SOPA DE RELATOS

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1641-El abanico de hierro (I)


El atardecer derramaba fuego sobre Madrid.

Los últimos transeúntes erraban en silencio esquivando en vano los aires inmundos y el polvo que levantaban los carros. Trágicamente, la lenta e imparable decadencia consumía un imperio en que, en el fondo, siempre se había puesto el sol. En pocos minutos la grandiosidad de la destronada capital del mundo sería poco más que una ciénaga de sombras y desgracia.

 

Mientras el cielo y la tierra se fundían en un fulgor escarlata, un hombre atormentado por el amor y los recuerdos caminaba sin rumbo, luchando por mantener la sobriedad y la cordura. Don Álvaro de la Torre. Joven, adinerado, diestro en la estrategia y la espada, capitán de la guardia personal del Duque de Medina-Sidonia… pero ¿qué importaba aquello ya?. Nada. Desde el día en que la conoció nada ni nadie más ocupo sus pensamientos. Su deber mismo, su vida, su honra, todo había perdido el significado. Había estado tan cegado…


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Microrrelatum Hiperbrevi


La sorna

Fundas un imperio, le das de comer, le das asilo, le educas, le mimas.

Al final, sólo al final, cuando crees que veni, vidi, vici, resulta que tu quoque, fili mi.

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Azzel


Fuera llovía estrepitosamente. Azzel observaba el contorno del paisaje sin atreverse a salir de la cueva.  Su padre en cambio tenía que estar mojandose bastante, pues era día de caza y la tribu le había requerido.

El niño recordaba con nostalgia la época calurosa, cuando su madre los había llevado a todos a lo alto del cerro, para ver a los hombres de la tribu cazando, y tenía miedo de que algún bisonte se le echase encima cuando él fuese lo bastante fuerte para marchar por primera vez .Pronto tendría que ir,  pues contaba ya ocho veces que sus ojos habían visto las hojas caerse. Azzel no sabía contar, pero se lo había dicho su madre,y tenía que creerlo. ¿Qué estaría haciendo su madre? Le habían explicado que las ancianas de la tribu le ayudaban a que naciese su hermano. ¿No bastaba ya con tener que cuidar de tres? Se preguntó. Dando la espalda a la lluvia fue a revisar que los pequeños estuviesen bien cubiertos.


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El Diario Perdido de Yizeh-Shijitsu


Año 834. Nihon-Koku, el País del Origen del Sol.

Su nombre es Yizeh-Shijitsu. Es un samurái pagano y viejo, que vaga sin rumbo por los verdes prados y bosques de Heian Kyo. La paz reina por doquier. Pero este viejo no está contento del todo. Yizeh-Shijitsu, quien fuera guardaespaldas de los más altos nobles, hoy maldice su propio nombre. Su nombre, que significa “el Diez Veces Bendecido por la Diosa”, en referencia a Amaterasu, dueña de la casa del Sol. Yizeh-Shijitsu no está nada contento. Su fiel caballo es el único ser vivo que le respeta aún. Cabalga hacia el horizonte perdido, sin buscar nada.


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¿Historiadores o historiados?


Levanté de nuevo la mirada. Acababa de evitar la muerte por séptima vez desde que accedí a este espantoso lugar, pero lo había logrado… Me encontraba en la Sala Sagrada. Las paredes doradas reflejaban la luz que, de forma sinuosa, se filtraba a través de una pequeña rendija. De este modo, toda la estancia parecía brillar con luz propia. Allí, grandes montones de figuras aztecas, de tamaño igual al de un ser humano estandar, poblaban los laterales formando un extraño pasillo hacia el final. A los pies de estos, montañas de oro, gemas, y demás minerales preciosos, completaban un inventario cuyo valor excedía todo aquello que quisiera comprar.

En el centro de la sala se erguía un gran altar con una inscripción. Por suerte, en mi estancia con los nativos aztecas, habia aprendido algo de su primitivo idioma, asi que pude traducir algunas palabras sueltas:

“…Hombre…Sueño…Azteca…Hombre…Valor…Coger…Oro…Negar…Hombre…Idiota…Dios…”


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Halukh


Halukh era un hombre de cromagnon, vivía en el año 15.000 a.C. en la zona de las montañas cántabras cercanas al río Pas, y más concretamente en el monte del Castillo. Allí no había castillo ninguno, de hecho él no sabía que narices era un castillo, lo más que había eran ciervos y algún oso pardo.

Entró en su cueva,… en la entrada estaban casi todos los del clan,… Su madre curtía pieles, con su hermana que afilaba lo que usaban como punzón para luego hilarlas y transformarlas en ropajes. Su padre había marchado hacía tiempo a cazar una cierva, asi que de él no sabía nada. Y su abuelo… ¿Y su abuelo?…

Su madre le hizo un gesto hacia la parte trasera de la cueva,… claro, el abuelo estaba pintando al final. Agarró una de las viejas lámparas de tuétano que había en la entrada, pues internarse en la cueva implicaba internarse en la oscuridad.


