SOPA DE RELATOS

Encuentra al escritor que tienes dentro

Gafas de pasta


Mi perro me ha robado las gafas y me mira con desdén. Con cierto porte aristocrático, como si el pijama que llevo fuera indecente. Como si las rayas azules y blancas no fueran dignas o mis pantuflas indecorosas. Abre la boca y pronuncia con absoluta claridad las siguientes palabras:

-Los argumentos en contra de la locura caen con un leve susurro.

No deja de tener razón, pero prefiero seguir viviendo como si no hubiera ocurrido. Son las tres de la tarde y es mi hora de desayunar viendo las noticias.

Por ahí asoma la rubia de todos los días, me pregunto cuántas neuronas usará para leer su texto. Me dedico durante la hora que dura el telediario a buscar patrones. Crisis y Cristiano Ronaldo empiezan por “cri”. Alerta naranja por lluvias y guerra justificada me suenan las dos a berrido.


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El abrigo verde


Unos pasos cansados pero pertinaces se hunden en la nieve en un vano intento de arañarle a la estepa unos cuantos centímetros más de vida. Como si de una vela rasgada se tratase, un abrigo verde y grueso pende entre jirones de la encorvada espalda del soldado. Apenas ya una sombra y un suspiro en medio del viento.

Ya no hay sitio para pensamientos complejos o algún tipo de introspección, tan solo un dolor agudo y lacerante que desgarra los dedos de las manos y los pies con sus dientes de hielo. El frío se materializa en las pestañas y en la barba en forma de cristales que finalmente empapan la bufanda y llegan a convertirse en vapor caliente bajo varias capas de abrigo.

Si tuviera fuerzas, lloraría.

Sobrevivir unas horas más es un tormento impuesto por la interminable sucesión de pasos y crujidos sobre la nieve.


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Rol


El ocaso llega a las verdes faldas de las montañas Wymbarr con rutinaria placidez. Los trolls de las cavernas vuelven a sus guaridas para cenarse a sus retoños, los grandes huargos de las nieves se desperezan después de un día de inactividad y los elfos de la luna surcan las primeras luces del ocaso a lomos de sus Águilas Rey.

En medio de toda esta quietud, un guerrero de nivel quince trepa por la ladera más rocosa y escarpada, con sus manazas cobrizas arañando con fuerza las piedras y terrones de arena.

Muy lejos de allí, en una urbanización de Torrelodones…

-Tira percepción. –La voz adolescente casi rompe la atmósfera.

De repente, Randall detiene su ascenso cuando desde la cumbre, cae un peñasco del tamaño de un oso. Lo ve justo a tiempo y lo esquiva por escasas pulgadas (alrededor de dos dedos gordos de pie) gracias a su +9 en reflejos. No en vano le llaman el Intrépido de Tantalia.


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El reflejo en la ventana


En la habitación de un hotel de tres estrellas, la mirada ausente de un hombre que disfruta del tabaco atraviesa la ventana para perderse por los tejados y azoteas del centro de Madrid. El azul de sus ojos se torna gris cuando la luz del ocaso atraviesa el humo lechoso del cigarro.

Un poco más atrás, una chica con coleta y vestida con vaqueros y camiseta amplia le observa en silencio, sentada sobre la cama. A pocos pasos, descansan sobre el escritorio una grabadora y un cuaderno de notas, junto a un cenicero lleno de cigarros. La habitación huele a un humo de tabaco condensado a lo largo de horas de conversación, que se une en lenta procesión al olor de la nicotina adherida sobre la moqueta y al ambientador con aroma a lavanda.


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El aterrador jersey errante: segunda parte


Me flaqueaban las piernas y tardé algo más de lo normal en volver a la habitación. La llama de la velita que llevaba en la mano temblaba por la corriente y en el pasillo se oía cómo las gotas sonaban en las ventanas de las habitaciones como insectos golpeando contra un parabrisas.

La puerta de mi habitación estaba entornada, aunque no recordaba haberla cerrado en mi anterior huida, así que la tuve que empujar con el cuchillo jamonero. Vi un relámpago a través de la ventana y una silueta sobre mi cama.

Creo que me quedé de piedra o algo así, porque comencé a mover la boca y los brazos como si fueran de madera. Encima de mi cama y mirando hacia la ventana estaba el jersey de rayas blancas y azules que me había puesto esa misma mañana. Sí, sí, lo he dicho bien, estaba levantado y mirando hacia la ventana en posición contemplativa.


