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En Vías de Putrefacción #10


(Bueno, ya queda poquito para el final. En este capítulo se muestran algunas cosas… ¿inesperadas? ¡Vamos, lee!

El capítulo de ayer, aquí, o aquí, si lo prefieres.)

.

Han pasado cuatro meses desde que la última niña muerta fuera encontrada. El caso sigue abierto, pero sin ninguna pista nueva.

El inspector González duerme en un colchón tirado en el suelo del cuarto que tiene alquilado en un edificio medio abandonado, céntrico. Entre otros lujos, como el colchón, tiene teléfono, por el cual se despierta ante el atronador timbre.

-¡Joderrrrr!

-Er… señor inspector…

-¡Olmedilla, me cago en la hostia! ¿Sabes qué hora es? Aaaah, Dios… qué sueño, joder…

-Siento despertarle, señor inspector.

-Espera un momento… ¡Olmedilla! ¡Mierda, Olmedilla, qué cojones pasa! Llevas más de dos meses sin aparecer por la comisaría. Tu despido se hizo efectivo hace varias semanas, chico. Si esperas algún tipo de retribución…


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En Vías de Putrefacción #9


(O de cómo pequeñas casualidades en realidad no llevan a ningún sitio.

Para el capítulo de ayer, haz click aquí. O no lo hagas, si no quieres)

.

El inspector González siempre ha sido un hombre de fe. Buscador de la redención del espíritu y de la serenidad del alma. En la pequeña y céntrica iglesia, el inspector González expía sus pecados cada domingo. Este domingo en concreto, el aspecto del inspector González era más tétrico si cabe. Unas grandes ojeras resaltaban en sus pequeños ojos, siendo éstas más visibles aún que su espeso bigote.

El cura, con su aspecto desaliñado y su sotana llena de pequeñas manchitas blancas a la altura de la cadera, da la misa como si estuviera algo borracho. Sólo hay dos asistentes, el inspector González y una vieja con un carro de supermercado a su lado, lleno de objetos sin valor, y cuya cabeza cuelga de su cuello, apenas incapaz de mantenerse despierta.


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En Vías de Putrefacción #8


(Hoy dejo el capítulo un poco antes, que tengo examen por la tarde, ¡Deseadme suerte, mortales!

Ah, y si os perdisteis el de ayer, clickad aquí o arrepentíos)

.

El inspector González devora un bocadillo de atún con tomate empotrado en la cómoda silla de su pequeño despacho. Su bigote, lleno de miguitas de pan, oscila de un carrillo a otro con cada bocado. Olmedilla, el diminuto y granudo ayudante del inspector, se dirige a la puerta del despacho y la golpea tres veces con los nudillos, abriéndola.

-Señor inspector…

-¡Mierda Olmedilla! ¡Espero por tu bien que me traigas buenas noticias! ¿No ves que estoy ocupado?

-Señor… No era mi intención molestarle mientras comía…

-¡Mientras comía! ¿¡Mientras comía!? ¡Joder Olmedilla, joder! ¿No ves que estoy trabajando? ¿Qué cojones vienes a contarme?

-Olmedilla… Digo, ¡señor! Señor… inspector… yo…


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En Vías de Putrefacción #7


(Aquí traigo, como cada día, el capítulo de hoy. Aquí el de ayer, para el que se lo perdiera)

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Joder, joder, joder.

Mierda, mierda, mierda.

Joder. Voy al médico. Tengo cáncer. Me cago en la puta. La niña, la hija de puta de la niña. Muerta. me cago en Dios.

Mierda. Es que me cago en la hostia. Yo iba a desahogarme, joder. Necesitaba desahogarme. Y va la muy puta de la niña y se muere. Es que me pasa por gilipollas. Las cojo muy débiles. Tendría que haberle dado más comida. Así no me da ningún morbo. Me cago en todo…

Pero al Cura sí que le servirá. Voy a llamarle.

.

