SOPA DE RELATOS

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El chico de pueblo


Él era un tipo sencillo, pero profundo y sensible. Se había criado en una familia de clase baja, pero bien situada dentro del estatus de una pequeña aldea. Su mayor aspiración era muy humilde: formar una numerosa familia con la joven de la que estaba enamorado.

Era un hombre fornido, atractivo, un ídolo para muchos chicos del pueblo, y, por ello, todas las mozas del pueblo iban tras él. Pero, aunque muchas de ellas eran chicas hermosas, su amor tenía un único destinatario.

 

Ella, sin duda, era la más bella. Aficionada a la literatura, a primera vista era encantadora. Su caminar distraído, ignorando todo cuanto sucedía a su alrededor, le daba una apariencia de ingenuidad que era capaz de bajarle todas las barreras. Le despertaba una pasión que no era capaz de controlar y, arrastrado por ella, cometió alguna que otra barbaridad.

 


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La inutilidad de un beso


Llegó el momento de la despedida.

Tras largas miradas y un silencio envolvente, Ana empezó a inquietarse.

Y empezó a pensar:

-  ¿Qué hago?, ¿Ahora qué hago?, ¿Qué va a pasar?,¿Qué digo? No, mejor no decir nada pero, ¿cómo me comporto? ¿Le gusto? Porque él a mí sí que me gusta… ¿Qué hago?-

Volvieron a retomar la conversación y Ana sonreía empática, de forma automatizada porque no podía frenar aquellas ideas que revoloteaban en su cabeza como una bandada de pájaros asustados, sin saber qué rumbo seguir. A duras penas seguía el discurso de Miguel, estaba hipnotizada con sus ojos y le costaba controlar sus sentimientos.

-   Podría besarle. Tal vez es una buena idea aunque, podría alarmarse; pensar que soy una cualquiera que va buscando algo
fácil o una “loca de la cabeza” que en cuanto conoce a un chico ya se imagina cómo sería su futuro con él… Va, Ana, se sincera contigo misma, ya te has imaginado cómo sería tu futuro con él… ¡Pero sólo por entretenerme! Mira, no estoy segura.


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Existe


Existe

 

Existe un chico. Un efebo, un mancebo, un joven con alma de niño, un niño con mente de joven. Un tipo que al mirarse frente al espejo, no soporta tanta repugnancia y golpea los cristales sin miedo a lastimarse. Un pecador, un hereje, un agnóstico, un egoísta que ha perdido la fe en los sí mismo y en los demás. Un  perezoso dormilón, que se acuesta temprano y se despierta tarde, que espera los últimos cinco minutos en la cama, que da vueltas entre sábanas ocultándose de la jornada, que aletarga su rutina diaria, que llega tarde y se va temprano. Un soñador, un iluso, un juglar perdido en el tiempo, un ingenuo, un blandengue de corazón, que ofrece la otra mejilla, que ayuda incluso cuando le han dado la espalda. Un erudito, un estudioso, un nerd, un ratón de biblioteca, que devora cuanto libro encuentra, que escapa a su mundo de fantasía, que escribe y escribe, que juega a ser dios y moldea el mundo a su imagen y semejanza, que crea y destruye, que da vida y que la quita.


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Noviembre


Noviembre ha empezado a calar,

ha dejado su marca escrita.

Noviembre, que me vio gritar

que te fueras de mi vida.

Noviembre comienza a llorar

para sanar sus heridas.

Noviembre no quiero mirar atrás

y ver más hojas marchitas.

 

Noviembre, noviembre,

tú que me viste marchar

cúbreme, cúbreme.

Noviembre, noviembre,

no me invites a la oscuridad,

noviembre.

 

Recuerdo su abrazo al decirme adiós,

hoy queda tan falso que me pierdo

en un sentimiento del gris de esta ciudad.

Noviembre invita al silencio.

 

Noviembre, noviembre,

arrópame en la soledad,

cúbreme, cúbreme.

 

Noviembre, noviembre,

su voz ya no resonará en mi mente.

