Mi boli
El bolígrafo me lo había regalado mi abuelita. Era MI bolígrafo, y no tenían ningún derecho de apropiárselo. Aunque en aquel momento no me di cuenta. La verdad la he descubierto de pronto, como por ensalmo, cuando por una de esas inexplicables relaciones cerebrales el recuerdo ha aflorado en mi mente. Suele ser durante episodios de autocompasión cuando, supongo que para segregar adrenalina antes del ataque, en mi cerebro se produce una implosión de recuerdos de provocaciones ignoradas. ¿El ataque? Sí, ese ataque, el ataque a la delusoria sociedad.
Aquel día Olga me preguntó inocentemente si le regalaba el bolígrafo. ¡Menuda caradura! No sé qué le conteste, pero de seguro expuse una excusa bastante razonable, pues por aquel entonces más de la mitad de alumnas de mi clase me aterrorizaban. Formaban una prole de vanguardistas inconformes, o para ser más literarios, de vagas redomadas macarras e intimidantes. Estábamos en aquella edad en la que para triunfar es necesario ser agresivo, y desgraciadamente yo era uno de los blancos más suculentos a tal objetivo.







