SOPA DE RELATOS

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El abrigo verde


Unos pasos cansados pero pertinaces se hunden en la nieve en un vano intento de arañarle a la estepa unos cuantos centímetros más de vida. Como si de una vela rasgada se tratase, un abrigo verde y grueso pende entre jirones de la encorvada espalda del soldado. Apenas ya una sombra y un suspiro en medio del viento.

Ya no hay sitio para pensamientos complejos o algún tipo de introspección, tan solo un dolor agudo y lacerante que desgarra los dedos de las manos y los pies con sus dientes de hielo. El frío se materializa en las pestañas y en la barba en forma de cristales que finalmente empapan la bufanda y llegan a convertirse en vapor caliente bajo varias capas de abrigo.

Si tuviera fuerzas, lloraría.

Sobrevivir unas horas más es un tormento impuesto por la interminable sucesión de pasos y crujidos sobre la nieve.


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El gálata moribundo


 

 

 

 

 

 

 

 

 

Si te preguntan de qué murió

diles que de un pragmatismo cráneo-encefálico,

que la realidad no es dura, es coherente,

y llevarle la contraria es un mal hábito.

 

- Gálata moribundo, ¿por qué luchas? -

pregunta el vencedor a su vencido -.

¿No viste que tu victoria era imposible?

¿Acaso valen más tus tierras que tus hijos?

 

La mirada, derrotada, reta al alba,

y sus huesos reposaban contra el suelo;

vivió toda su vida a ras de sueño

sin importarle no despertar por la mañana.

 

Sus dedos, como clavas de un arado,

hacen surcos para que prendan nuevas siembras

de uvas de la ira ¿para qué generación?


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El reflejo en la ventana


En la habitación de un hotel de tres estrellas, la mirada ausente de un hombre que disfruta del tabaco atraviesa la ventana para perderse por los tejados y azoteas del centro de Madrid. El azul de sus ojos se torna gris cuando la luz del ocaso atraviesa el humo lechoso del cigarro.

Un poco más atrás, una chica con coleta y vestida con vaqueros y camiseta amplia le observa en silencio, sentada sobre la cama. A pocos pasos, descansan sobre el escritorio una grabadora y un cuaderno de notas, junto a un cenicero lleno de cigarros. La habitación huele a un humo de tabaco condensado a lo largo de horas de conversación, que se une en lenta procesión al olor de la nicotina adherida sobre la moqueta y al ambientador con aroma a lavanda.


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Dos veces. (2)


No tengo detalles. Me esfuerzo. Intento recordar cuánto tiempo estuve en el agua. Intento recordar cómo salimos. Pero no recuerdo nada. Tengo la impresión de librarme de él y poder llegar a las rocas. No recuerdo si mi madre me ayudó a salir. No recuerdo cómo consiguió salir Patricio, si alguien se lanzó a buscarlo o él solito se acercó a las piedras y lo ayudaron a subir. No recuerdo más.

Luego me enteré de que Patricio no sabía nadar (no era necesario que me lo jurase). Quizás me lo dijo mi madre, otra persona, o el mismo Patricio. Yo estaba enfadada, asustada y triste. Y no podía evitarlo. Demasiados segundos debajo del agua me habían endurecido. Me había visto morir. Hubo un momento decisivo en que mis pulmones dejaron de respirar, y mi cerebro empezó a decir adiós… es una las sensaciones más fuertes que he tenido en toda mi vida.


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Dos veces. (1)


Un día de verano supe que iba morirme. Sé que suena raro. Bueno, no, suena corriente. Muy corriente; todos nos morimos. Yo me refiero a la primera vez que fui consecuente con la idea, que asimilé la fugacidad de la vida, que comprendí lo imprevisible y rápido que puede ser morirse. Y, todavía peor, lo fácil que es morir solo. Lo fácil que es que te maten.

No sé qué edad tendría. Puede que seis, puede que ocho. En aquel tiempo mi madre tenía un novio, uno de tantos. Se llamaba Patricio, y a mí aquello me parecía una desgracia. Es un nombre horrible. Eso pensaba y eso sigo pensando. Dado que mi relación con Patricio no fue muy satisfactoria, y dado que no he vuelto a conocer a otro Patricio, sigo pensando que es un nombre horrible. Sin querer, pienso que alguien llamado así tiene que ser atractivo a la vez que un asesino de niños en potencia. Nada me ha hecho cambiar de idea. Si escucho Patricio sólo puedo acordarme del día que creí que iba a morir. Dos veces.


