SOPA DE RELATOS

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Las cicatrices del alma.Capitulo XI


Mi primera comunión

Por fin empezaron las lecciones y tengo que decir que no me costó mucho aprender a leer.

Para hacer la primera comunión nos tuvimos que aprender el catecismo completo, nos examinaron y no todos aprobaron. Yo además de estudiarlo bien, creo que fue mi día de suerte e incluso me felicitaron. Los aprobados la harían el mismo año, y los suspensos al año siguiente.

Llego el día tan señalado para los aprobados, y acordaron que la haríamos en la iglesia que asistían a misa mis hermanas. Me alegré mucho pensando que las podría ver de nuevo, ya que hacía mucho tiempo que no las veía.

Nos compraron unos pantalones azules y una camisa blanca y nos hizo mucha ilusión ya que aquella ropa era una novedad para nosotros.


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Las cicatrices del alma.Capitulo X


El nuevo reformatorio

Llegó el esperado día del cambio.

El nuevo comedor, además de que era más grande, disponía de mesas y sillas. ¡Por fin podríamos comer sentados como personas!

El dormitorio se componía de dos salas de unos doscientos metros. Las camas estaban alineadas en filas, con mejores colchones que las anteriores y, sus correspondientes sábanas.

Los aseos también tenían algunas mejoras, aunque seguimos duchándonos sin jabón ni agua caliente para asearnos como Dios manda.

Lo más positivo para nosotros, fue que fuimos escolarizados en el nuevo reformatorio. Nos dieron la oportunidad de poder aprender a leer y a escribir. El aula se componía de una sala grande con mesas y pupitres. Allí nos podrían dar clases y hacer nuestros deberes sin ningún problema.


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Las cicatrices del alma.Capitulo IX de XLVI


El encuentro con mi madre

De mi madre hacía tiempo que no sabía nada. En realidad nunca supe lo que fue de su vida durante todo aquel tiempo, ni tampoco se lo pregunté. Lo que no percibía era que estaba muy cerca el día que la vería de nuevo.

Una tarde el señor Ramón me llamó con insistencia para que le siguiera. Un poco desorientado y siempre temiendo lo peor (no fuera que sin ser consciente hubiera hecho algo malo) seguí a este hombre y, grande fue mi sorpresa, me lo tenía que  creer porque lo estaba viendo.

Al otro extremo de una puerta de rejas que daba a la calle, estaba viendo con mis propios ojos a mi madre.

Llorando nos besamos como pudimos a través de los barrotes de aquella maldita puerta.


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Las cicatrices del alma.Capitulo VIII de XLVI


Mi enfermedad y el día a día en el reformatorio.

Aún con la ayuda de mis hermanas seguía pasando mucha hambre. Entre el hambre, la falta de higiene y la tristeza, caí gravemente enfermo y poco faltó para que perdiera la vida.

Todo empezó en que comía a medias los pocos alimentos que nos daban, igual que hacía con el chocolate que me daban mis hermanas. Llegó un día que deje de comer por completo, y la ración que me pertenecía se la daba a mis compañeros. Aparte de ser el más pequeño de los internos, tengo que decir que era un niño tímido, ni los celadores fueron conscientes de lo que me estaba pasando, ni yo les dije nada, hasta que un día cuando jugábamos en el recreo, perdí el conocimiento y caí al suelo desplomado.


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Las cicatrices del alma.Capitulo VII de XLVI


El encuentro con mis hermanas.

 

Llegó el primer domingo de mi ingreso en aquella cárcel para niños y, nos formaron en dos filas para llevarnos a la Iglesia a oír misa.

Durante el trayecto nos llevaron formados al estilo militar cantando canciones religiosas. Una de las canciones que más me acuerdo decía así:

-          “Era niño del albergue, del albergue la misión, porque allí encontrarás tu entera salvación. Bendito, bendito, bendito sea Dios, los Ángeles cantan y alaban al Señor”.

Al llegar a la Iglesia nos situaron en un extremo de la misma todos de pie. Los pocos bancos que había estaban reservados para las monjas.

Mi alegría se desbordó, cuando vi que entraba en la iglesia un grupo de niñas dirigidas por dos monjas, y con ellas iban mis hermanas. Iban uniformadas, y se cubrían la cabeza con una boina roja, pues según normas del reformatorio, les rapaban  el pelo para no darles facilidades a los molestos piojos.


