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Género romántico. Historias de amor.

Una preciosa muñeca de porcelana.

Publicado por Independent en Miércoles, 3 Febrero, 2010

Una preciosa muñeca de porcelana. Eso era ella. Y no es ninguna metáfora.
Era una preciosa muñeca de madera pulida recubierta por una fina capa de blanca porcelana china con un mecanismo interno metálico de lo más sofisticado. Tenía unos mofletes artificialmente sonrosados y los labios pintados de color rojo. Oh, sí, lo recuerdo perfectamente. Los pinté con mucho cariño y esmero.
Cuando la terminé, contemplé el resultado de mi duro trabajo largamente. Al final, me emocioné tanto por su perfección, que una humedad diferente al sudor al que estaba acostumbrado brotó de mis ojos. Lloré, sí, pero esa primera vez que lloré por ella fue felizmente. Rocé su perfecto perfil, sus pómulos mármoleos, sus labios, cuya pintura se acababa de secar, su naricita respingona, la redondez del óvalo de su cara, con mis dedos después de limpiarlos de grasa, polvo, serrín y otros residuos.
Y, finalmente, le di cuerda. Fue simplemente maravilloso. Mágico. Se puso en marcha, algo rígida, como todas, pero con una belleza y gracilidad de movimientos inusitada, inigualable a cualquier otra máquina.
Desde el primer momento, me dije que no podría venderla. No podía. Habría sido un crimen terrible, cualquier precio habría sido un insulto para tal perfección, armonía de formas y movimientos.
En resumen: hermosa. Así la definiría yo. Y todos sabemos que la hermosura es el peor enemigo de los hombres. Los atrae, los embelesa hasta que olvidan lo peligroso que es dejarse llevar así, los captura.
Yo lo olvidé. La amé. Me dejé llevar por su aparente perfección, su belleza efectivamente inhumana. Me hizo daño. Pero no volveré a olvidarlo. Ni a ella tampoco.
A ella, menos.

Publicado en Cuentos, Fantasía, Romántico | 2 Comentarios »

Amor, fidelidad, amistad y poder

Publicado por aiowari en Miércoles, 3 Febrero, 2010

Se ha escrito mucho sobre lo inscribible pero yo voy a escribir sobre unos valores muy concretos relacionados con la fuerza, la debilidad, el poder de lo que la socialización hace con el transcurso del tiempo. Desde pequeñitos buscamos sueños, nos centramos en ellos por los cuales tienes que encontrar durante el camino un apoyo, un oxígeno, tus amigos; empiezan siendo algo abstracto para ti, sin mucha importancia, hasta que el tiempo y los hechos revelan lo que verdaderamente sientes por ellos, no amor sino un sentimiento de fidelidad, un sentimiento de tener que devolverles todo lo que ellos han sacrificado por ti y viceversa. Finalmente, los afortunados encuentran algo más, algo nuevo que supera la amistad, es algo que te corrompe y te condiciona, el amor. Cuando el amor se vuelve correspondido todos los días de tu vida con esa persona son como aquellos sueños que no cumpliste de pequeño.

Publicado en Inclasificables, Microrrelatos, Romántico | Etiquetado: , , , , | 1 comentario

La Ecuación del Algoritmo

Publicado por onanistaenamorada en Jueves, 21 Enero, 2010

¿Cómo lo hago? ¿Me lo explicas tú? ¿Me dices cómo me olvido de nuestros secretos y de tus ojos? ¿Eh? Vamos… Vamos, valiente. Venga, niña fría y mayor… dime cómo me olvido de ti. ¿Sabes cómo hacer para que te olvide? Venga, tú que te crees tan lista… dime qué tengo que hacer para no acordarme de ti. Vamos, campeona, dame la fórmula que borre tus recuerdos.

¿Puedes? ¿Puedes darme el remedio a tu desamor? ¿Me dices cómo te olvido? Deberías decírmelo tú, justamente deberías decirme tú cómo olvidarme de todas las cosas inolvidables que me hiciste vivir.

Dime algún conjuro para olvidarte, uno de ésos que grita Willow, con una rima apropiada, de los que te gustan, o una regla de tres de ésas que te gustan casi más, o dame las piezas con el dibujo del puzzle, de ésos que también te gustan,… Dime la ecuación de los algoritmos… Dame la ecuación de los algoritmos para olvidarte. Dime los movimientos que tengo que hacer, dime las reglas del juego, las normas, o mis derechos, o el valor secreto de la letra S en el problema, por poner una que no sea la X . “S” de senda, de sexo y de sentimiento, por ejemplo. Dime dónde está el botón que tengo que pulsar para adquirir la amnesia selectiva que necesito para eliminar tus sonrientes promesas de mi memoria. Dime cuál es esa sobrenatural palabra que si pronuncio tres veces con los ojos cerrados derribará tu monumento. Dame el secreto. Dame ya la poción o las instrucciones, si es que las tienes. Dame ya el secreto para olvidarte, si es que existe alguno.

Vamos, engreída, sé tan buena y lista como crees ser, y dame ya el poder para olvidarte, para no pensar en ti cada una media de ocho minutos, para que no se me encoja el corazón todos los minutos novenos, para que no me escuezan los ojos cada diez minutos, seis veces en una hora, y para no sentir que una hora contiene un par de días, y para no creer que los días sin ti son tristes y absurdos, y para no saber que tu abrazo elimina toda mi tristeza… Dame la ciencia diabólica y alquimista que debes dominar para controlar al amor, ésa teoría escrita con sangre y pluma en un papel amarillento que deberías tener guardado en la trampilla oculta dentro de la chimenea, la declaración de independencia que no me concedes,… Vamos, listilla, saca ése as de la manga, tú que me miras condescendiente a veces, y otras veces compasiva, y otras tan arrogante… Venga… puedes hacerlo. Cuéntamelo. Dime el secreto. Confíame las últimas palabras del profeta que iba vestido de bufón, las que susurró en tu oído mientras expiraba, las que se precisan junto al plateado amuleto con forma de serpiente que su mano, inerte, dejó a la vista, ese amuleto que puesto en la cuarta piedra negra de los escalones del laberinto, el antepenúltimo día del quinto mes, ilumina el pasadizo que me lleva a tu olvido. Dime el genial método que aprendiste en el Himalaya, el que me comentaste, ése en el que no se sufre por despecho.

Venga, saca la carta que tienes escondida, creo que la he visto desde aquí… No te hagas la remolona, y suéltalo de una vez. Dime el secreto, desvélame el misterio, cuéntame ya el truco… Dime la solución para olvidarte. Venga, revélame los procedimientos del pagano ritual que debo hacer en el bosque, ése donde tengo que estar desnuda gritando tu nombre mientras la lluvia resbala por mi piel para devolver tus añoradas caricias a la tierra. Apenas necesito que me concretes unos detalles, y me digas, sobre todo, el lugar exacto donde debo hacerlo. Dímelo. Dame de una vez la daga con los símbolos sagrados, ésos que son números Pi, y ochos volcados que también podrían ser esposas, y los esquemáticos dibujos de unos tacones, y la constante repetición de dos círculos concéntricos, los símbolos que si atraviesan mi pecho no lo dañarían, sino lo restaurarían, vaciándolo de la necesidad de tu calor. Vamos, dame la daga para curarme, o ponme tres pruebas de fe que determinen mi valía para obtener el Santo Grial.

