SOPA DE RELATOS

Encuentra al escritor que tienes dentro

Gafas de pasta


Mi perro me ha robado las gafas y me mira con desdén. Con cierto porte aristocrático, como si el pijama que llevo fuera indecente. Como si las rayas azules y blancas no fueran dignas o mis pantuflas indecorosas. Abre la boca y pronuncia con absoluta claridad las siguientes palabras:

-Los argumentos en contra de la locura caen con un leve susurro.

No deja de tener razón, pero prefiero seguir viviendo como si no hubiera ocurrido. Son las tres de la tarde y es mi hora de desayunar viendo las noticias.

Por ahí asoma la rubia de todos los días, me pregunto cuántas neuronas usará para leer su texto. Me dedico durante la hora que dura el telediario a buscar patrones. Crisis y Cristiano Ronaldo empiezan por “cri”. Alerta naranja por lluvias y guerra justificada me suenan las dos a berrido.


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introversión


me acaban de apuñalar en el hombro derecho y ya no puedo mover el brazo. automáticamente me arrodillo para aguantar el dolor y tragarmelo, como si fuese una prosa barroca.

todo ser humano puede llegar en el punto de la vida donde la supervivencia de éste se le antepone en los ojos hipnotizandolo y repercutiendolo con dejavús de una pasado aparentemente mejor.  en este momento crítico, de inflexión incierta, uno puede escuchar fluir la sangre en la cabeza. úno nota la alta presión que el fluido de la vida ejerce sobre el cráneo. úno nota que está solo, que hace frío y que la nevera está vacia y que el libro de poesia intimista lo sadomasoquiza. a todo esto se le puede decir que es hablar por hablar  y que nos permite desahogarnos y dialogar con otras personas sobre nuestro interior obscuro y establecer vínculos para sentirnos apoyados. pero ahora mismo todo esto no me importa. la cuestión es que me estoy desangrando. me sujeto en la paret de maón inglés con la mano izquierda y me destrozo las uñas de ejecutivo. no aguanto más y me desplomo. mi camisa blanca está empapada y sucia, igual que mi alma. dada la complejidad de las circumstancias, mi pensamiento se turbia y se vuelve absurdo. de golpe, en ese revuelo de ideas me entra el pánico y me pregunto: si estoy vivo, o si estoy muerto.


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La casa embrujada


Nota del autor

Los acontecimientos narrados en el presente relato se desarrollan en una de las islas pertenecientes al Archipiélago Canario. Asimismo, los principales personajes son autóctonos de esa zona geográfica y, aunque en todo momento he tratado de evitar expresiones típicas del lugar, lo que no puedo obviar —por tratarse de una particularidad muy acusada en la expresión oral y escrita—, concierne a la sustitución de la segunda persona del plural «vosotros», por la tercera «ustedes».

Dicha característica se produce con independencia del nivel cultural y grado de amistad  que poseas. De ahí que todos los protagonistas utilicen ese giro idiomático cuando emplean, exclusivamente, la segunda persona del plural.

En consecuencia, me he permitido la licencia de incluir esta singularidad porque, de no hacerlo así, los diálogos resultarían poco creíbles.

 

La llegada

 Isla de Fuerteventura, julio de 1981


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Zapatos de tacón a las 5:30 de la mañana ( 1ª Parte )


Hola, soy Danny, y la historia que voy a contaros a continuación me ocurrió hace apenas 3 días. He decidido explicaros esto ahora ya que aún tengo los recuerdos frescos y vívidos en mi mente, aunque no creo que sea algo que pueda olvidar con facilidad. No espero que crea lo que voy a relatarle a continuación, crítico lector, pero sentía el impulso de contar lo que me sucedió aquella noche fatal.

Era un día como otro cualquiera. Me levanté a mediodía, con algo de náuseas , así que pase de la comida y salí directamente al trabajo. Desde entonces no he vuelto, pero llevaba un par de meses en un almacén de calzado femenino, de todo tipo, para cualquier ocasión. Todo sucedió con normalidad. Nada interesante que comentar sobre mi jornada laboral. Así que hagamos un pequeño salto.


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La sombra


Me despierta un grito.
Sobresaltada me asomo a la ventana y veo una sombra.
No sé quién es, pero noto su mirada y se me hiela el corazón.
Me aparto de la ventana como por instinto y vuelvo a la cama.

Ya son las siete de la mañana, el despertador me avisa de que es hora de levantarse.
Arrastro mis pies hasta el baño y me ducho.
Me sienta bien el agua caliente y me despejo.

Me visto y voy a la cocina, ¡qué bien huele el café!, pienso.

Salgo de casa y cierro la puerta.

De camino al metro me cruzo con mucha gente, gente que pasa a mi lado y que no conozco, sus rostros son grises, inexpresivos, me asustan…

De repente vuelvo a sentir que se me hiela el corazón.

