SOPA DE RELATOS

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El Cielo


Recomiendo fervientemente leer este relato después de haber leido El Infierno (si no lo lees primero El Infierno antes que El Cielo perderás todo el suspense generado).

 

Me acabo de despertar en este tétrico cuarto de paredes de color carne. No hay luz ni oscuridad, no hace ni frío ni calor. Es como estar en una caja, protegido.

Delante de mí hay un espejo con un marco dorado. Me acerco a él. Es inevitable no acercarse. Me doy cuenta de que el marco es de oro. Mis ojos se posan, sin yo controlarlos, en el espejo. Obviamente me veo a mí, tan bajo, tan fofo, con esos ojos feos… un momento… ¿era yo así de guapo? ¡Yo antes no tenía esos abdominales, ni esa cara de triunfador!


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En Vías de Putrefacción #8


(Hoy dejo el capítulo un poco antes, que tengo examen por la tarde, ¡Deseadme suerte, mortales!

Ah, y si os perdisteis el de ayer, clickad aquí o arrepentíos)

.

El inspector González devora un bocadillo de atún con tomate empotrado en la cómoda silla de su pequeño despacho. Su bigote, lleno de miguitas de pan, oscila de un carrillo a otro con cada bocado. Olmedilla, el diminuto y granudo ayudante del inspector, se dirige a la puerta del despacho y la golpea tres veces con los nudillos, abriéndola.

-Señor inspector…

-¡Mierda Olmedilla! ¡Espero por tu bien que me traigas buenas noticias! ¿No ves que estoy ocupado?

-Señor… No era mi intención molestarle mientras comía…

-¡Mientras comía! ¿¡Mientras comía!? ¡Joder Olmedilla, joder! ¿No ves que estoy trabajando? ¿Qué cojones vienes a contarme?

-Olmedilla… Digo, ¡señor! Señor… inspector… yo…


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En Vías de Putrefacción #7


(Aquí traigo, como cada día, el capítulo de hoy. Aquí el de ayer, para el que se lo perdiera)

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Joder, joder, joder.

Mierda, mierda, mierda.

Joder. Voy al médico. Tengo cáncer. Me cago en la puta. La niña, la hija de puta de la niña. Muerta. me cago en Dios.

Mierda. Es que me cago en la hostia. Yo iba a desahogarme, joder. Necesitaba desahogarme. Y va la muy puta de la niña y se muere. Es que me pasa por gilipollas. Las cojo muy débiles. Tendría que haberle dado más comida. Así no me da ningún morbo. Me cago en todo…

Pero al Cura sí que le servirá. Voy a llamarle.

.

Lascivo. 17 de Junio de 2008

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En Vías de Putrefacción #6


(Este capítulo tiene un elemento que alguno marcará de surrealista. Sin embargo, es simbólico. Así que como alguien me diga que lo meta en “surrealismo” conocerá mi ira.

Dedicado a Pequadt.

¿Te perdiste el capítulo anterior?)

.

En el zulo, la pequeña María estaba tirada en un suelo carente de muebles, apoyando su cabeza en el mugriento colchón, abrazando a su diario y mirando la bombilla colgante del techo. A medio metro de su cuerpo, cada día más y más delgado, había una bandeja con un plato sucio. La habitación, cuadrada, simple a más no poder, estaba exageradamente poco iluminada. Una mancha rojiza, pero muy oscura, marcaba la pared, al lado de la puerta. Más bien, pegada a la parte de la puerta donde iban las bisagras.


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En Vías de Putrefacción #5


(También tiene dedicatoria, y se la mantengo. Este capítulo se lo dedico a Jorge y a Richi.

Para el capítulo anterior, haz click aquí.)

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Estoy en la consulta del especialista. Concretamente, especialista en oncología. La idea de tener cáncer me acojona, pero hace unos meses que las molestias empezaban a volverse más agudas. Es una habitación muy pálida, con una camilla negra cubierta por completo con papel blanco. Yo estoy sentado en la silla esperando a que el médico entre con los resultados de mis pruebas.

Cuando el médico entra, su cara muestra una seriedad rotunda, lo cual no es que me deje frío. Se sienta frente a mí y me mira.

- Señor Redondo. Tengo malas noticias.

- Oh -respondo escuetamente.


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En Vías de Putrefacción #4


(Este capítulo tuvo una dedicatoria en su día, así que se la voy a mantener. Espero que os guste.

Dedicado a todos los que siguen este relato, especialmente a Champiñón, a Antonio y a Patri (aunque me termine temiendo).

¡Ah! Y para ver el capítulo anterior, aquí.)

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Extracto del diarío de María Martínez Márquez. Estudiante de 2º de la ESO. 14 años.

