SOPA DE RELATOS

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PAN, ACEITE Y AZÚCAR


La guardería era lo mejor. Toda la mañana (o tarde) jugando sin parar: el pajarito inglés, el pilla-pilla, el escondite, la búsqueda del tesoro, los dibujos, las piezas de construcción, los columpios… Mientras uno no se pusiera a molestar a los demás, no había otras normas que cumplir.

Bueno, una sí. Si querías salir al patio, te tenías que terminar el bocadillo primero. Con aquello no había concesiones. Ni “¡ay, me duele la tripa!”, ni “ya no tengo hambre”, ni bobadas. No te terminas el bocadillo, no sales a los columpios. Era una norma muy eficaz, hasta un crío de tres años captaba la idea al momento.

Y para hacer cumplir aquella norma a rajatabla, nadie como Cati. La general Cati. La tiránica general Cati. No hacía concesiones ni a una linda niña de cinco años:

- Cati, quiero agua… – le dije un día.
- ¡No, que ya bebiste antes!


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EL COYOTE Y EL CORRECAMINOS


“¡Mec, mec!”

(Geococcyx velox, alias el correcaminos)

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Da igual lo ingenioso que sea el coyote. Nunca atrapará al veloz correcaminos. Al menos, eso era lo que se mostraba en la serie de televisión. Pero si la ficción trata de desafiar a la realidad, la realidad también toma la revancha y desafía a la ficción.

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En el año 1991, en el colegio de Puig d’en Valls, el equivalente humano al correcaminos era un chaval rubio y delgado como un fideo llamado Toni. Iba a mi misma clase. Y con sólo nueve años ya era un campeón benjamín de atletismo, con unas cuantas medallas en su haber.

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¿Y quién era el ingenioso coyote? Pues era yo, la Raquel, alias “la empollona”. Sacaría las mejores notas de la clase, pero de cerebro para abajo mejor ni hablemos. En resumidas cuentas, me aprobaban educación física por lástima. Y eso me daba mucho complejo.


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¿Cielo o Infierno?


Este relato pertenece a la saga “Cielo o Infierno”. Antes de leerlo te recomiendo que antes leas, por este orden estos dos relatos: El Infierno y después El Cielo. De no ser así, no comprenderás la totalidad del relato.

 

¿Cielo o Infierno?

Gracias a Dios, finalmente he llegado, junto con mi hermano gemelo, a la Tierra. Un lugar al que los ángeles y demonios temen pisar.

Aquí, para los ángeles, yace el mal, el odio… el pecado. Aquí es donde los humanos enfrentan sus miedos, sus pasiones; donde se rigen por sus defectos y virtudes. Aquí, para los demonios, yace el bien, lo positivo… el perdón. Si bien es verdad que los humanos tienden hacia el mal, jamás pisarán este territorio cancerígeno.


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El llanto, la tristeza y su canción


Yo era aquella chiquilla con la mirada perdida. Me acuerdo de aquellas noches en las que mi padre llegaba borracho y pegaba a mi madre. Yo intentaba pasar desapercibida, pero no siempre lo conseguía. A veces sus exagerados enfados caían sobre mí.

Por las mañanas mi madre me culpaba. Me decía que cuando yo no existía mi padre no la pegaba. Decía que yo la avergonzaba.

Desde que puedo recordar, yo siempre he sido callada. Nunca he abierto la boca para hablar. Ni siquiera cuando me pegan. En el colegio los profesores y los alumnos se acostumbran a no hablarme, pues saben que no obtendrán respuesta.

Cuando me hice adolescente, mi padre nos abandonó. No le volvimos a ver jamás. Mi madre me culpó, como siempre. Me empezó a tratar como a una esclava. Era una especie de Cenicienta. Por las mañanas tenía que madrugar para tener todo limpio y para hacer el desayuno. Tenía que hacerlo todo perfecto o mi madre se enfadaría. Muchas veces ella estropeaba cosas aposta para luego regañarme diciendo que lo había hecho yo.


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Aurelio el avaro


Todo el mundo en la oficina recuerda perfectamente a Aurelio. ¿Quién no se ha fijado nunca en el antiguo jefe, el anciano más avaro y agarrado que jamás ha existido en la Tierra?

Recuerdo la primera vez que le vi: vestía un traje gastado, con unas coderas más gastadas aun que el propio traje. Sus zapatos tenían agujeros. No llevaba ni reloj ni anillos.

En fin, al principio pensé que se trataba de un bedel, pero pronto me di cuenta de que era el jefe. Por supuesto que me dije que no podía ser, que un jefe de este tipo de empresas tiene que ser tremendamente rico; pero sus ropas gritaban todo lo contrario.

Según iban pasando los días me di cuenta de que era el anciano más avaro del mundo. Si en el baño te dejabas el grifo goteando te amonestaba quitándote diez euros del sueldo. Si te dejabas la luz encendida te amenazaba con que ibas a pagar el recibo entero. Incluso una vez me regañó como a un crio por dejarme un bocadillo a medias y tirarlo a la basura.


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