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Las cicatrices del alma.Capitulo VI de XLVI


La higiene y desnutrición en el reformatorio.

Las condiciones de limpieza en el reformatorio eran nulas, y los gérmenes nocivos para la salud, se sentían a sus anchas.

En estas condiciones, carentes de higiene, mas la escasez de alimentos conllevaría, que una gran mayoría de niños estuviéramos afectados por raquitismo, parásitos y muchas enfermedades, abundando sarampión, tiña y sarna.

Para curar la sarna, nos embadurnaban el cuerpo con azufre, y para el tratamiento de la tiña, trituraban unas patatas previamente cocidas, y hacían una cataplasma, para aplicárnosla en la cabeza con ayuda de una venda.


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Las cicatrices del alma.Capitulo V de XLVI


Ingresado en un reformatorio de Valencia con 7 años de edad, año 1944

Después de tantos avatares, vinieron dos hombres a por nosotros. Nos dijeron que nos llevarían a un colegio, que allí estaríamos muy bien cuidados ¡Qué mentira más piadosa! Nos ordenaron que les siguiéramos para ducharnos antes de ingresar al colegio prometido, y nos llevaron a unas duchas municipales.

Al llegar a las duchas se me acercó un hombre, y cogiéndome de un brazo, intentó por la fuerza separarme de mi madre y de mis hermanas para conducirme a las duchas de hombres. Llorando, y con mucha resistencia por mi parte me opuse con firmeza, e intenté no seguirle el juego. Toda mi lucha sería en vano, ya que la fuerza bruta de este hombre ganó la partida, y me condujo a la ducha.


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Las cicatrices del alma.Capitulo IV de XLVI


Nuestro traslado a Valencia. 1945

 

El motivo de este cambio tan negativo y tan drástico para nosotros, lo causó un malvado sin corazón y sin escrúpulos, que supo convencer a mi madre para vivir con ella en pareja.

Este mal nacido, se aprovechó de la ignorancia de mi madre, para que vendiera lo conseguido con el esfuerzo de su trabajo, pues según el estafador no nos iba a hacer falta, nos iríamos a vivir los siete a Valencia. Allí disponía de casa y de recursos para vivir sin necesidades.

Mi madre creyó ver una puerta abierta, a su grave situación con la promesa de este sinvergüenza y no dudó en hacerle caso, de nada sirvieron los consejos de familiares y vecinos, vendió los animales con enseres (mesas, sillas… etc.) y demás utensilios que no se podía llevar.


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Las cicatrices del alma.Capitulo III de XLVI .


La muerte de mi padre y el regreso de mi madre. 1940

Recuerdo un día que almorzábamos en la casa del abuelo, que interrumpió nuestro almuerzo la visita de una mujer vestida de negro.

Tiempo después sabría que era mi madre, pero en aquel momento, que se dirigió a mí con la intención de darme un beso, huí de ella para refugiarme en las faldas de mi abuela, pues la separación entre ambos, dio lugar a que creyera, que mi madre era mi abuela.

Al poco de regresar mi madre nació mi hermano Domingo, y poco después, recibimos el fatídico telegrama notificando el fallecimiento de mi padre. Su enterramiento tuvo lugar en una fosa común, (¡Sabe Dios dónde!), pues nunca tuvimos la oportunidad de llevarle un ramo de flores.


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Las cicatrices del alma.Capitulo II de XLVI .


Capítulo II

Mi nacimiento y la muerte de mi padre. 1937

En el año 1937 y en plena guerra civil, vi la luz por primera vez en un pequeño pueblo de Almería (España), ocupe el cuarto lugar de tres hermanas, Isabel, M. Dolores y Rosa.

Estas son mis hermanas, las que quiero y adoro con todo mi corazón, ellas fueron mis protectoras, y renunciaron en mi favor, a lo más elemental para su subsistencia.

Mi madre fue una mujer excepcional. Gracias a su sacrificio y fortaleza impidió que en aquellos años de hambre murieran sus hijos. No le importó exponer su propia vida por nosotros.

A pesar de haberlo dado todo sin esperar nada a cambio, se vio privada del derecho que toda madre debe tener: el disfrute de sus hijos.


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Las cicatrices del alma.Capitulo I de XLVI .