Noviembre, noviembre,

Noviembre, ¡ayúdame a olvidar!

Noviembre.

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El abrigo verde


Unos pasos cansados pero pertinaces se hunden en la nieve en un vano intento de arañarle a la estepa unos cuantos centímetros más de vida. Como si de una vela rasgada se tratase, un abrigo verde y grueso pende entre jirones de la encorvada espalda del soldado. Apenas ya una sombra y un suspiro en medio del viento.

Ya no hay sitio para pensamientos complejos o algún tipo de introspección, tan solo un dolor agudo y lacerante que desgarra los dedos de las manos y los pies con sus dientes de hielo. El frío se materializa en las pestañas y en la barba en forma de cristales que finalmente empapan la bufanda y llegan a convertirse en vapor caliente bajo varias capas de abrigo.

Si tuviera fuerzas, lloraría.

Sobrevivir unas horas más es un tormento impuesto por la interminable sucesión de pasos y crujidos sobre la nieve.


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La aurora, el amanecer…


La verdad es que tantas veces me he enamorado que no estoy ya seguro de si el amor existe. Esta es una de esas frases tan ciertas que uno solo podría escribir sin pensar, y así lo he hecho.

Y ahora, llega otro nuevo amor. Un amor más infantil, más inocente, más de boda. Un nombre tan precioso que ni puedo escribirlo y me veo obligado a utilizar sinónimos, que no le faltan, para el título de mis escritos. Un nombre que recuerda que merece la pena vivir, y que, aunque el ser humano sea malo por naturaleza, esta actitud puede destruirse. ¡No! El ser humano puede llegar a ser bueno, bueno de verdad: justo, igualitario y solidario. Y si ella no existiese esto sería falso, pero por suerte no es así. Ella es una utopía, un imposible. Algo que existe pero no debería.


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Un Año Después


[Antes de leer esto, recomiendo leer un texto anterior: http://zadel88.wordpress.com/2011/01/28/cartas/]

Ha pasado un año. Y no puedo decir que te haya olvidado.

Significaste mucho para mí, a pesar que nunca hiciste gran cosa por demostrar que no era alguien prescindible para ti.

Ahora. Un año después, no soy capaz de decir que no significaste nada para mí, no puedo decir que no marcaste una parte de mi vida. Quizás nunca pueda decir tal cosa.

Pero, si puedo decir, que ahora, sin tu presencia constante, me siento mejor. Más seguro de mí y de lo que soy capaz. Incluso, por egocéntrico que suene Me doy cuenta de lo que merezco.

Ahora sé, aunque sea difícil de aceptar, que nunca fui nada para ti, que solo soy un recuerdo alegre de alguien más que lograste manipular.


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Define… (II)


Puedo verlo aún fresco en mi mente, te veo, frente a mí, sonriendo.

Esa sonrisa me acompaña en todo el camino a casa, y me lleva a niveles de alegría que nunca pensé que podría llegar. Tu sonrisa aún me acompaña por horas y horas.

Ha pasado un día y tu sonrisa sigue ahí, grabada a fuego en mi mente, cada expresión, cada momento, cada palabra de ese día está presente en mi mente. Empiezo a pensar que algo está pasando entre nosotros, en mi mente empiezo a ver señales que no había visto, empiezo a percatarme de palabras y movimientos específicos de los que no había caído en cuenta antes.

Voy dos días y empiezo a pensar… “¿Será?… ¿Será posible?” y me convenzo cada vez más y más; creo que siento algo por ti, y estoy seguro que sientes algo por mí, sin embargo aún no es el momento: Solo han pasado un par de días, debo dejar que el ambiente se repose antes de hacer mi movimiento.


