me di cuenta de que era el anciano más avaro del mundo. Si en el baño te dejabas el grifo goteando te amonestaba quitándote diez euros del sueldo. Si te dejabas la luz encendida te amenazaba con que ibas a pagar el recibo entero. Incluso una vez me regañó como a un crio por dejarme un bocadillo a medias y tirarlo a la basura.


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Pánico a las 12:00


La oscuridad me impide ver que o quien anda ahí, pero el ruido es evidente. Es medianoche y hace rato que me fui a la cama a dormir.

Algo o alguien se acerca rápidamente a mi cuarto desde el pasillo. Intento tranquilizarme pensando que se trata de una broma de mi hermana y sus amigas.

“Taca taca-taca”

El ruido se acerca más y más a mi cuarto. A pesar de que me ha expulsado de mi sueño, estoy tan alerta que el cansancio no me afecta. Por la ventana un haz de luz de la luna llena ilumina el suelo de mi cuarto y parte del pasillo. Siempre he sido muy miedoso, por lo que mis padres siempre me dejan la puerta abierta.

“Clap clap clap…”

¡Lo he visto! ¡Oh, Dios! Un ser de gran tamaño ha cruzado el pasillo. Mis manos estrujan la sábana con la que me cubro y comprimo mi cuerpo en la cama, intentando pasar desapercibido.


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Señor Dollh. Parte 1


Para comprender mejor este relato es recomendable leer previamente estos dos relatos:
¿Está rico el arroz tres delicias?
El Restaurante Ming

 

El zumbido era bastante insoportable. Ya de por sí es agobiante estar en una habitación en penumbra, con el calor del verano y una humareda de tabaco que salía de la pipa del Señor Dollh como para tener que aguantar el zumbido metálico del ventilador.

Me levanté de mi silla y apagué el interruptor.

- Novato – dijo con desgana el señor Dollh – enciéndelo antes de que nos quememos.

Volví a darle al interruptor. Junto con el movimiento de las aspas apareció el zumbido estridente. Resoplé indignado y me senté en mi sitio. No me gustaba el Señor Dollh. Si bien es un gran detective, tiene más manías que la Santa Inquisición.


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El Camino del Deseo. Capítulo 4: Un nuevo mundo.


Capítulos anteriores:
Capítulo 1: Una mala noche.
Capítulo 2: Mala compañía.
Capítulo 3: Viaje indeseado.

 

Capítulo 4: Un nuevo mundo.

La sensación que tuvo Madeleine al cruzar la puerta fue como la de estar en el vientre de una madre. La comodidad era la máxima, no habían ruidos, ni golpes ni sensaciones negativas. Todo era paz y calma. La noción del tiempo era imposible de medir. No sabía si había estado mil años o un segundo en este estado de letargo, pero en un momento dado cerró los ojos con mucha fuerza.

Cuando abrió los ojos, se despertó encima de una nube. A su lado estaba John con los ojos cerrados. A los pocos segundos John abrió los ojos, miró a su alrededor dando varias vueltas sobre sus talones y empezó a reír. Era una risa escalofriante.