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El aterrador jersey errante: primera parte


Mierda, esto no debería estar pasando, no puede estar pasando. Pero aquí estoy, sentado sobre una cornisa y al borde del vacío. A punto de tirarme para acabar con mis sesos esparcidos por la acera, al lado de un cartel de Colgate. Sé que no es un final digno, pero yo no soy un caballero Yedi y las cosas, bueno, mejor dicho esa cosa, me  han superado. En fin, empezaré por el principio, por el jodido comienzo.

Era una tarde de esas en las que el aire es espeso y caliente, y el ambiente parece estar esperando o escuchando tus pasos, en medio del sonido de los papeles rodando por las aceras. Iba a caer una tormenta de esas que tienen gotas gordas como canicas y relámpagos púrpuras. El caso es que iba  a caer una tormenta que lo flipas. Yo lo notaba y por eso volvía tan rápido de la facultad.


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Kilómetro 666.0 3 de 3


Primera parte

El coche sigue sin arrancar, pero ella lo intenta. Poco después, enciende las luces de cruce, pero no ve nada aparte de los espectros semigaseosos que dibujan los haces de luz.

Pasan varios minutos interminables. Intenta llamar con el móvil, y la luz lechosa que proyecta, le permite ver que la ventanilla del copiloto está totalmente empañada. Ni el parabrisas ni la de detrás, la del copiloto. Sólo la del copiloto. A decir verdad ni siquiera se ha dado cuenta de ese detalle.

Pasa el tiempo llorando, asustada y sin saber qué hacer. No se da cuenta de que la ventanilla del copiloto se desempaña. Mira el móvil. Sin cobertura. Le da al contacto. El coche arranca.

¿El coche arranca?

Abre los ojos como platos y acelera. Pero no controla bien el embrague, el motor da un empujón y el coche se cala.


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Kilómetro 666.0 2 de 3


Primera parte

-Joder, esto es surrealista. –Pone su dedo derecho en el botón y baja la ventanilla del copiloto.

-¡Hola! Perdona que te moleste. –Dice la señora en tono de disculpa. Tiene el pelo grasiento y recogido en una coleta, y no hay maquillaje que oculte sus ojeras y su mirada cansada. – ¿Se ha roto el coche? –Le cuelga un hilillo de baba de la comisura derecha.

-Sí, me ha dejado tirada. –Sonríe con amabilidad.

-¡Ah! Vaya noche, ¿eh? –Se queda pensando. – ¿Tienes un cigarro? Puedo comprártelo. –Su mirada tiene algo ausente, como si por dentro estuviera pensando en otra cosa. Por fuera, la mujer parece frágil y cansada, como una vagabunda. La bata está gastada y llena de churretes de varios colores indescriptibles.

-Nooo, se me ha gastado el paquete. –Para confirmarlo coge el paquete espachurrado y se lo enseña a la señora. –Bueno, ya vienen a por mí. Estoy bien. –La chica sonríe con todos sus dientes pero sin ganas.


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Kilómetro 666.0 1 de 3


El motor del Audi A4 es tan diésel como el que más, pero aún así experimenta la fatiga del paso de los años cuando el pie de la chica presiona el pedal del acelerador, hasta dejar el motor a más de tres mil revoluciones por minuto. Y lo cierto es que ella tiene prisa. Cuando salió de Madrid ya eran más de las nueve y media, ha pasado del día con David, y el camino hasta Segovia es un poco coñazo. Y ella sin cenar. Por suerte, a esas horas ya no hay demasiado tráfico en la autovía y puede ir tranquilamente a ciento cincuenta. Su padre se echaría las manos a la cabeza pero a ella no deja de resultarle divertido.

Reduce y frena con cierta brusquedad, el hip-hop resuena en los altavoces y el coche abandona la autovía para encarar el último tramo de carretera hasta llegar a su guarida. Le espera un tramo de veintitrés kilómetros de curvas y cuestas, que la chica llama con cierta sorna la carretera “Gran Turismo”.


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El evento


El sujeto circula por encima de la velocidad permitida, a pesar de los copos de nieve que se derriten en el sucio parabrisas de su sedán azul oscuro. Una ola de frío aguda y repentina de polaridad helada y malencarada, gustosamente cargada de adjetivos por los pseudocientíficos que se hacen llamar meteorólogos, barre el campus y deja narices rojas y bonitos gorros otoñales cubriendo elegantes y jóvenes cabelleras, o crestudas seseras. El estudiante se dice que ya no hace ni frío ni calor, hay olas de lo uno o de lo otro, del Sáhara o de Groenlandia, pero no simple calor o frío. Eso ya quedó atrás, como los telégrafos o como el educado “buenos días” en la cola del autobús.