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Vuelve


Hace mucho que no escribo nada. Por tiempo, por cansancio, o quizás porque las musas me hayan abandonado desde que lo hiciste tú. Tampoco me han dicho porqué se han ido. No lo entiendo. Al igual que tampoco entiendo porqué cada vez que miro a mi alrededor no veo ya nada. Nada de lo que habíamos planeado juntos se ha podido convertir en realidad. Aún sí, no sé cómo,  todavía siento. Siento escalofríos que recorren mi cuerpo, y una mano suave que me acaricia la espalda como cuando estábamos los dos tumbados, desnudos, sin necesidad de haber hecho nada más.  Pero cuando abro los ojos tengo miedo porque veo que estoy sola. Tiemblo, porque me he perdido. Si no fuera porque aún siento, sino fuera por tu recuerdo tampoco estaría yo.

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El ramo de flores


Ya es el día de San Valentín, es un día muy especial para nosotros, justamente este día hace años que empezamos a salir juntos.

Me he levantado, dirigiéndome hacia la cocina, dirección a la cafetera para empezar bien el día mientras paso la hojas del periódico que cada mañana el repartidor me deja en el buzón.

Al terminar todas las tareas de casa me dirijo hacia la floristería de cada año, nada mas entra a la tienda muchos ramos de flores me reciben, no se por donde empezar a mirar, para cogerte el mas bonito.

Al llegar mi turno la chica de la floristería se me pregunta que ramo quiere, y después de pensar mucho me decido por el mas bonito, uno con mucho colorido, rojo, lila, naranja, amarillo, entre otros.


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Konekta2


 

Te pisé los talones cuando aún no conseguía distinguir ni tan siquiera  cual era el camino más cómodo y tranquilo. Hoy tampoco es que lo tenga muy claro pero he aprendido a disimular mejor. Mastiqué tu ausencia y se mezclo en mi boca con todo el polvo que había mordido en la última cucharada de vida amarga que degustaban a regañadientes casi todos mis sentidos, todos menos el sentido común. Nunca nos habíamos llevado bien y casi toda la culpa era mía. Empeñado siempre en inventar lo que ya estaba inventado hacía mucho tiempo, empeñado en escupir contra el viento y claro era como darme cabezazos contra una pared. La pared de la realidad.

Resulta que un día cambió el viento de dirección, tus ojos vacíos de mi y los míos con ganas de ti, se encontraron entre la maleza del montón de días grises que daban color a nuestras sonrisas, clandestinas ellas y deseosas de escapar del sitio a dónde nunca debieron de llegar.


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Amar sin condiciones. Capítulo 1


Abre los ojos. Mira en dirección a la ventana. Se levanta y destapa la cortina para contemplar el increíble paisaje que forma el eclipse lunar. Hace frío. Cierra los ojos durante un minuto reflexionando sobre lo ocurrido hace varios meses. Fue un episodio increíblemente triste y traumático que nunca podrá olvidar.

Se deja llevar por el subconsciente, creando así nuevos universos que nunca había imaginado. Viaja a través del aire, a través de la luz del eclipse, de sus sentimientos, sus emociones, sus recuerdos… Por primera vez durante mucho tiempo siente la libertad mental tras el trágico suceso que pudo contemplar con sus propios ojos. ¿Qué iba a ser ahora de John? Era la persona que había cambiado su vida… con la que aprendió a ser feliz, a disfrutar de cada segundo que pasaba… Hacía que cada momento fuera único e inolvidable, al fin y al cabo con él era feliz… muy  feliz. Ya nada iba a ser lo mismo sin él.


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cuatro


Cuatro letras,
cuatro números,
cuatro canciones o cuatro poemas
con los que definir mi eterna amargura,
mi eterna desdicha,
la sonrisa melancólica y apagada que se me dibuja cada día,
con la que te miro y me reprimo,
llena de hiel que me marchita lenta y dolorosamente.

Cuatro líneas mal dibujadas,
cuatro susurros llenos de lamentos,
de esos que te hacen gritar a la nada,
a esa nada en la que un día creíste,
que gana terreno en cada una de tus células.

Cuatro lágrimas derrochadas,
dibujando el infinito de tus labios,
dibujando lo eterno de esto que me mata.

Te he amado y ahora te odio.

Te necesito y sé que te he perdido.

Cuatro suspiros, cuatro lamentos.
Y aún así te sigo amando.

Si no vuelves no habrá vida.