Taberno en 1937, Almería (España)

 

Taberno es un pueblo pequeño de la provincia de Almería.
En el año 1937 la vida en las zonas rurales de España era diferente de cómo es ahora.

El hambre llevaba a familias en situaciones desesperadas a cometer actos iguales de desesperados.

La educación no estaba, como ahora, al alcance de todos, sino de los más favorecidos, y una gran mayoría, empezábamos a trabajar desde niños para no morir de hambre.

Hoy vemos por la televisión como se vive en los países del tercer mundo, a niños trabajando antes de cumplir 10 años, y a mujeres sometidas al dominio de sus maridos o padres, y nos parece una realidad muy lejana, cuando lo cierto es, que hace apenas 70 años también era nuestra realidad.


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Amar sin condiciones. Capítulo 1


Abre los ojos. Mira en dirección a la ventana. Se levanta y destapa la cortina para contemplar el increíble paisaje que forma el eclipse lunar. Hace frío. Cierra los ojos durante un minuto reflexionando sobre lo ocurrido hace varios meses. Fue un episodio increíblemente triste y traumático que nunca podrá olvidar.

Se deja llevar por el subconsciente, creando así nuevos universos que nunca había imaginado. Viaja a través del aire, a través de la luz del eclipse, de sus sentimientos, sus emociones, sus recuerdos… Por primera vez durante mucho tiempo siente la libertad mental tras el trágico suceso que pudo contemplar con sus propios ojos. ¿Qué iba a ser ahora de John? Era la persona que había cambiado su vida… con la que aprendió a ser feliz, a disfrutar de cada segundo que pasaba… Hacía que cada momento fuera único e inolvidable, al fin y al cabo con él era feliz… muy  feliz. Ya nada iba a ser lo mismo sin él.


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El aterrador jersey errante: segunda parte


Me flaqueaban las piernas y tardé algo más de lo normal en volver a la habitación. La llama de la velita que llevaba en la mano temblaba por la corriente y en el pasillo se oía cómo las gotas sonaban en las ventanas de las habitaciones como insectos golpeando contra un parabrisas.

La puerta de mi habitación estaba entornada, aunque no recordaba haberla cerrado en mi anterior huida, así que la tuve que empujar con el cuchillo jamonero. Vi un relámpago a través de la ventana y una silueta sobre mi cama.

Creo que me quedé de piedra o algo así, porque comencé a mover la boca y los brazos como si fueran de madera. Encima de mi cama y mirando hacia la ventana estaba el jersey de rayas blancas y azules que me había puesto esa misma mañana. Sí, sí, lo he dicho bien, estaba levantado y mirando hacia la ventana en posición contemplativa.


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Es hora de morir


Yo… he visto cosas que vosotros no creeríais… atacar naves en llamas más allá de Orión, he visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser.

Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.

Es hora de morir. “

Blade Runner, 1982

 

 

Qué más da que se diga cuándo empezó todo esto. La cuestión es que tarde o temprano iba a ocurrir; la conducta social derivaba inevitablemente a esto. El origen lo encontraremos en el interior de cada uno de los humanos. De lo que queda de ellos.

Durante muchos años las tres leyes de la robótica fueron inamovibles; exactas, perfectas. No llegaba la hora de producirse el peor íncubo de muchos; la revolución de las máquinas. Al fin y al cabo, no son tan perfectas como sus creadores y ni máquinas haciendo máquinas conseguían superar esa tara.


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PERDIENDO EL HILO (5)


La mañana siguiente no han cambiado tus ideas. Jose ha hecho el desayuno y te lo lleva a la cama. Estás feliz. Ésa es la palabra. Hace mucho tiempo que no te sentías así. Él tiene una permanente y blanca sonrisa en el rostro. Parece que no puede reprimirla. Se le escapa hasta cuando hablais de cosas serias.

Pasas el día con Jose. En la cama, en el sofá, en la ducha, en la cocina, en el ascensor. Lo sigues hasta cuando va a comprar pan. Debes recuperar el tiempo. Tienes que saciar tu hambre. Pasas la mañana, la tarde, y la noche, pegada a su cuerpo.

Piensas en el hilo dental. No sientes el impulso de correr a mirarlo si ante ti está Jose y puedes mirarlo a él. No comentas su existencia.


