SOPA DE RELATOS

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Rol


El ocaso llega a las verdes faldas de las montañas Wymbarr con rutinaria placidez. Los trolls de las cavernas vuelven a sus guaridas para cenarse a sus retoños, los grandes huargos de las nieves se desperezan después de un día de inactividad y los elfos de la luna surcan las primeras luces del ocaso a lomos de sus Águilas Rey.

En medio de toda esta quietud, un guerrero de nivel quince trepa por la ladera más rocosa y escarpada, con sus manazas cobrizas arañando con fuerza las piedras y terrones de arena.

Muy lejos de allí, en una urbanización de Torrelodones…

-Tira percepción. –La voz adolescente casi rompe la atmósfera.

De repente, Randall detiene su ascenso cuando desde la cumbre, cae un peñasco del tamaño de un oso. Lo ve justo a tiempo y lo esquiva por escasas pulgadas (alrededor de dos dedos gordos de pie) gracias a su +9 en reflejos. No en vano le llaman el Intrépido de Tantalia.


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Irregular Elis: Ocupo tu lugar, no te preocupes


Relato basado en el universo de mi webcómic “Irregular Elis”

 

El grillo canta; identificando canción… hummm, nada, creo que este es tan amusical (si es que existe esa palabra) como todos los demás de su especie. ¿Por qué carajos me distraigo de la misión?

Elis estaba ya tras el muro de las oficinas, la noche la cubría en sombras ayudada por la sombra de dicho muro. El guardia cercano parecía gemir una melodía (parece que él si entendía la canción del grillo) y sus pasos eran tranquilos y bajos pero audibles con buena atención. La niña se atrevía a aventurar que giraba su porra a un lado en plan vacilón, como si alguien le observara todo el tiempo. No se equivocaba en parte.

El tipo parece fácil de distraer, bien, solo tengo que esperar el momento oportuno y entrar aprovechando mi poder. ¿Dónde habré puesto el espejo…? Aquí está, la madre con Holy, tenía que ser uno de esos con florecitas como adorno… luego me dice a mi…


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Relatos Historicos, Segunda Entrega


Año 1808, día dos de Mayo, Madrid.

Mientras terminaba el ultimo trozo de mi humilde hogaza de pan que recibía todos los Sábados, como salario, el viejo se me acercó, me golpeó suavemente el hombro y me dijo:

- Hoy van a pasar cosas, chico, verás.

Pensé que lo unico que iba a pasar era que los gabachos de mierda iban a seguir violando a las mujeres y comiendose nuestra comida, que ya de por si era poca. ¿No iban a Portugal? Porque yo les veo aquí muy a gusto. Descendimos por las callezuelas de la ciudad que desemboca en la plaza, cruzandonos con conocidos y con conocidas, con ladrones, hosteleros, nobles, amigos, familiares e incluso novias. Todos tenían la misma expresión en el rostro: algo estaba pasando. Tenían gestos de inquietud, como si estuvieran esperando algún tipo de señal. Era todo muy raro, todos parecían tener un plan en el que yo no me veía incluido y que seguro traería problemas. ¿Pero qué? Seguimos avanzando por las calles de Madrid hasta recaer en la imensa Plaza Mayor. Solo fué cuando el viejo me susurró lo del Palacio Real, cuando de verdad me alarmé.


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El otro Viernes


Robinson se encontró con un indígena en la playa al que, casi de inmediato, convirtió en su lacayo.

