SOPA DE RELATOS

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Plañidera de estación de autobuses de un barrio perdido en una ciudad desestructurada.


 

En una ciudad en la que las largas distancias en tren, coche, autobús, metro o moto (cambié mi bicicleta por un reloj con cronómetro) no dejan tiempo para pasarte por el hospital a ver a tu abuelita; en una ciudad en la que las largas distancias en tren, coche, autobús, metro o moto (cambié mis alpargatas por las Nike de Gasol –pero de mi talla-) no dejan tiempo para tomarte tranquilamente el café de después de comer con tu madre; en una ciudad en la que las largas distancias en tren, coche, autobús, metro o moto (cambié mis dos gallos por un despertador con radio) no dejan tiempo para cocinar una fabada casera, comerla tranquilamente, digerirla y cagar sin reparar en el tiempo que estás en el cuarto de baño; en una ciudad en la que las largas distancias en tren, coche, autobús, metro o moto (cambié las cartas por un teléfono móvil multimedia) el oficio de plañidera ya no era útil en su concepción antigua, había que renovar la profesión, aire fresco.


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Donde crecen los jardines


Hace dos días que no probamos ni gota de agua. Llevamos vagando mi tribu y yo sin rumbo fijo, en busca de un oasis o de un milagro. Aunque tal vez el milagro sea que aún nadie ha muerto de sed, o que nadie ha perdido la esperanza.

Ya casi no puedo más. Cada vez me pesan más los pies, hinchados de ser arrastrados por la arena. Miro a mi alrededor. Muhsin me sonríe, dándome un poco de su aliento.

Cae la noche, haciéndose patente su frío. Una anciana y un señor muy alto empiezan a dar vueltas alrededor de una piedra mientras entonan un antiguo cántico, tratando de  llamar a la lluvia. Pero la lluvia no vendrá.

Amanece un nuevo día junto con una desgracia. Uno de los ancianos, Abdel Razzâg ha fallecido. Con tristeza nos despedimos de él. No pude evitar respirar aliviado al darme cuenta de que sólo había muerto una persona en tres días.


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¿Cómo escribir…?


¿Cómo escribir en menos de quince minutos lo que sientes? ¿Cómo escribir en menos de quince minutos lo que siento?

Miro por la ventana, y miro al cielo. ¿Dejo mi mente en blanco? No, no puedo. Pero ni soy consciente de lo que pienso. Vuelo por una atmósfera de nubes hacia el lejano horizonte. Un ruido, un pequeño ruidito, me saca de mi abstracto viaje. Es en la otra habitación, alguien habrá tirado algo. Es tan poco importante que antes de darme cuenta estoy otra vez viajando. ¿Cómo escribir en diez minutos lo que siento?

Pasan los minutos. Oigo ruido en la calle. Son perros que ladran, o es la música de mi viaje. No, son perros. Vuelo más y más alto. Ya no oigo nada. Sólo el leve ronroneo del ordenador. ¿Cómo escribir en casi cinco minutos lo que siento?


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Microrrelatos Hiperbreves


1) El paracaídas

El paracaídas de Mario no se abrió en ningún momento.

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2) La abeja

Estaba frente a un panal mirando una abeja rebelde.

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3) El número

Mientras la cola disminuía, los números de la pared aumentaban y el olor a pescado era más fuerte.

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4) Mi cuchillo

Creo que he dejado mi cuchillo enterrado junto con Sara.

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5) El muro

José Luis no pudo derribar el muro ni con sus deseos más fuertes.

.

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Lascivo. 26 de Agosto de 2008

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Mr. Pípez


… Ahí estaban…

…Podía verlos…

Sus miradas se cruzaban, los cuatro sentados, mirándose entre ellos… una pelusa pasó por el círculo formado por los cuatro chicos, la pelusa dejaba tras de sí una estela de colores. Sus ojos no se desviaron. Seguían mirándose como si esperaran que pasase algo. Uno de ellos movió la boca, lástima que no pudiera oirles.

La pelusa de colores seguía revoloteando dejándolo todo manchado de su prísmatica composición. Cuando la pelusa finalmente se fue revoloteando lejos los cuatro miembros del círculo se pusieron a cuatro patas y empezaron a morder el suelo, del cual empezó a brotar sangre. Un grito desgarrador se oyó por todas partes…

…ya había visto suficiente…

Empecé a alejarme poco a poco, viendo cada vez más pequeñas las cabezas de este curioso grupo, me alejé hasta que sólo fueron diminutos puntitos para mis ojos.


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Mente Demente


Si alguna vez te has preguntado qué se siente al ser diferente no busques una respuesta. Te sientes muy desgraciado, tanto o más que yo.