¡Qué extraño!, pienso.
Es una sensación dolorosa, pero al mismo tiempo de alivio.


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Crisis en la Autopista


Un gran atasco ha inmovilizado completamente al tráfico de la autovía principal. Los coches se encuentran apiñados en completo silencio, pues llevan tantas horas parados que los conductores han perdido todo deseo de gritar o de accionar el claxon. Bueno, todos no; aún hay una conductora cuya paciencia ha rebosado hace tiempo. De tanto que ha aporreado el volante se le han amoratonado las manos, y su bocina hace minutos que ya no suena.

Rafaela, la conductora furiosa, se decide finalmente por salir del coche y dirigirse al foco del atasco para ver qué pasa. El resto de conductores se asoma por las ventanillas para ver cómo la furibunda mujer recorre kilómetros y kilómetros de atasco. Los niños la señalan con entretenimiento y con cierta diversión al ver que el sol ha quemado su cara hasta el punto de parecer un dibujo animado enfadado.


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El aterrador jersey errante: segunda parte


Me flaqueaban las piernas y tardé algo más de lo normal en volver a la habitación. La llama de la velita que llevaba en la mano temblaba por la corriente y en el pasillo se oía cómo las gotas sonaban en las ventanas de las habitaciones como insectos golpeando contra un parabrisas.

La puerta de mi habitación estaba entornada, aunque no recordaba haberla cerrado en mi anterior huida, así que la tuve que empujar con el cuchillo jamonero. Vi un relámpago a través de la ventana y una silueta sobre mi cama.

Creo que me quedé de piedra o algo así, porque comencé a mover la boca y los brazos como si fueran de madera. Encima de mi cama y mirando hacia la ventana estaba el jersey de rayas blancas y azules que me había puesto esa misma mañana. Sí, sí, lo he dicho bien, estaba levantado y mirando hacia la ventana en posición contemplativa.


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El aterrador jersey errante: primera parte


Mierda, esto no debería estar pasando, no puede estar pasando. Pero aquí estoy, sentado sobre una cornisa y al borde del vacío. A punto de tirarme para acabar con mis sesos esparcidos por la acera, al lado de un cartel de Colgate. Sé que no es un final digno, pero yo no soy un caballero Yedi y las cosas, bueno, mejor dicho esa cosa, me  han superado. En fin, empezaré por el principio, por el jodido comienzo.

Era una tarde de esas en las que el aire es espeso y caliente, y el ambiente parece estar esperando o escuchando tus pasos, en medio del sonido de los papeles rodando por las aceras. Iba a caer una tormenta de esas que tienen gotas gordas como canicas y relámpagos púrpuras. El caso es que iba  a caer una tormenta que lo flipas. Yo lo notaba y por eso volvía tan rápido de la facultad.


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Una frágil línea


Hacía mucho frío. Demasiado frío. No había nada que permitiera aislarme de tanto frío.

 

No sabía dónde ir. No tenía con quien ir. Comencé a andar. La calle terminó y creo que no sabía dar la vuelta. Recorrí el mismo tramo, la misma distancia, por lo menos quince veces. Mis movimientos eran compulsivos, guiados por la histeria. Me giré y salí a la avenida principal. Debían ser más de las tres de la madrugada. Llovía, llovía mucho y hacía mucho frío. Un frío desolador.

 


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Teresa


 

Teresa, esa mujer silenciosa de cabello oscuro…

 

Nadie sabía qué escondía tras esos ojos secos, tras su imagen quebrada, tras su expresión marmórea.

 

Como cocinera era, sin duda, la mejor de las profesionales. Independiente, diligente, creativa, cuidadosa… Teresa se crecía conforme aumentaba su carga de trabajo. Pero fuera de su territorio, Teresa era huidiza, melancólica, débil… algo la transformaba por completo más allá de su cocina.

 

Eran tantas las buenas recomendaciones que avalaban su profesionalidad, que los señores aceptaron su particular rareza: “Los críos nunca deben entrar en la cocina. En la medida de lo posible, preferiría no tener que relacionarme con ellos. Nadie puede entrar en mi habitación”. No les importó, después de todo ellos tenían su propia niñera y profesora, y por supuesto, no les interesaba para nada entrar en los dormitorios de las criadas.

 


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¿Dónde esta el nueve?


Me despertó la basura. Los lunes por la mañana llegan a una hora indecente y tengo que aguantarme porque vienen a hacer su trabajo o simplemente -esto puede ser más veraz- porque no me puedo quejar. El hecho es que, ya que estaba despierto y con pocas ganas de meterme a la ducha, decidí ver las noticias en mi canal favorito. Aquí empieza el serio problema que voy a tratar de describir y que, espero, entiendan.