Con el trascurso de los días le enseñó su lengua, lo vistió y le explicó para qué servía el vestido y en qué consistía la vergüenza. Le habló de su dios. También lo instruyó en modos diferentes de trabajar ciertos materiales, diseñar herramientas y casas más eficientes. Viernes se deslumbró. Hizo unas cuantas oraciones en la playa y decidió convertirse en buen cristiano pero también, sin sospecharlo, se hizo comerciante.
Regresó a su aldea y explicó a sus compañeros, con vehemencia poco habitual en él, las novedades que había descubierto, pero ocultó la fuente de sus nuevos conocimientos. Se trataba -dijo a quien preguntó- de inspiración divina. Su nueva indumentaria era un ejemplo de su nueva magia. Los indígenas se mostraron reticentes pero, poco a poco, con el apoyo de los más jóvenes y curiosos, sus ideas comenzaron a practicarse con buenos resultados para los suyos. Vio crecer su influencia en muchos asuntos.
Mientras tanto, Robinson, más aliviado de su soledad, se sentó a esperar la visita de Viernes. Este se hizo esperar más de lo previsto, pues andaba ocupado en establecer su nuevo poder entre los suyos y encontrar el mejor momento para separarse del resto sin que lo siguieran.
Finalmente, cuando se volvieron a ver, Robinson le hizo conocer su intención de regresar a su tierra. Para tal empresa el apoyo del convertido Viernes era fundamental, sin embargo, Robinson se cuidó bien de hacerle entender que no era Viernes quien ayudaba a Robinson, sino todo lo contrario.


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Es hora de morir


Yo… he visto cosas que vosotros no creeríais… atacar naves en llamas más allá de Orión, he visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser.

Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.

Es hora de morir. “

Blade Runner, 1982

 

 

Qué más da que se diga cuándo empezó todo esto. La cuestión es que tarde o temprano iba a ocurrir; la conducta social derivaba inevitablemente a esto. El origen lo encontraremos en el interior de cada uno de los humanos. De lo que queda de ellos.

Durante muchos años las tres leyes de la robótica fueron inamovibles; exactas, perfectas. No llegaba la hora de producirse el peor íncubo de muchos; la revolución de las máquinas. Al fin y al cabo, no son tan perfectas como sus creadores y ni máquinas haciendo máquinas conseguían superar esa tara.


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Las joyas de una vida: penúltimo capítulo (III)


William no tenía escapatoria, pues la habitación se había llenado con los vasallos del Conde, que perseguían al jefe furtivo de los encapuchados. Las esperanzas de Beatrice se marchitaron por completo. Sus sospechas eran absolutamente ciertas. William bajó la cabeza por el peso de su vergüenza. Había ocultado a su amada para poder evitar la mirada de culpa que, de no ser por las sábanas, estarían escudriñando en ese momento cada rincón de su alma.

–No entendéis nada. Ranstings merece la paz, la necesita. Mi padre no lo comprende. ¿Qué importa que estas tierras sean de un señor o de otro? Lo necesario es la paz, el bienestar de todos. Podríamos habernos colmado con tesoros y riquezas y marchar a cualquier otro lugar, pero mi padre es demasiado estúpido. Mantiene ideas que no son prácticas para estos tiempos. De nada sirve pertenecer al linaje ni defender el honor. Lo que cuenta es la paz, a cualquier precio.


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Las joyas de una vida: penúltimo capítulo (II)


Beatrice no podía dormir. Había olido las llamas y los gritos. También se había percatado de los gemidos de dolor y del sonido de las espadas. Algo ocurría fuera. Estaba preocupada, pero no tenía miedo, porque sabía que en Ranstings estaba William, y de una manera u otra él cuidaría de ella.

Las vacas mugían de manera extraña. Algo había fuera. Beatrice empezó a inquietarse. ¿Y si alguno de los que siempre se hallan haciendo maldades por esas tierras trataba de entrar en su cabaña? No podía ser. A ella no podía ocurrirle semejante injusticia, no después de perder a sus padres, de no tener familia y de estar viviendo la mejor etapa de su vida. Además estaba William, por supuesto. Nada le iba a ocurrir en Ranstings. Pero llamaron con fuerza a la puerta, y Beatrice empezó a dudar de todo.