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Lazos firmes


 

 

 

Unas manos. La piel, bastante oscura. Las uñas, a pesar de los cortes deformes, mostraban una higiene bien cuidada. Los dedos, no muy largos, eran gruesos y un anillo sencillo de plata parecía asfixiar el angular. Los nudillos se plegaban en protuberancias frondosas de carne, y se divisaban vellos oscuros por todos los pliegues. El color de las yemas de los dedos delataba una más que probable afición al tabaco, quizás ya abandonada, quizás aún presente.

 

Así vistas, no eran más que unas simples manos.

 

Pero esas manos sostenían otras. Unas manos aún más pequeñas, con dedos finos y uñas rosas. Una mano en la que un anillo igual al que asfixiaba el dedo oscuro, danzaba con libertad. Estas manos hablaban de trabajo, trabajo duro en el hogar o quizás en el campo, ¡quien sabría! Se podían ver las marcas de sequedad que dejan la lejía y los detergentes, se observaba un esmalte algo desgastado, algunos cortes cicatrizados…


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Los amantes


– Juro que hoy no lo llevaré conmigo, tengo que arrebatarlo de mi cabeza, tirarlo, dejarlo abandonado en algún lugar que no interfiera en mi camino…..decía él mientras caminaba por esas calles que, en otoño, se disfrazan de copas de árboles.

– Prometo que hoy no estarás conmigo…te arrancaré, te cortaré hasta dividirte en partículas tan pequeñas que jamás puedan recomponerse… musitaba ella con una energía que se debilitaba en cada intento.

Son las diez de la mañana. Él y ella acaban de encontrarse en la habitación en la que se aman cada miércoles, durante esos encuentros frugales….
Se devoran sofocando el deseo retenido durante días, pero en el instante culminante, en el punto álgido del placer, advierten una vez más que el espejo que refleja sus almas vuelve a estar cubierto por ese suave, pero opaco tejido gris que él había jurado, prometido ella, abandonar para siempre.


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Edelweis


 

Pedro Caravaca era un maestro de escuela, humilde y ejemplo de virtuosismo en “Flores de Edelweis”, una pequeña aldea al norte de los Pirineos. El 3 de marzo de 1928, fue sacudido por el resurgir de la vida y el abatir de la muerte, pues Dolores Santiago, su amada esposa, murió en el parto de su primer hijo.

Pedro no era un hombre que se rindiera fácilmente y no permitió que la tristeza le hundiera más de lo absolutamente natural, y así, con fortaleza y habilidad, se hizo cargo desde el principio de la pequeña criatura que le había devuelto los ojazos negros que nunca más volvería a ver en la cara de su madre.


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Teresa


 

Teresa, esa mujer silenciosa de cabello oscuro…

 

Nadie sabía qué escondía tras esos ojos secos, tras su imagen quebrada, tras su expresión marmórea.

 

Como cocinera era, sin duda, la mejor de las profesionales. Independiente, diligente, creativa, cuidadosa… Teresa se crecía conforme aumentaba su carga de trabajo. Pero fuera de su territorio, Teresa era huidiza, melancólica, débil… algo la transformaba por completo más allá de su cocina.

 

Eran tantas las buenas recomendaciones que avalaban su profesionalidad, que los señores aceptaron su particular rareza: “Los críos nunca deben entrar en la cocina. En la medida de lo posible, preferiría no tener que relacionarme con ellos. Nadie puede entrar en mi habitación”. No les importó, después de todo ellos tenían su propia niñera y profesora, y por supuesto, no les interesaba para nada entrar en los dormitorios de las criadas.

 


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La muñeca rusa


Las vibraciones del sonido que emitió aquella frase llegaron como un viento frío que hiela y eriza la piel. Permaneció inmóvil, con la serenidad falsa que produce la incomprensión, hasta asustarse porque no podía mover ni un solo dedo de su mano, mucho menos, pronunciar alguna palabra.

Entonces, sintió que se caía y se golpeaba bruscamente contra el suelo, dividiéndose, como una de esas muñecas rusas, en al menos diez trozos diferentes.