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PERDIENDO EL HILO (4)


Inviertes tres días en mirar pisos de alquiler, hasta que encuentras uno muy parecido al tuyo. Tiene la cocina más grande y muchos muebles viejos. Cuesta diez euros más al mes, pero está más cerca de tu trabajo. Decides alquilar el piso. Haces la mudanza de las cosas pesadas a través de una agencia, en dos días, pero no te trasladas a tu nuevo hogar. Aún no lo has limpiado a fondo y, además, quieres pintar el dormitorio de rosa.

Transcurren los días y tú frotas azulejos y enjuagas el rodillo. Metes ropa en los armarios, das tu nueva dirección al banco, conoces la panadería de tu nuevo edificio y miras el hilo dental con una sonrisa, desafiante, creyendo que le has vencido. Duermes en los dos pisos, dependiendo de dónde te pille el sueño. Cuando estás en el nuevo, echas de menos las vistas del antiguo. Cuando estás en el antiguo, te sientas en el bidé y se te van las horas.


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PERDIENDO EL HILO (3)


No sabes qué hacer pero sabes que debes hacer algo. Sabes que debes coger el hilo dental y tirarlo. Ponerlo en cualquier otro sitio no tiene sentido. Ponerlo en un cajón oscuro o una repisa iluminada no cambiaría las cosas. Sólo cambiarías el frío y duro asiento del baño por otro más cómodo. Seguirías mirando embobada aquel envase blanco. Así que sabes que lo mejor que puedes hacer es tirarlo a la basura. Es lo que siempre piensas, sin ninguna duda es lo más lógico, como hicistes con las flores…

Pero hace tiempo que tus pensamientos dejaron de ser racionales, hace días que sólo te manejan los sentimientos, impredecibles, inexplicables… y no haces nada. Los sentimientos no te dejan hacer otra cosa más que mirar la cajita blanca de la seda dental.


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PERDIENDO EL HILO (2)


Sueles saber dónde van las cosas. Cuando encuentras algo sabes qué lugar le corresponde, qué quieres hacer. Todo tiene su sitio y tú lo colocas en él. Sin embargo, no sabes dónde va el hilo dental de Jose. Está ahí y no tienes ni idea de dónde meterlo. Así que sólo lo miras. Sigues creyendo que estás volviéndote loca, porque él también te mira.


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PERDIENDO EL HILO (1)


Paseas por la casa. Miras el hilo dental, caído detrás del mueble del baño, y te echas agua fría en la cara. Mientras secas tus manos sigues mirando el hilo dental.

Vuelves al salón y te sientas en el sillón. Enciendes la tele. Durante unos minutos contemplas a los tigres siberianos, tan bellos, tan amenazantes, tan amenazados, jugando en la nieve. Te parecen gatos gigantes. Cazan y matan, y en los inviernos más crudos mueren de hambre. Rugen, y bostezan, y tienen los colmillos blancos. Ellos no se lavan los dientes, piensas, no hay seda dental para sus potentes dentaduras.

Te atrapan los pensamientos y vuelves a levantarte, inquieta. Paseas por la cocina, por el salón, por el pasillo. Vas al baño y te sientas en el bidé. Desde ahí ves una mancha clara, un blanco ensombrecido en la oscuridad de la rendija que queda entre el mueble y la pared.


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Las joyas de una vida: penúltimo capítulo (III)


William no tenía escapatoria, pues la habitación se había llenado con los vasallos del Conde, que perseguían al jefe furtivo de los encapuchados. Las esperanzas de Beatrice se marchitaron por completo. Sus sospechas eran absolutamente ciertas. William bajó la cabeza por el peso de su vergüenza. Había ocultado a su amada para poder evitar la mirada de culpa que, de no ser por las sábanas, estarían escudriñando en ese momento cada rincón de su alma.

–No entendéis nada. Ranstings merece la paz, la necesita. Mi padre no lo comprende. ¿Qué importa que estas tierras sean de un señor o de otro? Lo necesario es la paz, el bienestar de todos. Podríamos habernos colmado con tesoros y riquezas y marchar a cualquier otro lugar, pero mi padre es demasiado estúpido. Mantiene ideas que no son prácticas para estos tiempos. De nada sirve pertenecer al linaje ni defender el honor. Lo que cuenta es la paz, a cualquier precio.


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