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Las joyas de una vida: penúltimo capítulo (III)


William no tenía escapatoria, pues la habitación se había llenado con los vasallos del Conde, que perseguían al jefe furtivo de los encapuchados. Las esperanzas de Beatrice se marchitaron por completo. Sus sospechas eran absolutamente ciertas. William bajó la cabeza por el peso de su vergüenza. Había ocultado a su amada para poder evitar la mirada de culpa que, de no ser por las sábanas, estarían escudriñando en ese momento cada rincón de su alma.

–No entendéis nada. Ranstings merece la paz, la necesita. Mi padre no lo comprende. ¿Qué importa que estas tierras sean de un señor o de otro? Lo necesario es la paz, el bienestar de todos. Podríamos habernos colmado con tesoros y riquezas y marchar a cualquier otro lugar, pero mi padre es demasiado estúpido. Mantiene ideas que no son prácticas para estos tiempos. De nada sirve pertenecer al linaje ni defender el honor. Lo que cuenta es la paz, a cualquier precio.


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Las joyas de una vida: penúltimo capítulo (II)


Beatrice no podía dormir. Había olido las llamas y los gritos. También se había percatado de los gemidos de dolor y del sonido de las espadas. Algo ocurría fuera. Estaba preocupada, pero no tenía miedo, porque sabía que en Ranstings estaba William, y de una manera u otra él cuidaría de ella.

Las vacas mugían de manera extraña. Algo había fuera. Beatrice empezó a inquietarse. ¿Y si alguno de los que siempre se hallan haciendo maldades por esas tierras trataba de entrar en su cabaña? No podía ser. A ella no podía ocurrirle semejante injusticia, no después de perder a sus padres, de no tener familia y de estar viviendo la mejor etapa de su vida. Además estaba William, por supuesto. Nada le iba a ocurrir en Ranstings. Pero llamaron con fuerza a la puerta, y Beatrice empezó a dudar de todo.


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Las joyas de una vida: último capítulo


Muchos años hacía ya desde toda aquella historia. A pesar del estado de salud de Elliot de Sutter, consiguió vivir muchos años más de tormento y, por supuesto, no aceptó la sugerencia de la abdicación. Como William, era un hombre de ideas bien meditadas. Su hijo vivió mientras bajo el amparo del Duque de Sussox quien, como había hecho tiempo atrás, le ayudó a instar a Elliot de Sutter para que le entregara Ranstings, otorgándole mesnadas, privilegios, y todo lo que requirió para ello, tratando de forzar a su Conde a una entrega voluntaria que nunca realizó.

Cuando llegó la deseada muerte del Conde de Ranstings, William de Sutter asumió el gobierno del condado, a falta de más miembros del linaje y, sorprendentemente, porque así constaba en el testamento de Elliot de Sutter. No obstante, William tampoco entregó Ranstings, como se suponía debía hacer. Quién sabe si fue por la codicia o por el remordimiento, pero el nuevo Conde mantuvo una nueva lucha por la defensa de aquellas tierras. La lucha por la paz es intrínsecamente imposible. La guerra, tarde o temprano, sólo engendra más guerra.


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Las joyas de una vida: penúltimo capítulo (I)


–¡Alto! En nombre de Sir Elliot de Sutter, Conde de Ranstings. ¡Deteneos y deponed las armas!

Mucho tiempo después, los encapuchados habían seguido realizando más acciones de pillaje y violencia. En esta ocasión, habían sido descubiertos por varios vasallos del Conde que aguardaban impacientes a someterlos a su emboscada. Y así había sido. Los encapuchados eran cinco, y los vasallos del Conde allí reunidos más de diez. Sin duda, el Conde Elliot se había preparado para la ocasión. Se hallaban frente a una huerta que ardía, incendiada por los asaltantes. La escena estaba bien iluminada por el fuego. No había escapatoria.

–¿Qué hacemos? –preguntó desesperado uno de los maleantes–. Si nos entregamos tendremos la clemencia del conde, ¿no?

Todos miraron al jefe, que permanecía serio.

–No hay clemencia para los traidores en Ranstings… –zanjó–.

–Esto no ha sido nunca una buena idea, ya lo sabía yo… –se desmoronó otro encapuchado entre sollozos–.


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Las joyas de una vida: capítulo 5


Desde el suceso del mercado, William se acercaba con frecuencia por Villabaldía. Beatrice y él habían entablado una bonita amistad. Él la requería con frecuencia para pasear por los alrededores de la villa, entre las vastas campiñas que lindaban con los ancianos bosques de sauces, colmados de recuerdos que ya nadie posee.

