PAN, ACEITE Y AZÚCAR
La guardería era lo mejor. Toda la mañana (o tarde) jugando sin parar: el pajarito inglés, el pilla-pilla, el escondite, la búsqueda del tesoro, los dibujos, las piezas de construcción, los columpios… Mientras uno no se pusiera a molestar a los demás, no había otras normas que cumplir.
Bueno, una sí. Si querías salir al patio, te tenías que terminar el bocadillo primero. Con aquello no había concesiones. Ni “¡ay, me duele la tripa!”, ni “ya no tengo hambre”, ni bobadas. No te terminas el bocadillo, no sales a los columpios. Era una norma muy eficaz, hasta un crío de tres años captaba la idea al momento.
Y para hacer cumplir aquella norma a rajatabla, nadie como Cati. La general Cati. La tiránica general Cati. No hacía concesiones ni a una linda niña de cinco años:
- Cati, quiero agua… – le dije un día.
- ¡No, que ya bebiste antes!