Dime cómo encuentro la tranquilidad en tanta angustia. Dime cómo puedo olvidarte. Dímelo, porque creo que tú, tan consciente cuando quieres hacerte notar, deberías saber cómo pasar desapercibida. Dime cómo te olvido. Debes tener la respuesta. Deberías tenerla, tú, que con tanta ironía tratas mi fidelidad y mi pasión,… tú, que presumes y sonríes cuando desprecias la grandeza del amor,… Deberías decirme qué hay que hacer para no pensar en ti, para no relacionarte con las cosas de forma innata, para no despertarme con el eco de tu voz. Deberías contarme el método que tienes para borrar a una persona de tus deseos y tus recuerdos. Vamos, niña lista, dame la ecuación de los algoritmos. Dime cómo te olvido. Deberías saberlo, tú, que tan rápido parece que superas las cosas.

Tú, que puedes leer la poesía más ardiente o desesperada sin pararte a tragar saliva.

Vamos, suelta la lengua, sácate la carta del sombrero, alza las manos, abre la caja de Pandora, levanta la manta, aparta el dado trucado, enséñame la habitación prohibida, muéstrame el atajo entre las zarzas, mírame a los ojos, confíame el secreto, y dime la respuesta al enigma de cómo te olvido. Venga, lista… dime cómo te olvido. Dame la fórmula milenaria, o la fuerza sobrenatural para no pensarte, o concédeme el milagro del retroceso en el tiempo, o regálame unas gafas futuristas que sepan nublar mi visión para no verte, ni siquiera con los ojos cerrados.

Vamos, valiente, échame un polvo mágico para despedirme de tu cuerpo.

Por supuesto, tienes que hacerlo. No puedes esperar que te olvide si no me practicas algún tipo de exorcismo.

Senda, 2010.

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Vivimos de amor

Publicado por onanistaenamorada en Miércoles, 20 Enero, 2010

No me había pasado nunca, ni creo que vuelva a pasarme. Algunos que dicen ser mis amigos no se creen esta historia, y a mí, a veces, me cuesta creerla. Pero es cierta, porque yo la viví y sé que sucedió.

Resulta difícil de explicar, pero durante un año, nueve meses y cuatro días, viví de amor.

Eva y yo nos conocimos en una fiesta de un amigo común. Esa noche la pasamos hablando encerrados en la cocina. A los dos días quedamos para ir al cine, y después de la película, en su casa, nos acostamos por primera vez. A la semana siguiente nos declaramos como pareja oficial. A las dos semanas desaparecimos para el resto del mundo.

Estuvimos sin salir de mi dormitorio un año, nueve meses y cuatro días.

Recuerdo el día de nuestro encierro. Habíamos desayunado churros, eran las diez de la mañana y nos recogíamos después de una noche irresponsable y feliz. Entramos en mi habitación, medio sobrios, y nos quitamos la ropa con mucha prisa. Hicimos el amor y nos quedamos dormidos. Me desperté de noche, o eso creo, cuando sentí la mano de Eva hurgando en mis calzoncillos. Cuando sus gemidos se ahogaron, sus dedos se clavaron en mi espalda y su cuerpo pareció sacudido por una descarga eléctrica, proclamando la cumbre de su placer, la besé en la frente incontables veces, y la abracé.

Estuvimos horas abrazados en silencio, y, de pronto, sentí hambre. Me levanté de la cama pero Eva me retuvo agarrándome de las piernas, jugando revoltosa a detenerme, mordiéndome el culo, lloriqueando con echarme de menos, chantajeándome con no amarme si me separaba de ella, provocándome con su necesidad de sexo, tan urgente que si me iba se vería obligada a satisfacerse sin mí, tan urgente que si me quedaba y no la tocaba lo haría aunque la mirase, y decidí comer más tarde, porque ella me parecía mejor que cualquier delicia culinaria.

Después de unas horas, o de un día, Eva quiso beber agua, pero esta vez fui yo el que la retuve aferrándome a sus pechos, suplicando que no se fuera, exagerando o minimizando la necesidad de su presencia, exponiendo argumentos tan válidos como que si cruzaba la puerta iba a morirme de pena, convenciéndola de las ventajas de la cama mientras mis pulgares redondeaban sus pezones, y ella decidió que la sed de agua podía esperar, porque mi boca ya era un manantial donde saciarse.

En otra ocasión creí sentir ganas de orinar, pero cuando Eva empezó a contarme aquella historia de los gatos de su vecino, y a sacar sus propias conclusiones, amplificando las manías del hombre, con los ojos resplandecientes y la risa floja, quise aprenderme todas sus palabras, y se me olvidó que quería ir al baño.

Otra vez Eva comentó algo de ir a lavarse los dientes, y luego alguno pregunto que para qué, si no los ensuciábamos con comida, y el propósito se olvidó entre nuestras carcajadas, y las carcajadas se convirtieron en risitas, en palabras cariñosas y en gemidos.

Perdimos la noción del tiempo, supongo. No recuerdo otro orden de las cosas y no puedo establecer ningún calendario que no se base en aquellos primeros días en los que aún pensábamos precisar algo más que amor. Luego descubrimos que estábamos equivocados, y que tan sólo necesitábamos amor para vivir.

No nos preocupaba cuando era de día o de noche. No teníamos más hambre que no fuera la de chuparnos los dedos de los pies. No teníamos más sed que la que saciaba nuestra saliva, nuestra excitación y nuestro sudor. Dormíamos poco porque la emoción de tenernos cerca apenas nos dejaba conciliar el sueño. Hablábamos con sinceridad y escuchábamos con atención. Nos detallábamos anécdotas ridículas pero decisivas, y exponíamos teorías nuevas sobre el universo, o sobre la técnica perfecta de rascar la espalda. Nos confesamos delitos y pecados, susurrando secretos en la penumbra, confiándonos cada pesadilla, cada sueño, cada vivencia y cada sensación. No sabíamos la estación ni el clima que reinaba fuera de aquellas paredes, ni nos importaba. No teníamos calor, porque el sudor se enfriaba con soplos que ponían el vello de punta y nos refrescaba un escalofrío desde la nuca. No teníamos frío, porque calentarnos los pies, los abrazos y competir en darnos placer eran inagotables fuentes de calor. No queríamos relacionarnos con otras personas porque eso hubiera restado tiempo para poder mirarnos a los ojos. No necesitábamos más aire que el aliento que escapaba de los labios del otro. No teníamos más baño que el que nos procurábamos a base de lamernos, y si alguna vez desinfectamos una herida, lo hicimos con lágrimas. No llevábamos ropa porque era una tontería vestirse y desvestirse tantas veces y porque, además, no teníamos nada que esconder. No queríamos otra cosa que no fuera estar en aquella cama para siempre, y así nos lo decíamos al oído entre un beso y una historia contada mil veces, o un recuerdo inesperado que compartes conmovido. La soledad era algo imposible porque nos teníamos el uno al otro, y cuando no nos mirábamos a los ojos mirábamos en la misma dirección. Nos conocíamos y nos descubríamos de forma innata, premonitoria y empática, aprendiéndonos las posturas, intuyéndonos los gestos y las sonrisas, terminándonos las frases con una carcajada. No existía nada que no fuera aquella cama protegida por esas paredes ni nadie que no fuésemos nosotros desnudos en esa cama. La rutina era innaccesible porque no nos cansábamos de las cosquillas ni de las confidencias. Manteníamos el misterio y la pasión porque seguíamos dándonos sorpresas agradables. Inventamos formas de besar que quitaban el dolor de cabeza, el cansancio o la nostalgia, y unas caricias que eliminaban las agujetas, las grietas del corazón y los nudos del pelo. Construimos una lista de palabras mágicas que eran capaces de hacernos llorar de risa, serenarnos cualquier inquietud o apresarnos en la más salvaje lujuria. No echábamos en falta un libro, ni una televisión, ni un paseo, porque contarnos las lecturas, las películas y los viajes que habíamos vivido por separado ya eran suficiente interesantes. No buscábamos nada que no estuviera en nuestros pensamientos o nuestras pieles, porque todas las incógnitas del mundo, y toda la verdad, se concentraba en el satisfecho agradecimiento de encontrarnos y reconocernos en el otro. No hacíamos otra cosa más que amarnos con las palabras, con el cuerpo y con el espíritu. No había más pleito que discutir quién quería más a quién.