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Las joyas de una vida: último capítulo


Muchos años hacía ya desde toda aquella historia. A pesar del estado de salud de Elliot de Sutter, consiguió vivir muchos años más de tormento y, por supuesto, no aceptó la sugerencia de la abdicación. Como William, era un hombre de ideas bien meditadas. Su hijo vivió mientras bajo el amparo del Duque de Sussox quien, como había hecho tiempo atrás, le ayudó a instar a Elliot de Sutter para que le entregara Ranstings, otorgándole mesnadas, privilegios, y todo lo que requirió para ello, tratando de forzar a su Conde a una entrega voluntaria que nunca realizó.

Cuando llegó la deseada muerte del Conde de Ranstings, William de Sutter asumió el gobierno del condado, a falta de más miembros del linaje y, sorprendentemente, porque así constaba en el testamento de Elliot de Sutter. No obstante, William tampoco entregó Ranstings, como se suponía debía hacer. Quién sabe si fue por la codicia o por el remordimiento, pero el nuevo Conde mantuvo una nueva lucha por la defensa de aquellas tierras. La lucha por la paz es intrínsecamente imposible. La guerra, tarde o temprano, sólo engendra más guerra.


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Las joyas de una vida: penúltimo capítulo (I)


–¡Alto! En nombre de Sir Elliot de Sutter, Conde de Ranstings. ¡Deteneos y deponed las armas!

Mucho tiempo después, los encapuchados habían seguido realizando más acciones de pillaje y violencia. En esta ocasión, habían sido descubiertos por varios vasallos del Conde que aguardaban impacientes a someterlos a su emboscada. Y así había sido. Los encapuchados eran cinco, y los vasallos del Conde allí reunidos más de diez. Sin duda, el Conde Elliot se había preparado para la ocasión. Se hallaban frente a una huerta que ardía, incendiada por los asaltantes. La escena estaba bien iluminada por el fuego. No había escapatoria.

–¿Qué hacemos? –preguntó desesperado uno de los maleantes–. Si nos entregamos tendremos la clemencia del conde, ¿no?

Todos miraron al jefe, que permanecía serio.

–No hay clemencia para los traidores en Ranstings… –zanjó–.

–Esto no ha sido nunca una buena idea, ya lo sabía yo… –se desmoronó otro encapuchado entre sollozos–.


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Las joyas de una vida: capítulo 5


Desde el suceso del mercado, William se acercaba con frecuencia por Villabaldía. Beatrice y él habían entablado una bonita amistad. Él la requería con frecuencia para pasear por los alrededores de la villa, entre las vastas campiñas que lindaban con los ancianos bosques de sauces, colmados de recuerdos que ya nadie posee.

Hablaban de todo. Al principio únicamente de trivialidades: el verdor de las campiñas, lo nublado que en ocasiones estaba el cielo, la cosecha; pero pronto comenzaron a abrir el corazón el uno al otro.

William no permitió que siguiera viviendo de aquella manera. La muchacha le hacía sentirse bien, hacía que se evaporara de los problemas, del día a día y de presiones a las que, por su condición de noble, estaba irremediablemente condenado a padecer. Beatrice conseguía que William de Sutter se sintiera vivo. Por ende, sacó a Beatrice de esa vida sin futuro, mandó construir en varias semanas una cabaña y se la asignó, junto con una partida de ganado del que vivir. De esta forma, podría acercarse a ella siempre que quisiera.


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Las joyas de una vida: capítulo 4


Oscuridad. Latente en las pupilas de los hombres la preocupación y la intriga. El que se hacía el jefe del grupo portaba una antorcha que iluminaba la noche. Debían de ser por lo menos seis, contando al mencionado cabecilla, el cual caminaba de un lado a otro, apoyándose de vez en cuando sobre un tronco viejo, haciendo bailar a su antojo las sombras de sus compañeros.

Estaba muy nervioso, aunque no era la primera vez que asaltaba las tierras de Ranstings junto con otros soldados. Incendiarían casas, violarían a mujeres y niñas y arrasarían todo lo que pudieran. Así cedería el Conde, que no dejaba un pedazo de tierra condenado a caer a manos de sus enemigos.