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HIELO: QUINTA PARTE


Primera parte
Cuarta parte

Las letras aquí son más difíciles de entender, y el papel está arrugado allí donde cayó alguna lágrima. En uno de los bordes hay una mancha marrón.

Hemos empezado a oír gritos inhumanos en la habitación de las literas. Dressler ha cogido los sedantes, Ana se ha hecho con el hacha y yo me he armado con el revólver naranja de bengalas. ¡Yo tendría que haber cogido el hacha! Yo soy más fuerte, y Dressler tenía la muñeca rota. No podré perdonármelo nunca.

Los gritos eran espantosos, pero a veces me recordaban a la voz de Wolff. Hemos abierto la puerta y…Había sangre en las paredes, en el suelo y en las literas. La luz era tan escasa que las manchas eran de color negro. Wolff estaba de pie, con algunos cinturones colgando de sus brazos, golpeándose torpemente contra la pared, una y otra vez. Le chorreaba sangre de la boca y tenía la cara deformada por los golpes.


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HIELO: CUARTA PARTE


Primera parte

Tercera parte

23 de enero

Anoche volví a escuchar ruidos en el pasillo oscuro. Como si alguien estuviera arrastrando algo. Preferí taparme con la manta y seguir durmiendo. ¿Me estaré volviendo loco?

La bacteria tiene un comportamiento extraño. Es capaz de crecer a muy bajas temperaturas hasta que encuentra a un hospedador. Después cambia su comportamiento y crece muy rápidamente. Nunca habíamos visto algo así. Su composición química es peculiar. Ana dice que podría tratarse de un microorganismo alienígena, que hubiese llegado desde el espacio en un meteorito. Yo opino que es un fósil viviente. No hay forma de comprobarlo.

Hemos metido el paquete con la Wolffelia y todos los datos que hemos recopilado en el montacargas. Tendremos que esperar a mañana para subir, porque están preparando un equipo de desinfección. ¡Como si no hubieran tenido tiempo! Si no me sacan de aquí, me volveré como uno de esos ratones. He tenido que meterlos en dos bolsitas de plástico y tirarlos en el contenedor de residuos biológicos.


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HIELO: TERCERA PARTE


Primera parte
Segunda parte

15 de enero

Los días son agotadores. Apenas dormimos aquí abajo. Trabajamos tanto como podemos para acabar lo antes posible. Hoy Jan se ha desvanecido mientras trabajaba en la campana y se ha cortado con los cristales de un matraz, a pesar de los guantes plásticos. Nos ha suplicado que no le subiéramos con los enfermos. Se ha lavado la herida y se ha echado a dormir, entre lágrimas. Isaac le ha administrado un sedante y le ha subido a observación. Ahora somos cinco. Ya no podré hablar español con nadie. Bueno, quizás con este diario.

Estoy en mi litera y no puedo dormir. Casi puedo notar en las paredes la presión del hielo. El metal cruje y me llegan amortiguados, de vez en cuando, golpes y lamentos en el piso superior. ¿Cómo estará Jan? Mañana hablaré por radio con Marta, esos cabrones no tienen motivos para restringir las comunicaciones.


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HIELO: SEGUNDA PARTE


Primera parte

Semana 4

-No estamos seguros, pero parece que se transmite por vía aérea. -Con unas pocas palabras en perfecto inglés, Larsson, el noruego al mando de los equipos científicos del “Polar Star”, lanza un jarro de agua fría a todos los presentes, apiñados en torno a una modesta mesa de reuniones. Fuera, la ventisca aúlla y zarandea la triste silueta del barco atrapado por el hielo.

Larsson rompe el incómodo silencio y continúa. -Gracias al trabajo de Aly –La bióloga asiente al ser mencionada- hemos descartado la transmisión vía agua o alimentos. Al parecer la patología se hace evidente primero en el sistema digestivo en forma de pequeñas hemorragias internas y diarrea, pero después afecta al sistema nervioso…Estamos trabajando en mejorar el aislamiento de los enfermos y en la protección del personal sanitario. -El hombre se levanta y mira a los presentes con gravedad. –Tendremos que establecer medidas de cuarentena. Jhon os dará los detalles. -Larsson abandona la sala apresuradamente para entrar en un aseo.


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HIELO: PRIMERA PARTE


Semana 3

Hay un barco inmóvil en algún lugar del Ártico, aguardando estoicamente el deshielo que este año llegará con retraso. El hielo aprisiona en un abrazo implacable el casco rojo de la nave de investigación, mientras el viento aúlla entre mástiles y antenas. La gente vive en el interior gracias al Wi-fi, gruesos jerseys de lana y cafés de dudosa procedencia, para aderezar las maratonianas jornadas de trabajo.