Todo comenzó cuando las autoridades sanitarias descubrieron que yo lo era, y por ello fui injustamente castigado. Sólo por ser diferente.

Una enfermera que no paraba de tirar guisantes verdes y amarillos a los pacientes me delató. Al parecer la reacción normal era la de tirarse a por ellos, y pegarse contra todo aquel que intente quedárselos. Obviamente mi reacción no fue esa, sino la de llevarme la mano a la cabeza y frotármela, pues el guisante estaba congelado y dolía mucho.

Tras un test exhaustivo, los médicos dictaminaron que debían encerrarme junto con las demás personas de mi índole. En el manicomio yacía mi nuevo hogar, y digo yacía pues era una cuadra rodeada de verjas, con el suelo lleno de paja.


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Viajero fortuito


¿Dónde estoy? ¿Quién soy? ¿Qué hago yo aquí? Estas son las primeras preguntas que me hice a mi mismo cuando de repente, sin venir a cuento, me “desperté” de pie en lo que parecía ser el suelo de una calle muy bulliciosa. La carretera estaba congestionada de tráfico, sobre todo de taxis, los típicos taxis amarillos que salen en las películas de Hollywood.

Algunos transeúntes se golpeaban contra mí, pues no me había movido de mi sitio y estorbaba en la acera. Alguien me dio un golpetazo más fuerte que los demás. Se dio la vuelta y me llamó “Stupid”.

Vislumbré un quiosco de prensa al lado. Me acerqué a él y cogí un periódico. En él ponía “The Daily of Manhattan”. Me di cuenta de que todos los periódicos estaban en inglés, y en muchos de ellos se leía la palabra “Manhattan”. La fecha de todos los periódicos no me decía nada.


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Establecer un récord correcto


Me he levantado en mi curioso camastro para ver lo que del mundo ha hecho la sociedad.  Me encuentro envuelto en vidrio y empapado en cal. Comienzo con una mirada rápida.

A un lado muchas agujas perforando narices, enfureciendome, con gritos que caen en oídos sordos,… que no escuchan. No puedo prometer que disfutarás del bullicio.

A otro lado sanidad, blasfemia y actos literales se unen en edificios de colores vistosos y cimientos de sangre y vinagre.

Si miro delante siempre tengo a los mismos de siempre que con sus discursos y sus meetings aderezan el quehacer de los trabajadores de siempre que ayudan a que ellos continuen… siempre delante

Y detras, los medios, aquellos que manejan todos los hilos que recorren mi cuerpo y el del resto del mundo, pero lo hacen a la sombra, cuidando de que parezca que lo que hacen es bueno y sobretodo,… normal.


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¿Vienen los Champiñones del Cochino?


Germán era un chico normal, trabajaba como modelo en una agencia de Neutogena Manos. Su vida iba bien. Tenía novia desde hacía 35 años y querían casarse. Él vivía con ella, sin embargo no tenían hijos pues ella había prometido llegar virgen al matrimonio.

El caso es que tenían doble vida.

Él era el archivillano Jermän, que asolaba la cuidad de “Aquinopintasnada City”. Se encargaba del tráfico de drogas, del tráfico de armas, incluso compraba políticos, era como un mafioso. A su vez, planeaba en un laboratorio secreto la manera de conquistar el mundo y también el modo de hallar la fórmula de la Coma-Cola, el refresco más vendido de la historia.

Ella era Jisgüoman, la heroina de la ciudad, la que solía parar los planes de Jermän, ayudaba a capturar a los ladrones de bancos del parque, y a cruzar la calle a las ancianas.


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Nuevo Caos Mundial


En Villaviciosa las cosas suelen ser tranquilas. No hay mucho tráfico, ni contaminación. De hecho, tampoco es que haya mucha gente. Es un pueblo tranquilo. Sin embargo, hoy se ha recibido un extraño aviso.

Me llamo Lolo Gomera, y soy agente de la policía municipal. Normalmente mi trabajo consiste en patrullar y multar. Es aburrido. A las diez y cuarto de la mañana hemos recibido un aviso de una señora en cuya cocina se ha producido un pequeño fuego. A las once estaba todo resuelto. Media hora después, hemos visto un Seat Ibiza amarillo aparcado en la zona de bajada del autobús, frente a un supermercado. Como el dueño no ha aparecido, hemos avisado a la grúa, que se ha llevado el coche. Una mañana normal.


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Oh, querida


Te deseo con locura. Cada vértice, cada ranura. El parpadeo de tu mirada, roja y verde, me convence a cada instante de la certeza de tu vida, me basta un botón para hacerte mía. Mío es tu control, mía es tu realidad. Yo decido qué hay en tu mente, qué hay en tus entrañas, cuándo y cómo se abrirán las ranuras que te comunican conmigo. Es el tacto de mis dedos, acariciando con el sensual y mecánico ritmo que me gusta, lo que te permite abrir la mirada al mundo. O eso creía yo, hasta ahora.