Vio cómo se derrumbaba su parte sensible, cómo rodaba aquélla donde residía su sentido del humor, incluso la zona donde albergaba los sentimientos más nobles de amistad se dio de bruces contra el suelo, perdiendo su capacidad de almacenamiento. Delia veía añicos de ella misma repartidos por todo el suelo, jirones de una piel que no emanaba ni una gota de sangre.


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Desamor


Y entonces el aire se corta, las palabras caen por efectos de la gravedad. El mundo vuelve a estar en su sitio, arriba es arriba, y abajo es abajo. Tus pies, vuelven a pisar, de golpe, el frío suelo, mojado en el mes de marzo, encharcado en el mes de abril. El corazón deja de latir desenfrenadamente y adopta el reposo para volver a ser uno. Las canciones no te sacan sonrisas, sino lágrimas. Las voces se pierden en los oídos para dejar el significado que queramos darle, casi siempre pesimista. Las parejas que pasean por la calle no son más que indefinidas burlas del Destino. Los besos que antes te parecían de ensueño, no son más que fríos roces, cuchillas preparadas para cortarte en pedacitos. Las mañanas no son llevaderas, sino que se hacen más inacabables que nunca. Las 12 ya no quieren ser las 11, sino que anhelan ser más y más, para no tener que enfrentarte al NO que sigue diciendo algo así como “No quiero verte sufrir”. No sabes si son más macabras esas palabras, o las malditas parejas que se miran con cara de embobados. Con la misma cara de embobado que mirabas tú al mundo. La gente prefiere que todo vuelva a ser como antes, pero entonces, todo tu amor, todo tu cariño, se rebela en tu interior y dice que eso no es lo que quieres tú. Que no quieres olvidarte de todo, o hacer como que “no ha pasado nada”. Porque si ha pasado. Otra vez se abre el alma a quien no sabe cerrarla sin hacer daño. Otra vez el maldito amor juega su arma letal, la segunda cara del doble filo, para hundirte y hacerte ver desvalido. Solo en el mundo. Otra vez te toca ser fuerte y aguantar los ánimos vacíos de cuerpo y forma que te regalan los que te aprecian. Y lo peor, es saber que va a tener que pasar, y que tú, por ser tú, romántico, idiota, volverás a verla como siempre. La volverás a idealizar en poco tiempo, y verás en sus ojos negros, sombras de luz que atraen al viajero perdido. Y volverás a oir de sus labios palabras emponzoñadas con el más lento de los venenos. Y volverás a sentir que quieres que el mundo se pare, no para bajarte, sino para estar con ella toda la eternidad. Y volverás a sentir que vives por y para ella.
Y volverás a enamorarte, y a sufrir. Pues un verbo siempre lleva de la mano el otro.
Y aunque ya lo sabes, de sobra, te repites esa frase que a ti te resulta tan estúpida, pero que parece estar a la orden del día: “A las chicas ya no les gustan los chicos que hablan de amor”
Ahora, deduces tú, lo que se lleva, es el desamor.
Es curioso, pues en esos momentos, es cuando más sientes lo lejos que se quedó tu Historia, perdida en algunas páginas de versos delicados y sonetos precisos.
Es en esos momentos en los que sientes que a tu vida le falta algo. Alguien.
Alguien que aprecie de verdad el amor.


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Te quiero


ANTES
Y yo deseaba cambiar cada minuto de mi vida para no invocar al resto de momentos inesperados que pasé en su consecuencia, sin dibujar su sonrisa junto a la mía a la vez que repasaba cada letra de mi abecedario en busca de su nombre.

Deseaba recorrer cada centímetro de la piel de su cuello con la punta de mi lengua traviesa, queriendo besar sus carnosos labios, queriendo darle rienda suelta a lo que sentía y lo que siento.

Me siento el dueño de la eterna dicha del siempre desdichado.

Le quiero tanto que soy capaz de flagelar cada una de mis vísceras por uno solo de sus besos.

Le quiero tanto que me siento sucio por todo lo que pienso, por todo lo que he hecho y lo que hago.


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