Hablaban de todo. Al principio únicamente de trivialidades: el verdor de las campiñas, lo nublado que en ocasiones estaba el cielo, la cosecha; pero pronto comenzaron a abrir el corazón el uno al otro.

William no permitió que siguiera viviendo de aquella manera. La muchacha le hacía sentirse bien, hacía que se evaporara de los problemas, del día a día y de presiones a las que, por su condición de noble, estaba irremediablemente condenado a padecer. Beatrice conseguía que William de Sutter se sintiera vivo. Por ende, sacó a Beatrice de esa vida sin futuro, mandó construir en varias semanas una cabaña y se la asignó, junto con una partida de ganado del que vivir. De esta forma, podría acercarse a ella siempre que quisiera.


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Las joyas de una vida: capítulo 4


Oscuridad. Latente en las pupilas de los hombres la preocupación y la intriga. El que se hacía el jefe del grupo portaba una antorcha que iluminaba la noche. Debían de ser por lo menos seis, contando al mencionado cabecilla, el cual caminaba de un lado a otro, apoyándose de vez en cuando sobre un tronco viejo, haciendo bailar a su antojo las sombras de sus compañeros.

Estaba muy nervioso, aunque no era la primera vez que asaltaba las tierras de Ranstings junto con otros soldados. Incendiarían casas, violarían a mujeres y niñas y arrasarían todo lo que pudieran. Así cedería el Conde, que no dejaba un pedazo de tierra condenado a caer a manos de sus enemigos.

Las montañas son un buen refugio, y mucho mejor lo es cuando la noche es tan densa. Esperaban a que se acercara alguien, y así fue. Aparecieron de entre el fulgor nocturno tres jinetes. Primero bajaron los dos que flanqueaban al central y, tras ello, el de en medio descendió del caballo con algo envuelto bajo el brazo.


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Las joyas de una vida: capítulo 3


Beatrice era joven y castaña. Eran dos cualidades que a nadie le pasaban desapercibidas. Era joven por su forma de hablar, de desenvolverse, por su dulzura y su encanto natural. Sus cabellos caían como térreas cascadas por sus hombros, mostrando al mundo dos perfectos cuencos repletos de miel. Pero sus labios eran lo más llamativo, pues suponían una poderosa contradicción: permanecían siempre serios.

Habían muchas personas en Villabaldía, pero nadie había visto nunca a Beatrice sonreír. Quizá por eso se burlaba de ella mucha gente, le desviaban la mirada o ignoraban todo aquello que decía. Era una criatura más en el mundo, sola y sin nadie que la cuidara. Vivía de lo que podía y de lo que se le dejaba. Era la más pobre en un mundo de pobreza. Para ella, la vida pasaba sin ánimo ni sentido. Estaba abandonada, sin sus padres y sin nadie que le ayudara. Habiendo alcanzado los diez y nueve años de edad no tenía nada en esta vida. Lo único que poseía era un mal recuerdo.


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Las joyas de una vida: capítulo 2


No eran tiempos buenos para nadie. No lo eran desde hacía mucho tiempo. Ni tan siquiera el clima era bueno. Siempre llovía y tronaba sin cesar. Días enteros ensombrecidos por el capricho del Señor y las incomprensibles elecciones de la Divina Providencia. Los monjes se dedicaban en silencio a la oración y a la contemplación de las sacras leyes que legó el Todopoderoso a los mortales. Las gentes del campo sufrían sus clásicas desdichas: hambrunas, epidemias, actos de bandidaje… Nada que no pasara a menudo. Las intrigas del Condado llegaban hasta la misma casa de su Señor, Elliot de Sutter.


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Las joyas de una vida: capítulo I


Todo temblaba sin cesar. El suelo parecía evaporarse bajo sus dedos por las duras sacudidas que los caballos producían al galopar. Los gritos eran pérfidos e insultantes, pero ella sólo tenía miedo de la oscuridad.

Era una de esas noches que el tiempo y la memoria de los hombres no conservan, y no han sido reflejadas en ningún lugar, como si nunca hubieran existido. Una pequeña lloraba en una noche oscura. No había luna ni estrellas, sólo llantos y violencia.