Perdimos la noción del tiempo y la concepción de la existencia de otro mundo fuera de las sábanas o los secretos a media voz. Durante ese tiempo ninguno se preocupó de otra cosa que no fuera el bienestar del otro, y el bienestar del otro era nuestro propio bienestar, de forma que estábamos condenados a ser felices gracias a un círculo vicioso donde correspondernos los sentimientos era la razón de toda alegría, todo alimento y toda necesidad.

Pero aquel mundo perfecto no duró para siempre. Sólo nos dejó vivir en él un año, nueve meses y cuatro días.

 

Ahora que lo pienso, intentando ordenar los acontecimientos, recuerdo el primer incidente que me resultó extraño y sospechoso. Un día o una noche que Eva se despertó me dijo que había muy poca luz en el cuarto. Yo no lo había notado, porque siempre que había querido luz me habían iluminado sus ojos. No supe cómo arreglar el problema, porque el interruptor de la pared, como muchas otras cosas que no necesitábamos, había desaparecido en algún momento.

Después de aquello se sucedieron otras quejas parecidas. Una vez, mientras estábamos abrazados en silencio, me propuso que le contase algo, porque se aburría, y me sorprendió tanto aquel comentario que la voz se me quebró cuando me atreví a sacarla. En otra ocasión fui yo el que me decepcioné a mí mismo cuando comencé a notar la boca seca y pastosa y sus besos no acababan de quitarme la sed.

Quizás fueron dos semanas, cinco días, o siete horas, lo que aguantamos añorando cosas que habíamos olvidado, de las que habíamos prescindido cuando sólo necesitábamos amor para vivir. Empecé a no reconocerme, o a que no me gustara lo que reconocía en mí, porque me rugían las tripas, o me palpitaba la vejiga, o me apetecía estirar las piernas. Una vez Eva retiró mi mano de sus muslos y no pude comprender aquel sacrilegio. Al poco rato comenzó a hablar de sus padres y de su hermana, preguntándose si estarían bien. A mí, no sé por qué, se me ocurrió preguntar cuánto tiempo llevábamos sin salir, y ella se pasó horas encogida en un rincón sin decir nada.

No sé cuánto tiempo pasamos así, convenciéndonos el uno al otro de no tener hambre, o de no echar de menos a la familia, o de no tener ganas de salir de fiesta. Comenzamos a discutir por tonterías, a declararnos la guerra, a espiarnos los movimientos, a firmar treguas, a herirnos y a volver a la batalla, como dos militares orgullosos y seniles. Nos aferrábamos a las confidencias, a las caricias preferidas y a las promesas queriendo satisfacernos como antes, pero ya no nos llenábamos de complicidad.

El amor dejó de alimentarnos, y se hizo definitivo el día que escuchamos el timbre de la puerta. Los dos nos miramos boquiabiertos, pero fue Eva la que se encogió de hombros y dijo “¿quién será?”, y yo, que también sentía curiosidad, me quedé perplejo cuando la vi levantarse, ponerse mi bata, avanzar hasta la puerta, agarrar el pomo, girarlo y salir de la habitación, sin mirar ni una sola vez hacia atrás.

Eva se asomó por el quicio de la puerta diciendo que era una carta certificada para mí. Me levanté a firmarla y luego decidí darme una ducha. Cuando salí de ella Eva, mientras se tomaba un café solo con azúcar, aduciendo que la leche llevaba meses caducada, me dijo que ya no estaba enamorada de mí.

Y así acabó todo.

Mi madre puso el grito en el cielo cuando me escuchó a través del teléfono. Por lo visto, llevábamos desaparecidos más de un año y medio. Habían puesto fotos en todas las tiendas, habían barrido todos los barrancos y llamado a todos los hospitales buscándonos a mí y a Eva. La policía se había aburrido del caso hacía más de un año, suponiendo que nos habíamos fugado en un loco y romántico viaje de novios, teoría que, en cierta forma, era acertada.

Registraron mi casa los primeros días, y, según me contó mi madre, allí no había nada. Según ella, que lo vio con sus propios ojos, el dormitorio estaba vacío. Por eso no me creyó cuando le contesté a la pregunta de dónde habíamos estado. A Eva le sucedió algo parecido, bombardeada con preguntas y dudas que, en el fondo, no quería ni sabía resolver.

Fueron días ajetreados y extraños, llenos de la inseguridad que se apropiaba de mi voz cuando alguien volvía a preguntar aquello de “¿dónde te habías metido?” y de la nostalgia del cuerpo de Eva en aquella cama en la cual yo seguía durmiendo.

Las cosas, poco a poco, volvieron a su sitio, y yo seguí durmiendo solo. Al cabo de unos años un antiguo amigo mío y de Eva me preguntó sobre aquel viaje a Argentina que nunca habíamos hecho. Resulta que ella, al final, había inventado una historia para justificar nuestra ausencia. Después de mucho tiempo, cuando coincidimos en una cena, ya la había contado tantas veces que descubrí que incluso ella se había creído su coartada de nuestro viaje a Sudámerica, olvidando que durante más de un año sólo necesitamos nuestro amor para vivir, y, lo que es todavía más importante, para vivir felices.

Han pasado ya más de veinte años y, a veces, si estoy melancólico, o si me emborracho en una reunión con viejos amigos, o si una mujer bonita me pregunta más de la cuenta, suelto esta historia. La cuento porque es la experiencia más sobrenatural que he vivido nunca y a veces la encuentro tan extraña y magnífica que quiero compartirla. La cuento aunque me haya quedado mudo ante las ironías de mis oyentes, comentando si nos habíamos pasado aquel tiempo drogados o cómo era que ella, follando tanto, no se hubiera quedado embarazada. La cuento aunque todos me miran como si estuviese loco.

Lo comprendo. Yo también tengo mis dudas. Son millones las incógnitas que me reconcomen. A mí más que a nadie, porque los hechos son los hechos, y yo los he vivido. Quisiera comprenderlo, pero no puedo explicar que no necesitásemos comida, ni orinar, ni luz, ni aire fresco, ni ver otras personas. No puedo explicar que la policía, y mi madre, y seguramente mis suegros, entraran en mi dormitorio y no nos vieran allí. No puedo explicar que nosotros, estando allí, nunca viéramos a nadie, ni escuchásemos otro timbre más que el de aquel día. Tampoco puedo explicar que a mí no me hubiese crecido la barba en todo ese tiempo y que a Eva, en tantos meses, jamás le viniera la regla. No puedo discutir las ocurrencias de mis amigos porque yo mismo nunca he descifrado el misterio.

Es algo que nunca me había pasado, ni volverá a sucederme. Sin embargo, nadie cree esta historia. Ni siquiera Eva que, como yo, vivió de amor durante un año, nueve meses y cuatro días.

 

Senda, 2009

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Alicia y Daniel

Publicado por onanistaenamorada en Miércoles, 20 Enero, 2010

Escuchó unos tacones y se giró. La mujer que llevaba los tacones pasó a su lado. Y, entonces, la vio. Le entraron ganas de reírse, o de salir huyendo. No podía creérselo. Lo invadió el miedo. Pero sonrió. Porque se había sentido un loco y un estúpido esperando un sueño, y, sin embargo, allí estaba. A la izquierda, pegada al ventanal de la cafetería, estaba ella. Habría entrado sin que se diese cuenta… Cuatro horas sentado en la misma silla, bebiendo un café tras otro, despistaba a cualquiera, pensó. Tenía una cita con aquella mujer, aunque ella no lo supiese.

