SOPA DE RELATOS

Encuentra al escritor que tienes dentro

Mi boli


   El bolígrafo me lo había regalado mi abuelita. Era MI bolígrafo, y no tenían ningún derecho de apropiárselo. Aunque en aquel momento no me di cuenta. La verdad la he descubierto de pronto, como por ensalmo, cuando por una de esas inexplicables relaciones cerebrales el recuerdo ha aflorado en mi mente. Suele ser durante episodios de autocompasión cuando, supongo que para segregar adrenalina antes del ataque, en mi cerebro se produce una implosión de recuerdos de provocaciones ignoradas. ¿El ataque? Sí, ese ataque, el ataque a la delusoria sociedad.

   Aquel día Olga me preguntó inocentemente si le regalaba el bolígrafo. ¡Menuda caradura! No sé qué le conteste, pero de seguro expuse una excusa bastante razonable, pues por aquel entonces más de la mitad de alumnas de mi clase me aterrorizaban. Formaban una prole de vanguardistas inconformes, o para ser más literarios, de vagas redomadas macarras e intimidantes. Estábamos en aquella edad en la que para triunfar es necesario ser agresivo, y desgraciadamente yo era uno de los blancos más suculentos a tal objetivo.


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Mi más desquiciado sentido


Hueles a tierra. Hueles a hombre. Tu piel tiene el olor del viento, olor que viene y va si entrecierro los ojos. Te escapas y vuelves, cada vez perfumado de nuevas sensaciones. Hueles a miedo y esperanza. Hueles a lujuria, hueles a ternura. Si la pasión ardiera, tú serías el olor del fuego. Hueles a tarde de pueblo, cuando el calor se pega a los pequeños cuerpos que juegan en los patios. Pero te escapas con el gong que llama a la mesa, con voz de mujer, desde los balcones. Vienes y vas y tu sudor se respira con calma; a veces con el misterio de lo conocido, a veces como un pactado misterio. Te escapas y vuelas, pero es que tu aroma no lo pueden retener las manos. Te intento agarrar y me asfixia el esfuerzo. Pero es en vano, porque te vas, te vas como los ríos de fragancias se retuercen a su antojo. Y, como un guiño, me dejas ese recuerdo tuyo en el aire, recuerdo que se desvanece si no vienes con tu aliento de sueño y café a recordárselo a mi mañana.


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Antes muerta que sencilla


Decía que buscaba a un tipo corriente, pero ninguno era suficientemente bueno. Cuando por fin lo encontrara, adoraría a su novio popular, con quien pasaría horas escuchando el silencio de sus diferencias. Las chicas de hoy en día son unas zorras, criticaba mientras se subía la minifalda.
Presumía de su gran casa con pista de padel y vistas al mar, mientras veneraba a escondidas la vida de las heroínas de película que alcanzaban a pulso sus sueños. Hacía gala de ese cinismo convencional de quienes carecen de ideales, cacareando con petulancia opiniones ajenas. Y aunque siempre tuvo curiosidad por aprender, vivía demasiado cómoda en su sueño de princesa. Visitaba los locales de moda, coleccionando amigos desconocidos de cuya cantidad pavonearse.
Le preocupaban los problemas sociales y las crisis humanas, pero antes que en obras de caridad prefería gastarse cinco euros en comprar la Telva y la Hola. La colonia, Chanel, sin que nunca lograra encontrar un perfume que disimulara la mediocridad. Le encantaba sentirse el centro de atención, pero por las noches lloraba su soledad. Vestía con clase para que la piropearan los obreros y las niñas la imitaran. Caminaba contoneándose por presumir de la figura que había conseguido a base de dietas, para después criticar a quienes se contoneaban frente a ella. Envidiaba la amistad ideal de sus novelas, pero no podía evitar el morbo de las batallitas y rumores con sus propias amistades.
Y, al fin, podría alardear de haber dejado a medias su carrera para dedicarse en cuerpo y alma a su marido experto en bolsa, en una casa con pista de padel y vistas al mar. Con dos hijos vestidos a conjunto. O, si había suerte, con tres.


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Del destino


• 09/11 Desde hace unos días me viene sucediendo algo bastante extraño. Todo empezó cuando, al estar echándome la siesta, soñé que una amiga que se había ido de misionera a Brasil se presentaba en mi casa de improviso. Hasta ahí nada raro, os diréis. Pero la sorpresa llegó cuando, a los cinco minutos de despertarme, nadie más y nadie menos que Ángela se presentó en mi casa hablándome emocionada acerca de sambas y caipirinhas.
Qué curioso déjà vu, me dije. Y sin darle más vueltas aquella noche me eché en la cama y dormí más ancho que largo. Me desperté, como cada lunes, maldiciendo el despertador y su puñetera estampa. Cuando llegué a la Escuela mis compañeros de clase me recibieron entre contentos y resentidos. Les acababan de comunicar que se suspendía la clase porque el profesor estaba en cama, pero claro, ya podía haber avisado para ahorrarnos a todos el madrugón. Me quedé paralizado unos segundos y recordé mi sueño de esa misma noche. ¿Un infarto?, pregunté. Ante la respuesta, me horroricé.
Transcurrieron unos días sin que la situación se repitiera. Dormía con un ojo abierto, temeroso de que algo así pudiera realmente estar pasando. Cada día, nada más levantarme, apuntaba frenético todo lo que recordaba haber pensado en mi duermevela, para no dejar escapar ningún detalle. Pero las mañanas sucedían a los sueños sin que pareciera existir ninguna nueva conexión entre ellos.
Finalmente, esta misma noche y tras largos días de insomnio, mi cuerpo no ha podido resistir más el cansancio y he caído rendido.
Después de lo ocurrido hoy, no puedo hacer ojos ciegos a la evidencia. Un barco ha naufragado vertiendo todo el petróleo en el mar, pero lo realmente malo es que yo sabía que iba a suceder. ¿Será que con mis sueños defino los acontecimientos, o que por alguna extraña revelación se me comunica todo lo que va a suceder?


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De la perfección


            Fue como si de repente me encontrara en otro lugar, desconocido y a miles de quilómetros de esa estación. Un simple roce al hacer transbordo en Moncloa, y toda la realidad dejó de tener sentido. No se trataba de nada físico, era algo más, quizá sólo la sensación de calor que me transmitía. Era como si todos mis anhelos, incluso deseos tan recónditos que ni tan solo yo sabía poseer, se materializaran allí mismo. Pero me quedé helado como un pasmarote, dejando que se me escapara. Ella, la mujer perfecta, el ideal.

            Su imagen nunca se borró de mi memoria. Por eso semanas después, sentado en una cafetería del centro, me bastó una mirada para reconocerla. Esas manos, esa sonrisa… y, sobre todo, su perfume. Traté de contener el aliento para evitar así el efecto narcótico que su olor me producía, pero la fascinación persistía. Nunca hubiera creído que un sentimiento tan ilógico pudiera arrebatarme la razón así, y allí estaba. O ya no. Se escapó de nuevo.


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