Porque dime, oh, computadora. Dime, asquerosa zorra inmunda: ¿por qué te reseteas? ¿Pero qué carajo te hice yo? ¿Acaso no cambié al vil y malvado de las ventanas de colorines y te abrí las puertas de la libertad a lomos de un pingüino? Yo te quiero, te quiero mía, a mi merced, ¡no a la merced de tus caprichosos reseteos! ¿Es acaso este tórrido calor? ¿Por qué, querida mía? Casi 8 años juntos y ahora me desprecias. Muchas más jóvenes qué tú  suplicaron a mis pies, yo no las acepte… porque eras mía.


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Mientras lees esto, un ciervo con un parecido extremo a Bambi, muere.


Un día cualquiera, dos apacibles humanos conversan mediante un programa creado por y para ordenadores:

~—->><<—>>Richy <<—>><<—- ~ dice:

ok me voy a animar a participar oi k tengo un dia trankilo

Sin Musica la vida sería un error. Nietzsche (Filosofo alemán) dice:

bieeeeeeeeeeen

Sin Musica la vida sería un error. Nietzsche (Filosofo alemán) dice:

espero ansioso!

Así empezaba, se iniciaba e incluso me atrevo a decir: ¡se balanceaba!

Exacto hoy era el día, ¡HOY!, se decía por internet la palabra ansioso 030.030.030.030 veces….

¿Qué significaba eso?

Voy a remontarme a los inicios, principios e incluso con una ligera timidez añadiría: ¡se balanceaba!


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Mordí un trébol que me hizo escupir pintura verde


Las horas pasaban despacio en los relojes de arenas movedizas. Dentro de uno de ellos, doce abejas salvajes luchaban por salir. Estaban empezando a agotar su oxígeno. La más lista de ellas, un gran zángano con una raya ligeramente más rojiza que el amarillo habitual, se lanzó de cabeza contra el cristal del reloj. Su diminuto cráneo se quebró, y de él salieron siete mariposas moradas, que desprendían una especie de aura tenue, leve. Las siete se separaron y empezaron a cubrir toda la superficie del cristal extendiendo sus alas. Cuando las plegaron, el cristal ya no estaba, y toda la arena, que estaba parada en la parte inferior del reloj, salió y cayó durante horas hasta que llegó a un suelo que tenía dibujado en él la cara de una niña. Las diminutas piedrecitas que formaban la arena del reloj no podían parar de botar, haciendo que la pintura de la niña pintada se emborronara y se adheriera a ellas. Pronto, todas las piedras adquirieron un colorido muy vivo y variado, lleno de verdes, azules, rojos y amarillos.


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Mi casa cambia…


Todo empezó por culpa del televisor. La tele me espiaba, me miraba mientras yo veía la radio. Luego comencé a con mi paranoia, a cepillarme los dientes con la escobilla del vater y a limpiarme el trasero con el cepillo dental. Tambien me peinaba los pelos de la axila con el peine y me echaba desodorante en la cabeza a modo de fijador. Los cuchillos me atacan y me cortan las yemas de los dedos, que crecen como si fueran plantas, regadas a diario por mi regadora. Mientras tanto, el aire acondicionado refrigera mis espaguettis mientras la nevera me sirve para tirarme a ver la radio y espero bocanadas de aire fresco de mi sofa para refrescarme y combatir el calor.

El televisor fue el que me corrompió, primero se negó a enseñarme las piernas de las presentadoras. Luego escupía basura a traves de los altavoces y en la pantalla siempre estaba el mismo tipo, que me miraba fijamente y hacía oraciones en otro idioma con intenciones hostiles.


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Un posible futuro


Amanecí en una cama diferente. Me levanté despacio y me dí cuenta de que estaba sobre el suelo de una cocina de aspecto rústico y antigüo. Miré a mi alrededor  y descubrí otros tres camastros, dos vacíos y en el último estaba sentada una chica.

Para mí era completamente desconocida, sin embargo, ella me sonrió, me agarró la mano y me condujo fuera de la casa.

El cielo era muy gris con tonos rojizos, las plantas eran de plástico y no se veían animales por ninguna parte. Nos sentamos en una colina, sobre el falso césped, y ella me abrazó cariñosamente. De pronto una sirena sonó fuertemente, poniendonos a ambos en pie de un salto. La chica me agarró del brazo de nuevo y tiró fuertemente de mí hasta el interior de la cocina.


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Shhhhh,… que vienen….