Era tal como la había soñado, preciosa. Reconoció sus uñas pintadas de rojo y el bolso que mantenía sobre la mesa. La mujer escribía en una agenda. Daniel apuró su café y se levantó. Sintió una gota de sudor resbalando por su espalda. Tomó aire y empezó a andar. Contó nueve pasos hasta que se detuvo junto a su mesa.

La mujer tardó unos segundos en levantar la vista.

–¿Quiere algo? — preguntó soltando el bolígrafo.

–¿Alicia?

–Sí… — respondió ella. — ¿Nos conocemos?

–En sueños, ¿puedo sentarme? — antes de acabar la pregunta, aprovechando la sorpresa de Alicia, Daniel ya se había sentado.

–Pero… ¿quién eres? Es que… no caigo, la verdad…

–Me llamo Daniel — Alicia lo miró, esperando algo más que activase su memoria. Odiaba olvidar a las personas, o confundirlas, y era algo que le sucedía a menudo. — Verás… He soñado contigo. Nos conocemos en sueños. Bueno, te conozco yo a ti, porque tú… dada la cara que has puesto, no me has reconocido… Bueno… Tengo todo esto planeado, la verdad… lo que iba a decirte, y eso… — la miraba a los ojos fijamente mientras hablaba, y ella mantenía su mirada –. También tengo planeado decirte que vas a pensar que estoy loco, pero no lo estoy. Tienes que escucharme.

Alicia miró a Daniel unos segundos interminables, sin variar su expresión.

–Te escucho.

–He soñado contigo. Por eso sé que te llamas Alicia, es la segunda prueba… La primera ha sido que estés aquí. Bueno… y las uñas rojas, y la agenda… son señales. Dime… ¿sueles venir a este bar?

–No… y debería pensarme volver aquí, porque… — miró a su alrededor y luego a Daniel. — Si no estás loco… ¿es una cámara oculta?

–No, no — se rio Daniel –, no es ninguna broma. Alicia… — sacudió la cabeza, suspirando y saboreando aquel nombre en secreto –. Alicia… mira que es difícil, ¿eh?, y eso que sabía que iba a suceder esto… y no sé qué decirte… — Ella siguió clavándole los ojos, pero a Daniel le parecieron de un azul menos frío que antes. — Sólo… sólo escúchame, no soy un loco ni voy a raptarte aquí con esto lleno de gente, no quiero hacerte daño, no… Sólo quiero que me escuches, ¿vale?

–Vale — concedió Alicia, y sonrió por primera vez.

–Vale — resopló Daniel, también con una sonrisa. — Vale — repitió. — Bueno… — volvió a quedarse sin palabras, porque ni siquiera él lo comprendía o podía explicarlo. — Bueno… he tenido sueños contigo. He… he soñado… llevo soñando contigo desde hace catorce meses. Al principio no tenía importancia, ¿sabes? No sé… eran sólo sueños. Pero algunos se me repetían… y siempre salías tú, Alicia — Daniel hizo una pausa al pronunciar aquel nombre que sólo decía en sueños, emocionado. Tragó saliva. — Siempre salías tú… y los sueños estaban conectados, ¿sabes?, tenían relación, guardaban una lógica, y… bueno… hace dos meses soñé que nos conocíamos aquí, hoy, este día… y sé el día que era porque lo ponía en tu agenda, porque tú tienes hoy una cita a las siete… yo lo veía en la agenda, por eso quedábamos más tarde… si las pruebas siguen teniendo sentido… — sonrió al ver a Alicia, que había abierto los ojos y la boca. — Por tu cara diría que sí tienes esa cita, y…

–Espera, espera… ¿cómo sabes tú eso? Si acabo de concertarla, si…

–Te lo estoy diciendo… Lo he soñado.

Entonces Alicia, la mujer que de niña nunca había creído en los reyes magos, ni en dios, la mujer que nunca había creído en una vida más allá de la muerte, ni en las supersticciones, ni en la videncia, ni en los espíritus, ni en otras dimensiones, ni en el destino, empezó a creerse aquella historia.

–Sigue — fue lo único que dijo, haciendo un gesto con la mano.

Daniel sonrió, presintiendo que sus sueños iban a cumplirse.

–¿Quieres un café? Yo voy a pedir uno. — Alicia asintió y él llamó al camarero y pidió dos cafés. — Bueno…no sé dónde me he quedado… Si… No sé qué decirte… ni yo lo entiendo… He soñado que nos conocíamos hoy, en este bar, aunque era en la barra… y tu abrigo era gris, en vez de negro, pero… lo demás es igual… Quiero decir que las cosas importantes, como tu cara, o tu nombre, o tu cita, no cambian. Pero hay señales… — Ambos levantaron la vista hacia el camarero mientras depositaba las tazas ante ellos. — Bueno… al menos eso espero, que las cosas importantes no cambien… — prosiguió Daniel removiendo el azúcar. — Porque… se supone que… en mis sueños somos felices juntos, soy feliz contigo… en mis sueños nos casamos, ¿sabes?, en Las Vegas, no sé por qué, y además…

–¿En Las Vegas? — preguntó Alicia inclinándose hacia delante. — Yo… yo siempre he querido casarme en Las Vegas. ¿Pero…

La palabra se quedó flotando entre ellos. Alicia miraba al hombre que acababa de conocer, y la cosa era que le parecía atractivo. Lo cierto era que le parecía muy atractivo. Lo cierto era que cuanto más lo miraba más atractivo le parecía. Daniel también la miraba. Tenía los ojos muy oscuros y brillantes, y sus pupilas la recorrían de la mano al cuello, de los ojos a la boca… Lo cierto era que cuanto más se sabía el objeto de deseo de esa mirada, más irresistible y atractivo se le hacía aquel hombre. Y de pronto, en forma de presentimiento fugaz, le pareció factible que ése hombre pudiera convertirse en su marido. Sonrió a los ojos del hombre. Él le devolvió la sonrisa.

–Se supone que te invito a cenar, pero estás ocupada… en el sueño me enseñas la agenda… por eso sé qué día tenía que venir… porque lo vi en el sueño. Lo que no sabía era la hora… sabía que sería antes de las siete, pero nada más, ¿sabes?, llevo cuatro horas esperando que llegaras… — Daniel se rio –. Aunque claro… no sabía si estaba loco, o si vendrías… Cuando te he visto se me ha ocurrido que a lo mejor no te llamabas Alicia… no lo sé… He pensado muchas cosas todo este tiempo… y estas cuatro horas… — suspiró y negó con la cabeza — pero has venido. Has venido, eres tú, y te llamas Alicia, y quieres casarte en Las Vegas… y todo eso no puede ser una coincidencia… ¿verdad? — Alicia lo contemplaba en silencio, pero sonreía –. Yo creo que no… Sé que es una locura… pero he tenido sueños premonitorios… es eso, no puede ser otra cosa. Eres tú. No lo tenía seguro, ¿sabes? Eran raros… Soñaba con una mujer que no conocía y con una vida que no tenía… pero… tenían sentido. Y los sueños rara vez tienen sentido, rara vez concuerdan, o se repiten… Y en uno de esos sueños, uno donde estábamos en Grecia, vi el año en un cartel, y ponía 2014, y entonces pensé…

–Hace como quince años estuve allí. Pensaba volver algún día… — interrumpió ella.