Las montañas son un buen refugio, y mucho mejor lo es cuando la noche es tan densa. Esperaban a que se acercara alguien, y así fue. Aparecieron de entre el fulgor nocturno tres jinetes. Primero bajaron los dos que flanqueaban al central y, tras ello, el de en medio descendió del caballo con algo envuelto bajo el brazo.


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Las joyas de una vida: capítulo 3


Beatrice era joven y castaña. Eran dos cualidades que a nadie le pasaban desapercibidas. Era joven por su forma de hablar, de desenvolverse, por su dulzura y su encanto natural. Sus cabellos caían como térreas cascadas por sus hombros, mostrando al mundo dos perfectos cuencos repletos de miel. Pero sus labios eran lo más llamativo, pues suponían una poderosa contradicción: permanecían siempre serios.

Habían muchas personas en Villabaldía, pero nadie había visto nunca a Beatrice sonreír. Quizá por eso se burlaba de ella mucha gente, le desviaban la mirada o ignoraban todo aquello que decía. Era una criatura más en el mundo, sola y sin nadie que la cuidara. Vivía de lo que podía y de lo que se le dejaba. Era la más pobre en un mundo de pobreza. Para ella, la vida pasaba sin ánimo ni sentido. Estaba abandonada, sin sus padres y sin nadie que le ayudara. Habiendo alcanzado los diez y nueve años de edad no tenía nada en esta vida. Lo único que poseía era un mal recuerdo.


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Las joyas de una vida: capítulo 2


No eran tiempos buenos para nadie. No lo eran desde hacía mucho tiempo. Ni tan siquiera el clima era bueno. Siempre llovía y tronaba sin cesar. Días enteros ensombrecidos por el capricho del Señor y las incomprensibles elecciones de la Divina Providencia. Los monjes se dedicaban en silencio a la oración y a la contemplación de las sacras leyes que legó el Todopoderoso a los mortales. Las gentes del campo sufrían sus clásicas desdichas: hambrunas, epidemias, actos de bandidaje… Nada que no pasara a menudo. Las intrigas del Condado llegaban hasta la misma casa de su Señor, Elliot de Sutter.


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Las joyas de una vida: capítulo I


Todo temblaba sin cesar. El suelo parecía evaporarse bajo sus dedos por las duras sacudidas que los caballos producían al galopar. Los gritos eran pérfidos e insultantes, pero ella sólo tenía miedo de la oscuridad.

Era una de esas noches que el tiempo y la memoria de los hombres no conservan, y no han sido reflejadas en ningún lugar, como si nunca hubieran existido. Una pequeña lloraba en una noche oscura. No había luna ni estrellas, sólo llantos y violencia.

Yacía sobre un montón de barro, mezclado con los ríos que no cesaban de brotar de sus ojos. Aquellos desconocidos encapuchados habían irrumpido en su casa en mitad de la noche, mientras cenaba con sus padres y sus hermanos. Tras un forcejeo descontrolado y una serie de injurias lanzadas al aire, habían lanzado literalmente a la pequeña fuera de la casa, pues no conseguían que parara de llorar. Después se erigió la voz de uno de aquellos encapuchados:


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La Historia de Sopa de Relatos – Aventura


Este relato es parte de una serie que pretende explicar la Historia de Sopa de Relatos desde el punto de vista de cada uno de los géneros que abarca. En este caso, aventura.
Aquí, el resto de versiones.
(Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia… O no.)

—¡A las armas! ­—dijo Champinon colocándose un sable entre los dientes.

—¡Raudos! —exclamó Lascivo—. Hemos de rescatar a Pequadt de las garras del malvado capitán Tedio para así poder reunirnos todos con nuestra amada.

—¡Ah! Nuestra amada… Si supiera todo lo que tenemos planeado para ella… ¡Suspiraría!

