SOPA DE RELATOS

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En el ocaso


 

 

 

     Percibo sus pasos; trota al principio, corre después. Siento su respiración agitada, cada vez más cerca. Al fin la veo. Aparece al doblar la esquina. Corre dejando atrás un corredor maldito en la calle de tierra que pasa frente a las vías del tren. Apura la marcha, se acerca cada vez más. Estira sus brazos hasta casi tocarme mientras balbucea algo ininteligible, una súplica, un ruego desesperado; sus dedos alcanzan mi rostro. Me despierto, bañada en sudor. Un escalofrío recorre mi cuerpo. Necesito tantear la cama para saber que en realidad estoy aquí, no allá, no con ella. Doy un par de vueltas en la cama y al final consigo dormirme. Es la novena vez que la sueño en menos de un mes.


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En las Sombras


Clara trataba de alcanzar el pomo de la puerta. Ella siempre había soñado con la libertad y con el reconocimiento individual. A su alrededor seguía acompañandole la oscuridad que le había perseguido por años. Dentro de ella, la poca vida que le mantenía despierta menguaba debido a la inanición de cualquier tipo de sensación.

Una fuerza tiró de su pierna hacia abajo, al tiempo que otra tiraba de su mano hacia arriba. En el momento en que parecía que iba a partirse por la mitad alcanzó con la mano libre el pomo, cesando las fuerzas que la sujetaban.

Pero el pomo se volvió frío y bajo su contacto, la forma de este fue cambiando hasta transformarse en un revólver.

Cuando Clara se disparó a sí misma, soñó de nuevo con otro tipo de libertad y supo demasiado tarde el error que acababa de cometer.


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Shhhhh,… que vienen….


Aquella tarde como todas las demás llegué cansado y dolorido a casa. El jefe, como cada día, había estado gritándome por lo mismo de siempre y me había obligado, como cada vez, a realizar trabajo extra durante dos horas más de oficina, un día normal.

Llegar al sofá, acariciar a mi perro y tirarme en el sofá a ver el partido era lo que más me apetecía, pero no era posible.

Me quité los zapatos para no hacer ruido y subí a mi habitación. Me desvestí rápidamente tirando la ropa sucia al suelo y cogí el mono negro de mi armario. Después la escopeta y me dirigí al salón,… necesitaba mi antifaz. Hice una parada en la cocina, necesitaba provisiones. Poco a poco fui recorriendo todas las habitaciones hasta llegar al garaje. La escalera me esperaba donde siempre,…


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Desorden de identidad de la integridad corporal


Llorando. Estoy llorando. Delante del espejo. Lloro y las lágrimas caen como chorros por mis mejillas. Mi boca se deforma con mi llanto. La veo y me avergüenzo de mí mismo. Pero sigo llorando y mirándome en el espejo. Me acerco para ver más de cerca cómo las lágrimas salen de entre mis párpados semicerrados.

Qué asco.

Me estoy dando asco. Verdadero e innecesario asco. ¿Por qué lloro?, se preguntará más de uno. La respuesta es fácil. Mi mente no funciona bien. En otras palabras. Estoy loco. Loco. Acabo de darme cuenta de que hace unos quince minutos me he rebanado uno de mis dedos con unas tijeras previamente afiladas. Y no sé porqué lo he hecho. Estoy loco.

Loco.


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