–¿Ves?, no puede ser coincidencia… si cuando me desperté pensé que a lo mejor lo que soñaba iba a ocurrir, que era el futuro… y empecé a fijarme en los detalles cuando soñaba… porque son sueños en los que no soy dueño de mis actos… no sé si me entiendes, es raro, pero al final me lo creí… los sueños, porque eran como ver una serie incompleta, con los capítulos desordenados — sonrió –, una serie donde era feliz con una mujer que era feliz conmigo, ¿sabes?, y no sabía si creérmelo… pero estás aquí, eres Alicia y… — Daniel levantó la mirada, que se le había caído al café y estaba empapada, y la fijó en los ojos de Alicia. — No puede ser una coincidencia… — una lágrima resbaló por su mejilla — por favor, no me digas que es una coincidencia…

–¿A qué hora dices que quedamos? — preguntó sonriendo Alicia.

–A… a las doce. Yo te invito a cenar pero tú no puedes y al final decidimos tomar una copa. Pero… pero entonces… ¿me crees?

–Es lo más lógico que puedo hacer teniendo en cuenta las señales — sonrió. — ¿Y tomamos muchas copas?

–Unas cuantas — Daniel soltó una carcajada. — Creo que sí. Porque tengo borrones, ¿sabes?, hay muchas cosas que no sé…

–¿Y qué hacemos después de tomarnos las copas? — preguntó de nuevo. Le encantaba la risa de ese hombre.

–Vamos a tu casa… ¿Tienes un sofá negro? — ella asintió –, otra señal, ¿ves? — sonrió –. Me acuerdo del sofá porque manteníamos relaciones sexuales en él — dijo Daniel con tono serio y neutro –, creo que cuatro veces… — terminó mirándola a los ojos.

Alicia se rio nerviosa y notó un cosquilleo en la nuca. Daniel también se rio, seguro de que aquella era la mujer de sus sueños. Realmente Daniel era muy, pero que muy atractivo, pensó Alicia, y su risa le resultaba tan familiar… El silencio los envolvió, pero ninguno se sintió incómodo en él. Se miraban, y era suficiente. Sin darse cuenta, sonreían.

Alicia canceló su famosa cita de las siete. El sofá negro de su casa resistió la pasión de sus cuerpos unas horas antes que en el sueño de Daniel, pero ese detalle, como el color del abrigo de Alicia, no cambió la historia.

Senda,2010

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Sin llaves no hay compromiso

Publicado por onanistaenamorada en Miércoles, 20 Enero, 2010

–¿Estás bien? ¿Seguro?

Iban en un taxi. Eran dos muchachas y ambas estaban muy bebidas. Una de ellas, María, ya había vomitado un par de veces antes de que su amiga Sarah decidiera irse a su casa. Repitió la pregunta, dudosa de si la habría escuchado.

–¿Pero estás bien?

Sarah la miró. Estaba pálida y tenía los ojos brillantes. Hizo un amago de sonrisa al contestar.

–Ojalá.

Las dos se echaron a reír. El taxista las observó por el retrovisor, pensando que la juventud se perdía y desperdiciaba en esas noches de alcohol y risa floja. Ninguna percibió su mirada de desprecio y, más profundamente, de envidia.

–Pero… ¡joder! Joder, joder, joder…

–¿Qué? ¿Qué pasa?

Sarah rebuscaba en su bolso lloriqueando con manos aceleradas.

–Que no tengo las llaves, joder. Que no tengo las llaves… las tiene Pablo.

Era su novio, que se había quedado de fiesta.

–Llámalo. Y que las traiga, ¿no?, o algo.

Las dos se miraban buscando soluciones. Ni siquiera estaban seguras de tener dinero para pagar el taxi. Sarah sacó el móvil y llamó a Pablo.

–Apagado. ¡Madre del Señor! ¿Qúe hacemos?

–¿Y Antonio? Estaban juntos.

Sarah llamó a Antonio, que le contó que se había separado de Pablo hacía rato, y le preguntó si pasaba algo grave.

–No, no pasa nada, que no tengo llaves para entrar a mi casa… da igual. Si lo ves dile que me llame. –Colgó el teléfono y miró a María con expresión derrotada. –No está con Pablo. ¿Y ahora cómo entro a mi casa?

Volvió a llamar a su novio, que permanecía con el móvil apagado o fuera de cobertura.

–Bueno… yo sí tengo llaves de mi casa, como alternativa.

–Pues… pues vamos. Que le den a Pablo. Es que lo odio, mira que dejarme así…

María intentó esconder su sonrisa y controlar la mirada que no hacía más que deslizarse por las medias de rejilla de su amiga. Se reclinó hacia delante para decirle al taxista la nueva dirección, agradeciendo que todavía no la hubiesen pasado de largo.

Llegaron al destino. Pagaron juntando las monedas que llevaban. Subieron las escaleras hasta el tercer piso agarradas a la barandilla, riendo y resoplando.

–No estoy bien — murmuró Sarah, apenas sin voz, mientras María abría la puerta y la hacía entrar tomándola del brazo.

–¿Y qué quieres? ¿Comer? ¿Vomitar? ¿Dormir?

–Vomitar.

María la acompañó al baño y sujetó su pelo, y acarició su espalda, intercambiando los papeles de hacía una hora, mientras Sarah vomitaba todo lo que tenía en el estómago. Su cuerpo se sobresaltaba y estremecía con cada arcada inesperada. Dejó de moverse y permaneció varios minutos arrodillada, apoyada en la taza del váter, escupiendo. Cuando levantó la cabeza volvía a ser ella, con sus sonrojadas mejillas.

–¿Estás mejor? ¿Sí?

–Como nueva.– Sonrió. –Ahora es que ojalá pudiera dormir.

–Pues a la cama. Venga.

Se quitaron la mitad de la ropa que llevaban. María tendió un pijama que Sarah rechazó bamboleando la cabeza. Escribió un mensaje a Pablo para que supiera donde estaba y cayó encima de la cama como un peso muerto. Su amiga la miró sonriendo con ternura, algo que últimamente hacía muy a menudo, sin darse cuenta. Cogió una manta del armario y se acostó junto a ella. No tardó en dormirse, pero su último pensamiento fue lo bien que olía Sarah, que descansaba a varios centímetros y cuyo aroma, entre ácido y dulce, parecía invadir toda la habitación.

Sarah se despertó con el pitido de un coche. Abrió los ojos y se encontró con la nuca de María. A través de la persiana se podía percibir la claridad del día. Alargó la mano por encima de María para coger su móvil de la mesita de noche. Pablo no había dado señales, y ya eran las diez de la mañana. Era un capullo, la había dejado sola, cuando se encontraba mal, y encima sin teléfono accesible, el tonto, pensó mientras volvía a acomodarse.

No conseguía dormir. Le dolía la cabeza. Se sentía muy cansada, pero no podía dormirse. Tenía algo de frío y se pegó más a María, amoldándose a su cuerpo. La vista se le había acostumbrado a la penumbra y podía analizar la mandíbula, el cuello y la caída del hombro. Se pegó aún más a ella y colocó sigilosamente la mano en su cintura. Se mantuvo inmóvil varios minutos, escuchando la respiración de María, hasta que se atrevió a mover la mano y recorrer con lentitud la curva que llevaba a la cadera de su amiga. Volvió a repetir el movimiento un par de veces, y paró cuando notó que ella contenía el aliento.

María se despertó con el placer de una caricia. Extrañada, abrió los ojos y reconoció su habitación, recordó la noche anterior y dedujo que la mano que la tocaba pertenecía, sin duda entre otras cosas porque podía olerla, a Sarah. Intentó hacerse la dormida, pero Sarah ya no se movía y pensó que la había descubierto. Acabó por suspirar.

