DESPEDIDA
Encuentra al escritor que tienes dentro
“Tras dar un paseo con su presa, el cazador se apiadó.
Había visto la bondad en sus ojos y lo que había sido fácil, se había vuelto complicado de tal modo que no sería capaz de ejercer su oficio.
Entonces, en un momento de lucidez el cazador apuntó a su presa y gritó – ¡Huye!-.
La presa no entendía muy bien qué estaba pasando pero al ver al cazador con el arco tensado y la flecha apuntándole, echó a correr.
El cazador sabía bien lo que ocurriría al no poder cobrar la pieza que le habían encargado, sí.
Se había jugado más de lo que podía apostar pero, aun sabiendo que el castigo que recibiría podía entrañar la muerte, no tuvo la frialdad de despojar la vida a aquella criatura. “
- No puedo.-
+ ¿No puedes o no quieres?-
-No puedo.-
Y sucedió lo mismo… Una vez mas esa columna poderosa e invulnerable de agua azotó otra vez al pueblo, ¿Por qué sucedía esto?, ¿Porque siempre ellos?, ¿Cual era la represalia que estaba tomando el universo en contra de ellos?, se preguntaban mas nunca encontraban una respuesta. El tsunami se presentaba cada mes de manera puntual, mas nunca aprendieron a hacerle frente, nunca decidieron dejar la ciudad, pues sus momentos mas bellos los habían vivido ahí, ellos nacieron ahí y el terror de no saber que pasaría si salían de su amada ciudad los atormentaba.
En ese lugar experimentaron una de los sentimientos mas sombríos del ser humano; el amor, cuentan las leyendas del poblado que muchas grandes personalidades del lugar murieron por él:
-Tal vez el mundo se acabe algún día por culpa del amor, dijo un joven.
-Todos rieron, como escuchando un chiste común uno de los muchos que contaban los habitantes en el pueblo para hacer su vida mas amena y aprender a tolerar el sufrimiento diario.
Si me arrancas todos mis defectos…
Mucho antes de que los almendros se hicieran viejos y los pueblos grandes, existió la aldea Glemsel. Tan pequeña y adentrada en los bosques, que hasta su propio reino la fue olvidando con el tiempo. Así, el alcalde, que generación tras generación heredaba el cargo, terminó siendo la máxima autoridad. Tres senderos de difícil paso llevaban hasta el pueblo, y los aldeanos, tildados de ironía, les pusieron nombre: olvido, indiferencia y abandono.
La singular situación, sin soldados de la guardia real ni decretos que, aun vagos y añejos, llegaran a aquellas tierras, les obligó a crear sus propias leyes para conservar el bienestar. Los residentes de comportamientos delictivos, de pensamientos extraños o el mínimo brote de maldad, eran exiliados a un cercano valle llamado Onde. Con los años cada vez fueron más los repudiados como castigo, y crearon su propio pueblo, con sus familias y sus leyes. Así, aquellos que su comportamiento era extraño, de conducta bondadosa o demasiado correcta, eran expulsados a la aldea de Glemsel donde se les acogía con fervor.
Si me arrancas todos mis defectos…
Mucho antes de que los almendros se hicieran viejos y los pueblos grandes, existió la aldea Glemsel. Tan pequeña y adentrada en los bosques, que hasta su propio reino la fue olvidando con el tiempo. Así, el alcalde, que generación tras generación heredaba el cargo, terminó siendo la máxima autoridad. Tres senderos de difícil paso llevaban hasta el pueblo, y los aldeanos, tildados de ironía, les pusieron nombre: olvido, indiferencia y abandono.
La singular situación, sin soldados de la guardia real ni decretos que, aun vagos y añejos, llegaran a aquellas tierras, les obligó a crear sus propias leyes para conservar el bienestar. Los residentes de comportamientos delictivos, de pensamientos extraños o el mínimo brote de maldad, eran exiliados a un cercano valle llamado Onde. Con los años cada vez fueron más los repudiados como castigo, y crearon su propio pueblo, con sus familias y sus leyes. Así, aquellos que su comportamiento era extraño, de conducta bondadosa o demasiado correcta, eran expulsados a la aldea de Glemsel donde se les acogía con fervor.