14 de Abril. Lunes

Hoy no ha sido un buen día. Mi madre me ha llevado al médico porque dice que me pasa algo. El médico no me ha hecho sacar la lengua ni nada, sólo me ha estado hablando. Tampoco tenía bata, como el resto de médicos. Me ha dicho que tenía que comprarme un diario y anotar en él todo lo que me pase, así no me tendrá que recetar ninguna medicación. Y eso estoy haciendo. Tengo que escribir todos los días.


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En Vías de Putrefacción #3


(Aquí está el capítulo 3. Si os quedásteis sin saber qué pasaba, aquí tenéis el anterior)

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Estoy en la iglesia. Un pequeño cuchitril en medio de la ciudad. Con sus escasos seis ó siete bancos y un pequeño altar, este antro apenas logra convencer a cuatro viejas de que vengan de higos a brevas a rezar por sus maridos enfermos o muertos.

¿Qué busco? Busco el perdón. He pecado, y como pecador, he de confesarme. El cura tiene un aspecto bastante desaliñado, con el pelo negro teñido, y la cara que, pese a mostrarse delgada, tiene colgando una pequeña papada. Unas pequeñas manchitas blancas adornan la sotana, a la altura de la cadera. El confesionario da verdadero asco. Cuando me siento, noto que lo he hecho encima de algo pegajoso. Tampoco es que me importe demasiado.

- Hola, padre.


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En Vías de Putrefacción #2


(Segundo cápitulo de este relato. Para leer el primero, aquí)

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Lugar de los hechos.

El día después.

El reputado inspector González llega al callejón escondido en la calle Escolapio Ginés, escoltado por un ayudante joven y granudo que toma nota de todo cuanto ve. González, gordo, cabezón, ataviado en un abrigo largo, oscuro, con pelusas pegadas, reluce bajo él una camisa blanca de rayas finas con mancha de café solo colombiano. En el callejón, una bolsa de cadáver con cadáver adorna la apacible estampa de cubos de basura y periódicos mojados en el suelo. El cordón policial marca el perímetro en el que la Policía Científica ha trabajado, y dos novatos se mantienen erguidos y estáticos a la espera de una orden que los aleje del hedor a orina. El inspector González, cuyo bigote le tapa la boca por completo, de forma que es difícil saber si está hablando, se acerca a la bolsa de cadáver con cadáver y tira de la cremallera, quedando el cadáver expuesto a sus pequeños ojos achinados.


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Fin del juego


A pesar de la escasa luz de la habitación el anillo brillaba en el dedo del elfo oscuro. A primera vista el anillo era un simple anillo liso en el que estaba grabada la inscripción “proyecto escapasol”. Para De´Naire Da´Erhte el anillo era mucho más. le permitía traer a su presencia a cualquier criatura que se encontrara en cualquier lugar del mundo… Era la hora de la venganza.

Engañar al clérigo para devolver la vida a la victima del drow no fue difícil. Lo complicado fue matarle cuando hubo cumplido su cometido. Pero una vez completado ese paso, el elfo oscuro abrió los brazos y usando el poder de su anillo dijo: “Ithil Delacroix”.


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Señor Dollh. Interrogatorio


Para comprender mejor este relato, es recomendable que lea antes estos otros:

¿Está rico el arroz tres delicias?
El Restaurante Ming
Muerte laqueada
Señor Dollh. Parte 1
Señor Dollh. Parte 2

 

 

Interrogatorio.

 

Metimos al conductor con las gafas rojas en un cuarto oscuro. Le sentamos en una silla y le atamos las manos. Con un foco le apuntamos a la cara, de tal forma que no nos pudiera ver. El señor Dollh se puso delante del foco. Al lado del señor Dollh había un hombre muy musculoso, y detrás de la silla otro más musculoso aún sujetando una soga.

 

- ¿Qué hacías en el puticlub de Mawis? – Le preguntó el señor Dollh.

 

El sospechoso levantó la cabeza. Estaba sudando a mares.

 

- ¡Fuera! ¡Déjame, cabrón!

 


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¿Qué toca ahora?


Luz.

¿Qué toca ahora?

Ha vuelto a encender la luz otra vez. Primero oscuridad, luego luz, oscuridad, luz… y así siempre, qué pesado.

¿Qué querrá ahora? ¿Qué será esta vez?

¡Comida!

Ya no sé cuánto llevo aquí dentro, pero calculo que no llega al mes. Llevo sin comer desde que entré y una persona no aguanta más de un mes sin comer, lo vi una vez en un documental… bendita televisión, cómo la echo de menos. Al menos me da de beber.

Son una especie de albóndigas pero tienen mala pinta. Cocinar no es lo suyo, eso está claro. Pero es comestible. Qué hambre tengo. Pero no voy a poder coger nada aquí atado.