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Lluvia inesperada


La carretera serpentea como una lengua negra frente a las luces del pequeño Volskwagen. Fuera, una espesa cortina de gotas repiquetea sobre la pulida superficie azul, mientras los faros siegan la oscuridad a medida que el escarabajo recorre con fatiga el trazado del puerto. Los abetos y las escuetas señales de tráfico se convierten en siniestras siluetas espectrales que parecen desear aferrarse al parachoques plateado o al tubo de escape cromado. Dentro, Wagner acalla cualquier temor con la imponente estridencia de sus acordes. La calefacción resopla, los cristales se empañan y el “limpia” apenas da abasto con la tromba de agua.

La chica no le da respiro al embrague ni a la caja de cambios, y mantiene un ojo puesto en la temperatura del agua, por si las moscas. No sería la primera vez que su pequeño tiene problemas con el radiador.


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El Caminante


Es una tarde lánguida y grisácea que se extiende hasta un horizonte grasiento de nubes cenicientas. La luz apenas puede atravesar el polvo y las volutas deshilachadas, así que cae ya herida sobre las ruinas de los edificios, que parecen sacudirse de vez en cuando, con crujidos lastimeros, el silencio pegajoso que está adherido a sus paredes, a los muebles abandonados, a los retratos antiguos.

Lud es de todo menos ruidosa, pero por sus calles el viento puede volverse corpóreo y arrastrarse con pesado aliento, como si dejase de ser viento que vuela para ser un susurro sofocante que resuena en los muros derribados, para ser un gemido arrancado de las ramas que se alzan como suplicantes brazos espectrales hacia el cielo plomizo.


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El Valle de Todas las Cosas


Érase una vez en no sé dónde, que nació y creció un niño llamado Alguien. Creció fuerte y alto como un roble y se enamoró de la princesa Fulanita de Tal. La corte y la caza le aburrían, así que Alguien decidió acudir al rey antes de casarse con Fulanita.

Con sus mejores galas entró en la sala del trono del Rey Mengano de Cual.

-Deseo vivir aventuras, ver el amanecer sobre el mar y el canto de los halcones sobre los árboles.

-En realidad lo que quieres es hacer algo, joven Alguien.-El rey se volvió y llamó al Mayordomo Real-. Que ensillen a Rápido y que carguen en sus alforjas comida para un largo viaje.

Alguien emprendió su marcha al amanecer, tras despedirse de una atribulada Fulanita, con el sol en su espalda y el camino bajo los pies de su caballo.


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Iquor L-3


La música acariciaba la psique de Fangor Eisenhart mientras levitaba sobre la vasta extensión de un océano virtual. Descendió hasta casi tocar la superficie del metano y aceleró tanto que levantó una enorme estela espumosa que podría estallar con una leve chispa. De repente, el horizonte se abombó y ante él se materializó el rostro de Coriolis, su segundo al mando.

-Krutzberg, hemos llegado a Iquor L-3. -El oficial parecía brotar directamente de las ondulantes extensiones del océano. Fangor cerró el sistema de simulación y la onírica escena dio paso a las frías paredes del camarote. Se frotó los ojos y suspiró.

-Bien. Ahora bajo.

-Is tian, Krutzberg.

Cuando Coriolis cerró la compuerta, el Krutzberg Fangor se aproximó al ventanal para observar aquel objeto errante. A simple vista no percibió nada en particular. A poca distancia, una estrella bastante mediocre llamada Iquor mantenía en su órbita un reducido sistema de masas.


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¿Quién pudiera madrugar más?


Me gustaría levantarme más temprano cada mañana para coger el tren y no utilizar el coche. Así podría cerrar los ojos bajo el agua caliente de la ducha, afeitarme y vestirme antes que hoy. Podría desayunar media hora antes, escuchando las mismas memeces de siempre con mi cerebro nublado por los velos del sueño. A pesar de que mis ojeras me lo agradecerían, no se trata de un extraño instinto masoca. Confieso que despegar cada mañana la cabeza del calor de mi almohada me parte el corazón.

Distintos factores geográficos y estratégicos me obligan a coger mi utilitario para desplazarme a la facultad. El tren no es una opción, no puedo madrugar más y acercarme a la estación. Digo que no puedo no por capricho o comodidad, lo digo porque realmente no hay estación. Aunque la hubiese, tampoco hay raíles lo suficientemente cerca como para que algún vagón se deslizase por ellos.


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