Volar
Llegó al atardecer, cuando el Sol, como un padre que vigila a sus hijos desde las alturas, estaba ya escondiéndose en el horizonte para dar paso a la Luna, cuya tenue luz blanquecina nos cuida de noche y nos protege de nuestros miedos. “Es la hora”, pensó “Ya estoy preparado” Y lo estaba. Había esperado mucho para ello, sabía que ese día iba a llegar tarde o temprano, y por fin, tras todo el entrenamiento físico y mental al que se había sometido, estaba preparado. Le costó bastante al principio, le daba miedo no tener las cualidades necesarias para hacerlo, pero con el tiempo se fue dando cuenta de que lo necesitaba: allí estaba atrapado, encadenado a una pared con gruesas cadenas de hierro, oxidadas por el paso de los años, la monotonía, el sufrimiento, las broncas, los llantos… todo aquello había formado una bola que le acechaba incluso en sus sueños. Hasta que dijo “¡basta!” Con esfuerzo sobrehumano se había liberado de las cadenas, las había roto, aliviando el dolor de sus muñecas, con la piel rojiza y la carne malherida después de tantos años de prisión.