–¿Estás despierta? — susurró Sarah.

–Sí.

Se hizo un largo silencio. Ambas permanecieron sin moverse, tensas. Sarah aún tenía la mano en la cintura de María. La dirigió a la cadera para deshacer el camino una vez más con dedos temblorosos.

–¿Te he despertado yo?

–Sí.

–¿Te molesta? — volvió a preguntar Sarah suplicando en silencio que no repitiese aquel monosílabo por tercera vez.

–No.

Sarah sonrió en la oscuridad. Se pegó más aún al cuerpo de su amiga y deslizó la mano por su estómago hasta rodearla y abrazarla. María, con la curiosidad y el miedo de una niña, con la duda y el deseo de una inconsciente, giró el brazo para acariciar la cara de Sarah, deslizó sus dedos por la frente, la sien, la mejilla, la mandíbula y la barbilla. Cuando pasó dos dedos por su boca, Sarah se los lamió, intentó apresarlos con sus labios y María, guardando la compostura, los recuperó de aquella agradable y húmeda caricia y siguió el camino que los conducía a la nariz. Sarah metió la mano bajo su camiseta, dirigiéndose a la espalda de María, tocándola por primera vez, sorprendida con tanta suavidad y perpleja ante su propio deseo. Volvió a su cintura, a su estómago, volvió a la cadera, a la espalda, repitió el camino que iba del ombligo a la nuca, repitió el de la cintura al cuello y volvió a la cadera, al vientre, al estómago,… y la condujo más arriba, hacia el pecho de María, incapaz de comprenderse o controlarse.

María se mordió el labio para no gemir cuando sintió el dedo de Sarah dibujando su pezón. Después de varias circunferencias de trazo lento, casi perezoso, a ese dedo, tímidamente, se unieron sus compañeros, volviendo la caricia insoportable. Insoportable para mantenerse quieta, callada o serena, desde luego, pensó María. Así que se giró, poniéndose frente a Sarah, y acarició su cara, su nuca y su brazo. Arañó la palma de su mano y no reprimió el suspiro cuando Sarah se acercó y le lamió el cuello.

Después de eso no surgió tregua ni descanso. Aquel suspiro para una, y aquel lametón para otra, acabó con la paciencia de ambas, desatando sus nudos con la moral, con el compromiso y con el sentido común.

Después de eso, la lengua lamía y los labios besaban, porque no había nada más ni servían para otra cosa que no fuese ésa. Después de eso, la boca chupaba, y los dientes mordían, y la garganta se ahogaba, y las cuerdas vocales gemían, y la nariz olía, y los brazos abrazaban, y las piernas se abrían, y los dedos acariciaban, y las manos tocaban, y los pies jugaban, y la espalda se arqueaba, y las caderas se movían, y los pezones se endurecían, y las papilas gustativas saboreaban, y los pulmones resoplaban, y el corazón iba a desbocarse, de un momento a otro, y los cuerpos sudaban, porque era demasiado calor concentrado, y los músculos temblaban, y la boca se abría, y las uñas arañaban, y el cuello se estiraba, y la pelvis se balanceba, y los vientres se rozaban, y la vagina se contraía, y el clítoris latía, y el cuerpo se convulsionaba, porque no había nada más que eso ni sus cuerpos servían para otra cosa.

Mientras tanto los ojos eran un espejo en el que mirarse sin vergüenza ni reparo. Mientras tanto, la risa se escapaba, y las palabras dulces se atropellaban, y ninguna tenía preguntas, y ninguna dudaba, y las manos estaban hechas para entrelazarlas, y las lenguas, igual, y el miedo era algo tan lejano como la ausencia de placer, y una no temía perder en esa confesión la confianza de su amiga, y la otra no temía perderse a sí misma por confesarse. Mientras, con los jadeos y los saltos y las risas, la verdad salió a relucir sin pudor ni prejuicio, y no existía el desacuerdo ni el debate, y la lujuria se condensaba en las pieles, y el cariño se desbordaba con cada beso, y la culpa era inimaginable, y la felicidad estaba justo ahí, en esa cama y con esa persona, porque no podía estar en otro sitio que no fuese ése.

Senda, 2009.

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Sospecho de ti 2

Publicado por yogursinsabor en Viernes, 18 Diciembre, 2009

Nayra
Isa no fue la única que me llamó aquella noche. También lo hicieron otros compañeros y mi novio Yong. Fue el único que vio algo positivo en aquella extraña situación.
Piénsalo, es un bisne en parte.
- ¿Pero por qué? – pregunté con perplejidad.
- Porque así comprarán otras cámaras mejores. No me negarás que estaban para llevarlas a Cuba…
Pasé por alto su comentario… Yong tenía esa habilidad de ver el lado positivo de toda clase de situación, por eso no me sorprendía que la viera de esta.
- Yong, no solo han robado las cámaras, sino las sillas y las mesas…
- Son unos ladrones muy raros, sí – rió porque le parecía muy gracioso el simple hecho de las que robaran.
Yo no pretendía que viera la situación desde mi punto de vista, mi intención era que se diera cuenta de algo que llevaba días comiéndome la cabeza:
- Oye… no te he contado una cosilla.
- ¿Has sido tu la que has robado las sillas y mesas? – volvió a reír.
- Erika y yo nos quedamos capturando en el aula de Multimedia después de clase.
- Dejó de reír. Menos mal que se toma algo en serio. Aunque me extraña porque está al tanto de mis sospechas hacía nuestra compañera de clase.
- Explica. – dijo finalmente con una nota de resignación en su voz.
- Estuve capturando con ella hasta las tres porque tenía que ir a buscar a Tina a la guardería.
- O sea que se quedó ella sola…
- Así es – asentí con la cabeza.
Se produjo un silencio cargado de incertidumbre porque Yong podía ser tan positivo como imprevisible.
- Cielo, ya hemos hablado de esto y no quiero que te hagas ideas raras en la cabeza…
- ¡Yo sé lo que vi aquella vez, Yong! – exclamé indignada -Han estado pasando cosas raras en la academia desde que llegó Erika.
- Aquella vez habías dormido dos horas y posiblemente te quedaste sopa en la clase de Elías… (cosa que vería completamente normal).
¿Por qué le costaba tanto creerme? Vale que lo que vi rompe las leyes de la física, pero… ¿También le cuesta, aunque sea un poquito, sopesar lo que ha pasado últimamente?
- Yo sé lo que vi, Yong… y por estoy muy mosqueada.
- Comprendo que estés mosqueada pero no puedes acusarla sin tener pruebas. Si es cierto lo que viste, deberías prestarle más atención.
- ¿Más de lo que hago?A veces me da la sensación de que ella sabe que sospecho.
- Porque no paras de mirarla – dijo Yong soltando una carcajada – Sino fuera por que estás conmigo, no me extrañaría que llegara a pensar que estás enamorada de ella. Aunque nunca se sabe, quizás lo estés y no lo sabes.
Solté un suspiro cargado de frustración.
- Mira Yong, si vas a cachondearte de mí por esto, te cuelgo y hablamos mañana.
Soltó otra carcajada y colgó.
La madre que lo parió.

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Sospecho de ti.

Publicado por yogursinsabor en Domingo, 13 Diciembre, 2009

Erika.

Era un espectáculo grotesco y nauseabundo. ¿Como podían obligarme a bendecir a semejante criatura después de esperar que se saciara del alma de un inocente?
Me cuesta creer que esa bestia se viera como un humano en el pasado.
Qué asco.