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Kilómetro 666.0 3 de 3


Primera parte

El coche sigue sin arrancar, pero ella lo intenta. Poco después, enciende las luces de cruce, pero no ve nada aparte de los espectros semigaseosos que dibujan los haces de luz.

Pasan varios minutos interminables. Intenta llamar con el móvil, y la luz lechosa que proyecta, le permite ver que la ventanilla del copiloto está totalmente empañada. Ni el parabrisas ni la de detrás, la del copiloto. Sólo la del copiloto. A decir verdad ni siquiera se ha dado cuenta de ese detalle.

Pasa el tiempo llorando, asustada y sin saber qué hacer. No se da cuenta de que la ventanilla del copiloto se desempaña. Mira el móvil. Sin cobertura. Le da al contacto. El coche arranca.

¿El coche arranca?

Abre los ojos como platos y acelera. Pero no controla bien el embrague, el motor da un empujón y el coche se cala.


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Kilómetro 666.0 2 de 3


Primera parte

-Joder, esto es surrealista. –Pone su dedo derecho en el botón y baja la ventanilla del copiloto.

-¡Hola! Perdona que te moleste. –Dice la señora en tono de disculpa. Tiene el pelo grasiento y recogido en una coleta, y no hay maquillaje que oculte sus ojeras y su mirada cansada. – ¿Se ha roto el coche? –Le cuelga un hilillo de baba de la comisura derecha.

-Sí, me ha dejado tirada. –Sonríe con amabilidad.

-¡Ah! Vaya noche, ¿eh? –Se queda pensando. – ¿Tienes un cigarro? Puedo comprártelo. –Su mirada tiene algo ausente, como si por dentro estuviera pensando en otra cosa. Por fuera, la mujer parece frágil y cansada, como una vagabunda. La bata está gastada y llena de churretes de varios colores indescriptibles.

-Nooo, se me ha gastado el paquete. –Para confirmarlo coge el paquete espachurrado y se lo enseña a la señora. –Bueno, ya vienen a por mí. Estoy bien. –La chica sonríe con todos sus dientes pero sin ganas.


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Kilómetro 666.0 1 de 3


El motor del Audi A4 es tan diésel como el que más, pero aún así experimenta la fatiga del paso de los años cuando el pie de la chica presiona el pedal del acelerador, hasta dejar el motor a más de tres mil revoluciones por minuto. Y lo cierto es que ella tiene prisa. Cuando salió de Madrid ya eran más de las nueve y media, ha pasado del día con David, y el camino hasta Segovia es un poco coñazo. Y ella sin cenar. Por suerte, a esas horas ya no hay demasiado tráfico en la autovía y puede ir tranquilamente a ciento cincuenta. Su padre se echaría las manos a la cabeza pero a ella no deja de resultarle divertido.

Reduce y frena con cierta brusquedad, el hip-hop resuena en los altavoces y el coche abandona la autovía para encarar el último tramo de carretera hasta llegar a su guarida. Le espera un tramo de veintitrés kilómetros de curvas y cuestas, que la chica llama con cierta sorna la carretera “Gran Turismo”.


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Recuerdos y reuniones


Penélope se encontraba frente al lugar donde había trabajado por veinte años: el hospital Santa Catalina… o lo que quedaba de él. Después de hacer sus compras matutinas caminaba hacia su casa pensando en el ingrato de su hijo, que había puesto pies en polvorosa ante la proposición del doctor de que la cuidara para evitar el gasto en una enfermera personal. Todo el drama había terminado con su hijo desaparecido –quizá en alguna isla tropical– y con ella viviendo sola en una casa que se le hacía demasiado grande.


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Recuerdos de Familia Cap 4: El último sacrificio


Todo era oscuridad cuando la puerta se cierra detrás de ellos con suficiente fuerza como para que los goznes de la puerta crujieran en el marco. Unos segundos después sus ojos se acostumbran a la penumbra logra ver lo que parecía su casa en cierto sentido, pero era muy diferente en muchos otros sentidos.

Para empezar el antes corto pasillo hacia la prístina cocina de Roberto ahora parecía extenderse por kilómetros. Y los cuadros de las paredes ya no eran fotos de la familiares  sino que cuando Roberto pasó su mirada sobre ellos, se transformaron en horribles escenas teñidas de rojo: calles empapadas de sangre y lluvia que se la llevaba por las alcantarillas. Miembros humanos desperdigados por doquier y perros que se los llevaban entre sus afilados dientes como si fueran un premio.


