Plañidera de estación de autobuses de un barrio perdido en una ciudad desestructurada.
En una ciudad en la que las largas distancias en tren, coche, autobús, metro o moto (cambié mi bicicleta por un reloj con cronómetro) no dejan tiempo para pasarte por el hospital a ver a tu abuelita; en una ciudad en la que las largas distancias en tren, coche, autobús, metro o moto (cambié mis alpargatas por las Nike de Gasol –pero de mi talla-) no dejan tiempo para tomarte tranquilamente el café de después de comer con tu madre; en una ciudad en la que las largas distancias en tren, coche, autobús, metro o moto (cambié mis dos gallos por un despertador con radio) no dejan tiempo para cocinar una fabada casera, comerla tranquilamente, digerirla y cagar sin reparar en el tiempo que estás en el cuarto de baño; en una ciudad en la que las largas distancias en tren, coche, autobús, metro o moto (cambié las cartas por un teléfono móvil multimedia) el oficio de plañidera ya no era útil en su concepción antigua, había que renovar la profesión, aire fresco.