¿Por qué no puedo interrumpir su cena y matarle? Estas cosas suelen terminar en media hora, pero a esta le ha costado lo suyo y eso que la víctima era pequeña y delgada.
Ah, se ha dado cuenta de mi presencia… Es la hora.
Menos mal; me empezaba a aburrir.
Empieza la fiesta.
Solo espero no llamar la atención, después de todo, mañana hay clase.

Nayra.

Desde la ventana de mi habitación contemplaba la solitaria luna amarilla que contrastaba con un cielo oscuro y vacío de estrellas.
Por primera vez, sin ninguna razón, la observaba con la esperanza que algo me alejara de los aburridos apuntes de Representaciones Escénicas. Tal vez esperaba ver el reflejo de una bicicleta o el de una bruja sobre su escoba.
No… nada podía alejarme de mis tediosas responsabilidades como futura Realizadora de Cine y Espectáculos.
Entonces, en ese instante sonó el teléfono:
- ¡Nayra, es para ti! – cuando oí mi nombre mi levanté de la silla con rapidez.

En el salón se encontraban Maite, mamá y papá viendo la televisión tan absortos en un programa sobre hechos paranormales que ni siquiera repararon en mi presencia.
Sonreí al ver que se trataba de Isabel, una buena compañera de clase:
-¿¡Qué tal!? – la saludé animada – ¿Cómo llevas el exámen?
- ¡Nayra! – su voz histérica me sobresaltó – ¡Tía, acabo de pasar algo horrible!
- ¿Que ocurre, Isa? – pregunté preocupada encontrándome con los ojos de mamá.
-¡Alguien ha asaltado los laboratorios de fotografía, las aulas de video y le montaje! ¡No queda ni siquiera un monitor!
-¿¡QUÉ!? – grité, estupefacta.
- ¿Qué pasa? – oí que preguntaba mi padre, sobresaltado.
- Lo que oyes – respondió mi compañera, y ahora me sentía tan preocupada como ella – Me ha llamado Quino para decírmelo.
- ¿Pero cómo ha ocurrido?
- ¡Ni idea! Por lo visto una vecina alertó a la policía de que escuchaba un alboroto dentro de la academia y como es un recinto privado intervinieron en seguida… pero cuando llegaron ya no se oía nada. Y cuando entraron, – añadió dándole más énfasis – se encontraron el instituto patas arribas, con paredes abolladas, con las luces parpadeando o encendidas y con que muchas aulas estaban vacías, y cuando te digo vacías me refiero a sillas y mesas.
- ¿¡También robaron las mesas!? – no me lo podía creer ¿Que clase de gente se molestaría en robar mesas y sillas? Si vas a robar, roba en calidad.
- Lo más extraño de todo es que en el único estudio donde no han robado anda es en el que se guardan los instrumentos. Ya sabes, donde los chicos de sonido componen. Pero bueno, no me extraña… ese estudio está en el sótano…
- Isa… ¿Robaron las cámaras? – me imaginaba que sí, pero sentía una chispa de esperanza.
- Sí… Me acaban de mandar un correo… Elena ha convocado a los cuatro ciclos mañana a primera hora.
No creo que sea alguien del centro, Isa. Ya sé que hay gente rarita… pero es muy extraño ¿No lo crees? ¿Sabes si han visto algo las cámaras de seguridad?
-Ni siquiera sabía que habían – contestó ella – Ahora que lo dices… sí, es muy difícil robar en el centro. Ahora lo que me pregunto es como se las van a arreglar para proporcionarnos cámaras…

Yo me preguntaba lo mismo hasta que recordé algo que se me pasó por alto; Erika.
¿Tendría ella algo que ver en todo esto?

Erika.

Bajas: La de la bestia inmunda.

Desperfectos: Demasiados. Mañana se va a montar un pollo histórico. Espero que el Director sea benevolente conmigo porque no entraba en el plan que fuera dentro de mi instituto, donde ya sospechan bastante de mí.

Resultado de la operación: Excelente.

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“No quiero morir”

Publicado por yogursinsabor en Miércoles, 2 Diciembre, 2009

- ¡¡ODILE!!
El aullido desgarrador de May se ahogó con el estallido de cristales.

Sentía como la brisa invernal se clavaba en su piel.
Sentía como descendía lentamente sin saber a donde… No, si lo sabía… sabía que descendía hacía la muerte y por ello no quería abrir los ojos… Entonces, recordó el momento en el que vio por primera vez la guadaña de la Muerte y la luz… aquella luz que no pudo alcanzar porque una mano cálida la agarró y la devolvió a la vida.
Yago.
¿Eso significaba que no le vería más? ¿No vería más aquellos ojos que tanto le gustaban? ¿No volvería a oír su voz… ni a oler su aroma a menta?

Nuevamente se encontraba en aquel vagón, sentada en el asiento rojo. A través del cristal no se podía ver nada más que oscuridad.

“No… no quiero morir… ¡Esto debe ser una pesadilla!” pensó aterrada.
Abrazó sus piernas con fuerza y hundió su rostro, desolada.

“Es que no puedes morir, Odile”, dijo una voz.
La misma voz que le ayudó a asesinar al vampiro Drake… la misma voz que la alentaba a sacar el poder que ella tanto temía.

“No sé quien eres en realidad… pero… ¿Puedes sacarme de esta?”

“¿No decías que no querías mi ayuda?, le preguntó con escalofriante sorna la vocecilla.

“Quiero vivir”, reconoció Odile.

“Quieres volver a verle” rió él “Mucho debes amarle para querer mi ayuda”.

“¿Me vas a ayudar o no?”, preguntó molesta.

“No debería, pero si no lo hiciera sería un gran desperdicio… después de todo, eres mi ama”.

Odile se mordió el labio inferior para esperar el Gran Golpe… pero no pasó nada.

“¿Qué pasa?”, le preguntó a la voz. “¿Por qué no me ayudas?”

“No lo necesitas. Abre los ojos, Odile”

Los abrió.
El cielo estrellado de Fantasy se iba alejando rápidamente.
Iba a llegar su hora…
“Yago”

¡ODILE!
Una luz dorada surgió en la oscuridad y se abalanzaba sobre ella a gran velocidad… Odile ni siquiera tuvo tiempo de preguntarse que era esa luz hasta que sus ojos reconocieron qué se trataba de él… de Yago, el Arrebatador.
¡YAGO! – lo llamó con los ojos anegados de lágrimas.

Las lágrimas de la niña aterrizaban en el rostro del ángel que descendía velozmente para aferrarla una vez más.

Y cuando sus manos se entrelazaron… y cuando sus ojos se encontraron… un intenso resplandor dorado surgió de Yago.. haciéndolo más bello que nunca.
La estrechó entre sus brazos y ella, temblorosa, descansó su cabeza en su hombro.

¡Has venido! – sollozó la niña.
¡Claro que lo he hecho! – dijo él con voz temblorosa… tenía unas tremendas ganas de llorar – ¡Te dije que no te separaras de mí en la fiesta idiota!
Ella dejó escapar una sonrisa nerviosa. Su corazón latía aceleradamente. Alzó la mirada, chocándose con la del muchacho… fue entonces cuando se dio cuenta que estaba flotando en el aire entre los brazos de Yago.

¡Eh, mirad! ¡En el cielo!
El bonito suelo de palacio estaba bañado de una sustancia negra. Las enormes mesas estaban volcadas o destrozadas, al igual que las sillas, cuyas sobrevivientes estaban dispersadas por la sala o ocupadas por algún Cazador exhausto, cansado o herido.
Aun alejados uno de otros, observaban a través del aquella ventana por la que había salido un ángel disparado… como una hermosa luz dorada flotaba en el aire.
Lo ha conseguido – susurró Elba con una radiante sonrisa.
Ian también sonrió y se dirigió al pequeño anciano que estaba de pie encima de una de las pocas sillas que habían quedado intactas.
Por lo pelos ¿Eh?
Lo único que le voy a echar en cara a ese loco es el susto que nos ha dado.