Me siento libre… Más desconozco la libertad.
Temía el rey que su hijo lo sucediera siendo un hombre injusto. Llamó al filósofo del reino, y le hizo la siguiente petición.
- Deseo que hagas entender a mi hijo que es la libertad.
El filósofo mostró al niño una jaula con un ave dentro.
- ¿La ves? No es libre. La enjaulan las injusticias, la religión y la opresión. ¿Quieres liberarla?
El niño asintió y el filósofo aproximo la jaula a sus manos.
-¿Es esa ave como los ciudadanos de mi reino? –Preguntó con inocencia mientras asía la portezuela.
El padre no dejó respuesta. Afirmó al hijo que mañana liberarían al ave, y despidió al filósofo dando por terminado su trabajo.
Pero al día siguiente, el filósofo, curioso se asomó por la ventana de palacio para ver el resultado de sus enseñanzas, y su corazón entristeció. El ave revoloteaba feliz. Así era la libertad… Una jaula más grande.
Por una palabra traviesa o una sonrisa coqueta la mujer espera. La alfombra ha perdido su acolchado en la zona alrededor de la mesa del teléfono. Revisa si tiene tono y cuelga con la oreja prendida de él. Observa por la ventana los girasoles muertos en el balcón, su brazo se cae y un aroma etílico inunda la habitación, mira la copa aún asida a la mano inerte, cerca a los hielos condenados a morir en la alfombra, suspira entre un ronquido que le sale por la tráquea a medio desprender. Igual, había perdido las ganas de beber.
Vuelve la vista a los girasoles y añora las mañanas en las que su olor se colaba bajo las cobijas, mezclándose con el aroma de la bestia óctuple con la que jugaba a enlazarse; ella solo se dejaba envolver. Piensa en los besos con sabor a café, arepa, a veces a Korn Flakes, en la atmosfera de crema de afeitar, jabón de avena, periódico dominguero. Una vida tan remota que podría ser eco de una existencia anterior. La mujer de sus recuerdos no se parece en nada a la mujer gris que espera detrás del cristal.
-¡Emilia, cuantas veces te he dicho que amarrés a este hijueputa chandoso en el patio!
-Tranquilo mijo, él no es sino bulla…¡¡ Rabioso pal’ patio!!
Ya Emilia no es tan divertida, antes de que Pedro se fuera yo dormía a sus pies. Ahora, con el intruso, mi lugar está en el patio. Cuando él se aleja con sus gritos de sirena ella me deja entrar y comemos juntos la mazamorra que él ha preparado el día anterior. Emilia se la toma sin ganas, yo clavo la cara en el plato hasta que mi nariz toca el fondo. Cuando la desentierro tengo maíz hasta en los ojos y recuerdo cómo eran las mañanas cuando Pedro estaba en casa. Pasaba su pesada mano sobre mi cabeza, a veces también la descargaba en Emilia, que caía en medio de un espectáculo de platos rotos. Él salía dando gritos y ella salía de abajo del mesón. Después llegaba el mazamorrero y la acariciaba con sus manos lácteas ahí donde Pedro la lastimó.
Él era un tipo sencillo, pero profundo y sensible. Se había criado en una familia de clase baja, pero bien situada dentro del estatus de una pequeña aldea. Su mayor aspiración era muy humilde: formar una numerosa familia con la joven de la que estaba enamorado.
Era un hombre fornido, atractivo, un ídolo para muchos chicos del pueblo, y, por ello, todas las mozas del pueblo iban tras él. Pero, aunque muchas de ellas eran chicas hermosas, su amor tenía un único destinatario.
Ella, sin duda, era la más bella. Aficionada a la literatura, a primera vista era encantadora. Su caminar distraído, ignorando todo cuanto sucedía a su alrededor, le daba una apariencia de ingenuidad que era capaz de bajarle todas las barreras. Le despertaba una pasión que no era capaz de controlar y, arrastrado por ella, cometió alguna que otra barbaridad.
Primeros pasos
Agaete (isla de Gran Canaria)
29 de marzo de 1934
Las escasas nubes que cubrían el pequeño puerto de Las Nieves se desplazaron hacia el oeste, como atraídas por el gran disco rojo que se ocultaba tras la línea del horizonte. Los últimos rayos del sol iluminaron el enorme roque de piedra basáltica que, durante el transcurso de miles de años, el mar perfiló caprichosamente hasta hacerlo parecer un dedo índice apuntando al cielo.