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El náufrago humillado


                Despierto. Me duele la cabeza y tengo los ojos secos. Borroso. Todo lo veo borroso. Delante tengo lo que parece ser el mar y debajo de mis nalgas noto la cálida arena de lo que parece ser una playa desierta. No sé cómo he llegado hasta aquí ni cuánto tiempo llevo desmayado.
                El Sol está cada vez más alto y mi moral cada vez más baja. Noto como los rayos del sol me golpean en la cabeza con fuerza, friéndome los sesos por dentro. Mi mirada se pierde en el horizonte tratando de escrutar cualquier tipo de señal que me pueda decir qué demonios hago en este lugar. Finalmente mi cabeza empieza a dar vueltas hasta que caigo desmayado.               
                Vuelvo a abrir los ojos. Ha atardecido. Tengo sed… ¡Tengo mucha sed! Miro a mi alrededor y no veo más que arena y el oleaje del mar. Arena y mar. Mis párpados se vuelven a cerrar. Parece ser que lo único que puedo hacer bajo este sol abrasador es desmayarme.        
                Empecé a soñar que estaba en una bañera blanca algo sucia, junto con un patito de goma amarillo y unas gafas de bucear. Al intentar coger al patito, éste me sonríe y grita:           
                – ¡Heeeelados! ¡Patatas! ¡Cooooocacolasssss!     
                Me despierto sobresaltado. Es obvio que mi imaginación me la está jugando, pero aun así alzo la mirada y busco en la dirección de donde parecía estar gritando el patito. No hay nada. Tan sólo me acompaña el anaranjado tono del atardecer y la salada brisa marina. Me miro las manos y… ¡Oh Dios mío! ¡Está todo borroso! Ahora soy consciente de que el sol ha debido de derretir mis retinas.      
                Empiezo a llorar de desesperación. Me estoy quedando ciego en una isla perdida. Pero las lágrimas no acuden a mí, por lo que la única forma de consolarme es gritar.           
                – ¡¡Ahh!! – trato de gritar, pero no me escucho… ¡Oh Dios mío! ¡Estoy sordo también!    
                – ¡¡Hijo de puta!! – Le grito a Dios. Levanto el puño zarandeándolo amenazadoramente mientras sigo blasfemando.               
                – ¡¡Baja aquí grandísimo hijo de puta!! – Intento levantarme, pero me caigo de culo.     
                No da resultado. Dios no baja a ayudarme. Me llevo las manos a la cara. Las tengo tan secas y ásperas que me hago daño en las yemas de los dedos al tocar mi barba. Intento levantarme otra vez, pero sólo logro ponerme de rodillas. Me tiro al suelo y empiezo a dar puñetazos a la arena. Esto es una maldición, una maldita maldición.       
                De repente un instinto suicida se apodera de mí. Me tumbo en el suelo y empiezo a tragar arena con las dos manos. Prefiero morir rápidamente antes que esperar a morirme de sed en esta isla desierta.   
                Trago arena rápidamente mientras lloro. O mejor dicho mientras me aflijo, ya que las lágrimas no acuden a mis ojos.               
                Para mi sorpresa noto como algo me agarra de hombro. ¿Un oso? Noto que me agarran también de los dos brazo y que tiran de mi hasta inmovilizarme. ¿Caníbales? Forcejeo todo lo que puedo y logro librar mi brazo izquierdo. En mi desesperación por suicidarme lo más rápido posible empiezo a palpar el suelo con la mano libre en busca de algo con lo que poder matarme.              
                Arena… arena… arena… mi mano sólo toca la arena de la playa… un momento… parece que acabo de tocar algo parecido a… ¡mis gafas!               
                Me pongo rápidamente las gafas. Al hacerlo recupero la vista, y veo como tres personas están intentando inmovilizarme. Las tres personas abren la boca constantemente como si estuvieran pidiendo auxilio, mientras más personas acuden a su llamada para tumbarse encima mía. Algunos de ellos me miran con cara de preocupación. Son todos gente normal vestidas con trajes de baños. No parecen caníbales.      
                No logro entender de donde han salido estas personas… ¿Serán compañeros de mi desgracia? ¿Vendrían en mi mismo avión cuando estrellamos? ¿O tal vez nuestro barco encalló cerca de esta isla y el oleaje nos trajo hasta aquí?     
                Noto como unas manos hurgan en mis orejas hasta meterme algo por el oído, y al instante escucho un jaleo. Alguien me ha puesto mi audífono.        
                – ¡Abuelo! ¡Deja de tragar arena! – Me grita una chica sollozante. Reconozco esa voz… ¡es la voz de mi nieta!            
                De repente, en unas milésimas de segundo, mi cerebro lo recuerda todo. Yo vine con mi familia a Benidorm y bajamos a esta playa turística. Me debí de quedar dormido y me desperté bajo el calor del sol. Lo que parecía una isla abandonada no es más que una playa para turistas. Y no estoy solo, sino entre un bullicio de gente que me mira con ojos alarmados. Duele. Me duele mucho la tripa.