Aquella tarde como todas las demás llegué cansado y dolorido a casa. El jefe, como cada día, había estado gritándome por lo mismo de siempre y me había obligado, como cada vez, a realizar trabajo extra durante dos horas más de oficina, un día normal.

Llegar al sofá, acariciar a mi perro y tirarme en el sofá a ver el partido era lo que más me apetecía, pero no era posible.

Me quité los zapatos para no hacer ruido y subí a mi habitación. Me desvestí rápidamente tirando la ropa sucia al suelo y cogí el mono negro de mi armario. Después la escopeta y me dirigí al salón,… necesitaba mi antifaz. Hice una parada en la cocina, necesitaba provisiones. Poco a poco fui recorriendo todas las habitaciones hasta llegar al garaje. La escalera me esperaba donde siempre,…


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Enchilada con tomate y huevo…


Levanté la vista hacia el cielo,…
Tanto tiempo había pasado desde que partimos en aquella nave. Una cantidad ingente de recuerdos me inundaron, a mi derecha se encontraba Lys, mi amiga y compañera de aventuras, y al otro lado Ichigo, el más novato de todos.
Me giré hacia él y le dije, “Alguna vez te conté cómo empezó todo?”, Lys sonrió.

“Alerta, una nave enemiga a la vista!!!”
“Capitán el propulsor hiperespacial está fallando, nos tienen a tiro”

Todo a mi alrededor era caos y destrucción, entre los cadáveres sobre la cubierta sobresalían cables pelados que esparcian chispas por doquier. La gente estaba nerviosa y entre sus cabezas, veía muchas que se volvían hacía mi como pidiendome explicaciones o alguna solución para salir del apuro.
Yo no podía perder la calma, pero sobre mi se cernía el peor de las preocupaciones, el sentimiento de culpabilidad.


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112


Ayúdame, protégeme, apaga mi fuego, cúrame… los gritos desesperados de una sociedad enferma que suplica en un micrófono: ¿112? Necesito ayuda.

Pero no hay ayuda. Se siente, eso no venía en el manual de instrucciones, ¿verdad? Y no, tranquilo, no te molestes, pero no hay ningún foro de internet que te ayude a salir de esta. Así que no devanes tus sesos redactando un mensaje del tipo: hola amigos, soy warriorr69 y necesito vuestra ayuda, mi loro se ha muerto y me siento triste. Lamentablemente eso da igual. Porque da igual tu loro, da igual que te suspendan siempre la asignatura de derecho industrial prerromano, da igual que tu jefe tenga halitosis, y da igual que tu mujer tenga muchos dolores de cabeza (o no tenga cabeza). Porque entérate, no hay 112.


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Soy un cerdo


Es increíble. Esta mañana me he despertado y no era yo. Era un cerdo. Un cerdo.

Os preguntaréis cómo es posible que sea un cerdo de la noche a la mañana. Pues yo también. Pero tampoco es que me importe. Mi vida anterior no se diferenciaba mucho de ésta. El caso es que ahora soy un cerdo, y tendré que acostumbrarme a ello. Quién sabe, lo mismo mañana vuelvo a ser humano, y la verdad es que estoy mejor así.

Yo, como cerdo, no es que sea un gran cerdo. Soy bastante gordo, como todo marrano, pero no soy un cerdo que destaque por su tamaño. Tengo la piel rosa con manchas más oscuras, una orejas que cuelgan y que incluso me quitan visión y un rabito rosita enroscado bastante chiquitajo. Vivo en una granja y estoy dentro de una cerca en la que hay un montón de paja y barro. Tenemos también una cuba de agua (bastante sucia, pero al menos no es garrafón) y un comedero lleno de una porquería viscosa que no sabe del todo mal.


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Paciente número 214


17:35 horas. Décima sesión.

Paciente: Techo.

Problema: Leve depresión debida al enamoramiento no correspondido.

- Buenas tardes, señor Techo.

- Hola, buenas tardes.

- Pase, pase. Póngase cómodo. ¿Quiere tomar algo? Mi secretaria ha traido unas galletas, caseras, hechas por ella, que están de muerte. Sírvase.

- Oh… muchas gracias.

- Bien, sr. Techo, ¿cómo se encuentra hoy?

- Bueno… No muy bien, la verdad.

- Cuénteme, ¿qué le ocurre?

- Es que… No puedo más, doctor. La veo siempre. Durante todo el día. Está delante de mí y no soy capaz de decirle nada.

- Estamos, de nuevo, hablando de la señorita Suelo, ¿verdad?

- Sí, sí. No paro de pensar en ella. Está frente a mí día y noche. A veces me pilla mirándola… Y las paredes ya están empezando a cuchichear entre ellas. Saben mucho, ¿sabe? ¡Ay, si las paredes hablasen!


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