Los lugareños lo denominaban «El dedo de Dios».
Al amparo de la iglesia de La Concepción, emplazada en el pequeño pueblo de Agaete, María llenaba sus pulmones por vez primera en manos de la comadre Adelita (avisada tres horas antes, ya que la niña pugnaba con fuerza por nacer).
Los hombres esperaban fuera de la casa. El parto y su preparación era cosa de mujeres.
- Me ganaré el sueldo reparando libros
- Nadie querrá un libro roto. Yo no te lo compraría.
- Pues me los quedaré todos. Un libro nuevo puede leerse y disfrutarse, pero no sabrá ayudarte a que lo leas.
- Sus hojas estarán más limpias y más blancas.
- Las del libro roto se alegrarán de que las leas.
- El libro roto estará desconchado, sin portada.
- Me recompensará más su belleza cuando la encuentre.
- ¿Y si el título se ha borrado o es ilegible?
- Le inventaré uno nuevo que le ajuste y al que coja un nuevo cariño.
- A veces los libros no son conscientes de que están rotos y olvidan ser agradecidos.
- Lo haré porque no podré evitar hacerlo. No hay qué agradecer.
- ¿Y si, tras todo tu esfuerzo, se lo llevan y no obtienes nada a cambio?
Como cada mañana, desde hace dos años aproximadamente, me levanto pensando que en unos minutos te volveré a ver.
Me visto con la ropa más bonita que tengo para causarte buena impresión y me peino con un cepillo que me compré hace unos días porque que el viejo ya no iba muy bien.
La colonia está a punto de acabarse pero me da igual, porque hace tiempo que sólo me la pongo cuando te vengo a ver.
No tengo ganas de merendar, porque si no meriendo te podre ver antes, pero la barriga no piensa lo mismo y tengo que comer algo.
Salgo de casa y vengo hacia donde hemos quedado como cada mañana. Siempre estás allí antes que yo, tan guapa como siempre.
Ya te veo de lejos y me pongo muy contento, me acercando poco a poco hacia ti. Estás allí, quieta, y esperas mi llegada impaciente.
No se cuánto tiempo hace que nos conocemos o que intentamos hacer ver que no nos conocemos.
Me fije en ti un día que estabas en el balcón de tu casa leyendo un libro mientras tomabas un refresco, un día que no hacía mucho sol y se podia estar en el balcón sin hacer nada y contemplar la vida como pasaba por la calle .
Encontré que eras muy bonita y tenías un encanto especial, parecía como si te conociera de toda la vida.
Al cabo de un par de días nos encontramos al lado de mi casa y nos miramos sin decirnos nada.
Los días pasaban y yo me estaba enamorando de ti sin saber ni tu nombre, sin ni siquiera haber hablado nunca.

Ya amanece, los primeros rayos de sol entran por la ventana de mi habitación, no tengo ganas de levantarme, hoy no tengo “cole”, es sábado, es uno de los días de la semana que más me gusta.
Mi madre entra en la habitación y me hace levantar, me ayuda a vestirme, me pone la ropa que yo elegí el día anterior.
Ahora vamos hacia la cocina a desayunar un poco de leche y cereales.
Al terminar de desayunar mi madre debe irse a trabajar y yo me quedo en la habitación, sentada en la silla del ordenador mirando por la ventana como se marcha a trabajar.
Por suerte tengo una vista muy bonita, desde mi habitación veo las montañas, el mar, y al lado de casa hay un puerto donde los pescadores amarran sus barquitas después de volver de pescar.
Hola a todos y todas:
Hoy es un día muy importante para mí me ha costado mucho llegar hasta aquí, pero por fin he podido hacer realidad uno de mis dos sueños en esta vida.
En primer lugar os explicaré el primero: he terminado de escribir este libro que me ha llevado unos años de mucho trabajo, y hoy, por fin, lo presento ante todos vosotros, amigos, gente que no conozco, pero que me apoyado y todos los familiares que están en esta sala.
