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La esencia del alma


Si me arrancas todos mis defectos…

 

Mucho antes de que los almendros se hicieran viejos y los pueblos grandes, existió la aldea  Glemsel. Tan pequeña y adentrada en los bosques, que hasta su propio reino la fue olvidando con el tiempo. Así, el alcalde, que generación tras generación heredaba el cargo, terminó siendo la máxima autoridad. Tres senderos de difícil paso llevaban hasta el pueblo, y los aldeanos, tildados de ironía, les pusieron nombre: olvido, indiferencia y abandono.

 

La singular situación, sin soldados de la guardia real ni decretos que, aun vagos y añejos, llegaran a aquellas tierras, les obligó a crear sus propias leyes para conservar el bienestar. Los residentes de comportamientos delictivos, de pensamientos extraños o el mínimo brote de maldad, eran exiliados a un cercano valle llamado Onde. Con los años cada vez fueron más los repudiados como castigo, y crearon su propio pueblo, con sus familias y sus leyes. Así, aquellos que su comportamiento era extraño, de conducta bondadosa o demasiado correcta, eran expulsados a la aldea de Glemsel donde se les acogía con fervor.


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La esencia del alma


Si me arrancas todos mis defectos…

 

Mucho antes de que los almendros se hicieran viejos y los pueblos grandes, existió la aldea  Glemsel. Tan pequeña y adentrada en los bosques, que hasta su propio reino la fue olvidando con el tiempo. Así, el alcalde, que generación tras generación heredaba el cargo, terminó siendo la máxima autoridad. Tres senderos de difícil paso llevaban hasta el pueblo, y los aldeanos, tildados de ironía, les pusieron nombre: olvido, indiferencia y abandono.

 

La singular situación, sin soldados de la guardia real ni decretos que, aun vagos y añejos, llegaran a aquellas tierras, les obligó a crear sus propias leyes para conservar el bienestar. Los residentes de comportamientos delictivos, de pensamientos extraños o el mínimo brote de maldad, eran exiliados a un cercano valle llamado Onde. Con los años cada vez fueron más los repudiados como castigo, y crearon su propio pueblo, con sus familias y sus leyes. Así, aquellos que su comportamiento era extraño, de conducta bondadosa o demasiado correcta, eran expulsados a la aldea de Glemsel donde se les acogía con fervor.


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Según lo mires


Me siento libre… Más desconozco la libertad.

Temía el rey que su hijo lo sucediera siendo un hombre injusto. Llamó al filósofo del reino, y le hizo la siguiente petición.

- Deseo que hagas entender a mi hijo que es la libertad.

El filósofo mostró al niño una jaula con un ave dentro.

- ¿La ves? No es libre. La enjaulan las injusticias, la religión y la opresión. ¿Quieres liberarla?

El niño asintió y el filósofo aproximo la jaula a sus manos.

-¿Es esa ave como los ciudadanos de mi reino? –Preguntó con inocencia mientras asía la portezuela.

El padre no dejó respuesta. Afirmó al hijo que mañana liberarían al ave, y despidió al filósofo dando por terminado su trabajo.

Pero al día siguiente, el filósofo, curioso se asomó por la ventana de palacio para ver el resultado de sus enseñanzas, y su corazón entristeció. El ave revoloteaba feliz. Así era la libertad… Una jaula más grande.


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Reflejo


REFLEJO

Cuando echas a la mentira de tu casa…

Mónica miró al delator espejo horrorizada. Día tras día ganaba peso sin cesar. Comenzó mil dietas que demostraron ser inútiles. Sentía como sus tobillos se inflamaban a causa de su obesidad.

Los amigos la intentaban engañar con piadosas mentiras. Pero ella captaba las furtivas miradas de los transmutes y las escondidas risas. Procuró salir lo mínimo e indispensable.

En un arrebato de impotencia exilió todos los espejos de la casa… ¡No fue un remedio! Su inmensa y amorfa silueta se reflejaba, cual cruel mofa, en las vitrinas, ventanas y cualquier superficie brillante. Aprendió a caminar mirando al suelo para evitar el espanto de su metamorfosis. Tampoco sirvió de nada, pues el cansancio de arrastrar semejante cuerpo era un perpetuo recuerdo de su estado.


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Que el cielo lo juzgue


¡Que el cielo los juzgue!

Una vez, Alá alcanzó la frontera del conocimiento. Al otro lado, Dios, lo miraba con desprecio.

Caminó muy solemne, contemplándolo por encima del hombro. Dios lo imitó.
Esto lo enfureció aun más, y aproximó su rostro en tono amenazador a apenas unos centímetros. Dios hizo lo propio sin ceder una décima.

Alá se mantuvo durante largos minutos; Con la mirada desbordada en reto y el cuerpo erguido. Esperaba que su oponente se cansara. No sucedió así. Cuando ya no pudo más, que hasta el cuerpo le temblaba, cedió. Pero cual sería su alegría. No fue vencido del todo; Dios cedió al mismo tiempo mostrando sinónimo agotamiento.

Alá sonrió para hacer suya la victoria. Pero, ni antes ni después, si no al mismo tiempo, Dios hizo lo propio. ¡Ahora lo comprendía! ¡No era una coincidencia! Lo estaba imitando. ¡Era pura burla!


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El callejón


EL CALLEJÓN

Una vez me dijeron cual es la sensación que deja la muerte. No es exactamente dolor… Es la ausencia de esperanza.

Andrés penetró en el inhóspito callejón, quería recuperar su balón perdido. Miró al fondo para divisar un frió muro, pues aquel canino no llevaba a ninguna parte, tan solo era la enemistad entre dos edificios.

Algo le llamó la atención, se aproximó al solitario muro para admirar con asombro el esbozo de una silueta femenina. A pesar de ser incompleta se intuía perfección y belleza.

Pasaron algunos días. Andrés recordó la silueta del muro y corrió hacia ella preso de la curiosidad.
Ahora la obra comenzaba a tener rostro. Trazos rápidos que daban pistas de dulzura, sus manos también estaban definidas.

Poco a poco la pintura avanzaba. El muchacho se apresuraba cada tarde hasta el callejón. La incompleta mujer transmitía sentimientos desde su viveza de colores. Andrés se sentía abrazado por ellos. ¡Era tan dulce! ¡Tan bonita!


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Dímelo


DIMELO

En ocasiones, utilizamos las flores para expresar un sentimiento…

Adrián entró enfurecido en su nueva habitación. ¡Odiaba las mudanzas! Otra vez tendría que conocer las calles y hacer amigos empezando desde cero.

Se asomó por la ventana observando la ciudad. A apenas unos metros, otro edificio robaba la luz del día proyectando su opulenta sombra sobre el suyo. Una de las ventanas del avaro edificio se abrió, y lo que tras ella vió lo arrebató de sus pensamientos; Una hermosa muchacha, tumbada en la cama, hablaba a su madre. Esta le colocaba bien la almohada. A pesar de la palidez irradiaba alegría. A su pelo lo envidiaba el oro y de sus labios alumbraban el amanecer. De súbito, dirigió su mirada hacia Adrián y tras unos segundos sonrió. El muchacho retrocedió escondiéndose, rehén de aquellos castaños ojos, que durante la noche soñó.


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Cuentan


Cuentan…

Cuentan, que un día, la soledad vió su reflejo en un río y entristeció. Comprendió que le faltaba algo. Se sintió incompleta. Para cambiar tan amarga sensación, en un arrebato de egoísmo, comenzó la creación de una madre, sería el comienzo de un ser con cualidades suficientes para cuidarla y mimarla. Capacitada para dar sin pedir; Para agradecer en beneficio ajeno.
Tras concienzuda labor, quedó por llenar el corazón.

Posó en él constancia y mucho cariño. Fuera de él dejó el sufrimiento y la preocupación.
Lo sació de comprensión y dulzura. Alejó los desvelos y llantos.

Con su impaciencia por acabar tan suprema creación, tropezó volcando en aquel corazón todo aquello que apartó y desestimó.

¿Cómo repararlo? ¿Qué podría compensar tal desastre? Pronto lo supo; creó cuantioso amor. Pero por mucho que empujó, nada más cabía en aquel corazón. Era imposible meter allí tanto amor.


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Cuando no existe la luz


Cuando no existe la luz…

Caulí corrió por el bosque. Un oportuno accidente en la caravana-jaula le permitió escapar. No era un reo; era negra carne de comercio. Por aquellos contornos no pasaría desapercibido, toda la zona practicaba el esclavismo, y su color de piel era demasiado delator.

Tras largas horas de carrera tropezó con un poblado oculto en la espesa arboleda. A pesar de estar entrada la noche ninguna luz destacaba en las ventanas. Penetro en sus oscuras calles con temor. Escuchó lejanos tintineos por todas partes. Pero nada comprendió.

Alguien tropezó con su espalda, y el se giró aterrado. Pudo ver a una blanca dama que le reprochó:

-¡Estas loco! ¿Por qué no llevas los cascabeles en los zapatos?

- ¿Cascabeles? –Preguntó asombrado mientras la dama palpaba su cara.

- ¡Tu no eres de este pueblo! ¡No puedes quedarte sin el permiso! – Y aferrándolo del brazo lo empujó hasta una gran casa.


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Como hermanos


COMO HERMANOS

¿Qué es el odio? ¿Un enemigo del amor? ¿Cuál más poderoso?

En el pequeño pueblo fue un nacimiento sonado. Dos hermosos gemelos rebosantes de salud. El primero alumbró con facilidad, como si ansiara llegar a este mundo. El segundo se agarró a las entrañas de la madre hasta matarla… Algo que el padre no perdonó jamás.

Al primero lo llamó Carlos, dedicó todo su tiempo y esfuerzo para darle felicidad. Las mejores ropas, los halagos más dulces, los mejores colegios.

Al segundo lo llamo Pedro… Y asesino en privado. Lo vestía con harapos y le dedicaba palizas e insultos a la menor oportunidad. Era fácil distinguirlos a pesar de ser idénticos;
El mal vestido y cabizbajo, aquel de expresión triste y amargada era Pedro. El de faz resplandeciente, que dedicaba una sonrisa al aire en plena mañana, era Carlos. El amado.


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