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…en clase de Montaje

Publicado por yogursinsabor en Miércoles, 25 Noviembre, 2009

Era un miércoles.
Y Montaje estaba resultando especialmente agotador, sobre todo porque le tocaba sacar todas las capturas a través de un programa que era aun más desquiciante. Entonces, se asomó a la puerta un hombrecito menudo y bonachón de mejillas sonrosadas.
- Nayra ¿Has terminado de capturar ya? – le preguntó
- Aún me falta un par de planos – respondió una muchacha pelirroja, deenormes ojos castaños y nariz afilada – ¿Por qué?
- Porque dentro de media hora van a venir los chicos de Sonido así que date prisa.
La muchacha desvió la mirada hacía la pantalla del monitor:
- Vale, Pedro. Dile a Quino que acabaré en seguida.
Volvió a quedarse sola. Una vez más. Y al paso que iba, no sería la última. Todo se remontaba al comienzo de curso cuando confiaba que las cuatro personas que le sonrieron por primera vez serían buenos compañeros de trabajo. Pero como dice el dicho “la confianza da asco”.
Se sentía agobiada… por todos los proyectos que se le venían encima, porque tenía que organizar a los chicos de Imagen para que iluminaran y grabaran la escenografía… . Más que agobio, estaba harta de que todos, inclusive su propio equipo, dependieran de ella. Y eso que solo era Operador de Cámara
- Desde aquí huelo tu pelo chamuscándose.
Suspiró con resignación cuando lo oyó acercándose.
Yong se sentó en la silla que había al lado de Nayra. Se trataba de un chico de marcados rasgos asiáticos, de un cabello oscuro elevado en distintas direcciones y con distintas perforaciones en sus orejas.
Observó en silencio el trabajo de su compañera, como esperaba que acabara el plano para apretar Esc, como inclinaba la cabeza y como suspiraba de puro estrés. Luego, le echó un vistazo al equipo que rodeaba el ordenador de Nayra y volvió a dirigirse a ella:
- ¿Donde están tus compañeros?
- Ana y Dani están ocupándose del montaje de continuidad y Quino está haciendo el minutado. – contestó de manera cortante la otra, pero no lo hacía apropósito – Esta tarde tengo que quedarme para hablar con los chicos de Sonido…
Yong sabía lo sumida que estaba en su proyecto y lo estresada que se sentía.
- Ana y Dani estaban partiéndose de risa mirando videos por el Youtube. – sonrió al ver la cara que puso Nayra, más pálida de lo habitual – Era broma. – ella le dirigió una mirada envenana, algo que le produjo más gracia – Tía, relájate ¿Quieres?
- ¿Cómo quieres que me relaje con este grupo? No tienen ni voz ni voto, todo les parece correcto y apenas tienen iniciativa. Encima, cuando les pides que hagan algo lo hacen cuando lo creen conveniente… Cuando les dije que subía a capturar asintieron y volvieron la vista al ordenador. ¡Y eso que tienen a Dani al lado haciendo el dichoso minutado!
- No son muy considerados – observó Yong aguantándose las ganas de reír.
- Tu te ríes porque tienes un grupo en el que todos trabajan.
- Pero son unos capullos ambiciosos y prepotentes – se apresuró a contestar Yong, borrando la sonrisa que tenía en la cara – No tienes ni idea la de veces que he tenido que reprimirme para no meterle un guantazo a Mario.
En parte, Nayra se compadecía de Yong. Mario era uno de sus compañeros, un chico cuya prepotencia y soberbia había salvado a sus compañeros de equipo de suspensos pero también se había ganado la enemistad de su propio grupo Se odiaban a muerte… pero civilizadamente porque no se dirigían la palabra y Nayra se preguntaba como dos personas del mismo equipo podían trabajar sin hablarse.
- Insisto en que tienes buena suerte con tu grupo… yo tengo que conformarme con que pase el tiempo para que Elena cambie los grupos.
Yong volvió a sonreír bajando la mirada:
- Es lo que hay, pequeña. Por cierto ¿Koke te ha dicho algo de ir el sábado al Para?
Nayra hizo una mueca de repulsión:
- Sí, pero paso de ir. La última vez casi salgo llorando.
Su compañero soltó una débil risotada:
- ¡Es verdad! Me había olvidado de tu oleada de pretendientes. Pero… ¿En serio que no iras por eso?
- Tu no lo entiendes porque no eres un chico… Se nota que no has tenido a un tío afeminado y salido detrás de ti toda una noche. – solo recordarlo, la ponía de peor humor – Esa noche fue desastrosa.
- Dímelo a mí – dijo Yong alzando la vista, ya sin sonreír – Cada vez que estaba contigo desaparecías de la nada.
- No se si te fijaste en algún momento que, aun estando tu, me venía un tío distinto a decirme cualquier barbaridad.
- Eso se hubiera podido evitar facilmente. – dijo entonces Yong, adueñándose de su atención.
- ¿A que te refieres? – preguntó con curiosidad Nayra.
- Pues que si te hubieras enterado un poco de la movidad ningún chico se hubiera acercado a ti.
Al ver que su compañero seguía sin entender lo que quería decir, el muchacho prosiguió:
- El sábado estaba frito por ti, Nayra… y aun lo sigo estando.
Rápidamente, desvió la mirada. Habían sido contada las ocasiones en las que su compañero de clase se le había insinuado… pero siempre había sido a través de Internet y luego se cambiaba el tema para que su amistad dentro y fuera del aula fuera corriente. Volvió a mirarle… él se había dedicado a capturar, como si no hubiera dicho nada. Entonces, se dio cuenta que aquella había sido la primera vez que se le había declarado en persona… pero lejos de la emoción que empezaba a embargarla, llegaron las dudas:
- Eh, Yong. ¿Y qué pasa con la francesa?
- Pues que está en Nancy. – contestó con simplicidad el muchacho cortando un plano con teclado – ¿Quieres que te corte el próximo plano? No se tú, pero lo veo innecesario y…
- No creo nada de lo que dices- lo cortó con brusquedad Nayra; odiaba cuando cambiaba de tema de esa manera tan indiferente
Pero le agradó ganarse su atención… y la cara de perplejo que puso:
- No creo nada de lo que dices – repitió ella para proseguir – Desde que dejaste a la francesa estabas muy deprimido porque estabas solo y que tu a mí me intereses parece una oportunidad para saciarte de tu necesidad de apoyarte en alguien.
Nayra esperaba algo menos una sonrisa de él:
- Si dejé a la francesa fue porque en ningún momento la quise. – respondió él con una serenidad que la impactó – Es verdad que estuve con ella para “saciar la necesidad de sentirme querido”, apoyado por alguien… pero necesitaba sentir algo más… necesitaba dar amor.
Sin esperarlo, el corazón de la chica empezó a acelerarse. ¿Por qué estaba tan nerviosa? Lejos de saberlo, Yong seguía hablando con sus ojos clavados en los de ella:
- Cuando te vi por primera vez, me llamaste muchísimo la atención por tu manera de ver las cosas, por tu manera de pasar desapercibida, por ponerte como un tomate cuando te sientes obligada a hablar en público… Por tantas cosas me llamaste la atención que me brindaste la oportunidad y la valentía de decirle a Fleur lo que sentía por ella. Y descubrí lo que sentía por ti… porque no tienes ni idea la manera en que has perturbado mi mente estos últimos meses, Nayra.

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