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El regreso…


Tras un mes de baja por maternidad,… digo por vacaciones,….esto…. por examenes, por examenes…. eso queria decir,… regreso con el tema que me inició en la escritura,… creo que merece mil respetos, espero que nos transmita algo.

Extracto de una nota hallada en una Biblia, en la Biblioteca de la Universidad de California:

“Estimado lector, mi nombre es Julius Robert Oppenheimer. Muchos ya me conocerán, pero si no es su caso le explicaré.

Nací en Nueva York en el año 1904, estudié físicas en Harvard, y pasé por Cambridge y Gotinga.

En 1942 trabajaba en el Instituto de Tecnología de California y recibí una misiva en la cual se me notificaba que me otorgaban un permiso temporal indefinido. Debía desplazarme a México y, una vez allí, crear un grupo de investigación, capaz de adelantar conocimiento en materia de fisión de núcleos atómicos. Todo ello estaría financiado por el gobierno estadounidense.


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La Pintura


Dedicado con especial cariño a Pequadt, quien me ha recordado que todos tenemos un inicio. Este es mi primer relato publicado en internet. Espero k os guste

Aquella mañana el Sol no quería asomarse, tenía pereza de levantarse, no quería ver a las mismas personas de siempre, que a ritmo de monotonía realizaban las mismas tareas en un continuo vaivén rutinario. Las nubes y la lluvía tomaron el relevo, anunciando la llegada de un estado de ánimo algo oscuro y sobretodo, lleno de nostalgia  y de sentimiento por lo que se había dejado atrás.

Kasumi, la niña niebla, observaba a través del cristal mojado los movimientos lentos de Taro a través de su habitación. Había reñido, se daba cuenta una vez más de que las cosas no eran como él quería. El mundo iba en su contra, un alma que quiere dar, pero recibe lo que más odia. Una vez más se daba cuenta de la insignificancia del hombre.


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Michelangelo Merisi da Caravaggio


Finales de Mayo de 1606. Caravaggio se encuentra delante de su espejo, con el entrecejo fruncido y la mirada desafiante de un loco perturbado. Porta una espada en una mano y una daga en la otra. Golpea repetidas veces a un rival imaginario. Por cada golpe lanza un grito amenazador, lleno de furia. Por cada grito, su cara se perfila más grotesca aun, con más odio. Cuanto más odio acumula en su cuerpo, más furiosos son sus golpes. Este círculo repetitivo se produce una y otra vez hasta dejarle exhausto.

Ranuccio Tomassoni le ha desafiado. No abiertamente, pero él se lo ha buscado. Le ha puesto la zarpa encima a Antonieta della Rossa, amante de Caravaggio. Caravaggio, de personalidad problemática y con el orgullo gravemente herido, ha desafiado a un duelo no legal a Tomassoni cerca de las pistas de tenis de la Via della Sdrofa.


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El castillo de Dolbadern


Estamos en Snowdonia, situado entre las montañas de North Wales, Inglaterra. Día desconocido, mes desconocido. Año, también desconozco.

Soy Owen, el príncipe Owen Gough. Mi propia patria me ha encerrado aquí, en el castillo de Dolbadern. ¡Como si a éste zulo situado en lo alto de una almena se le pudiera llamar castillo!

También desconozco el motivo por el cual me encerraron. Dos sirvientes me traen la comida y ropa limpia. Nunca me hablan. Les han debido dar órdenes para no hablarme, para aislarme completamente del mundo.

Mi único entretenimiento es asomar la cabeza por los fríos barrotes. Es invierno, otra vez. Algunos días veo algún animal deambular por la nieve. Un conejo corretea por aquí y allá, escarbando con sus patas delanteras en busca de alimentos, o veo un ave sobrevolar la zona cautelosamente. Pero no me suele gusta mirar a través de los barrotes. A menudo diviso buitres dando círculos en el aire. ¿Tan mal se me ve desde ahí arriba?


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¡Piratas!


Mi imaginación vuela por el tiempo mientras mi mirada perdida se posa en el azulado vaivén que mece al barco. La mar… un sinfín de olas que vienen y van. Van y vienen perseguidas por una cálida brisa que te acaricia la cara y se lleva tu juventud. De pequeño siempre me pregunté cómo sería ir en un velero, atrapar al horizonte, sobrevivir a una tempestad o cómo olería la mezcla entre la pólvora y la brisa marina. Ahora, perseguido por la ley lo sé mejor que nadie, y no me arrepiento. Yo elegí esta vida, o tal vez ella me quisiera a mí.


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