Y, de un salto, bajaron del barco, y nadaron hasta la no muy lejana tierra, donde salpicaron de mar toda la orilla que aún estaba seca.

***


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Fantasmas en París (I)


Bryan era un chico normal, de los de hoy. Moreno, con el pelo engominado y un pendiente en la oreja derecha. Un chico al que no le gustaba estudiar y que pasaba los recreos castigado en la biblioteca todos los días. Las horas que no estaba en clase jugaban en casa de alguno de sus amigos a la Wii o a la Nintendo. Las noches, sin dormir apenas, se entretenían hablando por Messenger. Pero tras pasar sus vacaciones de verano en Torrevieja cuando volvió a su casa todo era distinto.

Una mañana como tantas otras, mientras estaba desayunando se dio cuenta que las cosas en casa habían cambiado. La noche anterior su madre había llegado de trabajar muy tarde y su padrastro llegaba en ese momento. No salió una palabra de ninguno de los dos. Ni su madre ni su padrastro se dirigieron tan siquiera una mirada. Siguió desayunando como si no se hubiese dado cuenta de nada y subió a su habitación. Estuvo chateando con sus amigos por Messenger recordando los días en la playa.


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Fantasmas en París (II)


El primer día que fue al colegio, se le acercó un niño y le dijo que tuviera cuidado porque la casa donde vivía era especial. Bryan se preguntó que tendría de especial, si sólo era una casa vieja. Así, que le preguntó por la casa.

-Mi papá me contó que hace unos diez años vivía una señora mayor, muy mayor. Tendría… como unos ochenta y cinco años. – Le hablaba muy bajito porque a nadie le gustaba hablar de esa casa.

-¿Por qué hablas tan bajito? Casi no te oigo

-Es que.. en esa casa siempre han pasado cosas raras. Antes de que vinierais todas las noches había una luz pero no vivía nadie. Dicen… que…- A Abel empezaba a temblarle la voz. –No puedo decirte nada más.

-¿Dicen que? ¿Qué hay fantasmas?

Asustado, Abel, asintió con la cabeza.

-Eso dicen… y que la mujer….


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Fantasmas en Paris (III)


Una hora más tarde cuando Bryan se giró para cambiar de postura en la cama se quedó paralizado. No podía mover su cuerpo. ¿Qué le estaba pasando? Sentía que estaba atado pero no veía ninguna cuerda que lo sujetase. Al abrir los ojos pudo ver el rostro envejecido de una señora mayor. Pero pronto desapareció. Vio que su amigo estaba despierto.

-¿Hueles eso, Bryan?- Los dos olían a quemado. Venía de la cocina pero allí nada se estaba quemando.

-Bueno vámonos a dormir. Aquí ya no hay nada. Lo habremos soñado.-Bryan se había dado la vuelta y no podía ver lo que estaba pasando.

-Pero… Bryan no podemos irnos mira. El fantasma de la abuela se está quemando. Ahí que hacer algo.

-¿Pero qué podemos hacer nosotros? Además como tú has dicho es un fantasma ya está muerto. Vámonos estoy cansado.


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Carla


Como todos los días, Carla, desayunó y cogió su bici para ir al colegio. En el recreo el chico más alto de todos y sus dos amigos le quitaron el bocadillo. Pero esta vez… le habían hecho enfadar. Empujó al chico y este salió despedido. No sabía de dónde le había salido esa fuerza pero durante esa semana nadie le volvió a hacer nada.

Pasó el fin de semana en casa de sus abuelos. Cuando estaban comiendo iba a pedirles que le acercase el pan. No le dio tiempo a decir nada. De repente, el pan se acercó hasta ella. Por la tarde, en su habitación, intentó el mismo truco con varios objetos. Se dio cuenta de que tenía poderes. Estaba contenta pero no podía contarlo porque no la creerían.


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Las aventuras de Jack Ewing.


Primera parte


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