Cada día cuando me levantaba, después de ducharme, cogía el ordenador y marchaba a la playa de al lado de casa y me sentaba en unas rocas donde el agua no llegaba.
Me quedaba escuchando el ruido del viento, y del mar pegando sobre las rocas; después empezaba a escribir el libro que hoy presento.
Después de mucho tiempo y de reflexionar mucho, he decidido dar el paso más importante de mi vida.
Ahora que todo esto cambiará me vienen muchas cosas a la memoria, cosas de las que estoy muy contento y que no olvidaré nunca, y cosas que habría sido mejor que no hubieran pasado.
Puestos a recordar nunca olvidaré esta chica que tanto me apoyó y que fue la madre de mi único hijo.
Recuerdo cuando ella me llamó diciendo que nuestro hijo estaba de camino, yo enseguida me fui del trabajo y fui al hospital donde ella me esperaba para entrar a quirófano y tener nuestro niño tan esperado.
Mi madre la acompañó al hospital, el niño nació sin problemas.
El tiempo pasaba y el niño iba creciendo y nos iba enseñando como ser padres.
Hola a todos y todas:
Hoy es un día muy importante para mí me ha costado mucho llegar hasta aquí, pero por fin he podido hacer realidad uno de mis dos sueños en esta vida.
En primer lugar os explicaré el primero: he terminado de escribir este libro que me ha llevado unos años de mucho trabajo, y hoy, por fin, lo presento ante todos vosotros, amigos, gente que no conozco, pero que me apoyado y todos los familiares que están en esta sala.
Cada día cuando me levantaba, después de ducharme, cogía el ordenador y marchaba a la playa de al lado de casa y me sentaba en unas rocas donde el agua no llegaba.
Me quedaba escuchando el ruido del viento, y del mar pegando sobre las rocas; después empezaba a escribir el libro que hoy presento.
Hola, soy Danny, y la historia que voy a contaros a continuación me ocurrió hace apenas 3 días. He decidido explicaros esto ahora ya que aún tengo los recuerdos frescos y vívidos en mi mente, aunque no creo que sea algo que pueda olvidar con facilidad. No espero que crea lo que voy a relatarle a continuación, crítico lector, pero sentía el impulso de contar lo que me sucedió aquella noche fatal.
Era un día como otro cualquiera. Me levanté a mediodía, con algo de náuseas , así que pase de la comida y salí directamente al trabajo. Desde entonces no he vuelto, pero llevaba un par de meses en un almacén de calzado femenino, de todo tipo, para cualquier ocasión. Todo sucedió con normalidad. Nada interesante que comentar sobre mi jornada laboral. Así que hagamos un pequeño salto.
Hoy un día cualquiera me levanto como cada mañana con la intención de ir al hospital a hacerme unas pruebas rutinarias.
Llaman a la puerta, y es una muy buena amiga que me viene a buscar para acompañarme al hospital a hacerme las pruebas para no ir solo.
Subo al coche, ella conduce, yo no puedo conducir.
De camino al centro hospitalario hablamos de muchas cosas, las noticias del día anterior, de cómo están nuestros hijos, o simplemente escuchamos la música que ha puesto en el coche.
Llegamos al hospital y aparcamos el coche en el parking.
Antes de bajar del coche escucho un trozo de canción del Joaquin Sabina que dice:
“A mis Cuarenta y diez, Cuarenta y Nueve dicen que aparento, hoy mas antes que después tengo que enfrentarme al Delicado momento …”
Hace unos días que vivo solo, después de convivir con mi chica más de 4 años.
Hará unos dos meses tuvimos una discusión después de que ella me enviara un mensaje al móvil que no iba para mí, y el mensaje decía:
“Hola amor nos vemos en el hotel de siempre y a la misma hora de siempre”.
Enseguida descubrí que no iba hacia mí ese mensaje.
Desde que lo recibí no paré de pensar e intentar adivinar a quién iba dirigido ese mensaje.
Esa noche ella llegó a las diez de la noche y hacía como si no hubiera pasado nada, seguramente no sabía que me había enviado el mensaje a mí, o si lo sabía lo disimulaba muy bien.
Cenamos como siempre en el comedor, y cuando íbamos a dormir le dije: