SOPA DE RELATOS

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La sombra de la noche


Capítulo 2

1 SEMANA ANTES DEL FIN

 

-Lo estás haciendo mal –gritaba Jean Bobbally a un joven novicio-. ¿Por qué no prestas más atención? –abrió la mano y golpeó fuertemente la cabeza del muchacho, por muy poco no llegó a clavar los dientes contra la madera de la mesa donde estaba sentado.

Las habitaciones del colegio parecían reinos de sombras, solo colocaban una vela cada muchos pasos y su iluminación dejaba demasiado puntos ciegos. La humedad caía desde el techo, los muros, piedra gruesa sobre piedra gruesa, proporcionaba calor en invierno, un buen cobijo para los estudiantes y profesores internados, pero muchas veces, cuando llovía el agua permanecía estancada en alguna parte y provocaba enfermedades leves, pero molestas.


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La sombra de la noche


capítulo 1 

UNA ESPADA, UNA MALDICIÓN Y LA CIUDAD ENTERA

 


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La sombra de la Noche


PRÓLOGO


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Trece. 1.


Y es entonces cuando te das cuenta de que las cosas cambian cuando menos te lo esperas. Cuando el cuerpo te dice una cosa y la cabeza otra. Cuando el corazón te late tan fuerte que parece que te va a estallar en mil pedazos. Y, sobretodo, cuando te das cuenta de que ya no hay marcha atrás, de que no puedes cambiar tus decisiones y de que tienes que apechugar con lo que has hecho.

Mi nombre es Amanda. Mi vida, desde que cumplí los quince años, se ha resumido en ver cosas horribles, pero a la tercera o cuarta vez, el dolor va decreciendo, hasta que ya no sientes nada. Ahora, que han pasado cuatro años desde que me uní a Las Noches Tienen Ojos, puedo decir que tengo una familia de verdad. No es enorme, pero sí es grande por cada miembro que hay en ella. Mi hermana, Carla, me integró en esta “crew”. Al principio pensé que los doce integrantes que habían, eran mala gente, o al menos la mitad, ya que siempre estaban pensando en dar palizas a otras crews, en pintar graffitis en la calle o en fumar maría siempre que se lo podían permitir. Pero no sabía que detrás de esa apariencia, en cada uno de ellos se escondía un gran corazón.


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A la hora señalada. Capítulo 2


-¡La leche! ¿Me he salvado de la Muerte?- Se preguntó asombrado.

-¡Mierda! Si me he escaqueado de la Muerte, ahora, ¿tendré que huir de ella? – . En ese mismo momento empezaron a pasar por su cabeza las escenas de distintas películas en las que algún personaje esquivaba la Muerte y no, no recordaba ninguna en la que las cosas se volvieran más fáciles o fantásticas por ello.

Siguió cavilando, buscando el sentido de aquello que acababa de presenciar.

¿Sería un sueño? Porque una de sus especialidades era soñar despierto ya que no podía soñar dormido.

Tenía lo que científicamente se había catalogado como “microsueño”, una variante de la narcolepsia que provocaba que el ciclo de ondas cerebrales cambiase a las delta – alpha, sumiéndole en un estado de sueño profundo que a lo sumo duraba… Dos minutos.


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A la hora señalada. Capítulo 1


Capítulo 1:

Un día cualquiera en su vida, apagó el despertador y volvió a girarse en la cama. Cuando volvió a sonar, había pasado ya media hora y llegaba tarde al trabajo. Acelerado, se ajustó la corbata mientras se lavaba los dientes y se colocó la chaqueta mientras cerraba la puerta de su casa. Cogió el autobús y, ya más calmado consciente de que no podía hacer nada por acelerar el paso, se concentró en pensar la mejor excusa para su jefe…

- ¡No hay excusa posible! – bocinó éste malhumorado.- Todos los días igual: que si el tráfico, que si problemas técnicos, que si… ¡nada! – el jefe se tomó un respiro y se relajó.- Algún día esto le va a traer problemas.


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Gafas de pasta


Mi perro me ha robado las gafas y me mira con desdén. Con cierto porte aristocrático, como si el pijama que llevo fuera indecente. Como si las rayas azules y blancas no fueran dignas o mis pantuflas indecorosas. Abre la boca y pronuncia con absoluta claridad las siguientes palabras:

-Los argumentos en contra de la locura caen con un leve susurro.

No deja de tener razón, pero prefiero seguir viviendo como si no hubiera ocurrido. Son las tres de la tarde y es mi hora de desayunar viendo las noticias.

Por ahí asoma la rubia de todos los días, me pregunto cuántas neuronas usará para leer su texto. Me dedico durante la hora que dura el telediario a buscar patrones. Crisis y Cristiano Ronaldo empiezan por “cri”. Alerta naranja por lluvias y guerra justificada me suenan las dos a berrido.


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Un hijoputa en Nueva York – 22 ago 11


22 ago 11

Sam es un pelín pijo y snob para mi gusto pero me agrada quedar con él de tanto en tanto porque es diferente al resto de gente que suelo frecuentar. Tenemos orígenes distintos, no sólo de país, también de educación, de maneras y de clase social. Nunca hubiéramos entablado amistad de no haber sido porque durante un brunch que la empresa celebró en el salón de un hotel ligamos con dos españolas allí mismo, delante de todo el mundo. El numerito tuvo su gracia y eso nos reportó una cierta fama de playboys que en absoluto se corresponde con la realidad y a partir de ahí hicimos buenas migas. Desde entonces siempre que salimos es para ir de caza.

 

 


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Un hijoputa en Nueva York = 15 ago 11


15 ago 11

Nadie adivinaría mirándola a la cara lo sumamente hija de la gran puta que es.

Trabaja de camarera porque es guapa y porque no sabe hacer nada más. Y como no sabe hacer nada más y es guapa, es camarera. Bien podría haber sido farmacéutica, botánica o enfermera, pero en esos puestos no la dejarían ejercer de mala puta a sus anchas como lo hace de camarera.

Se parece a Cindy Crawford, siempre se lo decía. Ella no tenía ni idea de quién era Cindy Crawford hasta que un día, imagino que cansada de oírmelo decir, la buscó en internet. “Hoy he visto a esa a la que tú dices que me parezco. Es de un pueblo cercano a Naperville, de donde yo soy”, dijo. Es guapa, dijo. Le sacó un pequeño defecto: “parece un poco dura”. No entendí qué quiso decir con eso de ser guapa pero dura. Me pareció una de esas expresiones que usan las mujeres menos guapas cuando se refieren a la belleza superior de otra mujer. Si Cindy Crawford es guapa pero dura se deberían quitar de en medio las guapas pero blandas, y ya no te digo las medio feas pero resistentes.


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Un hijoputa en Nueva York = 08 ago 11


08 ago 11

 Carl Buchon era cliente de nuestra asesoría legal. Uno de esos clientes que toda asesoría acaba perdiendo tarde o temprano. Cuando almuerza en el restaurante los fines de semana pide el ticket de caja con fecha de día laborable, piensa que así cuando el Departamento del Tesoro le inspeccione las cuentas será más benévolo con él si los gastos se consumieron de lunes a viernes.

Tiene un asistente de contabilidad que nos explica que Mr. Buchon se dedica a intercalarle, entre la montaña de papeles de su mesa, facturas y tickets que se va encontrando por ahí, creído de que si engaña al contable también engañará al estado.

Si paga un viaje de avión por cuenta de la empresa Donna Prann utiliza la Master Card de la empresa Ten Much, convencido de que el lío de cuentas y justificantes acabará por cansar a los inspectores del Tesoro y de ese modo renunciarán a las comprobaciones.


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Un hijoputa en Nueva York –


01 ago 11

 Alargo todo lo que puedo la hora de comienzo de la comida hasta hacerla coincidir con la hora española. La nostalgia me obliga a cosas de las que no puedo desprenderme, una de ellas es la hora de la comida. A estas alturas ya debería haberme acostumbrado al horario de aquí, pero no me recompensa integrarme en este apartado, no reporta nada a cambio. Comer mal y comer poco para salir antes y cenar mucho para ir a la cama, es reducir el día a la mitad, o sea, vivir el cincuenta por ciento del tiempo que me tocará vivir. Ni pensarlo.

Deseo comer tarde y deseo comer solo. Tontería de la que en España no caía en la cuenta, aquí en Nueva York, la comida se ha convertido en un rito importantísimo a medias entre un festín a mitad del día y comer tarde por morriña española, lo que me lleva a mirar el reloj compulsivamente a partir de las doce.


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Amar sin condiciones. Capítulo 1


Abre los ojos. Mira en dirección a la ventana. Se levanta y destapa la cortina para contemplar el increíble paisaje que forma el eclipse lunar. Hace frío. Cierra los ojos durante un minuto reflexionando sobre lo ocurrido hace varios meses. Fue un episodio increíblemente triste y traumático que nunca podrá olvidar.

Se deja llevar por el subconsciente, creando así nuevos universos que nunca había imaginado. Viaja a través del aire, a través de la luz del eclipse, de sus sentimientos, sus emociones, sus recuerdos… Por primera vez durante mucho tiempo siente la libertad mental tras el trágico suceso que pudo contemplar con sus propios ojos. ¿Qué iba a ser ahora de John? Era la persona que había cambiado su vida… con la que aprendió a ser feliz, a disfrutar de cada segundo que pasaba… Hacía que cada momento fuera único e inolvidable, al fin y al cabo con él era feliz… muy  feliz. Ya nada iba a ser lo mismo sin él.


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El aterrador jersey errante: segunda parte


Me flaqueaban las piernas y tardé algo más de lo normal en volver a la habitación. La llama de la velita que llevaba en la mano temblaba por la corriente y en el pasillo se oía cómo las gotas sonaban en las ventanas de las habitaciones como insectos golpeando contra un parabrisas.

La puerta de mi habitación estaba entornada, aunque no recordaba haberla cerrado en mi anterior huida, así que la tuve que empujar con el cuchillo jamonero. Vi un relámpago a través de la ventana y una silueta sobre mi cama.

Creo que me quedé de piedra o algo así, porque comencé a mover la boca y los brazos como si fueran de madera. Encima de mi cama y mirando hacia la ventana estaba el jersey de rayas blancas y azules que me había puesto esa misma mañana. Sí, sí, lo he dicho bien, estaba levantado y mirando hacia la ventana en posición contemplativa.


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Es hora de morir


Yo… he visto cosas que vosotros no creeríais… atacar naves en llamas más allá de Orión, he visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser.

Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.

Es hora de morir. “

Blade Runner, 1982

 

 

Qué más da que se diga cuándo empezó todo esto. La cuestión es que tarde o temprano iba a ocurrir; la conducta social derivaba inevitablemente a esto. El origen lo encontraremos en el interior de cada uno de los humanos. De lo que queda de ellos.

Durante muchos años las tres leyes de la robótica fueron inamovibles; exactas, perfectas. No llegaba la hora de producirse el peor íncubo de muchos; la revolución de las máquinas. Al fin y al cabo, no son tan perfectas como sus creadores y ni máquinas haciendo máquinas conseguían superar esa tara.


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PERDIENDO EL HILO (5)


La mañana siguiente no han cambiado tus ideas. Jose ha hecho el desayuno y te lo lleva a la cama. Estás feliz. Ésa es la palabra. Hace mucho tiempo que no te sentías así. Él tiene una permanente y blanca sonrisa en el rostro. Parece que no puede reprimirla. Se le escapa hasta cuando hablais de cosas serias.

Pasas el día con Jose. En la cama, en el sofá, en la ducha, en la cocina, en el ascensor. Lo sigues hasta cuando va a comprar pan. Debes recuperar el tiempo. Tienes que saciar tu hambre. Pasas la mañana, la tarde, y la noche, pegada a su cuerpo.

Piensas en el hilo dental. No sientes el impulso de correr a mirarlo si ante ti está Jose y puedes mirarlo a él. No comentas su existencia.


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PERDIENDO EL HILO (4)


Inviertes tres días en mirar pisos de alquiler, hasta que encuentras uno muy parecido al tuyo. Tiene la cocina más grande y muchos muebles viejos. Cuesta diez euros más al mes, pero está más cerca de tu trabajo. Decides alquilar el piso. Haces la mudanza de las cosas pesadas a través de una agencia, en dos días, pero no te trasladas a tu nuevo hogar. Aún no lo has limpiado a fondo y, además, quieres pintar el dormitorio de rosa.

Transcurren los días y tú frotas azulejos y enjuagas el rodillo. Metes ropa en los armarios, das tu nueva dirección al banco, conoces la panadería de tu nuevo edificio y miras el hilo dental con una sonrisa, desafiante, creyendo que le has vencido. Duermes en los dos pisos, dependiendo de dónde te pille el sueño. Cuando estás en el nuevo, echas de menos las vistas del antiguo. Cuando estás en el antiguo, te sientas en el bidé y se te van las horas.


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PERDIENDO EL HILO (3)


No sabes qué hacer pero sabes que debes hacer algo. Sabes que debes coger el hilo dental y tirarlo. Ponerlo en cualquier otro sitio no tiene sentido. Ponerlo en un cajón oscuro o una repisa iluminada no cambiaría las cosas. Sólo cambiarías el frío y duro asiento del baño por otro más cómodo. Seguirías mirando embobada aquel envase blanco. Así que sabes que lo mejor que puedes hacer es tirarlo a la basura. Es lo que siempre piensas, sin ninguna duda es lo más lógico, como hicistes con las flores…

Pero hace tiempo que tus pensamientos dejaron de ser racionales, hace días que sólo te manejan los sentimientos, impredecibles, inexplicables… y no haces nada. Los sentimientos no te dejan hacer otra cosa más que mirar la cajita blanca de la seda dental.


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PERDIENDO EL HILO (2)


Sueles saber dónde van las cosas. Cuando encuentras algo sabes qué lugar le corresponde, qué quieres hacer. Todo tiene su sitio y tú lo colocas en él. Sin embargo, no sabes dónde va el hilo dental de Jose. Está ahí y no tienes ni idea de dónde meterlo. Así que sólo lo miras. Sigues creyendo que estás volviéndote loca, porque él también te mira.


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PERDIENDO EL HILO (1)


Paseas por la casa. Miras el hilo dental, caído detrás del mueble del baño, y te echas agua fría en la cara. Mientras secas tus manos sigues mirando el hilo dental.

Vuelves al salón y te sientas en el sillón. Enciendes la tele. Durante unos minutos contemplas a los tigres siberianos, tan bellos, tan amenazantes, tan amenazados, jugando en la nieve. Te parecen gatos gigantes. Cazan y matan, y en los inviernos más crudos mueren de hambre. Rugen, y bostezan, y tienen los colmillos blancos. Ellos no se lavan los dientes, piensas, no hay seda dental para sus potentes dentaduras.

Te atrapan los pensamientos y vuelves a levantarte, inquieta. Paseas por la cocina, por el salón, por el pasillo. Vas al baño y te sientas en el bidé. Desde ahí ves una mancha clara, un blanco ensombrecido en la oscuridad de la rendija que queda entre el mueble y la pared.


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Las joyas de una vida: penúltimo capítulo (III)


William no tenía escapatoria, pues la habitación se había llenado con los vasallos del Conde, que perseguían al jefe furtivo de los encapuchados. Las esperanzas de Beatrice se marchitaron por completo. Sus sospechas eran absolutamente ciertas. William bajó la cabeza por el peso de su vergüenza. Había ocultado a su amada para poder evitar la mirada de culpa que, de no ser por las sábanas, estarían escudriñando en ese momento cada rincón de su alma.

–No entendéis nada. Ranstings merece la paz, la necesita. Mi padre no lo comprende. ¿Qué importa que estas tierras sean de un señor o de otro? Lo necesario es la paz, el bienestar de todos. Podríamos habernos colmado con tesoros y riquezas y marchar a cualquier otro lugar, pero mi padre es demasiado estúpido. Mantiene ideas que no son prácticas para estos tiempos. De nada sirve pertenecer al linaje ni defender el honor. Lo que cuenta es la paz, a cualquier precio.


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