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SOY UN LOCO


Me he levantado con mucha energía, con ganas de matar a alguien ¿Pero a quien? Bueno eso ya se verá, antes tengo que preparar el cuchillo para el trabajo, estoy en duda entre dos ¿el cuchillo cebollero o el jamonero? Me quedo con el cuchillo cebollero, es el clásico cuchillo de las pelis de terror.
Salgo por la puerta y me encuentro a doña Juana la vecina de enfrente, que se dispone a entrar en su apartamento ¿la mato? Demasiado fácil, una vieja como esta no opondría mucha resistencia, el juego tendría poca emoción. Bajando por las escaleras, me cruzo con la tía más buenorra del bloque, una morena bastante potente ¿la mato? A un monumento así hay que perdonarle la vida.
Sigo escaleras abajo y salgo a la calle, ando despacio para ver el paisaje y encontrar una víctima que sea emocionante. La verdad no hay mucho donde elegir, a esta hora no hay mucha gente caminando. Mejor me voy al parque, allí se está tranquilo y seguro que hay alguien. De camino al parque me encuentro con unos indigentes tirados en el suelo junto a un contenedor de basura, hay tres, dos están tirados en el suelo durmiendo la mona, el otro está sentado en el suelo. Me acerco le agarro por los pelos y le hago un corte en el cuello de oreja a oreja, empieza a sangrar a chorros le suelto los pelos y lo tiro al suelo. Echo a correr en dirección al parque nadie me ha visto. En el parque hay un hombre sentado en un banco leyendo un periódico. Me acerco le pido fuego, el hombre se levanta, me saca su mechero y le clavo el cuchillo en el cuello, el hombre se echa la mano al cuello mientras cae al suelo sangrando. Echo a correr creo que me han visto, corro a toda prisa en dirección a mi casa. Al doblar la esquina me paro cojo aire y miro atrás, no me sigue nadie. Ya es bastante por hoy, me voy a lavarme la sangre y a descansar.


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HIELO: QUINTA PARTE


Primera parte
Cuarta parte

Las letras aquí son más difíciles de entender, y el papel está arrugado allí donde cayó alguna lágrima. En uno de los bordes hay una mancha marrón.

Hemos empezado a oír gritos inhumanos en la habitación de las literas. Dressler ha cogido los sedantes, Ana se ha hecho con el hacha y yo me he armado con el revólver naranja de bengalas. ¡Yo tendría que haber cogido el hacha! Yo soy más fuerte, y Dressler tenía la muñeca rota. No podré perdonármelo nunca.

Los gritos eran espantosos, pero a veces me recordaban a la voz de Wolff. Hemos abierto la puerta y…Había sangre en las paredes, en el suelo y en las literas. La luz era tan escasa que las manchas eran de color negro. Wolff estaba de pie, con algunos cinturones colgando de sus brazos, golpeándose torpemente contra la pared, una y otra vez. Le chorreaba sangre de la boca y tenía la cara deformada por los golpes.


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HIELO: CUARTA PARTE


Primera parte

Tercera parte

23 de enero

Anoche volví a escuchar ruidos en el pasillo oscuro. Como si alguien estuviera arrastrando algo. Preferí taparme con la manta y seguir durmiendo. ¿Me estaré volviendo loco?

La bacteria tiene un comportamiento extraño. Es capaz de crecer a muy bajas temperaturas hasta que encuentra a un hospedador. Después cambia su comportamiento y crece muy rápidamente. Nunca habíamos visto algo así. Su composición química es peculiar. Ana dice que podría tratarse de un microorganismo alienígena, que hubiese llegado desde el espacio en un meteorito. Yo opino que es un fósil viviente. No hay forma de comprobarlo.

Hemos metido el paquete con la Wolffelia y todos los datos que hemos recopilado en el montacargas. Tendremos que esperar a mañana para subir, porque están preparando un equipo de desinfección. ¡Como si no hubieran tenido tiempo! Si no me sacan de aquí, me volveré como uno de esos ratones. He tenido que meterlos en dos bolsitas de plástico y tirarlos en el contenedor de residuos biológicos.


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HIELO: TERCERA PARTE


Primera parte
Segunda parte

15 de enero

Los días son agotadores. Apenas dormimos aquí abajo. Trabajamos tanto como podemos para acabar lo antes posible. Hoy Jan se ha desvanecido mientras trabajaba en la campana y se ha cortado con los cristales de un matraz, a pesar de los guantes plásticos. Nos ha suplicado que no le subiéramos con los enfermos. Se ha lavado la herida y se ha echado a dormir, entre lágrimas. Isaac le ha administrado un sedante y le ha subido a observación. Ahora somos cinco. Ya no podré hablar español con nadie. Bueno, quizás con este diario.

Estoy en mi litera y no puedo dormir. Casi puedo notar en las paredes la presión del hielo. El metal cruje y me llegan amortiguados, de vez en cuando, golpes y lamentos en el piso superior. ¿Cómo estará Jan? Mañana hablaré por radio con Marta, esos cabrones no tienen motivos para restringir las comunicaciones.


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