Yacía sobre un montón de barro, mezclado con los ríos que no cesaban de brotar de sus ojos. Aquellos desconocidos encapuchados habían irrumpido en su casa en mitad de la noche, mientras cenaba con sus padres y sus hermanos. Tras un forcejeo descontrolado y una serie de injurias lanzadas al aire, habían lanzado literalmente a la pequeña fuera de la casa, pues no conseguían que parara de llorar. Después se erigió la voz de uno de aquellos encapuchados:


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Faltamos nosotros


*Dedicado a todos los que como yo abandonamos el instituto, y no fue tan alegre la marcha como hubiésemos pensado


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PODÍA ELEGIR


El hombre entró en la habitación y encendió la luz. La mujer se incorporó de la cama y lo miró expectante. Él llevaba la camisa fuera del pantalón, tenía los ojos enrojecidos y en su cara se dibujaba una gran sonrisa.

–Hoy estoy contento. Esta noche puedes pedirme lo que quieras.

La mujer se quedó callada.

–Vamos… te doy a elegir, como el viernes pasado.

–Pero no es necesario, yo me conformo con…

–Claro que es necesario. Hoy estoy muy excitado. No me hagas perder el tiempo porque no voy a poder aguantarme. Dime.

La mujer volvió a callar, preguntándose sus posibilidades y sopesando las ventajas y desventajas de cada una. Quizás sólo sopesaba las desventajas.

–Venga… que te estoy dando a elegir… Deberías agradecérmelo, no todos los hombres son tan generosos con sus mujeres. ¿No crees que deberías darme las gracias?


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Vacaciones.


Pronto. Demasiado pronto todavía. Aquellos ojos de piedra, fijos en los tuyos, removían las oscuras e impenetrables sendas del miedo. Cada crujir de la ajada madera, cada rechinar de los hierros oxidados retumbaba como si fuese el aullido penitente de algún desgraciado ardiendo en el infierno. La vasta negrura que se alzaba sobre tus cabellos, sostenida por columnas de trazos imposibles, en nada tenía que ver con la apacible serenidad de la noche ahí fuera. En fin, una espera interminable, como un canto gregoriano de los de antaño, que pronto había de dar sus compases finales.

Pero obró el milagro. Un rayo de luz alcanzó las baldosas, abriendo un reguero de motitas de polvo en la asfixiante atmósfera que sabía a antiquísimos tiempos, que olía a la fe de cuanto peregrino hubiese quedado prendado de aquella maravilla de cristal, que recordaba noches y días de tramas imposibles y órdenes tajantes. Por fin, el primer rayo de luz que había de iluminar Septima Legionis hizo justicia con la íncreíble belleza de las vidrieras.


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ANTIGUA – 9º día después del Salto. 3 de agosto


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9º DÍA DESPUÉS DEL SALTO. 3 DE AGOSTO

Es increíble. Lidia la friki. Tiene un aspecto horrible, casi tenebroso. Aunque, la verdad, no sabría decir si es muy diferente al aspecto que normalmente solía tener. Aunque tan sucia parecía tener un aspecto un poco andrógino.

Su amigo el sacerdote no tenía cara de muchos amigos. Aún así, no era tan callado como Lidia, y nos contó por todo lo que habían pasado. Por lo visto el cura oficiaba misas en la capilla que había en el pasillo que unía las facultades de Física y Química. En un determinado momento, todo se volvió oscuro y se vio en medio de un bosque. Justo igual que nosotros. Caminó durante un día y se encontró con Lidia. Ella nos ha dicho que le pasó lo mismo. Caminaba cerca de la estación de metro y se vio inmersa en la oscuridad. Después, el bosque. Curiosamente, el cura dice que tras la oscuridad sufrió una caída bastante elevada. Nada preocupante, salió relativamente ileso, pero sí que le dolió. Calcula que fueron unos tres metros de caída.


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La cortina del viento


cortina


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ANTIGUA – Una semana después del Salto. 2 de agosto


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UNA SEMANA DESPUÉS DEL SALTO. 2 DE AGOSTO

Hemos estado caminando durante días. El bedel, Eugesio u Octavio, realmente se llama Artemio. Artemio Sanjuán. Se lo oí decir a Martínez-Gordó, el profesor, el primer día. Por pequeño que es, Artemio no para de intentar hacer de todo, ignorando su edad (elevada), tamaño (reducido), complexión (inapreciable) y lo absurda que sigue siendo esta situación. A la voz de “un Sanjuán se las apaña siempre” acaba por hacer todo el trabajo sucio. Creo que quiere sentirse útil. Y no me parece mal. Con su ayuda hemos construido refugios día tras día, allá donde cayéramos. Incluso ha preparado trampas para cazar pequeños conejos.


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