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Una de Pinocho


Nota: Este manuscrito fue hayado entre los restos de una antigua biblioteca, abandonada en el siglo XIX. La caligrafía no es muy buena, su ortografía es peor. Tal vez el autor era un niño pequeño, o un fantoche, pero la conclusión es que nos encontramos ante una obra maestra. La Iglesia ha decidido nombrar a este texto como “Texto Bíblico” y comenzará a comercializarse en Enero del 2009 bajo el lema de “Quítatelo, quítaselo. No al aborto”. Sin más preambulos os dejo con el texto sagrado.

Fdo: Ministerio de Justicia y Cocina.

“En un pueblo cercano a un lugar lejano, abitaba un personaje yamado Gepeto. El susodicho Gepeto era un ombre carente de sabiduria. Nunca fue a la escuela, ni a la universidad, tampoko izo modulos ni masters. El ombre subsistia de la renta k le dava el estado, pues era un parado. Cierto dia, decidio abandonar a su novia en una cuneta. Se la conoce como La Chica de la Curva; y se echo a caminar por el campo. Llego a un coto y se dio de cara con un OVNI (Orgasmo Violento, Nalgas Invencibles) . Escucho una voz k le dijo:


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El Camino del Deseo. Capítulo 3: Viaje indeseado.


Capítulos anteriores:
Capítulo 1: Una mala noche.
Capítulo 2: Mala compañía.

 

Capítulo 3: Viaje indeseado.

Era muy de noche cuando Madeleine se presentó en el lugar del encuentro. Como bien le dijo John, iba sola. Abrió la puerta de su coche y salió a un descampado donde una figura se encontraba esperando. Sólo se podía ver su negro contorno bajo la luz de la luna.

- ¿John? – Preguntó con voz ahogada – ¿Eres John?

- Ven – le ordenó la figura – ¡Rápido!

Madeleine se apresuró, a pesar del tono amenazador con el que le llamaba la persona que tenía delante. No sabía decir por qué, pero a pesar de la extraña situación en la que se encontraba desde que le salvó de los indigentes, solo quería estar con John.


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El Camino del Deseo. Capítulo 2: Mala compañía.


Capítulo anterior de la saga:
Capítulo 1: Una mala noche

 

Capítulo 2: Mala compañía.

Gon se encontraba pidiendo en una calle del centro cuando se dio cuenta de que alguien le miraba. A dos metros de él una mujer le señalaba con un brazo mientras con el otro brazo agarraba a un hombre más mayor que ella. Pronto se dio cuenta de que esa mujer era a la que habían intentado atracarla hace casi una semana.

No le olía nada bien la situación, asique decidió levantarse y “darse el piro”, pero la mujer fue corriendo hacia el gritando que le esperara.

- ¿Dónde está? – le preguntó la mujer

- ¿Dónde está quién? – respondió con otra pregunta.

Gon hizo ademán de que se iba a ir, pero el hombre que acompañaba a la mujer le dio un billete de diez euros.


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El Camino del Deseo. Capítulo 1: Una mala noche.


Capítulo 1: Una mala noche.

Era una noche de verano con fuertes vientos. La temperatura era idónea, ni demasiado frio, ni demasiado calor. Se podía ver grandes nubarrones que cubrían la luna y las estrellas y amenazaban con empezar a lanzar relámpagos. Había estado lloviendo toda la tarde y el suelo estaba mojado, pero ya no llovía más. Se podía respirar la humedad en el aire junto con la contaminación de la ciudad.

Una papelera de aluminio iluminaba la callejuela con grandes llamas de fuego mientras un grupo pequeño de indigentes se calentaban las manos y avivaban el fuego continuamente con viejos periódicos y cartones, para que el fuerte viento no lo apagara. De vez en cuando calentaban sus estómagos dando lingotazos a una botella de vino peleón.


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