¡Vaya! ¡Si ya no estoy atado!

Espérate… esto no cuadra. ¿Desatado y con un plato de albóndigas delante? ¿Y te vas a fiar? Además, ¿cómo voy a masticar sin dientes? Bueno, son blanditas… pero no me fío.


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La voluntad de no poder


La valla… La veo. Por fin.

He pasado mucho tiempo intentando salir. Por fin la valla.

He estado dos meses encerrado en este perímetro desértico en medio de la nada. Según mis cálculos, mide más de cien kilómetros de largo. Lo cual es más de lo que podía imaginar antes de llegar aquí y recorrerlos a pie. Dos meses.

¿Sabías que en el desierto hay vida a raudales? Pero sólo sale de noche. Montones de animalitos, lagartos, insectos, incluso algún ave, salen de noche y hacen su vida. Ha sido muy difícil cambiar mis hábitos, y de día no podía dormir, porque me abrasaría. Así que de día andaba a ritmo muy lento, para no deshidratarme, y de noche intentaba cazar y beber algo de líquido de los cactus. Apenas podía dormir un par de horas al alba.

Ha sido muy difícil.


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Señor Dollh. Parte 2


Para comprender mejor este relato es recomendable leer previamente estos relatos:
¿Está rico el arroz tres delicias?
El Restaurante Ming
Muerte laqueada
Señor Dollh. Parte 1

 
Señor Dollh. Parte 2

Eran más de las tres de la madrugada. Llevábamos todo el día deambulando por el pueblo en busca de un Seat Ibiza amarillo y por fin nuestra espera había dado sus frutos. El Seat Ibiza salió de un parking. Concretamente de un parking perteneciente a un puticlub llamado “Mawis”.

El señor Dollh aceleró el sidecar de color crema y salió haciendo ruedas. El conductor del Seat Amarillo aceleró también. Eso significa que era sospechoso, o incluso autor del crimen.

El Seat intentó darnos esquinazo, pero nuestro sidecar iba conducido por el señor Dollh. Teníamos las de ganar.


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Muerte laqueada


Este relato está relacionado con estos otros:

¿Está rico el arroz tres delicias?

El Restaurante Ming

Señor Dollh

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Ahí está. Esteban Alonso ha entrado en el restaurante, tal y como estaba planeado.

Amablemente, le ofrezco sentarse en la mejor mesa del local. Claro, que cualquier mesa es la mejor, pero está en la zona de no fumadores. Es un tipo con clase. Viste traje italiano, lleva colonia italiana, ha pedido pasta y pertenece a la mafia. Pero no es de Italia, sino de Boadilla del Monte, en Madrid. Un tipo peculiar, Esteban Alonso.

Tenemos el encargo de matarle. Un chivatazo nos ha revelado que vendría a cenar aquí. Lo planeado era que el restaurante estuviera vacío, pero hay una pareja dos mesas más a la izquierda y un tipo obeso más alante que sólo ha pedido sopas. De hecho, lleva tres con la que está tomando ahora, de maíz con pollo.


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Señor Dollh. Parte 1


Para comprender mejor este relato es recomendable leer previamente estos dos relatos:
¿Está rico el arroz tres delicias?
El Restaurante Ming

 

El zumbido era bastante insoportable. Ya de por sí es agobiante estar en una habitación en penumbra, con el calor del verano y una humareda de tabaco que salía de la pipa del Señor Dollh como para tener que aguantar el zumbido metálico del ventilador.

Me levanté de mi silla y apagué el interruptor.

- Novato – dijo con desgana el señor Dollh – enciéndelo antes de que nos quememos.

Volví a darle al interruptor. Junto con el movimiento de las aspas apareció el zumbido estridente. Resoplé indignado y me senté en mi sitio. No me gustaba el Señor Dollh. Si bien es un gran detective, tiene más manías que la Santa Inquisición.


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En las Sombras


Clara trataba de alcanzar el pomo de la puerta. Ella siempre había soñado con la libertad y con el reconocimiento individual. A su alrededor seguía acompañandole la oscuridad que le había perseguido por años. Dentro de ella, la poca vida que le mantenía despierta menguaba debido a la inanición de cualquier tipo de sensación.

Una fuerza tiró de su pierna hacia abajo, al tiempo que otra tiraba de su mano hacia arriba. En el momento en que parecía que iba a partirse por la mitad alcanzó con la mano libre el pomo, cesando las fuerzas que la sujetaban.

Pero el pomo se volvió frío y bajo su contacto, la forma de este fue cambiando hasta transformarse en un revólver.

Cuando Clara se disparó a sí misma, soñó de nuevo con otro tipo de libertad y supo demasiado tarde el error que acababa de cometer.


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