Lascivo. 17 de Junio de 2008

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En Vías de Putrefacción #6


(Este capítulo tiene un elemento que alguno marcará de surrealista. Sin embargo, es simbólico. Así que como alguien me diga que lo meta en “surrealismo” conocerá mi ira.

Dedicado a Pequadt.

¿Te perdiste el capítulo anterior?)

.

En el zulo, la pequeña María estaba tirada en un suelo carente de muebles, apoyando su cabeza en el mugriento colchón, abrazando a su diario y mirando la bombilla colgante del techo. A medio metro de su cuerpo, cada día más y más delgado, había una bandeja con un plato sucio. La habitación, cuadrada, simple a más no poder, estaba exageradamente poco iluminada. Una mancha rojiza, pero muy oscura, marcaba la pared, al lado de la puerta. Más bien, pegada a la parte de la puerta donde iban las bisagras.


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En Vías de Putrefacción #5


(También tiene dedicatoria, y se la mantengo. Este capítulo se lo dedico a Jorge y a Richi.

Para el capítulo anterior, haz click aquí.)

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Estoy en la consulta del especialista. Concretamente, especialista en oncología. La idea de tener cáncer me acojona, pero hace unos meses que las molestias empezaban a volverse más agudas. Es una habitación muy pálida, con una camilla negra cubierta por completo con papel blanco. Yo estoy sentado en la silla esperando a que el médico entre con los resultados de mis pruebas.

Cuando el médico entra, su cara muestra una seriedad rotunda, lo cual no es que me deje frío. Se sienta frente a mí y me mira.

- Señor Redondo. Tengo malas noticias.

- Oh -respondo escuetamente.


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En Vías de Putrefacción #4


(Este capítulo tuvo una dedicatoria en su día, así que se la voy a mantener. Espero que os guste.

Dedicado a todos los que siguen este relato, especialmente a Champiñón, a Antonio y a Patri (aunque me termine temiendo).

¡Ah! Y para ver el capítulo anterior, aquí.)

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Extracto del diarío de María Martínez Márquez. Estudiante de 2º de la ESO. 14 años.

14 de Abril. Lunes

Hoy no ha sido un buen día. Mi madre me ha llevado al médico porque dice que me pasa algo. El médico no me ha hecho sacar la lengua ni nada, sólo me ha estado hablando. Tampoco tenía bata, como el resto de médicos. Me ha dicho que tenía que comprarme un diario y anotar en él todo lo que me pase, así no me tendrá que recetar ninguna medicación. Y eso estoy haciendo. Tengo que escribir todos los días.


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En Vías de Putrefacción #3


(Aquí está el capítulo 3. Si os quedásteis sin saber qué pasaba, aquí tenéis el anterior)

.

Estoy en la iglesia. Un pequeño cuchitril en medio de la ciudad. Con sus escasos seis ó siete bancos y un pequeño altar, este antro apenas logra convencer a cuatro viejas de que vengan de higos a brevas a rezar por sus maridos enfermos o muertos.

¿Qué busco? Busco el perdón. He pecado, y como pecador, he de confesarme. El cura tiene un aspecto bastante desaliñado, con el pelo negro teñido, y la cara que, pese a mostrarse delgada, tiene colgando una pequeña papada. Unas pequeñas manchitas blancas adornan la sotana, a la altura de la cadera. El confesionario da verdadero asco. Cuando me siento, noto que lo he hecho encima de algo pegajoso. Tampoco es que me importe demasiado.

- Hola, padre.


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En Vías de Putrefacción #2


(Segundo cápitulo de este relato. Para leer el primero, aquí)

.

Lugar de los hechos.

El día después.

El reputado inspector González llega al callejón escondido en la calle Escolapio Ginés, escoltado por un ayudante joven y granudo que toma nota de todo cuanto ve. González, gordo, cabezón, ataviado en un abrigo largo, oscuro, con pelusas pegadas, reluce bajo él una camisa blanca de rayas finas con mancha de café solo colombiano. En el callejón, una bolsa de cadáver con cadáver adorna la apacible estampa de cubos de basura y periódicos mojados en el suelo. El cordón policial marca el perímetro en el que la Policía Científica ha trabajado, y dos novatos se mantienen erguidos y estáticos a la espera de una orden que los aleje del hedor a orina. El inspector González, cuyo bigote le tapa la boca por completo, de forma que es difícil saber si está hablando, se acerca a la bolsa de cadáver con cadáver y tira de la cremallera, quedando el cadáver expuesto a sus pequeños ojos achinados.


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En Vías de Putrefacción #1


(Este relato lo empecé hace mucho y lo terminé hace poco. Se compone de doce capítulos e intentaré poner uno cada día. Espero que os guste)

.

Estoy en la calle. Más concretamente, en un callejón. Oscuro, como de película. De hecho, muy probablemente los directores de las películas sobre callejones oscuros se inspiraran en este mismo. Incluso algún director de películas gore se podría basar en lo que hay aquí. No es que haya hecho nada que no haya hecho antes. Pero reconozco que esta vez he sido un poco más… bestia. Pobre criatura. Tan joven. Mmm. Me encantan jóvenes. Ésta, en concreto, era tan tierna que aún no tenía ni pelos en su dulce chochito. He disfrutado, oh, sí.


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Señor Dollh. Interrogatorio


Para comprender mejor este relato, es recomendable que lea antes estos otros:

¿Está rico el arroz tres delicias?
El Restaurante Ming
Muerte laqueada
Señor Dollh. Parte 1
Señor Dollh. Parte 2

 

 

Interrogatorio.

 

Metimos al conductor con las gafas rojas en un cuarto oscuro. Le sentamos en una silla y le atamos las manos. Con un foco le apuntamos a la cara, de tal forma que no nos pudiera ver. El señor Dollh se puso delante del foco. Al lado del señor Dollh había un hombre muy musculoso, y detrás de la silla otro más musculoso aún sujetando una soga.

 

- ¿Qué hacías en el puticlub de Mawis? – Le preguntó el señor Dollh.

 

El sospechoso levantó la cabeza. Estaba sudando a mares.

 

- ¡Fuera! ¡Déjame, cabrón!

 


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Señor Dollh. Parte 2


Para comprender mejor este relato es recomendable leer previamente estos relatos:
¿Está rico el arroz tres delicias?
El Restaurante Ming
Muerte laqueada
Señor Dollh. Parte 1

 
Señor Dollh. Parte 2

Eran más de las tres de la madrugada. Llevábamos todo el día deambulando por el pueblo en busca de un Seat Ibiza amarillo y por fin nuestra espera había dado sus frutos. El Seat Ibiza salió de un parking. Concretamente de un parking perteneciente a un puticlub llamado “Mawis”.

El señor Dollh aceleró el sidecar de color crema y salió haciendo ruedas. El conductor del Seat Amarillo aceleró también. Eso significa que era sospechoso, o incluso autor del crimen.

El Seat intentó darnos esquinazo, pero nuestro sidecar iba conducido por el señor Dollh. Teníamos las de ganar.


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Señor Dollh. Parte 1


Para comprender mejor este relato es recomendable leer previamente estos dos relatos:
¿Está rico el arroz tres delicias?
El Restaurante Ming

 

El zumbido era bastante insoportable. Ya de por sí es agobiante estar en una habitación en penumbra, con el calor del verano y una humareda de tabaco que salía de la pipa del Señor Dollh como para tener que aguantar el zumbido metálico del ventilador.

Me levanté de mi silla y apagué el interruptor.

- Novato – dijo con desgana el señor Dollh – enciéndelo antes de que nos quememos.

Volví a darle al interruptor. Junto con el movimiento de las aspas apareció el zumbido estridente. Resoplé indignado y me senté en mi sitio. No me gustaba el Señor Dollh. Si bien es un gran detective, tiene más manías que la Santa Inquisición.


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